martes 7 de febrero de 2012

Lo que queda por vivir

Cómo podría haberlo sabido. Se reafirma con la cabeza entre las manos, sentada en aquellos escalones, no muy lejos del dolor. Y tampoco en el tiempo, acaba de pasar, aunque parezca que han sido años. O al menos meses, sin contar cuántos. Estaba ahí, siempre había estado, pero por más que repasara las piezas no acaban de encajar. Porque en los puzzles de la realidad no hay lugar para la inocencia.

No lo sospechó al tocar el timbre. Aunque antes pensara que aparecer allí por sorpresa no era su costumbre. Ni tampoco cuando le escuchó reírse, cada vez más cerca. Cuando vuelve allí para volver a vivirlo, para intentar entenderlo, aunque sepa que pasarán miles de segundos antes de encontrar el abismo, que se irá haciendo más grande, por el que se coló todo el respeto, vuelve a derramarse. Porque tampoco sospechó cuando abrió la puerta. Y no le importa llorar por quien no merece ni un kilómetro de velocidad del viento, porque sabe que llora para hidratar las heridas, y que ahora tiene que darse el capricho hasta tocar el fondo de ese abismo al que aún no logra asomarse.

Avanzó por el pasillo sin reparar en nada. Como un torbellino, como siempre. Y no sospechó del silencio que explica lo que las palabras no pueden. Simplemente avanzó. Aunque sí le miró después de rozar la manilla de la puerta, y la empujó hacia abajo. No podrá olvidar en miles de segundos aquel movimiento. Y entonces lo vio todo. Todo el desnudo, todas las sábanas, todas las risas. Y echó a correr hasta estas escaleras. Sin decir nada, porque el silencio expresa todo lo que las palabras no pueden.

Y desde entonces hasta ahora, aunque sólo sean algunos de los miles de segundos que tendrán que pasar, repasa las piezas del puzzle que no encaja. Y no encuentra el estrecho abismo por el que se coló todo el amor, todo este tiempo. Y se da ventaja, para que las lágrimas hidraten las heridas hasta que se atormenten en un río que encuentre el dónde. No le da miedo el dolor, él no le duele. No lo merece. Pero le da miedo lo que consiga, la realidad que termine por encajar todas las piezas del puzzle. Le da miedo no volver a empezar con otras piezas que tampoco encajen. Bendecir por encima de todo, el tiempo que desperdició en quedarse allí, sólo a unos metros de esa escalera, al otro lado de la manilla que ahora protege otro desnudo.  Adorar los suelos de otros lugares, lejos de allí, que no pisó por repasar cada día la distancia que separa esa escalera de todas las risas. Miedo, a encajar en un puzzle, en una realidad. Como todas las demás.

Porque lo mágico es que en los puzzles de la realidad, no haya lugar para la inocencia.

jueves 1 de diciembre de 2011

El amor grande

A Manuela no le gusta pensar que fue triste. Huye de sí misma por sí misma cuando encadena un pensamiento con otro y llega a lo que cualquiera sabría que es certeza. Lo arruinó todo por triste. Así de simple y de absurdo. Y así es el golpe que cada vez que estampa contra Manuela, logra esquivar. Que no, que no es para tanto. Que como ahora le echa de menos le parece que no le sonrió lo suficiente. Es eso. Será eso. No que fue triste, no lo fue.

No le gusta pensarlo, pero lo piensa. Manuela piensa en todo lo que estaba fuera, y acabó por estar dentro. La tristeza de los demás, de los otros demás, de todo el planeta. Y que joder, todo el mundo sabe que a estas alturas del cuento ya no se hacen grandes cosas por amor. Se cometen locuras sí, se escriben libros enteros y películas, se hacen viajes y se gastan cantidades enormes de dinero. Pero el amor ya no cambia vidas, no desvía rumbos, no transforma sueños ni frena destinos. Ya no se hacen grandes cosas por amor. ¿No?

Y Manuela en el fondo sabe que fue triste. Por más que recorra los mil pasadizos llenos de excusas que explican que ella es hija de este siglo, de esta sociedad que se muere y que nunca volverá a pensar igual, que pasarán por sus ojos, su corazón y su vagina unos cuantos otros que escribirán sobre ella, por los que hará viajes, la certeza se esconde allí al final. Fue triste. Lo tuvo, y fue triste.

