Los puñales

Aquella mañana vino sin los aros que cada día adornaban sus orejas.
Las ojeras, sin embargo, las llevaba puestas desde hacía meses.
Bajó sin chaqueta -qué más da-,
los puñales del frío no iban a llegar más lejos que los otros.
Los del miedo. Los que empujan hacia dentro el filo y hacia fuera la sangre.

Tomó asiento y vomitó todos los males,
como si ya no le quedara espacio para guardarlos más.
El sol le secó las heridas y mientras se marchaba, vi caer por los callejones un manto de cuchillos que la elevó en el aire.

Antes de perderla de vista entendí por qué ya no llevaba pendientes,
ni chaqueta.
Cualquier artilugio era sólo un obstáculo más para volar.

La marea

- ¿Cuántas guerras has perdido?
Ninguna. Qué iba a perder.
- Quítate la ropa.
Me dio palo. No es que yo sea de apagar la luz, pero de ahí a desnudarse mirando a la otra persona hay un trecho. Es más por la distancia, no sé, como si el sexo fuera a ser de lejos.
- No, despacio.
Joder. No es tan fácil, tía.
- La camiseta.
Crucé las manos y busqué el límite.
- Despacio.
Estamos aquí, en este momento. Tenía las manos frías y rozarme los huesos que sobresalen de la cadera me dio algo parecido a un escalofrío. Suspiró.
- Uff.
¿De verdad? ¿Esto va así? Es entre ridículo, forzado y humillante. Pero ahí estaba, no me podía rajar.
- El cinturón.
El cinturón.
- Bájate la cremallera.
Eso sí lo hice despacio. La miré. Me tentaba y se reía, pero estaba nerviosa. Así que me bajé los pantalones sólo de un lado.
- Vas aprendiendo. Está bien.
Y claro que está bien. El otro lado. Salí de los pantalones hacia ella.
- Ah, ah, todavía no.
Se estaba tocando el pelo. Me deshice de los calcetines y de los calzoncillos. Total, ya puestos, qué más da.
- Ahora acércate, pero no del todo.
Fue casi un impulso. Alargué la mano y con el índice le rocé los labios. Los abrió. Pude tocar su lengua y empezar a empaparme. Se recogió el pelo y levantó la cabeza. Una invitación a mis dientes, que ya no podían más.
- Túmbate.
Y me atacó el cuello. Las clavículas. El pecho. Se entretuvo en mi ombligo. En los huesos de la cadera que ya no estaban fríos. Y entre lengua, dientes y olvido fueron volando su vestido, sus medias, el sujetador, las bragas. Andaba por mis rodillas cuando emergió como el Pacífico y se sentó sobre mí, pero aún más hondo. Surcamos los mares. Más despacio aún que cuando me ordenaba quitarme la ropa. Quise inclinarme sobre ella, expulsarla del mar y bebérmela.
- Aún no.
Así que la agarré de los hombros. Y me lo arrebató. Llevó mis manos donde quiso y tuve miedo del monólogo. Pero volvió a buscarme para entrelazarse conmigo y entonces sí, darme de beber. Nunca me habían sabido tan bien las olas, el agua del mar, la arena. Cuando volvió sobre mí yo ya me dejaba llevar como la marea que arrastra con la peor de las resacas.
- ¿Cuántas guerras has perdido?
Una, pero las perdería todas para ganarme esta. 

Eran así

Los días después de la navidad fueron fríos. Qué estúpido, ¿no? Como si fueran a ser de colores. Pero es que además de fríos fueron tristes. Qué gilipollez. Como si alguien fuera a bailar en enero. A subir a saltos las escaleras como esos imbéciles que las saltan de dos en dos, como si aún tuvieran diez años. Y más que tristes, fueron normales.

Como volver a casa después del trabajo y rellenar las horas hasta la cena con el concurso de la televisión. Pensando en que si esa vez te las sabes todas, quién sabe, quizá puedes presentarte y soltar esa memez de "yo he venido a jugar" y volverte a casa con tu palmo de narices, como cuando sales triste de esa entrevista de trabajo en la que nunca te cogerían ellos y no aceptarías ni tú.

Eran así, los días de enero. Que se convirtieron en marzo y después en mayo. Como si febrero y abril sirvieran para engañarse. Busca la sombra el perro y tú, aposentar el culo en otra terraza y olvidar a cervezas y pinchos de tortilla que después de navidad hace frío y en agosto necesitarás un ventilador de 20 euros para dormir del tirón. Y congratularte con el artículo del miserable de siempre que se jacta de haber crecido en Vallecas, en Badalona o la Jota para acabar montando una startup que vendió por mucho menos dinero del que se gastaría en champán si fuera rico para salir en el telediario. Así, exactamente así, eran los días de enero.

Un verano cuidando niños en Vietnam. Reconciliándote con el capitalismo que no te ahogará si consigues dormir 12 horas seguidas un día del fin de semana. Aporreando teclas, cabreada, porque los huecos del día a día no los llena ni la sonrisa que te hizo estallar a ti y a miles en la Puerta del Sol un mayo tonto del 2011. Como si fueras la perra vieja que eres esperando los días fríos de enero, después de navidad, que no se van en un año. Tú y todas las que eres en ese maldito sofá.

Y ahora sal por la ventana, vuela por los soles que acarician primavera y vuelve a sentarte. Produce, respira. Y cuando puedas, haz algo bonito. 

A corazón abierto

Me condeno a corazón abierto a no decirte nunca que dejo de respirar para escucharte. Que aquí, entre mi ombligo y la garganta, pasan las revoluciones de Robespierre a Ibárruri sin que me dé tiempo a parpadear. Que me quedo en el rincón de esta sala vacía de oxígeno recorriendo tu mentón, uniendo tus cejas, metiéndote la lengua por las orejas. Que me muerdo todas las canciones con las que daría de comer a los pájaros de tu cabeza.

Me ato a la silla las piernas para no saltar sobre tus planes y desbaratar los míos. Y me hago sangre. Y me la bebo para que no la veas. Como me trago el reloj de una bomba que por mis vivos juro que no va a estallar. Como los besos que digiero, los dedos que no te meto y el corazón que aireo de a poco para que no huela a cerrado.

Cuánto tiempo deseando suspirar para dejar de escucharte y que la guillotina acabe con todos los silencios. También con los que no muerden.

Si tengo una lista de tus desplantes, cómo quiero regarte

No quiero mirarte. Quiero que me mires tú. Llorar. Recordarte hasta la saciedad que te fuiste, que sigo sin entenderlo, que cómo fuiste capaz de matarme para siempre. Cómo fuiste tan hijo de puta. Y que a la vez te entiendo pero no entiendo nada. Cómo pasaste de refugiarte en cada mechón de mi pelo a sentarte en la otra punta del sofá, recoger tus cosas, cerrar la puerta. Suspirar todo el amor que te quedaba, independizarte de cada una de mis desgracias, respirar fuera donde todo era más frío. Cargarme con el techo, con las cajas, con todo esto dolor que nunca sé dónde poner. Y a la vez quiero abrazarte, borrar el espacio y traerte otra vez donde aún queda tiempo. Donde aún somos felices. Y matarte. Te odio tanto que no sé ni cómo lo hago. Cómo pongo los pies en el suelo y avanzo respirando cada segundo todo este mal. Me pregunto dónde está la justicia, por qué río, cómo consigo subir las escaleras si cuando me olvido de respirar vuelvo a estar en el suelo. Cómo vuelvo a echarte de menos con todos estos rasguños, con estas heridas tan profundas que me atraviesan y tengo que girarme a verlas al final de la calle, sin saber cómo me han se han colado a través de mí. Cómo sigue lloviendo y la gente andando y yo trabajando y tú también, y tú tan lejos. Cómo se vuelve a coser, a abrazarte sin hilo. Cómo vuelvo atrás sin mapa, y sin embargo, cuánto encuentro en la forma de mirarme. Cómo puedes seguir adelante si yo no. Cómo puedes con la culpa, si yo no. Cómo estoy viva si estoy muerta. Cómo tener calor con tanto frío. Cómo cojones sonrío y de dónde salen las ganas de sonreírte a ti. Si tengo una lista de tus desplantes, cómo quiero regarte. Cómo pedirte que vengas, que supliques perdón, que ruegues perderte entre mis mechones cuando quiero cortarte todo lo que eres. Matarte y resucitarte. Que me persigas, que me declares que no sabes vivir sin mirarme. Rechazarte un millón de veces y que sigas echando agua a este molino, hasta que todo sea tan blanco que nos encontremos en las transparencias y volver a amarte sin tener ni una sola condición, sin sentir que me traiciono. Saber que de todas maneras, ya no puedes ser tú. Qué rabia, saber que a pesar de todo, de que todo este torrente se repita, llego siempre a la misma conclusión. Que ya no puedes, ya no puedes ser nunca, nunca, la misma canción. Nosotros no podremos ser ya nunca. Y mientras caigo por el abismo, continúo pensando que no me cortaré el pelo, por si vuelves a tocármelo.

Estos días

Pasaron muchos. ¿Cómo iba a quedarme contigo? Yo no lo llamaría realidad, me parece obsceno, soberbio, ignorante. Llámalo accesos. Puertas que, querido, no abrimos a la vez ni dan al mismo paisaje. Entre otras cosas porque yo lo llamo Horror. En los despertares químicos me encuentro con el puto Horror con su H inmensa mirándome a la cara, a punto de escupirme. Y con sus babas me inunda y me sumerge en tantos palos cuya belleza no alcanzarías a encontrar, que para qué intentarlo. Me doy

Nadie vale menos que yo buceando horror. Este dolor que es una vez y es para siempre. La rueda de recuerdos que, erre que erre, vuelven a hundirme cuando busco oxígeno. Un coral al que agarrarme aunque siga haciéndome trizas. La sonrisa eterna que ya no está, su pelo, todas las cosas que venían a su mente y brotaban por su boca con la genialidad con la que sólo se envuelven las figuras para respirar. Y el Horror que se mete suave en mi bolsillo para acompañarme a todas partes. Donde meta la mano, está mojado.

No puedo quedarme contigo. No porque no sepas hundir las manos y buscarme con tus toallas secas destilando el olor a nuevo que ninguna marca de ambientadores logrará. No porque no me busques, porque no dejes de abrir puertas y entrecerrarlas -tú dando portazos, no creo que te vea-, no porque no quieras bucear. Porque no sabes. Naufragar es un arte.

Nadie vale más que yo metiéndome al Horror en los bolsillos. Se te escapan por las fisuras de las puertas todos los matices de mi negro. No quiero que recompongas mis trizas, me gusto así, rota. Los gritos del no puedo, las espirales del no valgo, los sumideros del no salgo, aquí, en este océano de Horror, son arte. Y el arte es un manjar para quien zanja a portazos. Para alguien dispuesto a naufragar en todos sus miedos y respirar con ellos. Llevarlos como quien renuncia a los ambientadores que no suprimirán el olor a viejo.

Sécate la realidad. Yo empapo los desiertos. Arte es ver la épica con la que emerjo.

De lo que sea

Todo ha de suceder antes de que vuelva el miedo a matarme de pura sobredosis, como siempre. Aprovechar la luz del Sol para ser el jarrón que explota contra la pared.

