martes, 3 de marzo de 2009

Día Rojo


Recuerdo perfectamente cada segundo del día que pasé con Manuel, desde este cochambroso ático en París. Las paredes desconchadas se me caen encima cada vez que pienso en esta vida de mierda que nos tocó. Que sólo me regaló un día. Doy un sorbo más a esta copa de vino de mesa francés y fijo mis ojos en la bandera que está cerca de la ventana. Sí, lo recuerdo todo.

El minuto más feliz de toda mi vida. No es muy difícil saber que fue ése, esta vida perra no me ha regalado muchos más. Pero aquel catorce de abril de 1931 éramos tan grandes que bailábamos y saltábamos fuera de nuestro cuerpo. Gritaba tanto detrás de una sonrisa tan inmensa, que no sé cómo, pero llegué a engancharme con las piernas a las caderas de Manuel como si estuviera preparado aquel perfecto engranaje. ¡Viva la República! ¡Vivan los hombres que nos traen la ley! ¡Libertad! Entre todos eso gritos alegres y desesperados, liberados después de vivir debajo de tantos zapatos de alta alcurnia, Manuel me besó y multiplicó mi sonrisa por todos los segundos. No he visto nunca una Puerta del Sol más viva, ni más llena de calor, una camisa roja más bonita que la de Manuel. No había sentido nunca como en aquel momento, que ése era el primer día del resto de mi vida.

No dejamos de gritar, cantar y sonreír hasta pasadas algunas horas, con la energía inagotable que dan los sueños inalcanzables cumplidos. Y borrachos, también de vino, ¡Viva la República! Aquella noche, Manuel, que no había dejado de besarme como si me conociera de toda la vida, como si no existieran más días en nuestras vidas, me invitó a su casa. Y yo estaba en ese momento tan enamorada de la vida, de su camisa y de mañana, que acepté. Caminamos y corrimos por todas las calles de Madrid, dándonos la mano, abrazados, levantando el puño al aire y gritando ¡salud! a todos los que se cruzaban en nuestro camino. Bailábamos al andar, mis piernas se cruzaban con las suyas, con sus besos.

Recuerdo tan bien aquella noche, que no puedo creer que ahora los pies que se cruzaban en el rellano del portal, vivan en suelo francés. Mientras buscaba las llaves en alguno de sus bolsillos, me besaba, se reía, con aquellos dientes perfectos, y yo le ayudaba con mi sonrisa inocente y mis manos traviesas a buscarlas. Las introdujo en la cerradura y yo empujé la puerta con la espalda. Y antes de rozar la puerta de su habitación, mi ropa y la suya ya habían desaparecido, como si fuera el último minuto y tuviéramos siempre prisa. ¡Libertad! A susurros, caricias y suspiros, nos dormimos abrazados. Poco a poco y a la vez.

Pero yo me desperté antes, vi la luz de la mañana, abrí mucho más los ojos y al segundo estaba ya fuera de la cama, casi vestida y mirando por la ventana en busca de algún reloj que me indicara la maldita hora. Y a pesar de todas mis prisas, y de la cara furiosa y enrojecida de mi padre que se aparecía cada dos segundos delante de mis ojos, me dio tiempo a besarle, a susurrar algo parecido a un te quiero, y quedarme mirándolo algunos segundos más desde el marco de la puerta. Luego corrí, tanto que parecía que tenía ganas de que mi padre me reventara los oídos con sus gritos sobre la típica confusión juvenil entre libertad y libertinaje.

Aun castigada no tardé demasiado en acercarme otra vez al portal de Manuel. Esperé a que entrara algún vecino, subí las escaleras de tres en tres, y jadeando llamé a su puerta. Volví a llamar, llamé varias veces. Me senté al lado de la puerta y esperé. Una hora. Dos. Volví al día siguiente, esperaba a que entrara o saliera un vecino y repetía, llegué a hacerme un hueco en las paredes del descansillo del tercer piso. Aquel no era e piso de Manuel, o eso decía el buzón La portera me seguía con unos ojos que se salían cada día más, y una nariz que cada día respiraba más fuerte al olerme pasar, así que perdí la esperanza. Pero le veía por todas partes, con su camisa roja, veía su cara en la de todos los hombres que se cruzaban en mi camino, todos los días.

Y lloré, lloré casi todos los días que duró la República, lloré tanto que el Manzanares se moría de envidia con mi caudal.

Cuando la República nos empujó en trenes a Valencia, alguien, con esa camisa roja que yo veía por todas partes, se acercó hasta mí y me susurró un te quiere, lo han detenido, te quiere, te ha buscado todo este tiempo.

No he vuelto jamás a pisar Madrid, ni a ver una camisa roja, aunque su cara sigue estando también en la de los parisinos. Y esta copa de vino francés de mesa no se acaba nunca.

Vuelvo a rellenarla, intentando volver a emborracharme como en aquellos días.

1 comentario:

Anónimo dijo...

genial...cada dia me gusta más leerte

Buscar este blog