Aunque fueran los demás. Aunque fuera lo demás. Manuela no supo agarrarlo, subirse a él y sentir lo que ya no se siente. Flotar, volar, sonreír en el metro y regodearse en los planes pequeños y en los grandes proyectos.  Manuela escribió mucho, pensó incluso en guiones para películas que nadie produciría, hasta hizo viajes y se gastó enormes cantidades de dinero, para ser quien era. Pero no hizo grandes cosas por amor. Esas cosas grandes que ya no se hacen porque ya no somos los de antes. Por eso fue triste. Por eso se escapó entre las tristezas que ahora sabe que son pequeñas.

Manuela se mira en el espejo. Fue triste, se dice, fue triste, y se repite. Se dejó arrastrar, y no por los demás, ni por lo demás. Fue ella, se dice, fue ella, y se repite. Será que no estaba. Será que no era. No sonreía Manuela como al principio, como cuando hablaban del futuro que es presente. Y no sonríe porque no puede. Porque es una putada de las grandes conocer el amor grande en los tiempos que corren. Y claro que fue triste. Porque no podía no ser triste.

Y vuelve a recorrer el camino de vuelta. La caja de resonancia, la tarde en el parque. Y recoge las sonrisas, los empujones, los impulsos, los mensajes. Porque no todo fue triste. Y con todas esas piezas termina de escribir. Porque entre otras cosas, a su edad nunca es tarde. Y porque entre estas otras, es de noche. Y sólo de noche se hacen esas grandes cosas por amor, que ya no se hacen. Porque sólo sabiendo que el amor grande no existe, en esta sociedad que se muere, se puede creer y crear en él.


lunes 21 de noviembre de 2011

Lo que no se puede contar

Hay cosas que no se pueden contar, es mejor admitirlo que intentarlo, y tener que admitir una derrota presagiada. Hay cosas que forman parte del territorio de lo inexpresable. Se sienten, o ocurren, y no se pueden expresar. Se pueden compartir, pero no definir. Cuando un aguijón se clava en un lugar concreto, arrasa una zona que desaparece, y al desaparecer, no se puede explicar. Anula por completo la palabra, y el silencio conquista el reino.

Y el silencio se puede tocar. Es indestructible, se puede comer, pero no destrozar. Y crece, crece hasta que se olvida. Se pueden dar mil vueltas, rodear el silencio, intentar atacarlo hasta acercarse, y acercarse mucho. Pero hay cosas que no se pueden expresar, que no se pueden contar. Hay tristezas que calan más allá, mucho más allá, no sé dónde, porque no puedo llegar a ellas. Quizá es en algún mar, puede que en un estanque. Pero sé que hay tristezas que cruzan todo lo narrable. Que hay estados que se cuelan en cada uno y no tienen razón, ni raíz. O quizá sí. Pero no se pueden contar.

Y a veces ni se saben. Hay tristezas desconocidas, que salen a la superficie cuando algo ocurre. Cuando no encienden el interruptor de la luz, o vuelcan el bolso cuando vas a salir de casa, o hacen agujeros en las medias. Y entonces, el silencio. El silencio implacable que no se puede romper, pero se puede tocar. El silencio que arruina los días, que los pinta de gris oscuro casi negro, que reduce a líneas las sonrisas y se mete en el metro contigo todos los días, y acompaña a todos los matices de gris que se entierran en el mismo vagón.

Y ya no hay alegría. O sí, pero no es auténtica. No es la alegría que no necesita vestidos de colores, ni rayos de sol, ni césped recién regado, ni un mar de fondo. Y no se puede salir, porque el silencio se traga y vive dentro de ti. Y de mí.

Y yo no quiero creerlo. Pero hay un silencio, aunque sea muy pequeño, dentro de cada uno.

viernes 18 de noviembre de 2011

Maldito Noviembre

Lo odio. A él y a todo lo que pasa por él. Es frío y lluvioso. Pero no es ni el frío de castañas, ni la lluvia bohemia. Es el frío duro, seco, madrileño. El que se cuela cada vez que el tren abre sus puertas para recordarte que aún te quedan más paradas de ida, y otras muchas más de vuelta. Es la lluvia que no quieres que te moje, el día que no llevas botas y se te ha roto el paraguas. Noviembre no tiene nada de trascendental. Es el mes encerrado en una cúpula sin cristales, que fue construyendo para no escapar.

