Mar, la de la oficina, ya lo conoce. Roberto lleva yendo todos los días desde que se licenció, hace casi ya tres meses. A las nueve menos diez se coloca en la fila, con su abrigo gris marengo, que no marrón, que no triste, elegante. Y como todas las mañanas, Roberto paciente espera su turno, espera sentarse delante de Mar como todas las mañanas y preguntarle:
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, pero si abres las posibilidades... tengo aquí una oferta de...
Y Roberto mira fijamente la mano de Mar manejando el ratón. Mueve la cabeza de lado a lado, son seis años los que estuvo estudiando. Y con más fuerza su nariz retrata de este a oeste la puerta de la oficina, el tablón donde Mar ha ido colgando las fotos que deberían resumir su vida. Se abrocha su abrigo, gris marengo, y como si su nariz quisiera tocar y arrastrarse por el suelo, cabizbajo vuelve a cruzar la puerta que le devuelve a la calle, vacía, siempre antes de las diez. Cuando los que no trabajan no tienen nadie que hacer. Cuando todavía quedan muchas horas por delante pero no para volver a dormir.
Y Roberto vuelve cada día a la fila gris marengo, a las fotos de Mar, al movimiento que cada día, desde hace tres meses a esta parte, se ha ido acercando al punto neutral, sin dejar de negarse.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, no hay nada, pero de otras cosas...
Suspira todos los aires del otoño que ha ido convirtiéndose en invierno. Intenta elevar la nariz, sólo se rinden los cobardes. Y vuelve a negar, ya no desde la puerta, ya no hasta el corcho del que Mar ha ido quitando algunas de las fotos más felices. Los abrigos, gris marengo, van sucediéndose, y antes de las diez Roberto vuelve fuera, a la calle por la que pasean los que no trabajan. Seis años estudiando.
Volverá al día siguiente. Y en el tablón de Mar no quedará ninguna foto cuando vuelva a negarse.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, pero si quisieras...
No hay fotos, ni de las playas de Cuba, ni de sus sobrinos, ni ésa en la que salía tan fea en una montaña rusa bocabajo pero era tan divertida. Cuando Roberto niega, ve de reojo el corcho vacío. Seis años. Y tres meses. Demasiado tiempo para los valientes.
Y roberto vuelve a abrocharse el abrigo, gris marengo, que no marrón, pero triste. Y a las nueve menos diez espera paciente en la fila, para volver a sentarse enfrente de Mar.
- ¿Alguna oferta?
- No, Roberto, sigue sin haber nada.
- Dije oferta, no de lo mío.
El abrigo gris marengo espera en el armario, otros tiempos que vuelvan a ser elegantes. En su lugar, un uniforme, naranja y verde. Pero al menos, en su corcho, cuando visita la oficina, hay un montón de fotos de Mar, que deberían resumir su vida.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada