martes, 30 de diciembre de 2008

Louise


Louise tenía todas las cartas para una vida de mierda. Mujer, negra africana, subsahariana, lesbiana. La perfecta víctima del hambre, del SIDA, de las redes mafiosas que trafican con mujeres. Mujer, negra y lesbiana. La triple discriminación.

Su padre se había marchado en un barco pesquero hacia las costas de Somalia y jamás había vuelto. Su madre, ella y sus cinco hermanos, se dejaban la espalda trabajando en el campo y además, ese puto jefe no dejaba de meterle mano y de ponerle unos ojos lascivos que ella le hubiera arrancado sin que le temblaran las manos. Y cuando salía de ese martirio y se escapaba un rato al único bar del pueblo a ver la televisión, mientras las moscas perseguían a todos a su alrededor a ella e entraban ganas de vomitar con ese puto primer mundo jodidamente perfecto. Donde las niñas lloran porque su mami no les ha comprado el pintauñas que quería, y los niños porque se ha agotado el balón de Nike.

Unas vidas valen más que otras. O sino por qué lloran esos gilipollas cuando un terrorista mata un policía, y decretan tres días de luto cuando aquí mueren miles cada segundo y nadie se para ni a enterrarlos. Menudo planeta de mierda. Se ponía tan furiosa que las moscas ni se le acercaban.

Se cargaría a los americanos, y luego a los europeos, y montaría un mundo nuevo con Asia y Oceanía. Sería tan buena que hasta salvaría a alguna europea guapa y se montaría un harén con ellas. Pero a los americanos ni agua, menudos hijos de puta, ni Angelina Jolie ni su madre, con esa carita de pena tan asquerosa y esa sonrisa soberbia por haber adoptado a cuatro niñatos que se volverán tan locos por el botox como ella. Con lo que George Bush se gasta en zapatos ella se habría licenciado en Medicina. Así que pagaba la coca-cola, que era lo único primermundista que llegaba hasta su pueblo, y lo único que hubiera aceptado, y se marchaba como todos los días, con principios incluidos, a casa, a ayudar a su madre y sus hermanos a preparar la cena escasa que les esperaba noche tras noche. Porque los adolescentes europeos se tiraban en el sofá y al suelo si tenían que poner la mesa un día, y se creían con los derechos ultrajados. Y ella se escondía por las noches debajo de las sábanas para estudiar matemáticas, inglés, geografía e historia mundial, y eran sus derechos los que estaban por debajo de las deportivas de cien dólares de esos estúpidos adolescentes. Porque estudiaba sabía dónde estaba África, qué no opciones tenía, qué futuro horrible y estancado. Sabía que África no era África, sino lo que América y Europa habían decidido que fuera, por qué lo normal era ser blanco, occidental y heterosexual. Y ser hombre. Menudo planeta de mierda.


Por eso estudiaba, porque Thelma la esperaba al día siguiente para fugarse a Nueva Zelanda. Porque ella quería cambiar el mundo, destruir todos los sentidos de la palabra normal y devolver el amor a todos los rincones, la igualdad a África, la paz a los suburbios de Uganda, a su padre al paraíso y no a los piratas de Somalia, a su madre al restaurante de la Torre Eiffel y a sus hermanos a las playas de España, los autobuses de Londres, la universidad de Harvard, la gran muralla china. Quería llegar a Bruselas, hacer estallar en flores la ONU y taparle la boca a esos políticos tan descarados y tan crueles, tan hipócritas y cínicos.

Y por eso trabajaba, para dejarle a su madre y sus cinco hermanos el dinero suficiente para que sobrevivieran, hasta que ella los sacara de allí. Su madre la entendía, sus hermanos también, nadie mejor que Louise para confiar, nadie mejor que ella para sacarlos de allí. Era su heroína.

Y eso era una suerte. Era una suerte porque Thelma creía en ella, y era una suerte porque sólo alguien como Louise podía conseguirlo. Porque ella tenía todo lo que no podían tener los demás. Ella sabía sentir lo que nadie más podría, podía ponerse en el lugar de quien le diera la gana, podía luchar porque nunca la lucha sería más jodida que en los años de su vida que ya habían pasado. Porque ella era una mujer, negra, africana subsahariana y lesbiana. Y eso, en este mundo de mierda, es la mejor de todas las virtudes.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Esperanza Autodestrucción


“Van unidos. El 2008 es el peor año de muchos. El año que me rompió y desheló el corazón. No cambio en mi cumpleaños, ni en Año Nuevo. Cambio el día de mi santo, Esperanza. Y hoy hago justicia a mi nombre. El peor año de todos. El año en que no me he querido, el año en que me cansé de mí. El año que empezó con muchísimo dolor, donde el alma pierde el nombre y deja de ser alma. El año en el que me he escapado y he huido hasta de mí. El año de la autodestrucción. El año en el que me he matado cien veces y me he maltratado más que nadie. No me he querido. He sido mi peor enemiga, la peor de todas, yo y yoes contra mí. Me he suicidado mil veces delante del papel.