Y yo también paso por noviembre. Y tú. Y no me queda más remedio que odiarnos, a nosotros, y al metro, y a las calles, y al desayuno, y a las siestas, y a los vestidos alegres que escojo para huir de él cada noche de noviembre. Y a las películas con las que intento salir de aquí, llegar lejos, más todavía, sabiendo que en casi todo el mundo, también es noviembre.

Si pudiera lo mataría. Lo agarraría de sus ramas desnudas y lo haría trocitos. Ni siquiera me gusta el sonido de sus ramas al partirse. Pero lo quemaría, dejaría que ardiera hasta que octubre se funda con diciembre y no exista más. Porque noviembre es el mes para partirse el corazón, para pararse y ver que un año más ha pasado y no todo sigue igual, es peor. Es un mes afilado, cortante hasta la depresión. Es oscuro, oscuro y malo. Noviembre nunca fue feliz y así intentó que ninguno lo fuéramos.

Muérete noviembre. Yo sucumbo a tu infelicidad, me dejo arrastrar por tus vientos hasta la habitación sin balcones. Elijo la luz artificial para marchitarme, el jarrón del agua con cenizas para no crecer, el colchón de hojas húmedas para que me rodeen y hundirme en ti. Pero contigo dentro. Tú nunca serás feliz noviembre, y yo sobreviviré a ti. Te tendré miedo, todos y cada uno de los años en que te sobreviviva, te temeré. Porque no hay nada peor que noviembre, peor que tú.

Y no podré matarte. Porque eres peor que inmortal. Me entregaré a tu sufrimiento y aún así, no serás feliz. Porque no hay nada peor que darte lo que quieres. Hasta que sea demasiado tarde para darte cuenta de que aún te quedan once meses mirándome para intentar amargarme. Y yo voy a deprimirme contigo hasta que no sepas quién es noviembre. Hasta que olvides que un día fuiste un nombre precioso, para el peor mes de todos.


lunes 14 de noviembre de 2011

Il Pantheon


Podría como siempre, refugiarme en la escritura. Quejarme a modo de escritora maldita de que nadie me quiso y rechacé a quien lo intentó. Podría hacer dudoso alarde de la sangre malgastada en perseguirte, incluso, perseguíos, y dejar que el viento me acaricie con la suavidad que yo no tuve cuando me quisiste tú, incluso, vosotros. Podría, y de hecho más que puedo, hago, seguir creyendo que todo lo que escribo tiene un mecanismo que le permite existir y penetrar en alguien para provocar algo que recuerde casi tanto como un orgasmo, de los de andar por casa. Como si yo fuera a hacer mella en alguien que un día me dijo, llegarás lejos, porque me sorprendió en la lucidez que me penetra a mí, cada vez más de vez en cuando. Como si yo pudiera olvidar las gafas de pasta y la calvicie, clave indicio de madurez y futuro éxito literario, que me lanzaron críticas constructivas, hasta frenarme, frenarme y no lamentar que un disco de plástico con media vida escrita se fuera, como yo cada vez menos de vez en cuando, al rincón barato donde huele a letras de fábrica y bestseller fordista. Y aún así, aquí estamos, porque podría pero no, refugiarme en a escritura y prueba de ello que me visita, la puta aquélla, menos veces y menos tiempo. Y todo para decir que si aquí estoy, mucho después de los quince, cuando la falacia es legal y el victimismo una gran fuente de justificación y deseo, y atracción, y todo lo que suene a centro dramático norteamericano, es porque, y eso sí que puedo, trasladar admiración, conversación y encuentros fuera de lo corpóreo, de las personas a las ciudades. Me veían venir, pero estoy mucho más por encima de la punta de iceberg que creen avistar, infelices espectadores. Las ciudades me leen el alma, se acoplan a mí y deciden llover o solearme, sonreírme, como si yo fuera a través de ellas, dios o una manifestación de lo más puro. Como si ellas, fueran más capaces que yo de hacerme comprender, ellas, que tienen más conversación y a las que he amado, y a las que he llorado, mucho más que a muchos. Sangre, que biengasto en abrazarte, porque a nadie como a ti, y tú a nadie como a mí. Que nos acaricie en sus siglos el viento, y si a la escritura vuelvo, que me leas tú.

