martes, 23 de noviembre de 2010

Divina Manuela

Lo cierto es que no importa. Al fin y al cabo, son sólo un puñado de letras. El recipiente que poco a poco, ha ido recogiendo mis lágrimas y les ha dado forma.

Eso piensa, divina Manuela, mientras vuelve a sentarse en el escritorio que hace años sonreía a su abuela, para escribir. Huele la solución, a tulipanes que no huelen a nada. A que no hay lágrimas, y el recipiente tiene una marca de salitre cerca de su desembocadura.

Uniforme. Frágil.

 No hay lágrimas, hay arrugas. Aunque sí las hay, sí las ha habido, maldita sea, qué triste tener que echarlas de menos. Y a riesgo de victimismos no tiene miedo, llora por Palestina. Llora de rabia y quiere crecer. Pero al fin y al cabo son sólo un puñado de palabras, voces que resuenan dentro de su cabeza. Nueve de cada diez niños en Afganistán consideran que no vale la pena vivir. A ti ese chico te marcó. Eres una reina. Y Manuela retuerce y recorre su vida en busca de un corte, el corte que la convirtió en la mujer conformada que es ahora, mientras se preocupaba en no volver a ser la chica tímida que era con quince, la que aún cautivaba al sexo opuesto con su quietud. Y mientras se juraba a sí misma que eso importaba poco, que si ya no me quieren yo no los necesito más allá de la lujuria efímera, se fue convirtiendo en su antítesis, en la mujer a la que hoy no le importa que hoy no pase nada. Que ya no se odia si pasa la tarde del domingo en casa y ha aprendido a disfrutar del sofá, a no martirizarse por no estar haciendo calle en busca de amor.

Mendigar, susurra la mujer de hoy a aquélla.

A la que se desvivía por cualquiera, por estar al lado de cualquiera, la mujer abrumada por estar sola ha aprendido a disfrutar de no existir para nadie. Y no está enfadada, y no tiene envidia. Pero no escribe, es lo único, que no escribe. Al fin y al cabo son sólo un puñado de letras, letras que no le van a gustar y sobre las que pasará de puntillas cuando se convierta en otra y ésta se le antoje ridícula. Y escribe Manuela aunque ya ni siquiera le guste su nombre, pero no se le ocurra otro. Pero escribe, y entre su puñado de letras y sus miradas en busca de una idea brillante, de una de ésas frases que pasan desapercibidas pero leídas despacio esconden una vida, ha ido rascando en este tiempo la salitre del vaso que recogía sus lágrimas.

Exacto, Él, ya no está.

No provoca en Manuela ni un atisbo de sensación, no es suyo, ya no es suyo. En su puñado de letras ya no existe ni una sóla referencia tarantiniana a Él. Entre las ninguna y las doscientas setenta y siete veces que se prometió no volver a escribirle, se fue colando por las evaporaciones espontáneas de sus lágrimas.

Y ya no queda ni el salitre.

Y supongo y Manuela supone, que por esas leyes univesales que se impone, se debe algo a sí misma, a su tiempo, y a sus puñados de palabras. Como si al fin y al cabo, se agarrara al último clavo de inspiración, como si ya nunca más fuera a volver a escribir igual, aunque sepa que nunca escribió igual, y a veces le costaba reconocerse en sí misma, y adivinarse entre los puñados de letras. Y aunque se perdiera, con un nombre que ya no le gusta, a Manuela ya no le importa. Lo peor, y lo mejor, es que no está triste por haber hecho desaparecer a la princesa decimonónica que sabía escribir. Y Manuela se siente sabia, porque es ahora y no antes, por desgastada que esté la expresión en su estilo, cuando puede sentarse en la azotea con un cigarrilo y sentirse infinita como el universo.

De vuelta, pero no vacía.

Encontrada la ilusión en los rincones de su vida que no la tenían. Sonreírse al aprender, y ver en el horizonte todas las trincheras que quedan. Aunque ya nunca más vuelva a escribir igual, no se echa de menos. Serán las consecuencias de haber encontrado el equilibrio que ya no se pierde nunca. Y ya no le provoca ninguna sensación, y los que vengan después no le devolverán a él, y no serán escapes. Ni se refugiará en las críticas que conectan a la Maga con Ally McBeal, porque lo que ella sabe es lo que van a saber todos o algunos saben ya. Ya no me importa no ser nunca más Manuela, pero se lo debo a ella.

Quizá ahora podré empezar a ser escritora.

Pero Manuela no echa de menos sus lágrimas, y con la sonrisa que después de mucho tiempo ha conseguido eternizar aún se sorprende, al despertarse o en el metro, y se va perdiendo entre la gente sabiendo que siempre la recordaré, que estará ahí en cada consejo.

Ya somos libres.

Y Manuela para despedirse recoge el vaso de cristal, el que ya no tiene salitre y huele a tulipanes, a nada. Y lo pierde en el cementerio de vasos que esperan recoger lágrimas, como a uno más.

Y como a ninguno.

Pero no como al único. 

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