sábado, 17 de octubre de 2009

Adriana

Volvió a mirarle a lo ojos.
- Esta noche. Tú y yo.
Él devolvía la mirada. Una mezcla.
- No entiendo.
Y.
- Lo sé.
Se terminaban las copas como si no fueran a probar el alcohol nunca más. Aún no le había dicho nada con la voz. Bailaban. A Adriana le pertenecía todo, si tiraba de donde él estuviera se quedaba sin ropa, sin techo, sin suelo, sin el cigarro y la copa que le permitían enfrentarse a sus miradas, con la confianza de la vida en sociedad.
Más copas. La última nunca es suficiente. Y Adriana calculaba, los pasos, las frases jeroglíficas y las sentencias lapidarias lanzadas en el momento y el lugar preciso para que él volviera a entender por todos los canales:
- Esta noche. Tú y yo.
Aunque él siguiera hablando con aquella guapita que le sonreía en exceso las últimas noches. Otra mirada susurra:
- Da igual, esta noche te quiero. Entre mis labios. Entre todos ellos.
A la penúltima de todas las últimas copas, le siguieron las palabras banales de ascensor:
- Esta noche hace frío. ¿Me das fuego?
Y vuelta hacia casa. Balas:
- He perdido las llaves de casa.
- Vente a dormir si quieres.
Esta noche. Tú y yo. Sexo, interrumpido por llamadas que no debería contestar y contesta. Debe ser la guapita que se ha quedado sola. Adriana le quita el móvil de las manos, le besa. La guapita escribe. Él contesta. Adriana lo borra, le besa. Vuelve a llamar, y antes de que él se despierte, ella apaga el móvil. Dormir. Follar. Dormir, follar. Café, ducha y sexo. La guapita llama cuando ella roza la cerradura de la puerta a la calle y lo real.
Y esta vez no dice nada. Que conteste. Esta noche te he querido. Y ya vale. Y de camino a casa, sus miradas a donde no se ve, dicen:
- Te lo regalo guapita, por baja temporal de uso físico. Ser amante es mejor, ser amante es mejor, ser amante es mejor, mucho mejor, yo lo sé todo y tú no, sé cuándo te besará, cómo y dónde, tú no sabrás nada guapita, ni quién te cuelga las noches de los domingos.
Llueve, de su casa a la suya, llueve, como sólo puede llover los días de resaca atípica.
Pero al rozar su cerradura, la de la puerta que da a su casa y a su mundo, las manos nerviosas le abren el bolso, buscan el teléfono.
Y no hay llamadas.
No hay mensajes.
Y comunica.

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