viernes, 16 de enero de 2009

Despeine de los vientos


Ainhoa venía siempre a pasar el mes de agosto a San Sebastián, desde que nació y hasta que muriera, decía ella siempre. Y yo me ponía muy nervioso todos los días uno, porque aunque no hablaba con ella el resto del año, sabía que ella vendría a buscarme a la salida del entrenamiento de baloncesto con su Polo pistacho, y me llevaría al Peine de los Vientos, porque es lo que ha hecho siempre.

Entonces empezaría esa conversación que tenemos todos los años, como si fuera un test para resumir lo que ha sido de nosotros durante todos esos meses que no son agosto, y que acabe siempre cuando ella pregunta si esta vez he encontrado mi lugar. Y yo respondo que no lo creo porque aún soy joven. He crecido con el olor a cera de las canchas de baloncesto, el tiro triple, el tacto rugoso del balón, las entradas, el frío de las duchas llenas de hormonas con patas y baldosas blancas, las risas de cuando se caía el jabón, los pitidos de los árbitros, los gritos de mi entrenador, de mi padre, los tiros libres y las camisetas de Jordan. Así que la miro y siempre le respondo que supongo que ese es mi lugar, le pregunto por el suyo.

Nunca me lo va a decir, que le da vergüenza, hay que ver Ainhoa, si tú nunca te cortas. Mira al infinito y dice que odia el cartel de Donosita – San Sebastián, tan negro e institucional sobre blanco, cruzado por una línea roja que le tacha las ilusiones y le destroza las raíces. Y cuando está a punto de llorar sonríe, que aún le queda mucho para ese día, y que ya me ha dado demasiadas pistas sobre cuál es su lugar, que como siga así algún verano dejará de venir, qué menudo idiota.

No suelo entenderla cuando dice eso. Yo sólo sonrío, digo idiota tú y nos quedamos abrazados mientras el viento la despeina. Así pasamos el verano, hasta el día treinta y uno, en el que juramos que yo habré encontrado un lugar para el año siguiente, y que este año nos llamaremos seguro, que yo bajaré a verla a Madrid o si no ella no volverá a verme el verano que viene.

Me quedo con las ganas de besarla, de decirle un montón de cosas que se me han quedado enredadas en el Peine de los Vientos durante todo el verano, todo el año.

Cosas que juro que le diría si hoy hubiera venido a recogerme al entrenamiento como todos los días uno. Ainhoa no se enfrentará a ese horrible cartel tachado que tanto odia esta vez, porque no ha venido, ha cumplido su promesa porque yo no la he llamado ni he bajado a verla, es por eso, por mucho que sus amigas digan que se ha echado un novio y se ha ido con él a Asturias. Ella está cumpliendo su promesa para que yo vaya a verla alguna vez, para que la llame. Pero qué oportuna, justo desaparece este año, para una vez que le iba a decir todas esas cosas que se me habían quedado enredadas en su pelo, en serio que iba a decíselas.

Cosas como que he adivinado ya cuál es el lugar y sé que coincide con el mío. Que a mí no me gusta tanto el baloncesto, ni el olor a cera, ni el balón rugoso, y mucho menos las baldosas de las duchas llenas de adolescentes sudados. Que mi lugar es más bien, eso creo, el Peine de los Vientos cuando se siente cerca de mí, sus ojos cuando están a punto de llorar y sus labios cuando al final sonríe, su voz cuando me llama idiota, y sobre todo, su pelo despeinado de ir en contra de los vientos.
Aunque eso sólo se lo digo a Chillida, porque yo tampoco me corto nunca, pero con Ainhoa me da vergüenza.

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