viernes, 6 de enero de 2017

De lo que sea

Todo ha de suceder antes de que vuelva el miedo a matarme de pura sobredosis, como siempre. Aprovechar la luz del Sol para ser el jarrón que explota contra la pared.

Con tus rosas, sí. No las quiero. De hecho, creo que nunca las he querido. Ni siquiera me gustan. Ni siquiera creo que sepas que las rosas son las flores más feas de mi universo. Y que no son lo único que no quiero, a ti tampoco. No. Quiero follarme a mucha gente a la vez, correrme con mujeres, chupársela a cualquiera que esté dispuesto a escupirme en la cara, simular que me ahoga, llamarme zorra y levantarle un monumento a mi falta de escrúpulos; a la seguridad para emprender el vuelo hacia el siguiente estigma con el que arrastro todavía tu polen y el de miles de criaturitas más.

Coger ese armario, entero, repleto de esa ropa que va del gris al marengo y otra vez y otra vez y otra vez y tirarlo por la puta ventana. Joder. Fumármelo y bebérmelo todo, quiero convertirme en una fuente de ginebra que se pausa sólo para expirar humo. Qué coño, tragar e inhalar a la vez.

¿Un reloj? No sé qué es eso. Se me sale la sangre por la garganta y no me duele, al revés, mataría por no parar nunca de vomitarla. Y gritar y saltar y gritar y saltar, ¡que estoy viva y puedo ir adonde quiera! Voy a correr en cualquier dirección, ¿dónde quieres ir? Marte es sólo un adverbio de lugar. Que me falte el aire, que se consuma todo el oxígeno de mi sistema respiratorio, que se estiren todos los músculos. Que muera. Que muera ahora mismo, de cualquier cosa, de lo que sea. De pura vida, de inconsciencia, morirme de amor, de lo que sea, de amor del romántico, del que desgarra, del que no es amor.

De cualquier cosa, morirme, morirme. De cualquiera menos de miedo. De cualquiera antes de que vuelvas con rosas a encerrarme en el redil de los cuerdos de atar. De lo que sea. 

miércoles, 1 de junio de 2016

El bosque

Hay un bosque que los años han dejado crecer con escasa vigilancia, decidiendo mil y una veces que era mejor así y otras mil y una que no. Con ramas cual sarmiento, rodeando no sé muy bien qué y protegiéndolo.

No te he hablado nunca del bosque.

No sé hablar de él. Supongo que hace años que lo ignoro, porque la última vez que estuve en él, las ramas crecían a la velocidad de la luz, como si quisieran tapar todas las vistas a Berlín Oeste.

Con lo difícil que es vivir. Con lo difícil que era.

No sé cuánto tiempo había pasado esperando encontrarme contigo debajo de las hojas del plátano, en uno de esos bancos incómodos que quieren hacerte la existencia imposible. Y hacerte poesía. Plantarte una bandera y jugar a recorrer con los dedos el espacio en el que vivo. Y nada más.

Reducir la vida al tacto de las líneas dactilares sobre tus lunares. Medir en el espectro cromático hasta dónde llegan sus colores. Respirarte. Aprender a vivir sólo con tu aire nunca me ha parecido tan fácil. Coger impulso en tus rodillas y elegir dónde somos siempre jóvenes. Y de un soplido, estallarnos en confeti.

Convertida en plásticos de colores me he armado de fiesta suficiente como para empujar los escombros del muro y volver al bosque, esperando encontrar las ruinas que la memoria hubiera conservado con sus ramas.

Lejos de esqueletos, las hojas suavizan un sol de justicia y de domingo. Hace tiempo, hasta me atrevería a decir cuándo, alguien aquí dentro ha decidido mil y una veces -sólo- cómo deben crecer las ramas y lo hacen igual. Me atrevería a reconocerme en las líneas que trazan. Hasta la primavera alemana y la bicicleta preparada para darme vueltas en tándem, me suenan de sueños.

No te necesito. No necesito vivir en tu aire.

Porque, francamente, tampoco necesito aire.

Me sobran pulmones para el resto de Berlín. Tengo un bosque sin vigilantes, tejido de ramas fuertes, de plátanos que nos hacen sombra en un domingo de justicia. Tengo todo el arcoiris de tus lunares y tus rodillas. Y sin tenerte, también a ti. 

lunes, 11 de enero de 2016

El día en que

Habrá un momento en que despiertes aquí, a este lado del colchón, y el colchón será lo que es, un amasijo de texturas en el que descansar lo justo. Un día en que pondrás los pies en el suelo, el suelo estará frío y te quemará por dentro. Te escucharé quejarte de la presión de la ducha, de la toalla que perdió su tacto de algodón de azúcar hace siglos y volveré a saber que estás hasta los mismísimos de la maldita fuga que encharca el baño.