Con tus rosas, sí. No las quiero. De hecho, creo que nunca las he querido. Ni siquiera me gustan. Ni siquiera creo que sepas que las rosas son las flores más feas de mi universo. Y que no son lo único que no quiero, a ti tampoco. No. Quiero follarme a mucha gente a la vez, correrme con mujeres, chupársela a cualquiera que esté dispuesto a escupirme en la cara, simular que me ahoga, llamarme zorra y levantarle un monumento a mi falta de escrúpulos; a la seguridad para emprender el vuelo hacia el siguiente estigma con el que arrastro todavía tu polen y el de miles de criaturitas más.

Coger ese armario, entero, repleto de esa ropa que va del gris al marengo y otra vez y otra vez y otra vez y tirarlo por la puta ventana. Joder. Fumármelo y bebérmelo todo, quiero convertirme en una fuente de ginebra que se pausa sólo para expirar humo. Qué coño, tragar e inhalar a la vez.

¿Un reloj? No sé qué es eso. Se me sale la sangre por la garganta y no me duele, al revés, mataría por no parar nunca de vomitarla. Y gritar y saltar y gritar y saltar, ¡que estoy viva y puedo ir adonde quiera! Voy a correr en cualquier dirección, ¿dónde quieres ir? Marte es sólo un adverbio de lugar. Que me falte el aire, que se consuma todo el oxígeno de mi sistema respiratorio, que se estiren todos los músculos. Que muera. Que muera ahora mismo, de cualquier cosa, de lo que sea. De pura vida, de inconsciencia, morirme de amor, de lo que sea, de amor del romántico, del que desgarra, del que no es amor.

De cualquier cosa, morirme, morirme. De cualquiera menos de miedo. De cualquiera antes de que vuelvas con rosas a encerrarme en el redil de los cuerdos de atar. De lo que sea. 

El bosque

Hay un bosque que los años han dejado crecer con escasa vigilancia, decidiendo mil y una veces que era mejor así y otras mil y una que no. Con ramas cual sarmiento, rodeando no sé muy bien qué y protegiéndolo.

No te he hablado nunca del bosque.

No sé hablar de él. Supongo que hace años que lo ignoro, porque la última vez que estuve en él, las ramas crecían a la velocidad de la luz, como si quisieran tapar todas las vistas a Berlín Oeste.

Con lo difícil que es vivir. Con lo difícil que era.

No sé cuánto tiempo había pasado esperando encontrarme contigo debajo de las hojas del plátano, en uno de esos bancos incómodos que quieren hacerte la existencia imposible. Y hacerte poesía. Plantarte una bandera y jugar a recorrer con los dedos el espacio en el que vivo. Y nada más.

Reducir la vida al tacto de las líneas dactilares sobre tus lunares. Medir en el espectro cromático hasta dónde llegan sus colores. Respirarte. Aprender a vivir sólo con tu aire nunca me ha parecido tan fácil. Coger impulso en tus rodillas y elegir dónde somos siempre jóvenes. Y de un soplido, estallarnos en confeti.

Convertida en plásticos de colores me he armado de fiesta suficiente como para empujar los escombros del muro y volver al bosque, esperando encontrar las ruinas que la memoria hubiera conservado con sus ramas.

Lejos de esqueletos, las hojas suavizan un sol de justicia y de domingo. Hace tiempo, hasta me atrevería a decir cuándo, alguien aquí dentro ha decidido mil y una veces -sólo- cómo deben crecer las ramas y lo hacen igual. Me atrevería a reconocerme en las líneas que trazan. Hasta la primavera alemana y la bicicleta preparada para darme vueltas en tándem, me suenan de sueños.

No te necesito. No necesito vivir en tu aire.

Porque, francamente, tampoco necesito aire.

Me sobran pulmones para el resto de Berlín. Tengo un bosque sin vigilantes, tejido de ramas fuertes, de plátanos que nos hacen sombra en un domingo de justicia. Tengo todo el arcoiris de tus lunares y tus rodillas. Y sin tenerte, también a ti. 

El día en que

Habrá un momento en que despiertes aquí, a este lado del colchón, y el colchón será lo que es, un amasijo de texturas en el que descansar lo justo. Un día en que pondrás los pies en el suelo, el suelo estará frío y te quemará por dentro. Te escucharé quejarte de la presión de la ducha, de la toalla que perdió su tacto de algodón de azúcar hace siglos y volveré a saber que estás hasta los mismísimos de la maldita fuga que encharca el baño.

Pero aún vendrán días peores. Tirarás la vieja cafetera y en sueños comprarás una Nespresso, que colocarás en la encimera de una moderna cocina de mármol, muy lejos de aquí. Bajarás en el ascensor directo al garaje donde te espera el coche que compramos para que dejaras de quejarte del tiempo que cada día pasas bajo tierra hasta llegar al trabajo. Habrá un día en que ya no te bese al salir de casa. O incluso peor, que te bese como lo hace esa gente que sólo pone la cara porque prefiere besar al aire o que piensa que sus gestos son demasiado caros como para regalarlos.

Pensaba en que ese día recuerdes que al principio volvías a meter los pies en la cama. Que buscabas el punto de fuga en la ducha y que el rendimiento que le sacabas a los cinco minutos que tarda esta maldita cafetera en darnos de desayunar no se lo imagina ni el FMI en sus mejores sueños.

Que te acordaras de hoy.

Esos días vendrán a oxidarnos. Así que piénsalos ahora. Declárame la guerra mientras el baño se inunda. Desátame los nervios con tus pies helados. Sal con esa cara de dormido a poner la cafetera y vuelve. Vamos juntos hasta la boca de metro. Yo te juro que ahora mismo revendo el coche.

El centro del oasis

La veo bajar los escalones de este palacio como los bajan las viudas. Como si unos cristales de agua enorme impidieran la velocidad. No lo parece pero está muerta. Camina pero hace tiempo que no respira. Sus manos no dicen nada de las pieles que han curtido. Sonríe como los ascensores. Como otros cadáveres, lee los periódicos, avanza entre las calles y finge que resuelve cosas importantes delante de una pantalla ocho horas al día. Nadie sabe que está muerta. Nadie, menos yo.

Lo sé porque me he enzarzado con ella hasta dejar de reconocerme. Lo sé porque sus manos han curtido la piel con la que escribo como si nos persiguieran para matarnos. Lo sé porque a través del cristal, invisible y enorme, que la separa del común, ya no mira como sé que sabe. Lo sé porque sé cómo mira, sé lo que hace cuando es ella.

Lo sé porque la he escuchado contarme cómo se suben las escaleras de una azotea en plenas navidades para decirme que le va el corazón a doscientos. Sé, por sus descripciones, a qué sabe comerse un corazón. La he visto bajarse del autobús en marcha sólo por un abrazo más. La he visto sonreír mientras piensa que lo ha conseguido y que ya, estoy en el bote. Que se acabó la soledad.

La he oído prepararse para saltar, rozar las manos muy deprisa con sus muslos y acercarse al borde del trampolín para zambullirse en mí. He sido su océano. La he visto volatilizar las distancias. Provocarme.

Ella, que camina por este desierto a sabiendas de que no hay oasis, no está viva. Finge, como el resto de matices, de la escala de grises, que sabe dónde está el mar y el camino de vuelta. Camina, sin que nadie se dé cuenta, en dirección contraria. Como si unos cristales de agua, enormes, viraran la dirección. Y las manos curtidas de tanto estrellarse felices contra el mundo, renuncian y no se reconocen.

Yo sé que está muerta, pero aunque alargue la mano, no sé cómo se hace. No sé darle de beber. No puedo, sin romperla, darle la vuelta y pedirle que vuelva a subir las escaleras, que llegue a la azotea y lo haga rápido, como si no hubiera cristales. No recuerdo haber tenido nunca que pedirle que tome las riendas del trampolín, vuelva a frotarse las manos muy depirsa con sus muslos y salte, directa al centro de mi oasis.

No lo recuerdo pero yo, ya no soy un océano. Ni un vómito, con el corazón a pedazos. Como esta casa, que ya no es más un palacio.


Armstrong

Salto de cabeza y entro justo, por tu ombligo. Me siento una invasión fácil, una especie de Napoleón que campa a sus anchas por nuevos dominios. Respiro allí adentro, buceo y no me ahogo. Exploro como los niños que no conocen el miedo. Me veo por todas partes, los espejos me señalan sin ahuyentarme.

Nada puede cortarme. ¿Cuántos seres vivos han habitado este lugar? Me siento en la Luna. Soy la primera mujer que se abre paso en tus adentros. Estos son mis campos. Esto es mío. Me deslizo y subo desde tus tripas hacia arriba. No quieren soltarme y a la vez, se pliegan ante mí. No quiero despertarte. Me abrazo a tu esófago como una bombera que baja a los incendios, pero al revés: subo a los cielos. Tus pulmones marcan el ritmo tranquilo con el que trepo. Nunca llego a sudar.

 Desde aquí arriba todo parece un campo de trigo. Suave, pacífico. Tú no lo notas pero yo, lo toco todo. Sé dónde empiezas a pinchar. Sé dónde te duele, dónde te ha dolido. Miro cómo te reparas y conozco que a veces, tardas más. Los campos de trigo tienen balas acumuladas, espacios quemados por el sol, nuevas hebras, sabias espigas. Mis huellas suelen quedarse y de momento, no veo otras más marcadas que las mías. Tal vez han estado aquí antes pero yo, cuando paseo por ti, soy Armstrong.

Llego al epicentro. Ya sabes que yo no nunca renuncio al núcleo. A estas horas es, también, apacible. Nada que ver con tus manías, con el amor que me haces, con las carreras, con el que te hago. Bombea, decide con firmeza seguir, cada milésima de segundo. Me siento a respirarlo, a saber que está ahí, que no te deja. Tienes un corazón enorme, un Amazonas lleno de abetos. Perenne. Y cuando acelera, como si el viento soplara, vuelvo a deslizarme hasta tu ombligo. No quiero estar aquí cuando despiertes. Salto desde tus tripas y asomo a la superficie. Camino por tu pecho y vuelvo a mi estado natural.

No quiero perderme el momento en el que vuelves y me aprietas contra ti. Como si supieras que yo ya sé que está todo bien. Como si tú también volvieras, Armstrong, de tu paseo por mis campos de trigo.

Cuando ganamos

Las derrotas se esfuman. El cielo no está, pero parece más limpio.
Sonríen, sin clientes, las putas. La Iglesia no tiene techo.
Nos casamos, a la vez, los homosexuales. El hambre no tiene suelo.
Se acabó la rabia. Se acabó.
Los taxistas escuchan música clásica. La sangre no se chupa.
Los papeles están mojados. El blanco es blanco.
Y a la vez, nunca fue tan fácil mezclarlo todo.

Y empezamos de cero

Admito que funciona sin control. Lo admito. Asumo, asimilo, digiero, que ella no me sigue, que yo no la lidero. Supongamos que ya lo sabía, pero no, no había probado el sabor de la tierra hasta aquel día.

Era esto, ¿no? Aquí ejerzo. Aquí no vale escupir, no hay segundos para los suspiros. No van y vienen las líneas. No son rectas. Las curvas siempre nos han sentado bien. Siempre te han sentado bien.

Y llevarte y traerte, como el viento se lleva todo lo ingrávido. Y escucharte respirar, como los relojes siguen su tic, como los anzuelos clavan, sin doler, su tac. Y verte amanecer, miles de días más. Millones de días más.

Que ser mayor era seguir sintiendo que tú estás detrás, aunque estés delante. Admitir, asumir, digerir, que la vida va en un sentido, que se coloca en nuestro espacio como la tierra sabe y sabe, aunque nunca la hubiera probado. Que las raíces son más fuertes que haber llegado hasta aquí.

Hasta el punto en que las líneas se despiden de no haber sido nunca rectas. Que tu sonrisa te sienta tan bien que no tengo que llevarte ni traerte, que el viento no nos pesa, que los relojes nunca se paran, que los anzuelos no nos pescan. Y los amaneceres nos saludan, y la tierra no nos cubre.

Que de las mujeres está todo escrito y sin embargo de ti, queda todo por escribir. 

Desde dónde

No creo que huir sea fácil. No me gusta la gente que dice que huir es de cobardes. No me gusto cuando digo que huir es de cobardes. Huir es lo que he hecho toda mi vida. Y mi alma está en paz. 

Huir no es ni más fácil ni más difícil que quedarse. Escapar, no es más heroico que enfrentarse. Para mí, ir y venir, fugarme y regresar, era orgánico. Era lo que había que hacer. Era el mecanismo que hacía funcionar la vida.

Después de saltar de una vida a otra. Mucho más tarde de haber visitado por primera vez mi casa, tiempo después de haber regresado al siempre vacía, años después de evitar las raíces, del orgullo de la apátrida, de la felicidad de no ser. Entonces, sólo entonces, alguna parte de mí decidió anclarse a la tierra. Construir una nación. Jurarse a una bandera. 

A la mía. A mi suelo. A mi familia. Al cielo que es jodidamente el mismo, cambiante cada día. Decidí plantarte. Aprenderme los nombres de tus calles. Tus atajos. Mis atajos. Llegar a la puta raíz. 

No creo que quedarse sea fácil. No me gusta la gente que dice que quedarse es aburrido. No me gusto cuando digo que quedarse es aburrido. Quedarme es lo que hago. Mi alma, tranquila, se queda.

Quedarse no es más fácil ni más difícil que huir. Permanecer, no es menos atrevido que marcharse. Para mí, tomar tierra eterna es tomar partido. Es mi lucha, es desde donde quiero defender la vida. El mecanismo que hace a la vida volver a funcionar. 

Después de elegir un techo. Algo más tarde de volver por última vez a casa y llamarla casa, algún tiempo después de comprender que el siempre nunca estuvo vacío, tal vez días después de averiguar que si las raíces se riegan, crecen, del orgullo de unos frutales que crecen sin respetar las fronteras, de la felicidad de tener nombre y apellidos. Este nombre y estos apellidos. Entonces, sólo entonces, mi alma supo que el ancla pesa lo que te atrevas a ser diferente. A ser tú. 

Tú. Tu suelo. Tu familia. El cielo que no tiene gobierno. Las plantas que crecen y las que no. Los nombres de las calles que no siempre cambian. Las raíces, mis puras, mis benditas, mis putas, raíces.
Está sentado aquí, a mi lado. No dice nada sobre mi forma de escribir. No parece importarle que haya bastantes cosas por delante de él. A mí hasta me parecen demasiadas. Está ahí, sin preguntar cuándo fue la última vez que se me ocurrió limpiar mi espacio. No parecen sorprenderle las paredes a medio decorar, las puertas del armario abiertas o las montañas de periódicos. Tampoco le molesta el despertador sonando cada cinco minutos, las patadas de esta noche, mi indignación con la televisión. Que pida otra, que no deje nada en el plato, el sonido del secador.

Yo le miro y no lo entiendo. Cómo espera paciente su turno, cómo mira las paredes. No cierra las puertas del armario. Busca en los periódicos y lee boca arriba. Retrasa su despertador cinco minutos más. Y luego otros cinco. Me devuelve las patadas y me contesta como si fuera la televisión. No ha prometido dejarme terminar mis platos. La guerra, con mis enredones, la libra secador en mano. Y yo le miro y no lo entiendo. Pero creo que voy a quedarme aquí sentada, a su lado.

1.038

1.038 desde la Ronda Litoral. Mordería hasta el polvo. Y el polvo precisamente.

Rumbo fijo hacia el norte. O hacia el sur. El tacto se enreda. Hay tantas maneras como kilómetros de tirar de su pelo hasta los márgenes de su vestido. Como hay tantas maneras de buscar con las manos las caderas. Por debajo. Siempre por debajo.

Autopistas de peaje. Los matrimonios modernos que veían películas en Perpignan para aprender a agarrarse de otras maneras. Se puede perder el tiempo, parar el reloj y decidir invertir en una brizna. Como las rosas invierten su vida en las espinas. Tienen en su boca las pulsaciones los corderos, cuando se acercan a ponerles fin.

¿Cómo se acercan? ¿Cómo lo hacen? Hay trayectos que son putos. Que empiezan desviándose en Orléans y no llegan a navidad. Que se quedan con la sensación. El tacto frío y caliente del morse. La presión que se ejerce. Los tirones hacia destinos apetecibles.

Está demasiado lejos aquel apartamento en el que no tenemos nombre. A veces, la imaginación es el arma más peligrosa que existe. No sé cuánto tardaré en llegar, este cinturón de seguridad no ayuda. Siempre fui más de carretera. La vida se mueve más. Pero es más denso el movimiento en una cabina presurizada. De la imaginación. Las caderas se deslizan, la piel llega a las manos, no duelen los tirones y la distancia corta se eterniza.
La distancia no deja nunca de ser cada vez más corta.
La distancia nunca deja de ser.
Pero se mira. Se mira y se toca. Se mira, se toca y se muerde. Se deja de pensar. Sólo se siente.

Cada una de tus briznas, la única mirada.

Salen las ideas de las cabezas. Y caminan. Despegan. 1.038 se quedan en nada. Por la ventana, hace ya tiempo que se han encendido las luces. ¿Cuándo sale el próximo avión?

Despacio

Hace tanto que ya no recuerda la última vez que lo hizo despacio. Que no fuera sólo por placer, sólo porque toca, sólo porque hace mucho tiempo que no, y toca. Hace tanto que no sabe cuándo fue la última vez que ella lo eligió. Que paseó por la platea y dijo 'éste', segundos antes de desplegar todo el armamento. El ligero y el pesado.

¿Hace cuánto son medallas? Hace tanto, que no recuerda cuándo fue la última vez que lo hizo porque quería hacerlo de verdad. No lo recuerda, lleva ahí sentada un buen rato haciendo memoria. No y no. Que lo mirara a los ojos mientras, años. Que él la mirara a ella, lustros. Que acompañara una conversación de las que lo congelan todo, décadas.

¿Cuándo fue la última vez que buscó más alma que piel? O que la encontró. Y peor, por qué no se había dado cuenta antes de que había quedado desterrado en un rincón que hace siglos que no visita. Cuándo lo puso ahí. Hay una muralla altísima que nunca había visto, y no tiene pinta de que sea de nueva construcción.

Echa de menos la lentitud. El buen hacer. Hacerlo porque sí, porque quiere, porque va más allá del cuerpo, porque va a un lugar que no tiene porqué existir. Que no mira el reloj, que no calcula el esfuerzo, que no se cansa, que no piensa en invertir. Menos mal que tiene una lista que consultar, que hará memoria por ella. Tiene nombres pero no fechas.

No fue éste. Ni el anterior, ni el anterior. Se cansa cuando ha contado más de diez. Quizá nunca pasó, quizá todo fue siempre rápido, por placer, porque tocaba, porque hace mucho tiempo que no, y toca. Pero en algún rincón de la memoria, quizá al otro lado de la muralla, en el destierro, algo le dice que en algún momento, todo lo hizo por ella. Por los dos. Por lo que eran. Fuera quien fuera, fuesen quienes fuesen.

Es, tal vez, demasiado tarde para los nombres. Y para las fechas. Pero suena el teléfono. No sabe quién es, pero es viernes. Y toca. Puede desprenderse de este momento, de lo difícil, y continuar con la huida hacia delante. Pero algo, quizá la lista hecha añicos o quizá el teléfono en modo avión, me dicen que no va a ser así. Que antes de volver a mirar el reloj, se va a quedar leyendo. Porque, toque o no toque, es por ella.

Qué miedo

Y ahora, ¿dónde vamos? La tristeza de tocar techo.

Creo que maduré así, sabiendo que tocaba el techo. Que el éxito marcaba el fin. Pero por suerte, las estaciones terminan y vuelven a empezar. Los techos crujen, se congelan y vuelven a romperse. Por suerte o porque sigue habiendo un par de críos ahí dentro. Críos que juegan a las películas. Críos que se enzarzan a escalar el ciprés más alto. Críos que hablan sin parar, que van a cualquier parte. Que no se callan y no saben que son diferentes. Que se quedan hasta el final, porque el tiempo no existe. Que no conocen el miedo porque no tienen ni pasado ni futuro, porque todo empieza en septiembre. Y en septiembre siempre hace calor.

¿Qué hago si el presente me da miedo? Qué miedo empezar a callarme. Qué miedo convertirme en mayor. Qué miedo, no preguntarte adónde vamos. No querer la respuesta. Conocer la respuesta. Qué miedo dejar de conocerme. Saber que nunca más seré quien fui. Qué miedo volverme tímida, acostumbrarme a la corriente. Dejarme querer por cuerpos que no me importan, que no pueden hacerme daño. Qué miedo salir primero, alejarme antes, correr. Qué miedo no hablarte. Qué miedo el techo. Qué miedo, qué miedo, qué miedo. Y qué miedo tener miedo. Y nunca más atreverme. Y nunca más decirte que te quiero. Qué miedo no habértelo dicho nunca.

Que quiero ser tu película, tumbar el ciprés y que lo hagamos añicos. Romper el puto techo y crecer. Y no dejar de ser una cría nunca.

Pero qué miedo dan las alturas. Y qué frío hace cuando acaba septiembre.

Lejos de la acera

Nos unían las manos. La vida está llena de obviedades y frases hechas. Pero lejos de las aceras eran reales. Recuerdo su mano en la mía y mis ganas de llorar. No levantaba dos palmos del suelo. Pero no me sentí sucia. Yo no le necesitaba y él a mí tampoco. Pero hubiera sido muy difícil soportarlo todo sin él. Y tampoco creo que su vida volviera a ser igual.

No sé hasta dónde llega el impacto. Cómo, en una vida tan pequeña, podrá perdurar la mía. No necesitaba mirarme, pero yo sí le miraba. Tal vez pensó que yo venía de otro planeta y en cierta manera, era así. Pero él era real, copón, lo más real que he tocado desde que mi humanidad dejó de crearlo todo con las manos. No recuerdo su voz, seguramente todavía no ha hablado. Pero sus manos sí, sus manos insignificantes dicen más que los periódicos de los últimos cuarenta años.

Nadie paga por leer vida. Pero yo hubiera dado la mía por quedarme a su lado. Y a la vez, me bastaba con tres minutos. Me dio la mano y ya está. No tenía ni hambre, ni sed, ni soledad. No le hacía falta yo y él a mí, tampoco me hacía falta. Pero me hubiera seguido hasta el final del mundo, hasta el final del pueblo, sin mirarme. La confianza es ciega y la inocencia no entiende que exista otra forma de vivir. Estaba allí, sólo por darme la mano. Porque sí, porque la vida es para darse la mano. Y ya está.

No necesitaba filosofía. No hay más explicación. La vida es obvia. Es real, la vida se toca, se mira, se huele y sólo después, se siente. No necesitaba conocerme para venir hasta el fin del mundo. No necesitaba que nadie le dijera si aquello estaba bien o estaba mal. No estaba ni bien ni mal. La vida es darse la mano y punto final.

Porque no hay otra. O volvemos a ser reales o moriremos por falta de éxito. Él sobrevivirá. Probará pocas cosas y no sabrá qué es el hambre. No saldrá nunca de allí y no sabrá qué es la opresión. Dará la mano a otros pero nunca será infiel. Y me querrá como me quiso porque sus manos son así. No tienen fin, ni aspiran a nada. Porque cuando se es tan libre no hace falta nada más. Porque aquel ser humano tan pequeño era el hombre más libre del planeta. Y me hizo tan libre que ni siquiera lo fui para ir donde tenía que ir. Ni era preciso que yo fuera en ese avión. No tenía que ir a ninguna parte. Nunca fui a ninguna parte.

Él me enseñó que todo lo que sé no vale nada. Que sólo vale ser libre. Que en el lugar del mundo más lejano de cualquier acera no necesito cruzar, porque no hay cruces. 

Todas las raíces

Voy buscando las raíces. No las he perdido, sé muy bien dónde están.
Están lejos.
Busco que me encierren en casa. La seguridad del calor seco.
El olor inexistente de las adelfas.
Nunca me creí que fueran venenosas, eso sí, nunca las toqué.
Por si acaso.
Por si acaso.
A la chica responsable la perdí en algún rincón del camino.
Descubrí que volverme loca me gustaba más. Violarte en las esquinas. Venderme gratis. Contaros, haceros número. Robar mecheros, correr a puñetazos.
Está por ahí. La que habla la mitad de lo que calla fue historia. La que decía todo con mirar. La que se muere de vergüenza y se aprieta la ropa.
Era más segura. Era así y ya está.
El calor seco me aploma los pasos. Aunque se me deshagan los zapatos.
No sé cuándo se abrió el suelo. No sé cuándo lo contemplé todo y supe que no entendía nada.
No sé cuándo fui consciente de que podía elegirlo todo. Pero me asusté.
Nunca me gustaron las adelfas. Pero siempre supe que podía abrazarlas y se acabó.
No las veo en el suelo abierto. Veo a la rubia, a la morena, a la pelirroja.
Aquí abajo hace calor. Están la corresponsal, la estudiante de árabe, la camarera.
Veo los abrazos, veo a mi padre, veo al hombre que vivía ahí al lado, en otra realidad con grados.
La veo a ella, preciosa como siempre ha sido. Veo el polo a rayas, nuestros nombres en un árbol. Las banderas de lo que no conocemos. Tú, en la cola del supermercado. Lo veo a él, en medio de triángulo.
Pero no veo las adelfas. No tengo calor.
Están ahí, la chica que no quiere llevar gafas, la que camina tranquila, la que lee el periódico los domingos. La veo en el sofá verde, las veo en los cuadros, hablando con edificios.
Están la que llora con sentido, la corresponsal, la estudiante de árabe.
Pero no puedo tocarlas. No puedo elegir.
Están todas, todas menos yo. 

Mátalos tú

Sé que quieres salir de aquí. Aunque aquí no sea ninguna parte. Y que si no es ninguna parte... Que no quieres vivir más. Ya está. Para qué. Para qué vas a vivir. Si no sabe a nada. Me asusta saber cuántas veces piensas en abandonar. No quiero contarlas, no quiero preguntar por qué. Sé que no quieres más, que estás cansada, que no te hace ilusión. Que el tiempo pasa, la vida es normal, las emociones no son fuertes. Que para qué. No he vuelto a verte escribir. No te da sed el viento. No sientes nada. Vas más rápido que él, tanto que no ves. No te sientas, no me escuchas. Sólo vives, como si tuvieras que hacerlo. Te sientas y me escuchas y no hay nada. Todos tenemos que vivir, lo sé. Pero tú no. Tú vivías porque querías. Porque te daba la gana. Como si lo hubieras elegido. Y lo sé porque no he vuelto a verte escribir, tampoco te veo llorar. Y llorabas y escribías que daban ganas de quedarse a mirarte. Creo que tienes la misma sonrisa falsa que en las fotos de tu comunión. Las fotos... no miras fotos. Te buscas tanto que no sabes cómo encontrarte. Eres tantas mujeres que te has olvidado de la que querías ser. Lo sé porque no escribes, porque no duermes y estás cansada. Tú no te cansabas nunca, querida. Porque no oigo tus zapatos al mismo ritmo cuando bajas a por el periódico. Tu café ya no está a la temperatura perfecta, ni pasas horas en la ducha. Hace siglos que no pruebo tu gazpacho. Ni sé dónde has guardado todas esas fotos que contaban tu vida. A ti te gustaba mirar al pasado. Tú eras una melancólica divertida. Disfrutabas viendo tu vida, contando tu vida, todo lo que has hecho y lo que vas a hacer. No fuiste siempre así. No dudabas tanto. A ti no te daba miedo mirar atrás. A ti no te daba miedo nada. Tú te cruzabas el país por amor aunque no te quisieran. Tú tenías tiempo para todo. Saltabas de la cama, ibas regalando amor desde que estirabas los brazos. Joder, tú eras de colores. Tú no eras esta vagabunda cagada de miedo. Tú temblabas por todo. Te miro y sé que vives porque tienes que vivir. Como si aceptaras ser sombra, dejar lo que te gusta y hacer lo que tienes que hacer. Deja de huir y escribe. Deja de huir y escribe. Y vive. Mata los traumas y vive. Mátalos tú. Cruza el país por amor. Deja de esperar. Salta, riega las plantas. Enséñame tus fotos, enséñatelas tú. Y por dios, haz gazpacho.
Era aventura.

El túnel de la tristeza ya no era tan largo.

Me apetecía comer en casa.

Buscarle con los pies por debajo de la mesa.

Ser natura.

Verano.

Madera.

Un cristal al que la brisa le quita el polvo.


Verano

Me gustaban las uñas de sus pies pintadas de rojo. La arena del mar. A juego con las de las manos. Cómo se oía, aunque fueran tópicas, las olas llegar. Ese primer frío que apaga todo el calor. Como si fuera urgente apagar el fuego. Su piel mojada. Cómo se endurecía y se volvía suave al mismo tiempo. Después se tumbaba al sol. Siempre se le quedaba agua en el ombligo. Siempre me apetecía beber de él.

Acostarme con ella era como un día de playa. El placer de un orgasmo me recuerda siempre a la zambullida en el mar. El momento de meter la cabeza. El mundo se apaga, se para, se calla. Cambia todo en milésimas de segundo. La muerte debe de ser así también. Como el primer trago de cerveza fría, en una terraza, frente al mar.

Echo de menos a Blanca. Cómo me miraba antes de salpicarme. Cómo corría a besarme cuando me había metido agua salada en los ojos. Cómo se reía cuando le mordía, como represalia. Me gustaba su pelo, de un color indescriptible, como el del sol. Los dibujos que hacía en la arena mientras dejaba escapar detalles de su vida anterior. Siempre tenía una sonrisa para mí.

Desde entonces los orgasmos han dejado de parecerme un día en la playa, para acordarme de ella cada vez que miro el mar. Sus uñas pintadas de rojo, las olas llegar. El primer sorbo de una cerveza fría me sabe a su pelo. Suave como el trigo. Nunca volverá a haber un puto lugar que se parezca tanto a la vida, al sexo, al amor, a la muerte.

Tal vez porque Blanca lo era todo. Porque ella era el mar. El sexo más primitivo. El amor que eriza la piel y registra la vida en imágenes. En postales. Porque ella era también la muerte.

Porque después de ella y del mar, ya no había nada más. Nunca hay nada más después del verano. 

Las cosas grandes y pequeñas

Se nos queda grande la vida. Voy recogiendo trocitos pequeños de este viaje y vuelvo a pegarlos al corazón, que también se ha roto. Porque las cosas, cuando son muy grandes, se rompen.

La vida se rompe a veces.

Como las fotos, las fotos que tuve durante años colgadas en las paredes de mi habitación. De cada habitación. Mientras la vida se iba haciendo grande.

La vida tiene que volver a ser pequeña. Las cosas pequeñas aguantan mucho mejor los golpes. Las vidas pequeñas no se rompen.

En este viaje que llega a su fin, han ido cambiando las paredes. Los amantes de cama, el olor de las sábanas. Hasta romperse todo. Voy recogiendo los trocitos y veo que ha sido un viaje increíble. Aunque se acabe, ha sido un viaje enorme.

Y la vida se nos ha quedado grande a los dos. Los trozos de este viaje ya no tienen, ya no, paredes a las que agarrarse. Se les ha puesto forma de cajón.

La vida, esta vida, la de este viaje, va teniendo cara de cajón.

Volveremos a ser grandes, ya verás. Cada uno por su parte, pero grandes.

Ahora toca dejar, con una sonrisa eterna, los trocitos de este viaje, eterno, en un cajón.

Y volver a ser pequeños.


Los que hablan, los que sienten

- Sigue hablando.

No tiene problemas para hacerlo. Mientras, ella enciende un cigarrillo y le mira. Tiene los cinco sentidos puestos en él. Le escucha. Es divertido y tierno al mismo tiempo. Le acaricia el pelo, rubio, dorado, rizado. Tiene un cuerpo griego, unos pies preciosos y las rodillas perfectas. Se le dibujan los músculos del muslo, hasta las caderas. Ni una cicatriz, los milímetros justos de hendidura en el ombligo. La mandíbula marcada, perfecta. Si no fuera porque han pasado dos mil años, juraría que es Adán, la perfección de Dios en la Tierra. Los dientes blancos, grandes, eternos. Las cejas. La nariz. Los labios llenos de carne, el tono de voz grave. Las venas de las manos, grandes para agarrarla de la cintura y estamparla contra la pared segundos antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta y se despiden.

- Sigue hablando.

No hay más planeta que el rectángulo de su cama. Todavía sudan. Le acaricia el pelo, castaño y corto y perfecto. Él fuma, ella le escucha como si sólo existiera su voz dulce. Su madre tenía un estanco donde además, vendía unas postales antiguas, en blanco y negro, que no se encontraban en ninguna otra tienda de la ciudad. Tiene una cicatriz en la rodilla después de años jugando al fútbol. Y los ojos verdes, inmensos como los ibones del Pirineo en otoño. Y vello en el ombligo, la nariz puntiaguda. Las manos de pianista que le colocan el pelo detrás de la oreja antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta, con el pelo detrás de la oreja y se despiden.

Hablan. Y mientras no hay más mundo.

- Sigue hablando.

Vive dentro de su vida en este instante. Los hombros cuadrados, las tibias curvas. Y los labios brillantes, perfectos, con los dientes un poco descolocados. Es como un niño, travieso y con algunas malas ideas. Los ojos marrones y la respiración calmada. Tiene las orejas pequeñas, como la nariz. Ha viajado por todo el mundo y vive dentro de una mochila con pegatinas de todos los aeropuertos. Ella le escucha y viaja con él a los rincones que relata. Los codos deshidratados y los brazos fuertes. Con el índice le acaricia la nariz antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta y se despiden.

Es perfecto. O lo sería si más allá del rato en el que hablan, ella fuera capaz de sentir algo.

Feliz feliz 2013

Todo el mundo quiere que se acabe el 2013. Que el 2014 sea mejor. Yo no quiero ni que termine ni que no acabe, porque si algo he aprendido este año es que hay que exprimir este instante como si nunca volviera a repetirse, porque efectivamente, no volverá a hacerlo. Y a fluir. Así que ahora que me paro a pensar, me doy cuenta de que seguramente este año 2013 ha sido el mejor de mi vida. Por ahora.

