Dejan que el mar me arrastre porque el viaje tiene que continuar. Y yo atravieso el océano. Al otro lado está el paraíso de mi escritores. Donde el tequila con Chavela nunca es el último, y somos libres. Porque no hay nada más humano que la libertad y sabemos que nosotras somos de las que aman. Nos sabemos con la suerte de serlo. Y siempre hay que regresar a recuperar el alma, al norte, donde atravieso mi pequeño país y vuelvo al valle del Mosela en aquel tren horrible en el que me enamoré de Semprún. Aunque mi torre sepa que él siempre fue el primero, me gusta acariciar su cara de joven revolucionario y pasear por su francés perfecto. Porque algunos están fuera, y otros estamos dentro, siendo lo suficientemente libres como para ir donde teníamos que ir. Como José, qué buena fue que nunca os callarais, amores de mi vida. Qué bueno que estéis aquí para conversar con vosotros.
Y sé que al final de este camino de granadas estará él, porque ya los he visto a todos y en la eternidad espera el poeta al que defiendo a capa y espada, el que me ata a esta Tierra aunque me mate, la voz que truena en mis oídos porque es lo que siempre ha querido. Mi barro y el suyo. Y ahí está, sentado a la sombra de los almendros de nata, con su cuaderno y su lapicero, tan pobre que es amor puro, que él ha conseguido desprenderse y desprenderme de todo lo que es superfluo. Y sólo quedamos su sonrisa y la mía, con todo un cielo por delante, para hablar de la tierra, del vientre de la Justicia, para disfrutar de ser niños. Porque en mi cielo, de eso es de lo único que no despertamos.
Y a los que están por llegar, saben que las puertas estarán siempre abiertas. Que en mi cielo los que entran, nunca tienen miedo a equivocarse.
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