Pero aún vendrán días peores. Tirarás la vieja cafetera y en sueños comprarás una Nespresso, que colocarás en la encimera de una moderna cocina de mármol, muy lejos de aquí. Bajarás en el ascensor directo al garaje donde te espera el coche que compramos para que dejaras de quejarte del tiempo que cada día pasas bajo tierra hasta llegar al trabajo. Habrá un día en que ya no te bese al salir de casa. O incluso peor, que te bese como lo hace esa gente que sólo pone la cara porque prefiere besar al aire o que piensa que sus gestos son demasiado caros como para regalarlos.

Pensaba en que ese día recuerdes que al principio volvías a meter los pies en la cama. Que buscabas el punto de fuga en la ducha y que el rendimiento que le sacabas a los cinco minutos que tarda esta maldita cafetera en darnos de desayunar no se lo imagina ni el FMI en sus mejores sueños.

Que te acordaras de hoy.

Esos días vendrán a oxidarnos. Así que piénsalos ahora. Declárame la guerra mientras el baño se inunda. Desátame los nervios con tus pies helados. Sal con esa cara de dormido a poner la cafetera y vuelve. Vamos juntos hasta la boca de metro. Yo te juro que ahora mismo revendo el coche.

domingo, 4 de octubre de 2015

El centro del oasis

La veo bajar los escalones de este palacio como los bajan las viudas. Como si unos cristales de agua enorme impidieran la velocidad. No lo parece pero está muerta. Camina pero hace tiempo que no respira. Sus manos no dicen nada de las pieles que han curtido. Sonríe como los ascensores. Como otros cadáveres, lee los periódicos, avanza entre las calles y finge que resuelve cosas importantes delante de una pantalla ocho horas al día. Nadie sabe que está muerta. Nadie, menos yo.

Lo sé porque me he enzarzado con ella hasta dejar de reconocerme. Lo sé porque sus manos han curtido la piel con la que escribo como si nos persiguieran para matarnos. Lo sé porque a través del cristal, invisible y enorme, que la separa del común, ya no mira como sé que sabe. Lo sé porque sé cómo mira, sé lo que hace cuando es ella.

Lo sé porque la he escuchado contarme cómo se suben las escaleras de una azotea en plenas navidades para decirme que le va el corazón a doscientos. Sé, por sus descripciones, a qué sabe comerse un corazón. La he visto bajarse del autobús en marcha sólo por un abrazo más. La he visto sonreír mientras piensa que lo ha conseguido y que ya, estoy en el bote. Que se acabó la soledad.

La he oído prepararse para saltar, rozar las manos muy deprisa con sus muslos y acercarse al borde del trampolín para zambullirse en mí. He sido su océano. La he visto volatilizar las distancias. Provocarme.

Ella, que camina por este desierto a sabiendas de que no hay oasis, no está viva. Finge, como el resto de matices, de la escala de grises, que sabe dónde está el mar y el camino de vuelta. Camina, sin que nadie se dé cuenta, en dirección contraria. Como si unos cristales de agua, enormes, viraran la dirección. Y las manos curtidas de tanto estrellarse felices contra el mundo, renuncian y no se reconocen.

Yo sé que está muerta, pero aunque alargue la mano, no sé cómo se hace. No sé darle de beber. No puedo, sin romperla, darle la vuelta y pedirle que vuelva a subir las escaleras, que llegue a la azotea y lo haga rápido, como si no hubiera cristales. No recuerdo haber tenido nunca que pedirle que tome las riendas del trampolín, vuelva a frotarse las manos muy depirsa con sus muslos y salte, directa al centro de mi oasis.

No lo recuerdo pero yo, ya no soy un océano. Ni un vómito, con el corazón a pedazos. Como esta casa, que ya no es más un palacio.


lunes, 20 de julio de 2015

Armstrong

Salto de cabeza y entro justo, por tu ombligo. Me siento una invasión fácil, una especie de Napoleón que campa a sus anchas por nuevos dominios. Respiro allí adentro, buceo y no me ahogo. Exploro como los niños que no conocen el miedo. Me veo por todas partes, los espejos me señalan sin ahuyentarme.