Este año he disfrutado estudiando como nunca antes en mi vida. He conocido a personas increíbles y a periodistas alucinantes, los mejores del país (y de El País). He vivido en la mejor ciudad en la que nunca se pueda vivir, he trabajado en la mejor revista del mundo y en el mejor periódico del planeta. He dormido muy poco, he dejado de fumar, me he hecho un agujero en la oreja, he viajado a la India y a Nepal, he vuelto a recorrer una parte de Europa, he cambiado varias veces de color de pelo, he visto jugar al Barcelona, he estado en una cumbre europea con los líderes de los veintiocho países europeos, he pisado Madrid y Sevilla en agosto, he dormido frente a las torres Kio, he bebido más cerveza que otros años, y he disfrutado de los niños de mi familia como nunca.

Pero si este año ha sido el mejor de mi vida es porque lo mejor de este año has sido tú. Lo mejor de 2013, lo que hace a 2013 un año incomparable a ningún otro, ha sido conocer a la mujer de mi vida. La mujer por la que merece la pena todo, absolutamente todo. La persona que me ha roto el corazón para abrirlo más y descubrirme que se puede ser más libre, más feliz todavía. Que se puede sonreír más, ensanchar más el alma. Que en esta no existen los límites y cada minuto es único.

Si sé algo de 2014 es que este año me verá cruzar el charco para reencontrarme contigo, y que entonces, la tierra temblará.

Que no os equivoquéis y 2014 sea mejor que 2013. Nos estallará el corazón.

El invierno de mi vida

No importan los kilómetros. No importa el tiempo. Siempre has sabido que me gusta jugar a inventar planetas, espacios que sólo existen para un par de personas. Lugares a los que puedo viajar, sólo con la memoria, cuando el tiempo lo decide.

Por eso me recuerdan a ti los inviernos. Porque tal vez, y sólo tal vez, hubo un invierno que fue el de mi vida. Un invierno que nos congeló en un espacio que, tal vez, seguramente, ya no existe.

Pero el tiempo es así, termina y vuelve a empezar. Los inviernos vuelven y algunos, me congelan el corazón. Y cuando se me congela el corazón, llego yo a aquel rincón, triangular, lleno de pensamientos escritos, de fotografías en blanco y negro, de cosas tuyas que, de alguna manera, también eran tan mías. Como si hubieras estado esperándome toda la vida. Como si la felicidad hubiera estado siempre esperándome, concentrada, en un triángulo minúsculo, acumulando secretos, pequeños, sensaciones básicas, de las de andar por casa, detalles ínfimos que explotan y llenan el planeta entero.

Porque aunque aquel lugar fuera pequeño para dos, era tuyo y era mío. Algo lo convirtió en más que suficiente para dos. En todo lo que necesitaba para dejar que los vientos me llevaran a beber por ti.

Amaba ese lugar y aún lo amo. Aunque no exista. Amé ese invierno, aunque fuera una primavera, un verano, un otoño. Fue el invierno de mi vida.

El invierno. El ruido del calefactor, las películas que nunca termino, caminar hasta tu casa, la radio por las mañanas. Con tanto frío y yo sólo recuerdo calor.

Debe de ser así el amor, no sé si lo sabía entonces. Pero ahora, si me lo pregunto, sólo necesito recordar aquel planeta para saber cómo era, cómo es, cómo debe ser el amor.

El amor era un sueño, eran miles de horas durmiendo contigo, en un segundo. Era despertarme en aquel rincón en el que siempre era de noche pero siempre había luz, y abrazarte. La eternidad a nuestros pies, toda la piel sumergida en un escalofrío. Volver a abrazarte como si necesitara comprobar que, efectivamente, algo tan increíble existiera, tan cerca de mí desde siempre, tan fácil, tan simple, tan vida misma.

La vida es complicada siempre. Pero en aquel planeta todo era muy sencillo. Siempre odié las rutinas y sin embargo, en aquel rincón triangular, ese que tal vez nunca existió, quería cocinar, poner lavadoras, dormir la siesta, ver la televisión. Mirar nuestro espacio. Contemplarnos.

Nunca quise tanto un invierno, ni creo que quisiera nunca a alguien tanto como para confundirme con él. Nunca me importó tan poco que hiciera tanto frío, nunca me gustó tanto que lloviera, ni el cine, ni Madrid. Nunca me pareció tan fácil ser feliz con tan poco.

Tal vez, seguramente, todo era cuestión de espacio. De un espacio que creamos y era sólo nuestro. Un espacio que sólo tú y yo sabíamos inmenso. Uno, o el único planeta, que conseguí crear y hacer durar en el tiempo. En un invierno cálido, que no tenía fin. O tal vez sí. Quizá por eso, porque el tiempo termina y vuelve a empezar, ese espacio que existía, como apareció, dejó de existir. Pero cuando el invierno me congela el corazón...

Ay, cuando el invierno me congela el corazón.

Y quién soy yo

Recuerdo haberme fijado hace años en esa mandíbula. Del perfecto color del café con leche. De la textura perfecta, ajustada a la edad perfecta, entre la tirantez de la piel joven y los elegantes signos, muchos cicatrices, de la edad adulta.

Lo tenías todo. Y sin embargo, yo ya no me reconozco allí.

Pero ayer te vi. Te reconocí de inmediato en medio de una burbuja extraña de alcohol y tabaco. Lo extraño no es que no fueras tú, ni que te hubiera olvidado hasta entonces. Lo raro es que no era yo. Y lo había olvidado.

Tengo recuerdos que nunca ocurrieron. Casi todos. Sólo los más recientes, y ni siquiera, me parecen reales. No creo que nunca fuera niña, ni creo que haya estado en tantos lugares. ¿La ciudad que me vio crecer? Me parece tan ajena que no creo ni que exista.

Leo lo que he escrito y estoy segura de haberlo soñado. Que me han contado tantas cosas que las hago mías, pero nada de lo que recuerdo existió. Siempre estuve aquí, siempre tuve esta cara, este color de pelo, estos ojos ciegos. Siempre pensé así, siempre escribí como escribo y sólo existe el libro que estoy leyendo ahora. Tal vez es vértigo, tal vez es haber llegado a este punto del camino.

Porque ayer te vi. Y de repente se me apareció tu nombre, que no había vuelto en siglos. Y te pensé. No me acuerdo de tu cuerpo, ni de por qué me gustabas. No sé por qué lloré tanto, no sé si aquello fue amor. No sé si fue conmigo. O mi yo anterior me ha contado algo que ha quedado en nuestra memoria.

Tu mandíbula perfecta y el entorno me recuerdan lo que ya no soy. Lo que olvidé. Pero entonces aparece algo, algo a lo que agarrarme, que me diga que de todos mis yoes anteriores hay algo que nos une. Que aquélla, sí fui yo.

Y os repaso en una fría lista. No sé cómo he tenido tiempo para tantos. De algunos no recuerdo ni el nombre. No me siento bien. Ésta no es la que yo quería ser. Creo que no lo necesito, no lo necesitaba. Si la niña que fui existió, no iba a hacer esto. Lo extraño es que iba a llegar hasta aquí, pero el camino difícilmente era éste. Tal vez es que nunca hubo un camino. Son demasiadas críticas. Vuelvo a repasar la lista.

Con el primero lo entiendo todo. Es curioso, me resulta más fácil viajar más allá en el tiempo que reconocerme en los últimos cinco años. Resuenan en mi cabeza sus poemas, cómo le temblaban las manos, los besos fríos cuando hacía calor. Su tono de voz, aquel jersey precioso, el olor. Las noches sentada en una esquina de la habitación con mil fantasías. El corazón a punto de estallar.

No me ha vuelto a estallar así. Quizá entonces lo hizo y no he vuelto a encontrarlo. Porque juraría que no he vuelto a enamorarme desde entonces. Del segundo ya no entiendo prácticamente nada. Tal vez el primer día, el primer verano. El tercero eras tú. Sí, creo que fue entonces cuando me estalló el corazón.

Fue entonces. Creo que hubiera sido capaz de morir, ya sabes que de matar nunca. Diría que no he vuelto a enamorarme. Una de mis amigas dice que en realidad nunca he sabido qué era enamorarse. Lo dice porque lo hacía muy deprisa y enseguida me acostumbraba a las distancias. Creo que después de verme llorar tanto tiempo no volvió a decirlo, pero por un tiempo tuve miedo de que fuera verdad. Más bien, de vez en cuando me da miedo que tuviera razón. Como hoy.

Creo que fue con el cuarto con el que dejé de ser lo que alguna vez fui, si es que alguna vez pude ser algo. Me perdí en él, supongo. No me estalló el corazón. Pero le quise más que a ninguno, eso sí. Tanto que hubiera sido capaz de matar. Tal vez, no sé, quizá.

Desde entonces creo que todo ha sido muy rápido. Cada vez he roto más barreras y he llegado a lugares a los que no pretendía ir. Tengo que buscar en lo que os une.

Lo que os une. Que con todos quise caminar. Hacia el mar. Que sonreí más de lo normal y fui muy feliz.

Creo que esa soy yo. Me parece que siempre fui así. Cuando era niña, me gustaba mucho salir a pasear muy pronto por la mañana. No ha habido jamás un paisaje, ni un lugar, capaz de superar al mar. Ni hay arrugas más preciosas que las que tengo de tanto sonreír.

Cuando vuelva a encontrarme con tu mandíbula, tendré que recordar que paseamos, hacia el mar, y sonreímos. Pero sobre todo, que aún paseo, que siempre es hacia el mar, y que es conmigo con la que más he sonreído. Que sino sé si me ha estallado el corazón lo suficiente, es porque estalla cada día.

El primero

Tenía el pie apoyado en la pared. Le parecía bonito, con las uñas pintadas de rojo. Él tenía la cabeza de ella apoyada en las piernas, podía verla desde arriba. Cómo se movían sus piernas, que parecían eternas, cómo sus pies, con las uñas pintadas de rojo, se iban apoyando, con más fuerza y con menos, en las paredes de la habitación.

Hablaban, o más bien él asistía a su reflexión. Que le había querido, como se quiere a un hermano. Que separarse le había dolido como si se muriera. Como si le arrancaran una parte del cuerpo que no sabía que tenía y sin la que no podía vivir. Pero tuvo que hacerlo, dejarle atrás, aprender a vivir otra vez, porque su vida era eso. Empezar desde la nada a crear la vida, una y otra vez.

Para ella era casi un juego. Nunca se había parado a reflexionar sobre aquella relación. Porque ya había pasado mucho tiempo, porque entonces era sólo una cría, porque no volvió a reconocerse en esa etapa y simplemente, la cerró. Pero ahora que había vuelto a empezar de la nada a crear la vida tantas veces, había pensado en cada parte, y aquella era la primera. La primera vez de casi todo.

Él la miraba desde arriba, desde una vista privilegiada. Podía verla entera y desde allí, no parecía tan grande como era. Había cambiado muchísimo. Se había eternizado y el horizonte estaba muy lejos de aquella habitación, de aquellas paredes que ya no tenían el mismo color. La había querido tanto. Se preguntaba, mientras ella hablaba, si volvería a existir un amor así. Tan inocente, tan matrimonial. Porque durante aquel tiempo parecía que la vida sería así para siempre. Que algún día encontrarían un trabajo en la ciudad, se casarían y tendrían unos hijos que irían al mismo colegio al que fueron ellos. Y sus hijos les verían envejecer, juntos, de la mano a todas partes. Pero ella tenía que volar, porque era mucho más grande que él.