El año en que me odié tanto que no me aguantaba en pie. El año en que me maltrataba tanto que se me rompió hasta la salud, y es cierto. Esto no es literatura, soy yo aceptándome y abriendo el corazón. Me rompí hasta la salud y me condené a cinco pastillas al día para el resto de mi vida. Me odié tanto que era insoportable. Y decidí cambiar los viajes de huida por viajes hacia mí. Y viajé al pasado, a todas las etapas de mi vida, y busqué entenderme, encontrarme donde fuera yo. Autodestruir lo poco que quedaba de mí. Porque volver a Valencia y volver a Londres no era huir ni disfrutar. Era acabar conmigo. Destruir para volver a empezar, modo anarquista. Y lo conseguí. Lo conseguí.

Volví a tantas etapas de mi vida que no supe ni dónde pisaba ni cuántos años tenía. Abría los ojos y no veía. No me quería. No sabía quién era ni dónde marcharme. Y sólo podía llorar, llorar y odiarme. No tenía ganas de vivir, me asfixiaba, no quería vivir. Maté todo lo que tenía a mi alrededor. Maté a mi madre y a mis amigos, maté mis ciudades y no me quedaba aire. Maté el periodismo y la política. No me quedaba nada que no hubiera destruido.

Todo por lo que había luchado, todo por lo que yo había sido. Todo.

Y sólo quedaba yo, sola, sin que nadie pudiera salvarme. Yo y mi angustia, yo y mi soledad. No el equilibrio y yo. No hay equilibrio. Nunca lo ha habido. Maté todo aquello por lo que yo alguna vez había sido quien era. Destruir y odiarme, odiarme tanto que no había caminos y sólo estaba yo. Seguía por seguir, porque yo no tengo cojones para quitarme del medio, y eso aún me enfadaba más.

Todo por lo que yo había sido, por lo que alguna vez he sonreído, y he saltado, todo lo que alguna vez he amado.

Destruí todo. Todo. Todo o eso creía yo. Sola en una soledad tan sola que nadie podía sacarme de allí. Que nadie podía entenderme, hacerme vivir, quitarme la horrible sensación de estar siempre de vuelta. De no quererme nada.

Y en medio de todos esos llantos respiré. Respiré. Y me gustaba respirar, después de tanto tiempo muerta, ocupaba mi tiempo en eso. Respirar. Y hay cosas que no se pueden destruir. Hasta que el periodismo me agarró de la cabeza con ojos abiertos que no veían y la levantó hacia la luz. Y vio a una niña destruida, que no veía, que no vivía. Que estaba perdida. Lo había conseguido, me había destruido, a mí y a todo lo que alguna vez había amado con todas las fuerzas que ya no me quedaban.

Y mi madre apareció con todo su amor, porque hay cosas que no se pueden destruir, y me heló el corazón. Los corazones helados son los únicos que laten. Y volví a latir, poco a poco volví a latir. Porque hay cosas que no se pueden destruir. Y si mi madre congeló mis latidos, mis amigos bombeaban. Hay cosas que no se destruyen. Y latía, yo latía, y volvía a pararme, a olvidar las cinco pastillas. Y volvía a latir con alguno de ellos detrás empujándome.

Y el periodismo hizo latir mis manos. Y que escribiera como escribía y no metida en la historia de siempre. Que volvieran a latirme las manos y se me rompieran con cada hielo del corazón. Aquí están rotas otra vez, que es como sirven. Y la política hizo latir mi cabeza, todos los principios caídos fueron levantándose como una república dormida hasta abrazarme, hasta gritarme que me echaban de menos, que quieren ser defendidos y ser otra vez la parte importante que eran de mí. Y con la cabeza latiendo, con todos los principios dentro de mí, desperté. Desperté. Y soy otra vez. Y me paro a veces porque después de un año muerta no es fácil. Porque me he destruido tanto que todos es nuevo y ya no estoy de vuelta. Porque soy y vuelvo a ser la niña soñadora, la niña que escribe epitafios y que va a cambiar el mundo. La niña que se enamora, la niña bonita que tiemble el catorce de Abril y le hierve la sangre, y lucha, y no para, y no se cansa, y es fuerte. La niña que quiere una república y quiere ser escritora, la niña justa que grita y salta cuando escucha una canción de rap. La niña periodista, sonriente, luchadora, imparable.

Soy y vuelvo a ser, y hay cosas que no se destruyen. Porque las cosas que olvidé y maté vuelven a hacerme ilusión. Todo es nuevo. Y no hay nada que haga más ilusión que lo que es nuevo. Así que estoy aquí, recién nacida, soy Esperanza y puedes llamarme Tiki si te sonrío. Soy justa con mi nombre de una vez por todas. Y no puedes insultarme ni pisotearme, porque yo soy fuerte. Tengo la fuerza de mil titanes y no puedes derrumbarme. Porque yo ya lo sé, y ya lo sabía, que hay cosas que no se pueden destruir, y que para empezar de cero hay que destruirlo todo, y no sería fácil. Y yo ya lo sé y ya lo sabía, que me destruiría y volvería. Porque yo voy a cambiar el mundo. Y si me he destruido a mí misma puedo hacer lo que quiera. Pero ya nada puede destruirme ya, ni yo misma. Soy fuerte, tengo la fuerza de mil titanes. Y tengo ganas de vivir.

Y me quiero, me quiero en todos los tiempos y modos del verbo.”

viernes, 5 de diciembre de 2008

El armario


No me gusta nada estar aquí. Eso mismo le dije hace unos meses, cuando nos quedamos encerrados en el ascensor de la Paz, ella, mi claustrofobia y yo. Claro, que yo ahí no sabía nada. No me gusta nada estar dentro de su armario.

Nos quedamos encerrados en el ascensor durante horas, que a pesar de la claustrofobia se me hicieron cortas, porque ella al final acabó besándome, y yo desnudándola. A partir de entonces la esperaba todos los días en la puerta del hospital, o subía visitarla con cualquier excusa a Neurología. Y ella me miraba, me sonreía, me guiñaba un ojo, mientras el enfermero, detrás de mí, me miraba como riéndose. Pero no me decía nada, y a mí no me gusta estar dentro de su armario.
Rechazaba las cenas, los cines, los paseos por el Retiro. Aceptaba mi pequeña habitación alquilada en Lavapiés, y me aceptaba a veces en su casa, poco tiempo, pero me aceptaba. Y no me dijo nada, nada más allá de que era pediatra y yo enfermero claustrofóbico. Ella lo sabe y me tiene aquí, dentro de su armario.

Así que cuando rechazó por vigésima vez un plan en el que no estuviéramos del todo solos, sin que nadie nos viera, me enfadé. Porque llevábamos saliendo tres meses y mis amigos ya pensaban que tenía una novia imaginaria. No sé cómo no adiviné antes que estaba casada, casada y me sacaba veinte años.
Pero no me importó que no quisiera cenar en un restaurante, ir al cine, o pasear de la mano por las calles, porque cuando supe que estaba casada yo ya estaba demasiado enamorado como para renunciar a mi absurdo papel de amante. Y cuántos más habrá como yo que ya hayan estado dentro de este armario.

Me conformé con quererla a escondidas, a ser lo que ella quisiera cuando ella quisiera. Y así estoy, escondido dentro de este armario porque en una de las veces que me ha querido, su marido se ha adelantado. Dentro del armario, respirando profundamente, porque no quiero que ella sufra, que el marido me encuentre aquí y romper su vida. Así que por mucho que me duela este armario, que cada vez se hace más pequeño y me amenaza más, no saldré de aquí.

Pero es que me ahogo, me ahogo. Abro algo la puerta y veo que no está en la habitación, tampoco se escuchan voces, y decido que es el momento de salir, se habrán ido a dar una vuelta. Es que es maravillosa, sabe que odio los armarios y ha despistado a su marido para salir a la calle y que yo pueda marcharme antes de que el armario me mate. Cojo mi ropa, me visto tranquilamente, no se escuchan voces, se han ido a dar una vuelta, ella es estupenda.

Abro la puerta del salón y efectivamente no hay nadie. Se han dejado la televisión encendida. Pienso en saltar el sofá desde atrás, porque a ella siempre le hace mucha gracia, para coger el mando y apagarla, pero quizá sea mejor dejarla encendida, para que él no sospeche. Nada de saltar, es mejor salir de aquí cuanto antes, no sea que ella no pueda entretenerle lo suficiente y vuelvan antes de que yo salga.

Camino hacia la puerta, desde aquí ya puedo ver el sofá desde delante, y entender por qué la televisión está encendida. Ella está desnuda, y él también. Pero no es el marido, no es el que sale en las fotos que hay encima de la cómoda, las que pongo bocabajo cada vez que entramos desnudándonos. Es el enfermero que se reía de mí.
Lo peor es que luego no mirará en el armario, y cuando vuelva a verme en el ascensor, no se acordará de que estuve allí, de que esperé aunque fuera claustrofóbico.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El centro del universo


Casi me da un infarto cuando vi que ese año nos teníamos que sentar juntos en el pupitre. Perfecto. La tía más insoportable de toda la clase, la líder, la guapa, la creída, a mi lado todo el trimestre, codo con codo. Y encima seguro que se pensaba que a mí me gustaba, la muy imbécil, porque ligaba con todos. Pero ¿a mí cómo me iba a gustar Marta, si llevaba una mochila gris horrorosa?
Encima hablaba sin parar, conmigo aunque no le contestara, con los de atrás, con los de delante, con el profesor sin levantar la mano. Y me decía siempre que yo era muy tímido. Movía la cabeza para colocarse el pelo a la vez que ponía los labios como un pez y abría y cerraba los ojos como si fuera una modelo. Como si todo el planeta estuviera pendiente de sus movimientos.
La verdad es que muchos se fijaban en ella, y a ella le encantaba acaparar miradas y llamar la atención. Y cuando aparecía algo más interesante, fingía que se mareaba, apoyaba la muñeca en su frente y abría los ojos como una actriz de cine mudo, para desplomarse sobre el suelo y volver a ser el centro del universo. Así que todos se acercaban a ella, porque esta niña no come nada y está delgadísima, seguro que tiene algún problema, pobre, hay que ayudarla. Pero Marta se hacía la valiente, decía que ella salía sola de todo, que no necesitaba a nadie, nos miraba por encima del hombro y seguía siendo la líder de siempre. A mí me daban ganas de contarle a todo el mundo que era una mentirosa y que no se había desmayado en su vida, y de estamparla contra la pared para que tuviera un problema de verdad.
Porque Marta no tenía ningún problema, sólo era una niña mimada. Bueno, en el colegio no tenía amigas, porque lógicamente todas habían acabado hasta las narices de ella. Así que llegó un momento en que sólo hablaba con todos los chicos guapos del colegio entre miradas de femme fatale disfrazada de niña buena con trenzas, y conmigo. Pero a mí ni miradas ni nada, a mí venía a contarme lo mal que lo pasaba, que no tenía a nadie, que no le iban a poner matrícula de honor en matemáticas por primera vez en cinco años, que su padre era un cabrón, que sus amigas eran todas unas envidiosas, que la mitad del planeta deseaba que se muriera. Y yo siempre le decía que en mi caso, la mitad del planeta ni siquiera se enteraría. Entonces sonreía, decía que ella sí, que yo era su único amigo, y que se suicidaría el día que no me viera en clase, porque yo siempre llegaba cinco minutos antes de que el profesor empezara.
Estaba de Marta hasta las narices, me utilizaba, porque sabía que yo era el único que no la mandaba a la mierda, directamente. Hasta que un día Marta me reprochó que yo no hablaba, que nunca contestaba, que no la quería nada. Ni siquiera le sonreía por las mañanas. Pero yo tampoco dije nada, me quedé con cara de idiota y me fui a casa. A lo mejor Marta sí me quería, a lo mejor sólo me hablaba a mí porque quería hablarme sólo a mí, sonreírme. Y tampoco era tan fea su mochila, pobre niña, debía sentirse muy sola para fingir desmayos. Tan sola como me sentía yo cuando ella tardaba demasiado en llegar a clase y el profesor había empezado ya.
Se acabó, enamorado de Marta. Se acabó, al día siguiente se lo diría, que quiero que me sonreía y me hable sólo a mí, y que sí, que sí que la quiero. Se lo digo seguro. Y además voy a llegar tarde para que se piense que estoy enfadado, seguro que así luego le hace más ilusión.
Pero cuando abrí la puerta de clase sólo estaba su mochila gris, preciosa, encima de la silla. Le pregunté al profesor dónde estaba Marta, por lo visto se había mareado y había salido al baño. Sonreí, me senté, y entre todos los papeles que guardaba en el cajón de mi mesa encontré una nota, “Te dije que el día que faltaras me suicidaría. Porque lo único que ha impedido que no lo haga antes era verte cada mañana al abrir la puerta. Te quiere, Marta”.
Salí corriendo de clase, por los pasillos, hacia los baños, por las escaleras, gritando su nombre, Marta. Estaba muerto de miedo, Marta era capaz de todo, nadie más capaz de tirarse por una ventana que ella. No estaba en ninguna parte, y cuantas más vueltas daba al colegio, más seguro estaba de que me había engañado, que éste era otro de sus numeritos para que llamar la atención, esto no me podía estar pasando a mí. No debería hacerle caso, pensaba, ya aparecerá, da igual, porque de todas formas ella va a ser el centro de mi universo haga lo que haga, eso es lo que tengo que decirle.
Así que recordé la mochila, y decidí que lo mejor sería volver a clase. No le daría importancia a su numerito, ella nunca sabría que había corrido como un desesperado por el colegio pensando que iba a matarse, y podría decirle que la quería, y que se dejara ya de desmayos y tonterías. Tenía que ir a clase a por la mochila, de eso no podía huir, así que tendría que verla allí, es más, a lo mejor ella ya había vuelto y yo estaba como un imbécil dando vueltas por los pasillos.
Cuando abrí la puerta Marta no estaba, sólo su mochila, como antes. Pero todos los demás estaban muy serios, y al mirarme ahogaron gritos, dejaron escapar lágrimas. No entendía nada, nada hasta que miré al profesor de matemáticas y vi que lloraba, y decía que ella, más que nadie, se merecía una matrícula de honor. Bajaba las persionas para que nos enfrentáramos a ella.
Todo lo que se me ocurrió fue gritar, gritar como si fuera el centro del universo.
Y abrazarme muy fuerte a la mochila gris preciosa, como Marta.

