lunes, 6 de octubre de 2014

Qué miedo

Y ahora, ¿dónde vamos? La tristeza de tocar techo.

Creo que maduré así, sabiendo que tocaba el techo. Que el éxito marcaba el fin. Pero por suerte, las estaciones terminan y vuelven a empezar. Los techos crujen, se congelan y vuelven a romperse. Por suerte o porque sigue habiendo un par de críos ahí dentro. Críos que juegan a las películas. Críos que se enzarzan a escalar el ciprés más alto. Críos que hablan sin parar, que van a cualquier parte. Que no se callan y no saben que son diferentes. Que se quedan hasta el final, porque el tiempo no existe. Que no conocen el miedo porque no tienen ni pasado ni futuro, porque todo empieza en septiembre. Y en septiembre siempre hace calor.

¿Qué hago si el presente me da miedo? Qué miedo empezar a callarme. Qué miedo convertirme en mayor. Qué miedo, no preguntarte adónde vamos. No querer la respuesta. Conocer la respuesta. Qué miedo dejar de conocerme. Saber que nunca más seré quien fui. Qué miedo volverme tímida, acostumbrarme a la corriente. Dejarme querer por cuerpos que no me importan, que no pueden hacerme daño. Qué miedo salir primero, alejarme antes, correr. Qué miedo no hablarte. Qué miedo el techo. Qué miedo, qué miedo, qué miedo. Y qué miedo tener miedo. Y nunca más atreverme. Y nunca más decirte que te quiero. Qué miedo no habértelo dicho nunca.

Que quiero ser tu película, tumbar el ciprés y que lo hagamos añicos. Romper el puto techo y crecer. Y no dejar de ser una cría nunca.

Pero qué miedo dan las alturas. Y qué frío hace cuando acaba septiembre.

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