Ella nunca estuvo hecha para esa ciudad. La vivió siempre sabiendo que no era suya. Y quizá por eso la conocía mejor que ninguno. En realidad, siempre fue así. Nunca se sintió de ninguna parte, nunca ningún lugar fue su casa. Y lo fueron todos. Por eso, aunque le doliera, siempre supo que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no se casaría con él, que no tendrían hijos y no irían al mismo colegio en el que ella creció. Y le dolía pensarlo, pensar que no envejecerían juntos. Pero ella había nacido así, no había elegido no ser nunca de ninguna parte, tal vez estaba escrito o tal vez no, pero era lo único que nunca podría cambiar.

Y se lo dije. Con mi pie apoyado en la pared y las uñas pintadas de rojo. Sabiendo que me veía entera desde arriba y yo parecía pequeña. Que le quise como a un hermano. Que me dolió saber lo que siempre supe, que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no nos casaríamos, que no tendríamos hijos ni irían al colegio en el que crecimos. Que la ciudad nunca sería mía, que yo no estaba hecha para estar mucho tiempo en ningún lugar, que mi vida había empezado y terminado muchas veces. Que le había olvidado rápido. Que lo único que nunca pude cambiar es que siempre supe que me iría, que me iré. Apretando con mis pies la pared se lo dije. Que le quise, que le quería, que querré siempre a cada mujer que fui, aunque nunca vuelva a reconocerme en ella con el paso del tiempo. Y querré a todos los que fueron conmigo, intensos, dando cada paso que me trajo a cada lugar, a cada mujer nueva.

Y lloré cuando se lo dije y lloro cuando se lo escribo, porque él fue el primero. Porque fue la primera vez de casi todo. Tú, fuiste el primero.

El Espacio Corazón

Porque la pena que me invade no es nuestro estilo y porque nunca pensé que Barcelona me daría tanto, tantísimo, esto es para vosotros.

Las hojas de los árboles se mueven. Despacito. Impulsadas por un viento suave, agradable, ni frío ni caliente. Son de un verde intenso, el tono de verde más precioso que existe, en cualquier planeta. El cielo viene del azul al rosa, sin tonos violetas, ni nada oscuro. Azul como tiene que ser el cielo, rosa como es este espacio, como no podría ser de otra forma. Las nubes aparecen, siempre blancas, porque en este espacio no hay grises. Pasan algunos aviones, con calma, sin hacer ruido. Todo fluye.

A nuestro alrededor, las familias son felices. No hay estructuras de Estado, el patriarcado no sólo no existe, nunca se ha inventado. No existen tampoco las parejas, ni los jefes, ni las multinacionales. En este espacio somos la generación más libre que existe, no existe ninguna de las etiquetas que este mundo necesita para no morirse de miedo, no hay relaciones de poder. Nos gusta el fuego, el tabaco no hace daño, dormimos poco y abusamos de las drogas, porque en este espacio son sanas. En este lugar, tan nuestro, las resacas son días divertidos, porque todos los días son felices.

Disfrutamos de estar, de ser libres, de los zumos, del chocolate, de las tartas de manzana, de los timbres de las bicicletas, de la luz de las farolas, de las hojas que han caído de los árboles y nos acarician. En este espacio no existen las autovías, ni las gasolineras, ni nada que haga mucho ruido. Este lugar está lleno de luz y colores intensos, de aceras interminables y árboles altos que lo envuelven todo. Este espacio es magia porque es compartido.

No hay malvados, pero tampoco hay héroes. En este lugar nos consagramos, cada uno de nosotros es único y nadie es nada sin el resto. Intercambiamos vida, y la vida siempre es bonita. Es increíble.

El Espacio Corazón viaja, se transforma constantemente, no deja nunca de fluir. Las verdades absolutas tienen en este lugar su templo, donde la libertad acaba donde empieza la del otro, donde cada uno disfruta de lo simple que es esta vida tan preciosa, donde lo básico es lo único que tiene sentido. Donde no hay lucro, ni intereses propios, ni envidias, ni egoísmos, ni sálvese quien pueda. Donde verdaderamente sabemos que sólo somos felices si somos libres, si somos iguales.

Renace cada vez que suenan nuestras voces. El Espacio Corazón está en la parte buena de cada uno de nosotros, la parte que hemos sabido compartir, construir y regar con un poquito de lo mejor de cada uno.

Y en esta espacio vivimos. En este país tan alucinante donde somos más libres que nadie y más amor que nada.

En el Espacio Corazón que nació algún día en Barcelona y que no tiene aniversario, ni capital, ni bandera, ni himno, ni censo de habitantes. Donde no hay que tomar decisiones, ni nada es complicado. En este espacio que no tiene puertas de salida ni de entrada, ni control de fronteras, ni burocracia, ni pasaportes. Donde estamos siempre juntos, para sacar lo mejor que tenemos, para ser los más felices de cualquier planeta. Donde no hay nada más importante que querernos, por encima de todo lo que existe.

Porque lo mejor de este lugar es que existe de verdad, aunque no esté en ninguna parte. No hay nada más real, ni nada más cierto en este momento. Que nuestro espacio.


Mi padre

Mi padre nació un 24 de mayo de 1956, hace hoy 57 años. Estudió Químicas, en aquellos años, viniendo de donde venía, dando clases de matemáticas para pagar cada matrícula. Empezó a trabajar limpiando fachadas en Zaragoza, y poco a poco, llegó mucho más lejos de lo que nadie hubiera podido imaginar cuando nació, aquel 24 de mayo de 1956, en San José, en Zaragoza.

Por eso a mi padre le preocupa y le ha preocupado toda la vida una cosa: el trabajo. Y más que el trabajo, el esfuerzo. Que nadie te regala nada, que lo que consigas ha de ser siempre fruto de tu pensamiento, de dejarte la piel en todo. Eso he aprendido de mi padre y no sólo porque me lo ha dicho muchas veces, sino porque lo he visto con mis propios ojos. Suena típico eso de "te has matado a trabajar", pero mi padre se ha matado a trabajar. Durante años se ha levantado antes que los que ponen las calles y ha viajado más que los pilotos de Iberia.

Pero yo no quiero hablar de mi padre, el que trabajaba más que el Sol, aunque todo lo que consiga yo hoy sea gracias a lo muchísimo que he aprendido de él. Yo quiero hablar de mi padre, porque cuando trabajaba le veía poco. Quiero hablar del padre que alquilaba bicis en el Parque Grande de Zaragoza los fines de semana, del que jugaba con mi hermano y conmigo a las peleas los domingos por la tarde en el sofá.
Y sobre todo quiero hablar del padre que me ama porque soy su hija y mucho más. De mi padre, el que madruga para llevarme al aeropuerto, el que me espera horas antes de que llegue porque no quiere que me encuentre el vacío al otro lado de las puertas que separan viajeros de familias, en la terminal uno de Barajas. Mi padre, el que nos llevaba los domingos por la mañana a comprar el periódico a la librería de la esquina. El que no ahorra ni en libros ni en periódicos. Mi padre, el que me lee, el que me escucha. Mi padre, el que tiene conversaciones eternas conmigo sobre el desastre de este país o de cualquier otro. Mi padre, el que se desespera cuando me ve abusar de soñadora, el que no quiere que me meta en líos pero sabe que me saltaré todos sus consejos porque él también corría delante de los grises. Mi padre, el que me ha visto cometer errores con preocupación, pero ha entendido que era valiente para dejarme aprender. Mi padre, el que se ríe cuando descubro el Mediterráneo por el que él lleva años navegando, y nunca me hace sentir de menos.

Porque mi padre, además de trabajador, es discreto, sabio y serio. Porque a pesar de eso, mi padre se ríe. Porque aunque sabe que me equivoco, me lleva al aeropuerto a las seis de la mañana sin que se le pase por la cabeza quejarse. Porque mi padre no quiere que me equivoque, pero sabe que el camino es mío. Porque mi padre es mi padre, pero no es paternalista. Mi padre sabe que me equivocaré, y mucho, pero él no dejará ni un segundo de estar orgulloso. Porque mi padre nos ha educado bien. Y porque es mi padre.


Porque hoy cumple años y dirá que se hace viejo, pero no sabe que lo mejor está por llegar. Porque ahora tengo que devolverle, al menos una parte, de todo lo que me ha dado. Porque sé que queda menos para ese domingo por la mañana, cuando mi padre baje como siempre a la librería de la esquina a comprar el periódico, y cuando vuelva a casa y se siente en el sofá, abra el periódico. Y en alguna página, un titular llevará debajo mi nombre, que al fin y al cabo es el suyo. Ese día habré comenzado a devolverle algo, muy pequeñito, de todo lo que me ha dado. Pero si ese momento no llega, no importa, porque si he aprendido algo de mi padre es que siempre, siempre, siempre, hay que mirar hacia delante.

Felicidades papá.

Llover

Podría llorarse encima, en la cama tan blanca como grande, tan decimonónica como cuando la compró. Podría, y capaz es, o era, de montar el espectáculo que sólo la ira acumulada le permite y explotar, para llorarse encima. Pero no. Mejor. Agarrarse con una mano el corazón y con la otra la barbilla para no arrancárselo. Y abandonarse al placer de llorar sin esfuerzos, sin muecas de bebé, ni gritos de padre desolado. La dulzura de dejar, sobre la cama, tan grande como blanca, deslizarse las lágrimas más saladas que el mar. Sin compadecerse. Sin el abrazo que todos dan para cortar la hemorragia. Como si llorar fuera, fíjense, dramático y triste. Desesperante. Una lágrima por la soledad del alma. Y otra por la felicidad. Una, por el tiempo que jamás recuperaré, otra por tus muslos, que me dejan llorar. Una lágrima por cada muerte que no sale en los periódicos, otra por cada tonto que se enchufa a la televisión. Una lágrima por las pieles que no tocaré, los suelos que no pisaré. Otra por las miradas que se han quedado vagando entre la barbilla y el corazón y que no olvido. Una lágrima por cada trozo de chocolate, por los héroes de todas las infancias, por las generaciones inocentes que explotaron con la libertad. Otra por los noventa. Una lágrima porque coño, la vida es bella, y corta. Y las lágrimas, serenas se deslizan para mojar el colchón, inmenso y blanco. Y los muslos le han dejado agarrarse el corazón y la barbilla, buscar dentro. Frenar. Pensar un poco. Llorar, que nunca es malo, las decepciones, y los actos altruistas. Por el abrazo que no me has dado para comprender que hay que llorar, que nunca es malo. Que no hay tragedia, ni necesito un oído, ni un pañuelo, ni amor. Que comprendas, que sí, que claro y que tú también, como yo. Que hay que ser muy valiente para no dejar de llorar.

Sólo una vez

Huye de esta comodidad. De cada esquina. Huye, corre. Rápido, hasta que vueles.

Huye de esta comodidad de estar triste. Deja de echarte de menos. De recorrer las calles por las esquinas. De buscar las lágrimas, la conversación que termine de hundirte. Huye, deja de caminar hacia abajo, de dejarte arrastrar por todos estos lodos.

Sonríe. Sé feliz. Búscate hasta encontrate. Quiérete, joder. Vive. Repítelo mil veces. La vida es una vez. La vida es el amor de tu vida. La vida eres tú. Sólo serás una vez.

