jueves, 27 de octubre de 2011

El cuchillo de postre

Practiqué muchas veces. Sobre todo por las mañanas, cuando había cualquier objeto que inaugurar. Me despertaba escuchando sus gritos, antes de que sonara mi despertador, las palabras que cuando estaba muy borracho, no podía entender. Los tumbos, como una pelota de pin pon a cámara lenta, que daba por el pasillo, intentando llegar en pie hasta la cama. Entonces me levantaba de golpe, apretaba cada músculo de mi cuerpo lo suficiente como para dejar de querer seguir durmiendo. Y después aflojaba uno por uno hasta los ojos. Respiraba profundamente, y los abría. Otro día más en este infierno de silencio en el que nadie hacía nada.

Ponía los pies en el suelo y buscaba las zapatillas. Daba pequeños paseos por mi habitación, cada vez más rápido, y todo lo silenciosa que podía, hasta que escuchaba cerrarse su puerta. Ésa era la señal para abrir la mía. La puerta a diez minutos de placer hasta que tuviera que meterme a la ducha para ir a clase. Al menos había algo bueno en que me despertaran antes sus grados de alcohol que mi despertador.

Deslizaba las zapatillas por el pasillo. Era un poco inocente, porque la mona que dormía no la hubiera despertado ni bailando claqué hasta la cocina. Y cuando me encerraba allí, respiraba tranquila y me sonreía a mí misma. Era mi momento, el momento en el que practicaba, el momento en el que me desahogaba ensayando cómo iba a matar a mi padre. Buscaba el bote nuevo de café y daba rienda suelta a mi imaginación. Pero esa mañana decidí que iba a hacerlo. Que ensayaría por última vez y después, lo mataría con el mismo cuchillo.

Disfrutaba con cada progreso. Era fácil. Desenroscaba la tapa del bote de café, y durante algunos minutos, me quedaba observando el papel, casi siempre plateado, que separaba el café abierto del que se inaugura. Acariciaba la imperturbable superficie, me regocijaba en los últimos segundos de esa virginidad industrial. Y sin dejar de mirarla, daba un par de pasos hacia atrás y con una de las manos abría el cajón de los cubiertos. Me gustaba escoger el cuchillo de postre, porque era casi tan inocente como el bote de café, como mis manos, como yo. Y entonces lo agarraba con fuerza, y volvía acercarme a él. No dejaba de mirar la superficie que iba a ser brutalmente asesinada. Y antes de volver a respirar, atacaba la tapa plateada, la acribillaba a puñaladas tantas veces como fuera posible. Una, dos, tres. Y todas las que pudiera. El papel parecía resistirse, seguía tenso a las primeras embestidas. Saboreaba cada vez que penetraba el cuchillo en ese sonido hueco, suave y a la vez, ensordecedor. El café se rendía. A modo de bandera blanca, estornudaba polvos. Pero yo continuaba con alevosía hasta que las heridas se unían y el papel se rasgaba por completo, y la tensión desaparecía.

Matar a alguien no debe de ser muy diferente. Matarle no debe de ser muy diferente, me repetía mientras admiraba mi obra, y así todas las mañanas. Después me sentaba en la silla de la cocina y pensaba en el cuándo. Cuándo sustituiría el café nuevo por mi padre. Y siempre concluía que tendría que ser espontáneo, que cuando hubiera practicado más algún día enloquecería y me atrevería a hacerlo. Y esa mañana lo decidí. Después del último ensayo, el último de todos, lo mataría. Con el mismo cuchillo de postre. Ésta era la definitiva.

Esa mañana no encontré ningún bote de café nuevo. A veces ocurre. Pero seguí buscando y me topé con un bote de colacao, y de repente fue diferente. Diferente porque todas las veces era capaz de concentrarme sólo en mi odio, sólo en la superficie plateada que era la diana de toda mi ira. Pero cuando mi mano agarró el bote de colacao me vinieron a la mente otras imágenes que no podía apartar. Recordaba una mañana de fin de semana en el supermercado, una de esas mañanas en las que decidía acompañar a mis padres a hacer la compra, cuando se acercaba el verano. Quería el regalo que venía con el colacao. Cada año el que fuera. Pero cuando enfilábamos el pasillo de los desayunos, mi madre me decía que eran cinco kilos, que me iban a durar años, que pesaba mucho, que lo que fuera. Y yo ponía una cara muy triste y no decía nada. Me quedaba mirando la caja grande de colacao mientras nos alejábamos hacia otros pasillos. Pero cuando estábamos en la cola para pagar, mi padre se acercaba a mí y me preguntaba si iba a bebérmelo todo. Yo asentía, y empezaba a sonreír. Entonces mi padre desaparecía y volvía con los cinco kilos y la baticao, o el boli invisible, o el yoyó automático.

Aquella mañana no podía dejar de pensar en ese recuerdo. Agarré el cuchillo de postre con todas mis fuerzas y acribillé una y otra vez la tapa del colacao. Pero no pude disfrutarlo, incluso algunas lágrimas se deslizaron por mi cara. No podía dejar de verme con diez añitos, ahí sentada en el carro, viendo cómo mi padre se hacía paso entre la multitud del supermercado como un héroe, mientras mi madre ponía en la cinta todo lo que habíamos comprado. Y volví a apretar el cuchillo. Él tenía la culpa de todo. Así que decidí ir a su cuarto. Tenía que matarle, tenía que hacerlo ya. Él era el culpable de todo.

Cuando entré en la habitación, ya no roncaba. Dormía boca abajo, con una respiración profunda. Observé su espalda. Lisa, como la tapa del colacao. Pero no estaba tensa, no me desafiaba, no me esperaban polvos de chocolate al otro lado de esa superficie. Me acerqué a él y respiré hondo. Cerré los ojos. Levanté el brazo. Los volví a abrir. Volví a mirarle. Levanté más el brazo. Volví a respirar. Se me escapó una lágrima, y entonces empecé a llorar. A llorar como cuando tenía cinco años, o diez, o los que fueran. Como si nunca me hubieran comprado los cinco kilos de colacao.

Me di la vuelta y miré el cuchillo. Pensé en despertarle y decírselo, que quería matarle, que le odiaba. Pero no sé aún cómo, volví a la cocina, y con los ojos borrosos dejé el cuchillo en el fregadero. Me acerqué al bote de colacao, y con las manos, le fui quitando el papel que había rasgado. Lo cerré y lo dejé en su sitio. Y me volví a la cama, a la cama de la que seguiría despertándome con sus gritos, con sus tumbos por el pasillo. Y supe que no escaparía, que me quedaban todas las tapas, todos los botes de café de mi vida por asesinar.

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