lunes, 25 de abril de 2011

Centímetros

Son sólo unos centímetros, entre veinte y veinticinco. Los centímetros con los que mido la euforia, la ira, la rabia. El estrés de ser lo que dicen los medios, de formar parte de eso que se llaman fuerzas de seguridad del Estado. Yo soy la fuerza, soy la seguridad del Estado. Y si ese estúpido está ahí sentado, el motivo no vale, lo que vale es la fuerza, la del Estado. Yo soy parte de ese Estado.

Y quizá él también. Pero es joven. Es joven y todavía no lo entiende. Yo soy la seguridad, medida en centímetros. Entre veinte y veinticinco, los de la bandera, los de la porra. Serán los que separan sus rodillas del suelo, mi cuerpo del suyo, sus sueños de los míos. Mi arma, de su espalda. Sus muslos, el destino de mi golpe, de sus costillas, mi golpe real. Y ahí está, tendido en el suelo. En el suelo y sin hablar.

Me colapso. El chico que está tendido en el suelo ahora ya tiene nombres y apellidos. Se llama Daniel López Ortega. Ya no es uno más, uno más de los que corren, gritan, levantan los puños y piden algo. Vete tú a saber, futuro, igualdad, protección, cosas de jóvenes. Siempre piden algo que la democracia no les da, o algo que no les da del todo. Y lo que les damos nosotros. Un golpe, un moratón en el muslo, un recuerdo cada vez que se sienten. Con las fuerzas de seguridad del Estado nunca hay que meterse.

No se dan cuenta. Dentro de poco tiempo ya no serán jóvenes. Se cortarán el pelo y empezarán a ahogarse con corbatas y medias. Se convertirán en hombres y mujeres de provecho, y sentirán por nosotros el respeto que hoy tenemos que imponerles. Qué lejos quedó la juventud, mucho más allá de veinte o venticinco centímetros, los que me separan del cuerpo del chico.

Daniel López Ortega no se levanta. Mis compañeros persiguen a otros, les golpean o no, en los muslos, veinte o veinticinco centímetros por debajo de donde yo le he dado a Daniel López Ortega. Y me quedo clavada, de pie, en el suelo. No puedo moverme de este cuerpo que ya tiene nombres y apellidos. Lo dice su pasaporte. Se llama Daniel López Ortega. Y no se mueve, ni está consciente. Si le hubiera dado más abajo, el chico hubiera seguido corriendo, se habría quejado a sus amigos, gritaría un poco, se sacaría una fotografía y como mucho, una denuncia. Una denuncia con la que podría limpiarse su joven culo. Contras las fuerzas de seguridad del Estado no hay nada que hacer, y ellos lo saben. Por qué lucharan entonces.

Pero esta vez no ha sido así. Daniel López Ortega no corre, no se queja, no grita. Y probablemente, no volverá a hacerlo. Son sólo veinte o veinticinco centímetros. Y yo ya no soy la fuerza, ni la seguridad, ya no soy parte del Estado, pero él sí, mierda. Él es la columna, la que vertebra a esta sociedad, mierda, la encargada de que todo se mueva, de que esto siga adelante. Y es en su columna donde ya nada se mueve. Y en mí tampoco. Mierda. Yo ya no soy una fuerza de seguridad del Estado. Y también tengo nombre. Una hija de puta.

Eso es lo que soy, la hija de puta que acabó con los sueños de un chico, de Daniel López Ortega. La hija de puta que se pasó veinte o veinticinco centímetros, y convirtió a las fuerzas de seguridad del Estado en ninguna fuerza, en ninguna seguridad, en ningún Estado. La vida son veinte o veinticinco centímetros, los que mide una bandera, una columna, una porra, un juramento. El nombre de Daniel López Ortega. Quizá debería volver a ser joven. Joven de espíritu, veinte o veinticinco años, para sentir los que sienten los amigos de Daniel López Ortega.

Veinte o veinticinco centímetros, los que mide el diámetro de las ruedas que ahora mueven su vida. Y su silla.

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