Abandona esta comodidad. Respira y expulsa en cada suspiro la nube gris. Huye, corre. Rápido.
Quiérete, joder. Vive de una vez, porque sólo hay una. Tú eres el amor de tu vida. Y sólo serás vida una vez.

Disfruta de cada error. Vuelve al pasado sólo para coger fuerzas. Pon tu intensidad en cada lágrima porque será la última.

Y quiérete. Porque esta vida increíble sólo es una vez. Tú sólo serás esta vez.

Los días raros

Los días eran raros. Llovía de repente, fuera o dentro. Todo es una cuestión de espacio. La mujer que sabe que hoy todo terminará, se mira en el espejo. Ya no se reconoce. Los días son raros porque esa mujer de ahí ya no es ella. Sabe que todo ha de terminar, pero no sabe si al volver y mirarse en el espejo, será capaz de verse.

La mujer que sabe que hoy todo terminará, lleva un vestido rojo con el que ha ido conjuntando toda su periferia: el bolso, las sandalias, las uñas de los pies. Se disfraza una vez más, por ser la última, y antes de partir, vuelve a mirarse en aquel espejo. Sigue sin estar. Todo en esta vida es cuestión de espacio, del que esta vez recorre la mujer que sabe que hoy todo terminará.

Porque los días eran raros. Y ella lo sabe. Llueve. Son sólo unos metros, pero llueve muy fuerte. Aunque el vestido sea rojo, se siente muy pequeña. Porque la mujer que va a terminar sabe que es fuerte, independiente e inteligente, pero hace ya demasiado tiempo que no lo siente así.

Yo la miro atravesar la calle. Porque sé que son días raros. Que la mujer del vestido rojo tiene que terminar hoy todo lo que empezó. Y sé que volverá sin verse, con los ojos como estanques, a doblar la esquina desde donde la observo. Y que habrá de recorrer mucho más espacio hasta poder mirarse, arrancarse la lluvia, de fuera y de dentro, y volverse a ver.

La mujer que sabe que todo termina, regresa de su fin. Los tiempos de hoy no son los de los héroes. Y yo la miro y pienso que es una maravilla que siga ahí de pie, caminando, recorriendo cada metro hasta que sepa volver a verse. Porque los días eran raros, porque llueve, porque en las cuestiones de espacio, sólo se ve lo que sólo termina.

La miro porque sé, que vendrán tiempos mejores. Porque los tiempos que empiezan, los tiempos que vienen, son los tiempos de las heroínas. Porque sólo la mujer que sabía que hoy todo terminaría, decidió vestirse de rojo y salir al encuentro del final de nuestros tiempos. Mirarlo a los ojos. Caminar, firme en cada paso. Porque estos tiempos son sólo para valientes, para quien afronta las cambios y sigue con idéntica sonrisa. Porque sólo ella se mirará esta noche en el espejo y verá a la mujer inteligente, independiente y fuerte que nunca dejó de ser.

Porque los tiempos de los cobardes, son por fin, historia. 

Aquel lugar

Lo que escribo no es bonito. Porque echo de menos aquel lugar, que ya no recuerdo dónde está. Sólo sé que era pequeño, casi diminuto, pero me parecía más que suficiente. Tenía hasta una pista para bailar. Contigo. Quizá, porque aquel lugar eras tú. O quizá era sólo una parte de ti. Una parte que si existe, está lejos, lejísimos de cualquier otro lugar.

Porque esta vida, la mía, está hecha así. De distancias, de lugares concretos, pequeños. Ni siquiera calles enteras. Por eso lo que escribo no puede ser bonito. Porque estar en un lugar significa siempre no estar en otro. Porque os importa el tiempo y a mí el espacio. Y empiezo a pensar que aquel lugar que echaba de menos ni siquiera existe. Ese espacio que sólo era tuyo y mío, quizá no estaba en ninguna parte. Quizá ni siquiera eras tú. O quizá, era sólo una parte de ti, una de mí.

He odiado las distancias, porque siempre son largas, inmensas, eternas. Me he odiado a mí, por no poder ser mil pedazos a la vez. Por eso esto no es bonito, porque puedo quererme en este lugar, pero el lugar que echo de menos ni siquiera sé si existe. Porque quizá aquel lugar era tan pequeño, tan tuyo y tan mío, que sólo cabíamos tú y yo y no cabía nadie más ni nada, ni los miedos, ni las ganas de rendirse, ni la rutina, ni el resto del mundo. Aquel lugar, éramos sólo tú y yo. Sólo tu ilusión y la mía.

Por eso y porque aquel lugar ya nunca existe, lo que escribo no puede ya, ser bonito. Porque jamás pensé que aquel lugar, tan tuyo y tan mío, necesitara existir para ser real. Necesitara ser buscado, para morir. Que necesitara ser lugar, para saber que ya no está.

Nunca pensé que algo tan tuyo y tan mío, tan por encima de todo, podría desvanecerse.
Nunca pensé que aquel lugar, que éramos tú y yo, moriría.
Que mi compañero de viaje, abandonaría.
Que mi nación, perdería la guerra que nunca supo que libraba.
Que antes de morirnos, me matarías.
Como muchas otras veces, hoy tampoco estamos juntas para celebrarlo. Y mira que hemos recorrido mundo. Hemos estado juntas en media España, en Londres más de una vez, en Francia, en Italia, en Grecia, en Turquía. Hasta en Bulgaria. Y lo más importante, hemos estado juntas más de 10 años en Alcalá de Henares. En mi casa y en la suya. En las escaleras del parque, en casi todos los bares, en la piscina (no pongo posesivo porque no está claro de quién es :P ). Lo hemos vivido todo y nos queda todo por vivir.

También puedo decir que estuvimos allí la una para la otra cuando nos hacía falta, y es verdad. Pero no me apetece hacer ese discurso típico. Me conformo con decir y saber que muchos no podrán hacerlo, que después de diez años, he descubierto que la única verdad que nunca podré negar, es que quien tiene una amiga, tiene un tesoro. Y el mío tiene todo y más de lo que necesito.

Qué guapa estás con veinticinco. 

En la acera

Estaba allí sentada en la acera, mirando la vida. Me había parado en aquel escalón, no porque la vida me pareciera larga. Pero los minutos sí. No me parecía bien estar allí de aquella manera, porque yo siempre amo la vida, cuando la vivo y cuando me preguntan, pero en ese momento no me apetecía vivir más. Ya me parecía que había llegado demasiado lejos, que ya poco podía descubrir, que ya estaba en la cima y no era para tanto. Que ya sólo podía volver a lo de siempre y allí no me esperaba nada. Si estando tan lejos nada me sorprendía, qué me iba a esperar a la vuelta.

Todo tiene que ver siempre con la perspectiva. Aquellas calles eran distintas, la gente era de otro color, pero no dejaba de ser gente. Y no dejaban de ser calles. Las casas eran bajas, pero eran casas, al fin y al cabo. Ya lo había registrado todo, ya había salido a la vida por todas las puertas. Ya había llegado al fin del mundo, por donde había llegado. Aquél, ya era el último rincón. Y la vida, en mi cabeza, lejos de allí, siempre era maravillosa, y merecía la pena, cada segundo, cada plano. Pero en ese momento ya no era así. La vida era finita. Todo era y es, cuestión de perspectiva.

Por alguna arista, bailaba. Las mismas telas, el mismo brillo. Rodeada de gente y sucia. Ya la había fotografiado antes. Y los putos occidentales le reían la gracia. Todos era cómplices. Tan pequeña y ya era culpable. Quería dinero, sabía decirlo en todos los idiomas. Y en otro momento era víctima y merecía todo el cariño de este mundo. Y todos la despreciaban aunque era una niña, porque todos viven dentro de la misma mentira. Y ella es mentira, un souvenir más de este viaje. Con esa cara de culpable, del horror mismo, el puto diablo en su forma más pura, todos los pecados de su mundo y el nuestro. La vida torcida desde el minuto uno.

Por eso estaba sentada allí, porque si hasta ella me parecía insalvable ya nada tenía sentido. Formaba parte del sucio juego, me hacía sentir sucia, carne podrida husmeando a billetes. No tenía ni siquiera ganas de llorar, de contárselo, de que me entendiera. Estaba a mi lado y me sentía lejos. Porque los minutos eran más largos que la vida, y aunque todo era cuestión de perspectiva, la más amarga era la única. Desde ahora y seguro, para siempre.

Miré las fotos, no sé si para revolcarme en la mierda que ya era todo, o para intentar salir de allí. O quizá, para que entendiera que yo ya no estaba allí, que no iba a darle un duro, que mi limosna no la sacaría de pobre, que no era un jodido bolsillo lleno de pasta y con patas. Que por mucho que bailara sin música, su arte no iba a convertir la vida en nada mejor. Me detuve en su foto y allí estaba, toda la maldad en los ojos de la más inocente. Nada nos iba a salvar, ni a ella ni a mí. Estábamos solas, dos hijas de puta, solas aunque fuéramos las únicas. Aisladas por dos vidas tan distintas, aunque hubieran decidido cruzarse allí.

Se acercó mucho más, y yo no decidí enseñarle su foto, y ella no decidió verla. Pero la vio y se la enseñé. Porque ya no estábamos en posición de decidir nada. No esperé nada y ella tampoco, había más cabrones que le hacían fotos y después le daban dinero. No sé si pensó en eso, seguramente sí. Sólo éramos dos egoístas, dos partes del perfecto negocio, tú te llevas dinero, yo me llevo una foto. Puedes ser menos pobre hoy, puedo limpiar mi imagen y decir que cuando luche lo haré pensando en ti.

No sé cómo se llamaba. Había viajado allí para conocerla. A ella, o a cualquiera. Para ver cómo el mundo es injusto, cómo merece la pena luchar. Cómo es verdad que la igualdad es necesaria y la riqueza absurda. Cómo la sonrisa mueve el mundo y no el dinero. Pero era mentira. Joder, era mentira. Y todo mi sistema de creencias seguía viniéndose abajo y no podía sentirme mal por llorar. No podía sentir nada.

Las lágrimas hacen actuar a cualquiera. Porque éramos así las dos, así de hijas de puta. Jugamos a ser crueles, culpables y cómplices, tanto que una lágrima es lo único que nos enternece. Me abrazó y lloré más. No sé si ella lloró también. La única diferencia es que nunca habíamos vivido ese momento. Pero por bonito que fuera, no podíamos sentirnos, después de tanto, locas, únicas, vivas. Porque ya hacía tiempo que habíamos muerto. Y morimos más cuando me ofreció dinero. La vida es así de absurda.