sábado, 22 de noviembre de 2008

2008 como siempre

Hace muchísimo frío y llueve poco, como siempre. Hace muchísimo calor y a veces hay viento, como siempre. Como siempre, así está España, que tiene la suerte de no cambiar, la desgracia de mantenerse en sus trece, o en sus treinta y siete. Treinta y siete años de sepultura sin nombre, de disparos silenciosos, de miradas que gritan, de almas que vagan, solitarias y acompañadas, pero sin nombre, sin sepultura.

Y como siempre, creeremos que 2009 gritará y se irá lejos, y saldrá de las cunetas, y verá repúblicas monárquicas, monarquías republicanas. Que este año sí que sí, cerraremos la herida y cicatrizará, haremos memoria, haremos historia. Se acabarán los puentes de plata a los enemigos, la inmigración no será desintegración, las mujeres serán por fin libres e iguales, acabaremos con ETA. Lo creemos, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, y sin ver.

Pero 2008 eligió olvido para volver a empezar, se acercó y alejó de la herida, tiró de ella y cicatrizó, para volver a abrir y volver a cerrar, como siempre. Y 2008 vio traidores y tendió puentes de plata, vio culpables y les dio asilo. Vio inmigrantes y levantó un palmo más sus vallas, maltrató mujeres, detuvo a miembros de ETA y no acabó con ella. Como siempre.

Porque 2008 es un año más, es el año de siempre, el año que no avanza ni retrasa, que no abre la herida ni la cicatriza, que empieza y acaba en la Puerta del Sol, el año que ya no nos helará el corazón, que seguirá olvidando para volver a empezar, en sus trece, o en sus treinta y siete. Treinta y siete años para no empezar nada. Quizá treinta y ocho. El año que viene no, el año que viene cambiarán las cosas. Y no cambiará nada. Quizá treinta y ocho no, treinta y ocho seguro. Y treinta y nueve.





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viernes, 21 de noviembre de 2008

Perfectas


Adriana, mi compañera de piso, era una de las tías más guapas que yo había conocido en mi vida. Qué digo más guapas, más perfectas, porque además ella era simpática, alegre, inteligente, amable, graciosa. Y todo en su justa medida, nada de perfecciones que hacen vomitar, ni siquiera me daba envidia. Pero ella no debía de pensar lo mismo que yo, porque decía muchas veces que estaba feísima, que había engordado, que no tenía tetas, y que así nunca encontraría al amor de su vida. Nos quejábamos las dos, nos sentábamos en el sofá, y devorábamos helados de chocolate como si fueran ellos los que iban a devorarnos si no lo hacíamos nosotras antes y tan rápido.

