jueves, 16 de diciembre de 2010

Cartas al vientre

Hay que dejarse el corazón en todo. Las frases de su madre siempre aparecen en el peor momento, como conciencias que nunca pierden la esperanza, y Raquel se aprieta el vientre. Hay otras chicas en la sala, todas con  el mismo abismo circular delante de sus ventanas. Pero no hay horizonte, desde hace ya unos días Raquel ya no ve más allá del círculo que le va trepando por las entrañas. No hay latido, ni patadas. Pero Raquel se agarra el vientre por inercia, como quien se abraza a la almohada por las noches cuando piensa en la muerte. Los minutos se han parado en el reloj verde de la clínica, y no hay respiración a la que no acompañe otro hilo vertical, ácido y a la vez amargo, que invade toda la garganta. Y por su ventana van pasando otros minutos, como en los universos paralelos, mientras se echa de menos a sí misma, al carrito que ella no movía y todas las decisiones que no tomaba. Y tan profunda y tan lejos de la clínica, como que el lugar es estéril, hueco, anestésico.

Raquel ve a todas las madres. Y ve a todas las mujeres. A las americanas, brazo en bíceps y pañuelo en flor, en el centro de la cabeza. A las musulmanas detrás de kilómetros de tela negra, a las europeas, con el bolso lleno de agendas en las que escriben para no acordarse de nada. Y ve mujeres africanas, barrigas negras hinchadas. Y ve a las mujeres de su alrededor, solas como ella o acompañadas. Y primero ve madres, y después ve mujeres. Y se inclina sobre sí misma y se agarra el vientre. Las sillas de la clínica son frías, metálicas. Y donde no hay sillas hay plantas, de ésas que una nunca sabe si son de verdad o de mentira, de las que no hace falta regar porque no crecen, pero tampoco se mueren. Estériles y eternas, como todas las mujeres de la sala. Raquel espera su turno.

Se ha dejado el corazón en todo. Su madre no podría reprocharle nada más allá de lo que está a punto de hacer. Si pudiera besarse el vientre, lo haría. Como una firma, o como una despedida. Pero se agarra, como las raíces a la tierra aunque no queden minerales. Y Raquel ve mujeres empresarias, profesionales, emprendedoras, y ve madres, arrugadas, blancas como folios, ojeras como cardenales. Y se abraza como si pudiera convertirse en el mismo círculo de su abismo. Hay que dejarse el corazón en todo. Y viaja por última vez a los extremos y lo ve allí, abandonado en una mesa de quirófano, palpitando el final de todas las pasiones. Porque Raquel ve mujeres, y después ve madres.

Y mientras espera su turno, Raquel ve a algunas mujeres serias, otras que gritan, y otras que lloran. Como las madres. Las madres que lloran secuestros, suicidios, muertes. Y ve casas con la ropa tendida y la mesa puesta. Y se agarra el vientre, como si fuera a dejarse en este todo, algo más que el corazón. Para recuperar el horizonte. Su madre tiene que aparecer siempre en el mejor momento.

Y en la esterilidad de la verde clínica la voz de un enfermero anuncia su nombre, como en un casting para televisión o en una llamada a filas de los ejércitos. Y Raquel sin soltarse el vientre en el que no hay latidos, ni patadas, se levanta de la silla, fría y metálica, como si toda su vida hubiera estado ensayando para ese movimiento.

Mandar la última carta al vientre es cuestión de minutos, segundos que podrían contar los que tienen paciencia y los que tienen que pensar en algo mucho más simple para aguantar el hecho de ser siempre uno mismo. El arrastre a los demás en el camino del único. Y en eso piensa Raquel porque ya no puede agarrarse el vientre. Sus manos han ido soltando, sin oposiciones y sin querer, el corazón que hay que dejarse en todo.

1 comentario:

Entrespinos dijo...

Qué bonito y qué triste :(

Tienes un fluir super intenso cuando escribes, ¡me encanta!

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