jueves 27 de octubre de 2011

El cuchillo de postre

Practiqué muchas veces. Sobre todo por las mañanas, cuando había cualquier objeto que inaugurar. Me despertaba escuchando sus gritos, antes de que sonara mi despertador, las palabras que cuando estaba muy borracho, no podía entender. Los tumbos, como una pelota de pin pon a cámara lenta, que daba por el pasillo, intentando llegar en pie hasta la cama. Entonces me levantaba de golpe, apretaba cada músculo de mi cuerpo lo suficiente como para dejar de querer seguir durmiendo. Y después aflojaba uno por uno hasta los ojos. Respiraba profundamente, y los abría. Otro día más en este infierno de silencio en el que nadie hacía nada.

Ponía los pies en el suelo y buscaba las zapatillas. Daba pequeños paseos por mi habitación, cada vez más rápido, y todo lo silenciosa que podía, hasta que escuchaba cerrarse su puerta. Ésa era la señal para abrir la mía. La puerta a diez minutos de placer hasta que tuviera que meterme a la ducha para ir a clase. Al menos había algo bueno en que me despertaran antes sus grados de alcohol que mi despertador.

Deslizaba las zapatillas por el pasillo. Era un poco inocente, porque la mona que dormía no la hubiera despertado ni bailando claqué hasta la cocina. Y cuando me encerraba allí, respiraba tranquila y me sonreía a mí misma. Era mi momento, el momento en el que practicaba, el momento en el que me desahogaba ensayando cómo iba a matar a mi padre. Buscaba el bote nuevo de café y daba rienda suelta a mi imaginación. Pero esa mañana decidí que iba a hacerlo. Que ensayaría por última vez y después, lo mataría con el mismo cuchillo.

Disfrutaba con cada progreso. Era fácil. Desenroscaba la tapa del bote de café, y durante algunos minutos, me quedaba observando el papel, casi siempre plateado, que separaba el café abierto del que se inaugura. Acariciaba la imperturbable superficie, me regocijaba en los últimos segundos de esa virginidad industrial. Y sin dejar de mirarla, daba un par de pasos hacia atrás y con una de las manos abría el cajón de los cubiertos. Me gustaba escoger el cuchillo de postre, porque era casi tan inocente como el bote de café, como mis manos, como yo. Y entonces lo agarraba con fuerza, y volvía acercarme a él. No dejaba de mirar la superficie que iba a ser brutalmente asesinada. Y antes de volver a respirar, atacaba la tapa plateada, la acribillaba a puñaladas tantas veces como fuera posible. Una, dos, tres. Y todas las que pudiera. El papel parecía resistirse, seguía tenso a las primeras embestidas. Saboreaba cada vez que penetraba el cuchillo en ese sonido hueco, suave y a la vez, ensordecedor. El café se rendía. A modo de bandera blanca, estornudaba polvos. Pero yo continuaba con alevosía hasta que las heridas se unían y el papel se rasgaba por completo, y la tensión desaparecía.

Matar a alguien no debe de ser muy diferente. Matarle no debe de ser muy diferente, me repetía mientras admiraba mi obra, y así todas las mañanas. Después me sentaba en la silla de la cocina y pensaba en el cuándo. Cuándo sustituiría el café nuevo por mi padre. Y siempre concluía que tendría que ser espontáneo, que cuando hubiera practicado más algún día enloquecería y me atrevería a hacerlo. Y esa mañana lo decidí. Después del último ensayo, el último de todos, lo mataría. Con el mismo cuchillo de postre. Ésta era la definitiva.