Nada puede cortarme. ¿Cuántos seres vivos han habitado este lugar? Me siento en la Luna. Soy la primera mujer que se abre paso en tus adentros. Estos son mis campos. Esto es mío. Me deslizo y subo desde tus tripas hacia arriba. No quieren soltarme y a la vez, se pliegan ante mí. No quiero despertarte. Me abrazo a tu esófago como una bombera que baja a los incendios, pero al revés: subo a los cielos. Tus pulmones marcan el ritmo tranquilo con el que trepo. Nunca llego a sudar.

 Desde aquí arriba todo parece un campo de trigo. Suave, pacífico. Tú no lo notas pero yo, lo toco todo. Sé dónde empiezas a pinchar. Sé dónde te duele, dónde te ha dolido. Miro cómo te reparas y conozco que a veces, tardas más. Los campos de trigo tienen balas acumuladas, espacios quemados por el sol, nuevas hebras, sabias espigas. Mis huellas suelen quedarse y de momento, no veo otras más marcadas que las mías. Tal vez han estado aquí antes pero yo, cuando paseo por ti, soy Armstrong.

Llego al epicentro. Ya sabes que yo no nunca renuncio al núcleo. A estas horas es, también, apacible. Nada que ver con tus manías, con el amor que me haces, con las carreras, con el que te hago. Bombea, decide con firmeza seguir, cada milésima de segundo. Me siento a respirarlo, a saber que está ahí, que no te deja. Tienes un corazón enorme, un Amazonas lleno de abetos. Perenne. Y cuando acelera, como si el viento soplara, vuelvo a deslizarme hasta tu ombligo. No quiero estar aquí cuando despiertes. Salto desde tus tripas y asomo a la superficie. Camino por tu pecho y vuelvo a mi estado natural.

No quiero perderme el momento en el que vuelves y me aprietas contra ti. Como si supieras que yo ya sé que está todo bien. Como si tú también volvieras, Armstrong, de tu paseo por mis campos de trigo.

miércoles, 3 de junio de 2015

Cuando ganamos

Las derrotas se esfuman. El cielo no está, pero parece más limpio.
Sonríen, sin clientes, las putas. La Iglesia no tiene techo.
Nos casamos, a la vez, los homosexuales. El hambre no tiene suelo.
Se acabó la rabia. Se acabó.
Los taxistas escuchan música clásica. La sangre no se chupa.
Los papeles están mojados. El blanco es blanco.
Y a la vez, nunca fue tan fácil mezclarlo todo.

martes, 26 de mayo de 2015

Y empezamos de cero

Admito que funciona sin control. Lo admito. Asumo, asimilo, digiero, que ella no me sigue, que yo no la lidero. Supongamos que ya lo sabía, pero no, no había probado el sabor de la tierra hasta aquel día.

Era esto, ¿no? Aquí ejerzo. Aquí no vale escupir, no hay segundos para los suspiros. No van y vienen las líneas. No son rectas. Las curvas siempre nos han sentado bien. Siempre te han sentado bien.

Y llevarte y traerte, como el viento se lleva todo lo ingrávido. Y escucharte respirar, como los relojes siguen su tic, como los anzuelos clavan, sin doler, su tac. Y verte amanecer, miles de días más. Millones de días más.

Que ser mayor era seguir sintiendo que tú estás detrás, aunque estés delante. Admitir, asumir, digerir, que la vida va en un sentido, que se coloca en nuestro espacio como la tierra sabe y sabe, aunque nunca la hubiera probado. Que las raíces son más fuertes que haber llegado hasta aquí.

Hasta el punto en que las líneas se despiden de no haber sido nunca rectas. Que tu sonrisa te sienta tan bien que no tengo que llevarte ni traerte, que el viento no nos pesa, que los relojes nunca se paran, que los anzuelos no nos pescan. Y los amaneceres nos saludan, y la tierra no nos cubre.

Que de las mujeres está todo escrito y sin embargo de ti, queda todo por escribir. 

domingo, 1 de marzo de 2015

Desde dónde

No creo que huir sea fácil. No me gusta la gente que dice que huir es de cobardes. No me gusto cuando digo que huir es de cobardes. Huir es lo que he hecho toda mi vida. Y mi alma está en paz. 

Huir no es ni más fácil ni más difícil que quedarse. Escapar, no es más heroico que enfrentarse. Para mí, ir y venir, fugarme y regresar, era orgánico. Era lo que había que hacer. Era el mecanismo que hacía funcionar la vida.

Después de saltar de una vida a otra. Mucho más tarde de haber visitado por primera vez mi casa, tiempo después de haber regresado al siempre vacía, años después de evitar las raíces, del orgullo de la apátrida, de la felicidad de no ser. Entonces, sólo entonces, alguna parte de mí decidió anclarse a la tierra. Construir una nación. Jurarse a una bandera. 