Porque ella era pobre de verdad. Porque todo lo que tenía para que yo no llorara era dinero. Ella, la más pobre de las dos, la última en la escala, tenía dinero para que no llorara y era todo lo que podía ofrecer. Se lo guardé y le toqué la cara. Nadie va a venir a salvarnos. No cambiaremos el mundo. Avanzaremos y cada una irá luchando sola, en cada parte del mundo, como nos hayan enseñado. Pero en cada mentira, recordaremos esto. Que te amé y que me amaste, que comprendimos la miseria. Que entonces, por un instante, yo fui más pobre que tú. Que por un instante, aunque sólo fue uno, no fuimos unas hijas de puta. Fuimos hermanas, buenas, puras. Compartimos la mierda que sólo puede ser la vida y mereció la pena. Que tu piel era la mía, que no estábamos tan solas. Que me contagiaste todas tus enfermedades y ya no me importaba. Que ya no teníamos nada que perder. Que el dinero, por un instante, sólo fue dinero. Y aunque tú sigas bailando y yo haciendo fotografías, los minutos ya no son tan largos. Ya no eres tan mala ni tan culpable. Habrás vuelto a soñar, a bailar por algo más. Y yo habré vuelto a luchar, contigo en la memoria. Volveré a llegar, por otra puerta que seguro existe y aún no he encontrado, a la cima del mundo. Para que alguien como tú me recuerde lo hija de puta que soy. Para que me devuelva las ganas de vivir, de volver a encontrarte y darte lo mismo que aquel día. La nada más pura. La vida como es. La verdad. La pasión en cada paso de baile, la gratitud del mundo, la inmensidad de la gente. Los segundos que cada día nos hacen soportar todos los demás. La niña que fuiste de verdad, la que volví a ser, la que seremos cada vez que recordemos que en un instante, fue posible que te diera lo que no tenía, que me dieras todo lo que nunca tuviste. Tan lejos de aquí, tan lejos de cualquier parte, volvimos a creer en la vida, que sólo puede ser maravillosa, aunque casi todo el tiempo no lo sea. Preciosa. 

Cartas de María I

Porque había escrito muchas, por fin decidió recoger aquellas letras, doblarlas, para que no fueran sus ojos quienes volvieran a pasar por allí, meterlas en un sobre y dar trabajo a los carteros, los únicos seres nobles de esta tierra. Porque con cada milímetro de saliva volvía a conocerse, con cada sonido perfecto de las cartas al doblarse se sentía viva y romántica. Porque nadie la conocía, necesitaba darse un paseo por la vida y sonreírle a sus errores. Ni siquiera siguió el orden cronológico que marca cada vida. Ésta es la primera, a uno de los primeros.

I

“A cualquier parte del mundo a la que se te ocurra ir, yo ya habré ido. Y no por intelectual. Seguirás mis pasos por el mundo y los sábados por las noches, cuando te sientes en el maletero de cualquier jodido coche, blanco y con los cristales tintados, pensarás en mí. Y en mi cerebro. Mientras bebes, de plástico, la ginebra más barata con tónica de marca, que nunca te ha gustado. Y no sabes por qué lo haces, mientras inspiras nicotina de un cigarrillo que tampoco te convence y se te nota, porque no sabes ni posar, que parezca parte de ti. Seré siempre tu maldita condena, cómo no te subiste al carro de libros y horas de césped que resuelven el mundo que no tiene arreglo. Por eso al recorrerlo, en todos tus horizontes sólo estaré yo. Porque no podrás olvidar que yo siempre estaré un paso por delante, haciendo todo lo que no hiciste porque ya era demasiado tarde para tu edad. Imbécil.

Y tus amigos no me gustaban porque son idiotas. La maldita enfermedad sin cura de cualquier sociedad. El estandarte joven al que todos los que no lo son apuntan cuando quieren fusilarnos, y si así fuéramos, ojalá. Porque quise creer en ti, durante el tiempo que fuera, me alejé de ellos. Porque no quise ver que las raíces no se pueden transplantar cuando son humanas. Y que al final, serías sólo una pequeña parte de plástico más, con corazón, sí, pero una pequeña parte más del mástil que sujeta la bandera de cualquier fiestón que merezca tilde. Y nada más allá de eso, un cerebro justo para caminar de frente, contratar una hipoteca, engañar o que te engañe otra tonta y que tengáis hijos. Y los llaméis churumbeles. Y les dirás cuando lleguen a la edad en la que supe que era mejor darte por perdido que llevas toda la vida ahorrando en un curro de mierda para que ellos no sean tan lentos, para que no lleguen tan tarde como tú, a cualquier acceso intelectual que les salve de la traición de raíces de la que no te salió de los huevos escapar. Tú.”


Lo que eres tú

Aunque debiera eliminarte. Soplar suavemente sobre cualquier rincón por el que aún quedaras. Tú. Aunque quisiera bailar al ritmo felino de las nuevas búsquedas, de miradas, cuerpos, músculos nuevos. Cuerdas de guitarra a estrenar, que me piden que me acerque, que las rasgue, que las haga sufrir y gritar de placer. Aunque una noche de cada tantas, la garganta me pida más profundidades, un paso más allá, un poco más oscuro, un trago más, diez minutos que se conviertan en horas. Aunque olvide que existes, aunque no te cuente entre las pocas propiedades que no tengo pero alcanzo a tocar, aunque ya no me quede ni un solo centímetro de tu piel por recorrer... Lo quiero. Quiero anclarte en mi vida para siempre, firmar un contrato blindado que te obligue siempre a quererme y mejor aún, me obligue a quererte a ti. Seguir viendo cómo se eriza tu piel cuando quiero borrarte, y no dejar de soplar nunca en direcciones siempre contrarias. Bailar imaginándote ahí, al otro lado del espejo, deseando que arrastre hasta el suelo cada centímetro de tela. Tocarme la guitarra hasta que se me salga el alma, besarme y besarte hasta que no nos queden ni labios, ni luz, ni reloj. Recordar cada segundo que te olvido, recordarte. En cada centímetro, en lo más absoluto, no dejar nunca de pensarte. 

Lo que aprendí de 2012

Este año ha sido más difícil que otros. Este año hemos tenido que irnos muy lejos, a lugares de los que casi no habíamos escuchado nada, recónditos, perdidos, sucios, pequeños, demasiado diferentes para ser exóticos. Demasiado parecidos para ser atractivos. Y aún así nos fuimos, porque había que irse. Abandonamos el barco que no se ha hundido, y bueno, ni siquiera lo abandonamos, su capitán nos tiró por una borda en la que no nos esperaban tiburones porque estaban ya todos dentro. Viajamos, porque es lo que hay que hacer. Porque a estas alturas y estrecheces no se nos permite hacer nada que no sea lo que hay que hacer. Así que hemos trabajado muchísimo, sí coño, hemos trabajado en muchísimas cosas que nunca habíamos imaginado, y en otras muchísimas que sí porque, si hemos hecho lo que teníamos que hacer, no hemos hecho otra cosa que trabajar.

Y entre trabajo y trabajo, necesidad básica y secundaria, prima de riesgo y escalada, tensión, noches cortas y mañanas demasiado largas de búsqueda, hemos salido mucho a la calle. Unos más que otros, con más ganas de gritar o de pasarlo bien, de desahogarse o de cortar cabezas. Y allí nos hemos conocido un poco más. En estas calles, las que conocemos, estas calles que son ahora más nuestras que nunca, por las que hemos caminado con prisas cientos de veces, sin fijarnos ni en las fachadas físicas ni en las trascendentales, hemos sabido que lo que a cada uno nos iba matando, iba matando también al de al lado. Y así, descubrimos que lo que no podíamos hacer solos, sí podíamos hacerlo con otros. Cada uno trepando por esta montaña de vida, tan difícil y tan divertida, hemos ganado conciencia, hemos roto con el individualismo que nos tenía a todos tan separados estando tan cerca, y hemos empezado a unirnos descubriendo que ésta es la única manera de luchar y al fin y al cabo, de vivir. Juntos.

¿Qué he aprendido en 2012? Pues parecerá palabrería, y lo habrán dicho muchos antes, y no será ni original, ni transgresor, ni postmoderno. Pero lo que yo he aprendido en 2012 es que da igual si el lugar es recóndito, perdido, sucio, pequeño, diferente, poco exótico o poco atractivo. Lo importante es que estés tú. Y tú, y tú, y tú. Y lo que hacemos juntos, lo que pensamos, lo que reímos, todo lo que hablamos y sentimos, lo que empezamos y no abandonamos, lo que construimos. Tú, y tú, y tú, y tú y yo. El paisaje es lo de menos, contigo, -y contigo, y contigo, y contigo- se puede ser feliz en cualquier parte.

Así que a 2013 le pido tiempo, que es lo más caro y precioso que tengo, para compartirlo un poco más con cada uno. Tenemos todo un año por delante. No pido que sea mejor, quiero que nosotros lo seamos. Muchas gracias a todos los que habéis estado a mi lado este 2012, soy mucho más feliz con todos vosotros.

En mi cielo

En mi cielo hay una torre, que contempla mis días, y ha sido siempre el gran amor de mi vida. Hablamos durante horas, muertas casi todas, donde su reloj se para y con todo el placer del mundo que nos es infinito, perdemos nuestro tiempo. Como él me ve desde arriba siempre sabe guiarme hacia donde está la luz. Y la luz se entre-cuela por los robles perfectos y las callejuelas que me conducen siempre, a la plaza de mi vida. me sigue gustando como nunca sentarme en sus escalones y volver a charlar, esta vez con el templo, que alberga dentro a todas mis diosas. Pocas veces se es tan intenso como en aquella plaza. La plaza en la que ella me espera sentada en una terraza, junto a él, los dos grandes dioses de mi vida. Ella no para de moverse ni aquí arriba, y él vuelve a llevar aquellos sombreros tan elegantes que ahí abajo yo veía sólo en fotos. Nos espera un coche que va atravesando, cabalgando en equilibrio, carreteras acogidas por eternas copas de árboles, y la luz se filtra por sus hojas y huele a tierra mojada. Estamos llegando a esa playa, en la que yo he crecido sin darme cuenta de que nunca dejaría de hacerlo. Nuestro toldo sigue ahí, donde siempre ha estado, y están nuestros vecinos, y todos nuestros trastos para construir palacios de arena donde los príncipes son cobardes y ellas son siempre las valientes. A mí me gusta jugar y girarme a cada rato para ver que ellos están siempre ahí, detrás de mí, dedicándome la mejor de sus sonrisas. Y paseamos por la orilla y nos dejamos llevar por las olas.

Dejan que el mar me arrastre porque el viaje tiene que continuar. Y yo atravieso el océano. Al otro lado está el paraíso de mi escritores. Donde el tequila con Chavela nunca es el último, y somos libres. Porque no hay nada más humano que la libertad y sabemos que nosotras somos de las que aman. Nos sabemos con la suerte de serlo. Y siempre hay que regresar a recuperar el alma, al norte, donde atravieso mi pequeño país y vuelvo al valle del Mosela en aquel tren horrible en el que me enamoré de Semprún. Aunque mi torre sepa que él siempre fue el primero, me gusta acariciar su cara de joven revolucionario y pasear por su francés perfecto. Porque algunos están fuera, y otros estamos dentro, siendo lo suficientemente libres como para ir donde teníamos que ir. Como José, qué buena fue que nunca os callarais, amores de mi vida. Qué bueno que estéis aquí para conversar con vosotros.

Y sé que al final de este camino de granadas estará él, porque ya los he visto a todos y en la eternidad espera el poeta al que defiendo a capa y espada, el que me ata a esta Tierra aunque me mate, la voz que truena en mis oídos porque es lo que siempre ha querido. Mi barro y el suyo. Y ahí está, sentado a la sombra de los almendros de nata, con su cuaderno y su lapicero, tan pobre que es amor puro, que él ha conseguido desprenderse y desprenderme de todo lo que es superfluo. Y sólo quedamos su sonrisa y la mía, con todo un cielo por delante, para hablar de la tierra, del vientre de la Justicia, para disfrutar de ser niños. Porque en mi cielo, de eso es de lo único que no despertamos.

Y a los que están por llegar, saben que las puertas estarán siempre abiertas. Que en mi cielo los que entran, nunca tienen miedo a equivocarse.


Los puñales

Aquella mañana vino sin los aros que cada día adornaban sus orejas. Las ojeras, sin embargo, las llevaba puestas desde hacía meses. Bajó ...