domingo, 8 de diciembre de 2013

El invierno de mi vida

No importan los kilómetros. No importa el tiempo. Siempre has sabido que me gusta jugar a inventar planetas, espacios que sólo existen para un par de personas. Lugares a los que puedo viajar, sólo con la memoria, cuando el tiempo lo decide.

Por eso me recuerdan a ti los inviernos. Porque tal vez, y sólo tal vez, hubo un invierno que fue el de mi vida. Un invierno que nos congeló en un espacio que, tal vez, seguramente, ya no existe.

Pero el tiempo es así, termina y vuelve a empezar. Los inviernos vuelven y algunos, me congelan el corazón. Y cuando se me congela el corazón, llego yo a aquel rincón, triangular, lleno de pensamientos escritos, de fotografías en blanco y negro, de cosas tuyas que, de alguna manera, también eran tan mías. Como si hubieras estado esperándome toda la vida. Como si la felicidad hubiera estado siempre esperándome, concentrada, en un triángulo minúsculo, acumulando secretos, pequeños, sensaciones básicas, de las de andar por casa, detalles ínfimos que explotan y llenan el planeta entero.

Porque aunque aquel lugar fuera pequeño para dos, era tuyo y era mío. Algo lo convirtió en más que suficiente para dos. En todo lo que necesitaba para dejar que los vientos me llevaran a beber por ti.

Amaba ese lugar y aún lo amo. Aunque no exista. Amé ese invierno, aunque fuera una primavera, un verano, un otoño. Fue el invierno de mi vida.

El invierno. El ruido del calefactor, las películas que nunca termino, caminar hasta tu casa, la radio por las mañanas. Con tanto frío y yo sólo recuerdo calor.

Debe de ser así el amor, no sé si lo sabía entonces. Pero ahora, si me lo pregunto, sólo necesito recordar aquel planeta para saber cómo era, cómo es, cómo debe ser el amor.

El amor era un sueño, eran miles de horas durmiendo contigo, en un segundo. Era despertarme en aquel rincón en el que siempre era de noche pero siempre había luz, y abrazarte. La eternidad a nuestros pies, toda la piel sumergida en un escalofrío. Volver a abrazarte como si necesitara comprobar que, efectivamente, algo tan increíble existiera, tan cerca de mí desde siempre, tan fácil, tan simple, tan vida misma.

La vida es complicada siempre. Pero en aquel planeta todo era muy sencillo. Siempre odié las rutinas y sin embargo, en aquel rincón triangular, ese que tal vez nunca existió, quería cocinar, poner lavadoras, dormir la siesta, ver la televisión. Mirar nuestro espacio. Contemplarnos.

Nunca quise tanto un invierno, ni creo que quisiera nunca a alguien tanto como para confundirme con él. Nunca me importó tan poco que hiciera tanto frío, nunca me gustó tanto que lloviera, ni el cine, ni Madrid. Nunca me pareció tan fácil ser feliz con tan poco.

Tal vez, seguramente, todo era cuestión de espacio. De un espacio que creamos y era sólo nuestro. Un espacio que sólo tú y yo sabíamos inmenso. Uno, o el único planeta, que conseguí crear y hacer durar en el tiempo. En un invierno cálido, que no tenía fin. O tal vez sí. Quizá por eso, porque el tiempo termina y vuelve a empezar, ese espacio que existía, como apareció, dejó de existir. Pero cuando el invierno me congela el corazón...

Ay, cuando el invierno me congela el corazón.

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