Esa mañana no encontré ningún bote de café nuevo. A veces ocurre. Pero seguí buscando y me topé con un bote de colacao, y de repente fue diferente. Diferente porque todas las veces era capaz de concentrarme sólo en mi odio, sólo en la superficie plateada que era la diana de toda mi ira. Pero cuando mi mano agarró el bote de colacao me vinieron a la mente otras imágenes que no podía apartar. Recordaba una mañana de fin de semana en el supermercado, una de esas mañanas en las que decidía acompañar a mis padres a hacer la compra, cuando se acercaba el verano. Quería el regalo que venía con el colacao. Cada año el que fuera. Pero cuando enfilábamos el pasillo de los desayunos, mi madre me decía que eran cinco kilos, que me iban a durar años, que pesaba mucho, que lo que fuera. Y yo ponía una cara muy triste y no decía nada. Me quedaba mirando la caja grande de colacao mientras nos alejábamos hacia otros pasillos. Pero cuando estábamos en la cola para pagar, mi padre se acercaba a mí y me preguntaba si iba a bebérmelo todo. Yo asentía, y empezaba a sonreír. Entonces mi padre desaparecía y volvía con los cinco kilos y la baticao, o el boli invisible, o el yoyó automático.

Aquella mañana no podía dejar de pensar en ese recuerdo. Agarré el cuchillo de postre con todas mis fuerzas y acribillé una y otra vez la tapa del colacao. Pero no pude disfrutarlo, incluso algunas lágrimas se deslizaron por mi cara. No podía dejar de verme con diez añitos, ahí sentada en el carro, viendo cómo mi padre se hacía paso entre la multitud del supermercado como un héroe, mientras mi madre ponía en la cinta todo lo que habíamos comprado. Y volví a apretar el cuchillo. Él tenía la culpa de todo. Así que decidí ir a su cuarto. Tenía que matarle, tenía que hacerlo ya. Él era el culpable de todo.

Cuando entré en la habitación, ya no roncaba. Dormía boca abajo, con una respiración profunda. Observé su espalda. Lisa, como la tapa del colacao. Pero no estaba tensa, no me desafiaba, no me esperaban polvos de chocolate al otro lado de esa superficie. Me acerqué a él y respiré hondo. Cerré los ojos. Levanté el brazo. Los volví a abrir. Volví a mirarle. Levanté más el brazo. Volví a respirar. Se me escapó una lágrima, y entonces empecé a llorar. A llorar como cuando tenía cinco años, o diez, o los que fueran. Como si nunca me hubieran comprado los cinco kilos de colacao.

Me di la vuelta y miré el cuchillo. Pensé en despertarle y decírselo, que quería matarle, que le odiaba. Pero no sé aún cómo, volví a la cocina, y con los ojos borrosos dejé el cuchillo en el fregadero. Me acerqué al bote de colacao, y con las manos, le fui quitando el papel que había rasgado. Lo cerré y lo dejé en su sitio. Y me volví a la cama, a la cama de la que seguiría despertándome con sus gritos, con sus tumbos por el pasillo. Y supe que no escaparía, que me quedaban todas las tapas, todos los botes de café de mi vida por asesinar.

domingo 9 de octubre de 2011

Cartas a Miguel


9 de marzo de 1939
Hace tiempo que no sé nada de ti, Miguel. Y tiempo hace que este pueblo no respira, sólo grita, corre, huye. Se ensordece. Tirita bajo los bombardeos y le rugen las tripas. Clama a sus dioses, a estos gobiernos, a ritos paganos y trucos de magia. Y mi niño se estremece, sonríe por las mañanas y cuando pasa el día empieza a llorar. Otro día más igual, otro día de cebollas, panes negros y duros como rocas. Cada vez llora antes, él y todo el pueblo. Pero yo me resisto. Yo pienso en ti Miguel y me como los rayos de sol, bebo de las gotas de lluvia y no escucho los estallidos de las bombas. Y escribo, que para eso me enseñaste. Estaré escribiendo hasta que deje de respirar.


11 de marzo de 1939
Todo el pueblo corre. Se asusta. No hablan, no van a los bares, no abren los bares. Las señoras no van al mercado. No abre el mercado. No queda nada, casi casi nada. Pero yo no me rindo. Aunque sólo quede una cesta con muy pocas cebollas Miguel. Aunque mi niño se eche a llorar cada día un poco antes. Yo me ato el moño y salgo a pelearme por algo de comida, por alguna sonrisa, y todos los días pregunto si ha llegado alguna carta de ti. Hace tiempo que no escribes, pero sé que estarás bien, que mientras, seré yo quien escriba para mandarte un poco de luz.


13 de marzo de 1939
Lo que me preocupa es que hace días que no llega nada al pueblo. Y la cesta de cebollas va menguando. Y al niño no le gustan, a mí tampoco me entusiasman. Pero yo trago y trago y luego le doy el pecho. Que para eso soy su madre. Pero quedan pocas. He pasado de comerme una o dos cebollas cada día a comer media. Porque tienen que durar hasta que lleguen más a los mercados clandestinos. Por eso están todos tan nerviosos, tan nerviosos que al final me lo van a acabar pegando. Pero aguanto Miguel, porque hace poco que te fuiste, y dentro de poco volverás. Lo sé.


17 de marzo de 1939
Los bombardeos son cada vez cada menos tiempo. Los que pueden correr, son cada vez más rápidos, y los que se esconden, cada vez más listos y más sigilosos. Yo con este niño no puedo ni una cosa ni la otra, porque no hace más que llorar y porque además, hace días que me cuesta un quintal hacer cada cosa que hago. Para correr estoy yo. No ha llegado nada al pueblo, ya no me quedan casi cebollas. Si nada cambia en un par de días ya no tendremos qué comer, ni a quién acudir. Y cada vez se oyen menos gritos de los demás y más de mi niño. Yo respiro, extiendo los labios y le sonrío a mi niño. Aunque se parezca cada vez menos a una sonrisa y cada vez más a una línea.


19 de marzo de 1939
Han escapado del pueblo los caballos, también los toros. Ayer vi a una mujer en las llamas de su casa. No es que no haya nadie, es que los que están se mueren. He visto también a un hombre con su espada rota, tirado en el suelo. Ya ni siquiera hay flores. Y no hay luz, lo que sea que levanten las bombas no deja ver nada. Y este niño no para de llorar, no para de gritar. Y no quiero que pare. Yo lloro también. Sí, Miguel, donde quiera que estés. Si aún estás aquí. Si el niño deja de llorar ya no lo veré. Vuelve pronto Miguel.


26 de marzo de 1939
Sólo queda media cebolla. Queda la mitad de un día. La mitad de una sonrisa.


28 de marzo de 1939
Ya no escucho al niño. Al mío, al nuestro. No llora. Ni escucho al pueblo. Ni a las bombas. Sólo soy yo, gritando porque ya nadie respira. No respira Miguel, el niño ya no respira. Y yo tampoco.







domingo 2 de octubre de 2011

La otra Torre

Lo cierto es que me he parado muchas veces a mirarla, y nunca la he mirado de verdad. Incluso he hablado con ella, si mal no recuerdo. De que me haya dolido el cuello al hacerlo, me acuerdo seguro. Y sé que me parecía preciosa, que me lo parece. Y conozco muchos de sus datos, y tengo muchas fotos de ella. Incluso, sé más de ella que de otras torres que están por delante en la lista, en mi lista de edificios. En la lista de cosas inertes a las que he decidido amar. La lista de lugares con los que me gusta hablar. Y de hecho, ella ni siquiera está en la lista. Y ahora que lo pienso, no sé por qué. Cumple todos los requisitos para ser un monumento en el que parar el reloj, y no perder el tiempo. Quedarme mirándola, y que todo lo demás no exista. Como si fuera yo, pero más alta, y más delgada, y mucho más grande. Como encontrarme en un yo estático que ya lo sabe todo y que me susurra sólo algunos de los pasos que daré después, cuando decida que el reloj vuelve a funcionar. Que ha estado ahí toda la vida, que sigue siendo una niña de pelo corto y castaño, que me quiere como me quiero yo, porque somos la misma. Y además, es mujer. Y me mira desde arriba y deja que me perdone, me acaricia la cabeza y vemos juntas todo el plano de la vida. Me deja verme desde fuera, y me devuelve todo el reloj en calma, en pasos firmes que confirman que sí, que seré lo que decíamos. Lo que siempre creímos aunque no supiéramos ni cómo ni por qué camino.

