lunes, 7 de febrero de 2011

La fila

Mar, la de la oficina, ya lo conoce. Roberto lleva yendo todos los días desde que se licenció, hace casi ya tres meses. A las nueve menos diez se coloca en la fila, con su abrigo gris marengo, elegante, que no marrón, que no triste. Y como todas las mañanas, Roberto paciente espera su turno, espera sentarse delante de Mar como todas las mañanas y preguntarle:
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, pero si abres las posibilidades... tengo aquí una oferta de...
Y Roberto mira fijamente la mano de Mar manejando el ratón. Mueve la cabeza de lado a lado, son seis años los que estuvo estudiando. Y con más fuerza su nariz retrata de este a oeste la puerta de la oficina, el tablón donde Mar ha ido colgando las fotos que deberían resumir su vida. Se abrocha su abrigo, gris marengo, y como si su nariz quisiera tocar y arrastrarse por el suelo, cabizbajo vuelve a cruzar la puerta que le devuelve a la calle, vacía, siempre antes de las diez. Cuando los que no trabajan no tienen nada que hacer. Cuando todavía quedan muchas horas por delante para volver a dormir.
Y Roberto vuelve cada día a la fila gris marengo, a las fotos de Mar, al movimiento que cada día, desde hace tres meses a esta parte, se ha ido acercando al punto neutral, sin dejar de negarse.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, no hay nada, pero de otras cosas...
Suspira todos los aires del otoño que ha ido convirtiéndose en invierno. Intenta elevar la nariz, sólo se rinden los cobardes. Y vuelve a negar, ya no desde la puerta, ya no hasta el corcho en el que Mar cuelga las fotos de su vida. Los abrigos, gris marengo, van sucediéndose, y antes de las diez Roberto vuelve fuera, a la calle por la que pasean los que no trabajan. Seis años estudiando.
Volverá al día siguiente. Y las fotos felices de Mar seguirán en el tablón.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, pero si quisieras...
Fotos, de las playas de Cuba, de sus sobrinos, y ésa en la que sale tan fea en una montaña rusa bocabajo, pero tan divertida. Cuando Roberto niega, ve de reojo el corcho lleno de fotos. Seis años. Tres meses. Demasiado tiempo para los valientes.
Y Roberto vuelve a abrocharse el abrigo, gris marengo, que no marrón, pero triste. Y a las nueve menos diez espera paciente en la fila, para volver a sentarse enfrente de Mar.
- ¿Alguna oferta?
- No, Roberto, sigue sin haber nada.
- Dije oferta, no de lo mío.
El abrigo gris marengo espera en el armario, otros tiempos que vuelvan a ser elegantes. En su lugar, un uniforme naranja y verde. Pero nada más ocurre, en el corcho de Mar sigue habiendo fotos felices, que deberían resumir su vida.

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