lunes, 14 de noviembre de 2011

Il Pantheon


Podría como siempre, refugiarme en la escritura. Quejarme a modo de escritora maldita de que nadie me quiso y rechacé a quien lo intentó. Podría hacer dudoso alarde de la sangre malgastada en perseguirte, incluso, perseguíos, y dejar que el viento me acaricie con la suavidad que yo no tuve cuando me quisiste tú, incluso, vosotros. Podría, y de hecho más que puedo, hago, seguir creyendo que todo lo que escribo tiene un mecanismo que le permite existir y penetrar en alguien para provocar algo que recuerde casi tanto como un orgasmo, de los de andar por casa. Como si yo fuera a hacer mella en alguien que un día me dijo, llegarás lejos, porque me sorprendió en la lucidez que me penetra a mí, cada vez más de vez en cuando. Como si yo pudiera olvidar las gafas de pasta y la calvicie, clave indicio de madurez y futuro éxito literario, que me lanzaron críticas constructivas, hasta frenarme, frenarme y no lamentar que un disco de plástico con media vida escrita se fuera, como yo cada vez menos de vez en cuando, al rincón barato donde huele a letras de fábrica y bestseller fordista. Y aún así, aquí estamos, porque podría pero no, refugiarme en a escritura y prueba de ello que me visita, la puta aquélla, menos veces y menos tiempo. Y todo para decir que si aquí estoy, mucho después de los quince, cuando la falacia es legal y el victimismo una gran fuente de justificación y deseo, y atracción, y todo lo que suene a centro dramático norteamericano, es porque, y eso sí que puedo, trasladar admiración, conversación y encuentros fuera de lo corpóreo, de las personas a las ciudades. Me veían venir, pero estoy mucho más por encima de la punta de iceberg que creen avistar, infelices espectadores. Las ciudades me leen el alma, se acoplan a mí y deciden llover o solearme, sonreírme, como si yo fuera a través de ellas, dios o una manifestación de lo más puro. Como si ellas, fueran más capaces que yo de hacerme comprender, ellas, que tienen más conversación y a las que he amado, y a las que he llorado, mucho más que a muchos. Sangre, que biengasto en abrazarte, porque a nadie como a ti, y tú a nadie como a mí. Que nos acaricie en sus siglos el viento, y si a la escritura vuelvo, que me leas tú.

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