lunes, 6 de agosto de 2012

En mi cielo

En mi cielo hay una torre, que contempla mis días, y ha sido siempre el gran amor de mi vida. Hablamos durante horas, muertas casi todas, donde su reloj se para y con todo el placer del mundo que nos es infinito, perdemos nuestro tiempo. Como él me ve desde arriba siempre sabe guiarme hacia donde está la luz. Y la luz se entre-cuela por los robles perfectos y las callejuelas que me conducen siempre, a la plaza de mi vida. me sigue gustando como nunca sentarme en sus escalones y volver a charlar, esta vez con el templo, que alberga dentro a todas mis diosas. Pocas veces se es tan intenso como en aquella plaza. La plaza en la que ella me espera sentada en una terraza, junto a él, los dos grandes dioses de mi vida. Ella no para de moverse ni aquí arriba, y él vuelve a llevar aquellos sombreros tan elegantes que ahí abajo yo veía sólo en fotos. Nos espera un coche que va atravesando, cabalgando en equilibrio, carreteras acogidas por eternas copas de árboles, y la luz se filtra por sus hojas y huele a tierra mojada. Estamos llegando a esa playa, en la que yo he crecido sin darme cuenta de que nunca dejaría de hacerlo. Nuestro toldo sigue ahí, donde siempre ha estado, y están nuestros vecinos, y todos nuestros trastos para construir palacios de arena donde los príncipes son cobardes y ellas son siempre las valientes. A mí me gusta jugar y girarme a cada rato para ver que ellos están siempre ahí, detrás de mí, dedicándome la mejor de sus sonrisas. Y paseamos por la orilla y nos dejamos llevar por las olas.

Dejan que el mar me arrastre porque el viaje tiene que continuar. Y yo atravieso el océano. Al otro lado está el paraíso de mi escritores. Donde el tequila con Chavela nunca es el último, y somos libres. Porque no hay nada más humano que la libertad y sabemos que nosotras somos de las que aman. Nos sabemos con la suerte de serlo. Y siempre hay que regresar a recuperar el alma, al norte, donde atravieso mi pequeño país y vuelvo al valle del Mosela en aquel tren horrible en el que me enamoré de Semprún. Aunque mi torre sepa que él siempre fue el primero, me gusta acariciar su cara de joven revolucionario y pasear por su francés perfecto. Porque algunos están fuera, y otros estamos dentro, siendo lo suficientemente libres como para ir donde teníamos que ir. Como José, qué buena fue que nunca os callarais, amores de mi vida. Qué bueno que estéis aquí para conversar con vosotros.

Y sé que al final de este camino de granadas estará él, porque ya los he visto a todos y en la eternidad espera el poeta al que defiendo a capa y espada, el que me ata a esta Tierra aunque me mate, la voz que truena en mis oídos porque es lo que siempre ha querido. Mi barro y el suyo. Y ahí está, sentado a la sombra de los almendros de nata, con su cuaderno y su lapicero, tan pobre que es amor puro, que él ha conseguido desprenderse y desprenderme de todo lo que es superfluo. Y sólo quedamos su sonrisa y la mía, con todo un cielo por delante, para hablar de la tierra, del vientre de la Justicia, para disfrutar de ser niños. Porque en mi cielo, de eso es de lo único que no despertamos.

Y a los que están por llegar, saben que las puertas estarán siempre abiertas. Que en mi cielo los que entran, nunca tienen miedo a equivocarse.


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