Pero no está en la lista. Y quizá no está porque no me he presentado de repente en sus narices después de tropezarme, perder el equilibrio, y tener tiempo de querer parar el reloj para que me ilumine. Triste, abandonada y con nostalgias suficientes para acumular entre sus hierros. Pero qué ganas me han entrado de verte. Cuántas ganas tristes, perdidas, pequeñas e inocentes. Sin saber lo que dirás, cuando estés como los otros dos, en la lista de edificios con los que siento la necesidad de hablar, para encontrarme.

domingo 31 de julio de 2011

De cuando fui escritora...

De cuando fui escritora, aún conservo, lápiz, papel, algún rincón de aire. De viento, de cierzo. Pero no recuerdo más, ya no sé cómo se escribe. Ya no sé, si no es copiar, o copiarme, escuchar en el viento mis voces, susurrantes, chivarme algo con lo que empezar, mantenerme en el aire, con la respiración cortada, y fluir. Me faltan noches, me faltan días de prometerme cama, para no dormir. Y me falta quizá, mucho sufrimiento. Mucha bohemia contenida, muchos gritos sin lengua, la sensibilidad enraizada y quinceañera, la que no tiene vergüenza, la víctima de todo. Pero digamos que aún conservo, y quizá es lo de menos, pero es lo de más. Empujar, por el barranco de la vida rápida, si es que conocen mis dedos otra, las lágrimas que no llegan a la nariz, las que no resbalan hasta mojar las sandalias. Y recrearme, saborear el sufrimiento como los caramelos de fresa y nata. Queda. Queda y sería mejor que no quedara. Porque la felicidad es ignorancia, no leerme, y no sorprenderme en letras que ya no reconozco. Cuánto hace, seis meses, nueve años. Cuánto hace que ya no escribes, que ya no la sientes pasar a tu lado, rozar mi brazo, instalarse en algún sitio que atisbo a reconocer entre el final de la garganta y el lugar que no tiene nombre antes del pecho, pesar, transformarse en plomo. Instalarse, hasta que haya escupido todo. Jugar sin querer conmigo, contigo, con la crisis de identidad que me provoca carcajadas. Y no regocijarme en mis juegos, dejarlos pasar y volverlos a leer. Así salió, así fue, ahí estaba la clave. Descifrarme, ojalá pudieras descifrarte. Y ojalá pudiera dejar de escribir sin escribirlo, sobre el mismo tema. La misma mierda. Tan feliz que cada día eres una, que ya no sabes quién, que si sufrieras frenarías para reconocerte. Inspeccionar los daños, aquí, sí, y allí también. Si frenaras, ay, si pararas un poco para relamerte las ideas y encontrar el filo, la junta por donde se escapan todos los segundos consumidos tan deprisa. Y renacer, unas cien veces cada día, y fijar, en la memoria, cada una de las horas. Ay si te fueras fiel y guardaras las horas. Ay de ti, amor, escritora, si te fijaras.

jueves 28 de julio de 2011

Guardaré las horas

Guardaré las horas. Y Wolf se suicidaba en el río. Elegía el suicidio público entre las chimeneas de Londres a una vida llena de lágrimas secas antes de llegar a la mejilla y rodeadas de verde. Verde por todas partes. Pero guardaré las horas. Todas las horas, las guardaré en los bolsillos que fui llenando de piedras para cuando me sumerja. Piedras, que con cada letra fueron siendo lo que eran, lo que llenaba cada paso hacia el final. Aunque al principio nunca lo fueron, las piedras, eran horas, eran letra, silencio, punto, coma. Ideas que van haciendo espirales y al final, piedras, de la juventud a la vejez, revolución en instinto conservador. Pasión en cariño. Letras en piedras. Ideales por frustración. Pero las horas, las guardaré. Las de las lágrimas, las del placer. Cariño, guardaré las horas y me dejaré llevar, autómata, como la sangre al río, y el río al mar. Y volveré a las comparaciones odiosas, las de los relatos violentos en los que disfrazaba disparos de suspiros, y las comparaciones odiosas con el mar. Desembocaré. Y como un río me iré formando en otra fuente pura, e iré bajando, hasta encontrar mis piedras. Como el arte que fluía por mis dedos, yo también me iré apagando, pero guardaré las horas. 

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