martes, 24 de noviembre de 2009

Zapatos rojos

Los zapatos rojos de tacón seguían en la esquina del cuarto. Se los había regalado él. Ella abrió los ojos hacia ese lado de la cama. Intentó observarlos, pero giraban, escapaban hacia el techo como seguros de querer fugarse, buscando sacudirse las manchas de ron y ceniza y volver a encontrar unos pies más suaves, más dulces.
- Cereales.
Ella se giró hacia el otro lado y le besó, a cambio de un gesto frustrado de labios.
- Buenos días, rey.
- Tazón de cereales.
Despacio, ella volvió al lado de los zapatos rojos, seguían allí, en la esquina del cuarto. Puso los pies en el suelo, y se vio las uñas descascarilladas, como formando mapas de rojo y carne. Tropezó un par de veces antes de llegar a la puerta. Y otras tres antes de alcanzar la cocina. Le temblaban las manos al coger la caja de cereales, y formó nuevos mapas de leche y encimera al inundar el tazón. Seguía durmiendo, mientras ella avanzaba por el pasillo y la habitación derramando un poco de leche, algún cereal. Lo dejó en la mesilla y le acarició el pelo.
- Galletas.
Una cucharada y se la acercó a los labios. Manchó almohada y sábana. Ella reía. Él se incorporó, tomó las riendas del desayuno y empezó a engullir. Ella se quedó sentada en el rincón de la cama. Los zapatos rojos de tacón seguían en la esquina del cuarto. Él dejó el tazón vacío en alguna parte y se levantó para vestirse. Ella no se movió, no dejó de mirarse los mapas de rojo y carne que tenía en los pies, las manchas por todas partes. Él terminó de abrocharse la camisa, le dio un beso en la mejilla, susurró algo parecido a llamarle cuando llegara al trabajo, y se fue.

Metió los zapatos en una bolsa, se puso el abrigo encima del pijama y bajó, rumbo al contenedor. Cuando levantó el brazo para lanzarlos al orgánico, se miró las uñas. Y volvió a casa. Metió las sábanas a la lavadora, fregó el tazón y todos los suelos. Se despintó las uñas, y volvió a pintarlas, rojo. Cuando se secaron, se quitó la ropa, y a los zapatos les quitó la bolsa. Se metió con ellos en la ducha y se enjabonó todas las pieles, suyas y ajenas, carne y rojo.
Los colocó en la esquina opuesta. La otra quedó vacía. Al observarlos desde el marco de la puerta, ya no iban a ninguna parte, estaban ahí quietos, como muertos de ganas por que ella metiera dentro sus pies, suaves, dulces.

1 comentario:

samsa dijo...

cuando confie en la oscuridad te diré si soy capaz de poder mirar fijamente unos ojos y aceptar que puedan decir algo o simplemente son el tendedero de la hipocresia de la que hablas de la cual todos somos portadores

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