A la mía. A mi suelo. A mi familia. Al cielo que es jodidamente el mismo, cambiante cada día. Decidí plantarte. Aprenderme los nombres de tus calles. Tus atajos. Mis atajos. Llegar a la puta raíz. 

No creo que quedarse sea fácil. No me gusta la gente que dice que quedarse es aburrido. No me gusto cuando digo que quedarse es aburrido. Quedarme es lo que hago. Mi alma, tranquila, se queda.

Quedarse no es más fácil ni más difícil que huir. Permanecer, no es menos atrevido que marcharse. Para mí, tomar tierra eterna es tomar partido. Es mi lucha, es desde donde quiero defender la vida. El mecanismo que hace a la vida volver a funcionar. 

Después de elegir un techo. Algo más tarde de volver por última vez a casa y llamarla casa, algún tiempo después de comprender que el siempre nunca estuvo vacío, tal vez días después de averiguar que si las raíces se riegan, crecen, del orgullo de unos frutales que crecen sin respetar las fronteras, de la felicidad de tener nombre y apellidos. Este nombre y estos apellidos. Entonces, sólo entonces, mi alma supo que el ancla pesa lo que te atrevas a ser diferente. A ser tú. 

Tú. Tu suelo. Tu familia. El cielo que no tiene gobierno. Las plantas que crecen y las que no. Los nombres de las calles que no siempre cambian. Las raíces, mis puras, mis benditas, mis putas, raíces.

domingo, 11 de enero de 2015

Está sentado aquí, a mi lado. No dice nada sobre mi forma de escribir. No parece importarle que haya bastantes cosas por delante de él. A mí hasta me parecen demasiadas. Está ahí, sin preguntar cuándo fue la última vez que se me ocurrió limpiar mi espacio. No parecen sorprenderle las paredes a medio decorar, las puertas del armario abiertas o las montañas de periódicos. Tampoco le molesta el despertador sonando cada cinco minutos, las patadas de esta noche, mi indignación con la televisión. Que pida otra, que no deje nada en el plato, el sonido del secador.

Yo le miro y no lo entiendo. Cómo espera paciente su turno, cómo mira las paredes. No cierra las puertas del armario. Busca en los periódicos y lee boca arriba. Retrasa su despertador cinco minutos más. Y luego otros cinco. Me devuelve las patadas y me contesta como si fuera la televisión. No ha prometido dejarme terminar mis platos. La guerra, con mis enredones, la libra secador en mano. Y yo le miro y no lo entiendo. Pero creo que voy a quedarme aquí sentada, a su lado.

jueves, 13 de noviembre de 2014

1.038

1.038 desde la Ronda Litoral. Mordería hasta el polvo. Y el polvo precisamente.

Rumbo fijo hacia el norte. O hacia el sur. El tacto se enreda. Hay tantas maneras como kilómetros de tirar de su pelo hasta los márgenes de su vestido. Como hay tantas maneras de buscar con las manos las caderas. Por debajo. Siempre por debajo.

Autopistas de peaje. Los matrimonios modernos que veían películas en Perpignan para aprender a agarrarse de otras maneras. Se puede perder el tiempo, parar el reloj y decidir invertir en una brizna. Como las rosas invierten su vida en las espinas. Tienen en su boca las pulsaciones los corderos, cuando se acercan a ponerles fin.

¿Cómo se acercan? ¿Cómo lo hacen? Hay trayectos que son putos. Que empiezan desviándose en Orléans y no llegan a navidad. Que se quedan con la sensación. El tacto frío y caliente del morse. La presión que se ejerce. Los tirones hacia destinos apetecibles.

Está demasiado lejos aquel apartamento en el que no tenemos nombre. A veces, la imaginación es el arma más peligrosa que existe. No sé cuánto tardaré en llegar, este cinturón de seguridad no ayuda. Siempre fui más de carretera. La vida se mueve más. Pero es más denso el movimiento en una cabina presurizada. De la imaginación. Las caderas se deslizan, la piel llega a las manos, no duelen los tirones y la distancia corta se eterniza.
La distancia no deja nunca de ser cada vez más corta.
La distancia nunca deja de ser.
Pero se mira. Se mira y se toca. Se mira, se toca y se muerde. Se deja de pensar. Sólo se siente.

Cada una de tus briznas, la única mirada.

Salen las ideas de las cabezas. Y caminan. Despegan. 1.038 se quedan en nada. Por la ventana, hace ya tiempo que se han encendido las luces. ¿Cuándo sale el próximo avión?

Buscar este blog