martes, 15 de septiembre de 2009

Elegía


Se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé...

Hasta los funerales eran eventos sociales para ella.
- ¿Qué me pongo? Porque estará allí todo el mundo ¿no? Los padres, los antiguos alumnos, los profesores, niños...¡hasta el alcalde! ¡Y la prensa!
Revolucionó el armario. Una hora después de enterarse del funeral entierro en versión completa. Cuando faltaban tres horas, arrancó el coche y se dirigió al centro comercial más grande de la ciudad. Sólo ciento cincuenta euros después, tenía vestido, negro, elegante y discreto, muy parecido a los otros diez que tenía en su armario. Se vistió y entre sonrisas, se plantó en el cementerio. Se codeó con la alta sociedad, dio besos, pésames, y abrazos de palmadita solemne en la espalda. Secó lágrimas con sus guantes de cuero y se ajustó la pamela y las gafas de sol, torciendo la sonrisa. Suspiró mil veces y lloró sin lágrimas. Se esforzó por entristecerse.

Y órganos mi dolor sin instrumento...

Pero había demasiada gente, demasiada lágrima fácil, demasiada seriedad. Y le dieron ganas de reírse. Se vio bailando sobre la tumba, abrazando a todos hasta las cejas de éxtasis, y a carcajadas, pegar gritos. Se vio sacándole la lengua a su muerto, hablando sola y sonriente. Y se vio también rompiendo la lápida, escuchó el sonido del mármol al romperse, el filo de su hacha hasta encontrarse con el roble del ataúd, el crujido de toda su fuerza contra la noble calavera...

Quiero minar la tierra hasta encontrarte...

Y se culpó sólo de imaginar. Y los llantos se fueron apagando, las masas de cuerpos negros, fueron vagando como sin rumbo hacia la salida, como si ninguno de aquellos fuera capaz de reconocer la elegancia de su vestido que en otras ocasiones habrían recibido entre susurros asesinos. No miraban a nadie. Ni siquiera ella ya miraba a nadie. Estaba borrosa, como cuando se mira demasiado tiempo a un punto fijo sin parpadear. Eso hacía.

No hay extensión más grande que mi herida...


Al parpadear ya no quedaban almas, de las que todavían tienen cuerpo, a su alrededor. La curiosidad la empujó hacia la tumba y leyó. Resonó Serrat en sus oídos. Tenía dieciséis otra vez. Y él no hacía más que rebobinar el cassette del coche para volver a escuchar la elegía. Se quitó la pamela, como si él fuera a verla así mejor, y tiró las gafas encima, como si así fuera a verle mejor. Como si así él pudiera ver sus ojos. Como si aún estuviera susurrándole al oído. Por fin, estaba llorando.

y siento más tu muerte que mi vida...

Si aún quedaba alguien por detrás, no se giró a mirarle. Se agachó sobre su tumba y donde intuyó oído, entonó:

A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Cuando se marchó, fue sin pamela y sin gafas de sol, y para secarse las lágrimas, dejó tirados en la primera esquina los estériles guantes de cuero.


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