Y un día cualquiera Adriana conoció a Marcos, que era hasta más guapo, simpático, alegre, inteligente, amable y gracioso que ella. Pero él no se quejaba, y sí rozaba la perfección vomitiva y la envidia entre los que no pertenecen a ese paraíso de personas perfectas. Así que Adriana seguía quejándose, que me ha salido un grano, no tengo tetas, mira qué nariz tan grande, Marcos es perfecto y yo…y me dejaba sola con el helado de chocolate, a punto de devorarme, para hacer abdominales o ponerse cremas.

Empezó a estar muy pesada, cada día con más quejas, menos tetas, más orejas, menos curvas y más arrugas, eso decía ella. Hasta que apareció con un folleto de Corporación Dermoestética y una sonrisa de oreja a oreja, que Marcos le pagaba el aumento de pecho, así ella sería perfecta y feliz.

Entonces a mí Adriana ya no me parecía una de las tías más perfectas que había conocido, era una estúpida y superficial mujer florero, y por más que se lo decía ella no lo entendía, que no, que lo hago por mí, por sentirme mejor, Marcos no me lo ha pedido ni nada. Ya, ya, decía yo, ya, ya, cansada de sus excusas baratas. Cansada de intentar convencerla de que tenía muchísimas cosas que la hacían más perfecta de lo que jamás conseguiría poniéndose tetas. Ni siquiera la hacía cambiar de opinión con decirle que ella era perfecta porque era diferente, pero estaba a punto de convertirse en una oveja más del rebaño, perfectamente inútil, y nada.

Hasta que aquella mañana vi que la discoteca de Pachá Valencia celebraba una fiesta en la que sorteaba un aumento de pecho. Y llegué a casa después de haber descargado mis fuerzas contra el pobre periódico que le llevaba a Adriana en mi último intento, estrujado como si fuera el jefe de la discoteca. Lo llaman homenaje a la mujer, pero bueno, es que esto es increíble, homenaje al machismo, me encantaría escupir al imbécil que ha tenido la idea, pero qué asco, y no van a hacer nada, no van a hacer nada porque nosotras no importamos una mierda, somos un jodido objeto sexual más.
Ella me miró, enrojeció y me dijo que si querían homenajear a la mujer sortearan entonces aumentos de pene; se levantó de un salto, buscó su móvil y se encerró en la habitación. Yo no entendía nada, igual se había enfadado conmigo, seguro que se había dado por aludida, un objeto sexual con patas. Pero me daba igual no entender nada, porque ya estaba buscando el teléfono del Ministerio de Igualdad, helado de chocolate en mano, para preguntarles amablemente si se pensaban quedar de brazos cruzados ante semejante vulneración del derecho a la igualdad de las mujeres, cuando Adriana salió de la habitación con una sonrisa de verdad, me quitó el helado de las manos, se sentó en el sofá y tiró el móvil encima de la mesa.

Me sentó a su lado y empezó a reírse como hacía mucho tiempo que no lo hacía, mientras me contaba que le había dicho a Marcos que se operara él, que lo único pequeño de su relación era su pene, que se podía ir a Pachá a intentar arreglarlo. Y mientras yo dejaba que la información me devorara, Adriana y su sonrisa perfecta otra vez, volvían a devorar el helado de chocolate.

martes, 11 de noviembre de 2008

¡No corras!


-¡No corras!
Y ya estaba resoplando. Ugaitz, que escondía los ojos en el techo del coche y resoplaba desde su boca para mover su flequillo, agarrar el volante con firmeza y acelerar más.
- ¡Que te he dicho que no corras!
- Amaia que no llegamos.
- ¡Pues no quiero que nos matemos antes de llegar, y nuestro hijo sin nacer!

No, si ya lo sabía, aquello era una tontería comparado con todas las cosas que hacía él normalmente; seguro que esto le parecía una chorrada.
-Ugaitz, por favor, que me duele mucho, no vayas tan deprisa.
-¿Cómo estás?
-Pues no muy bien, la verdad, no muy bien, porque Mikel va a nacer en un coche robado y con un padre etarra, y eso si tiene la suerte de que el estúpido de su padre no se estampe. Y todo porque la estúpida de su madre no ha sabido hacer las cosas mejor.
-Yo no he matado a nadie.
-¡Oh, gracias! No has matado a nadie, muy bien, cariño, qué estupendo, no has matado a nadie pero les has dado las armas a los que matan…no corras, no corras porque como nos paren este niño no nace.
-Ya te dije que lo dejaría…
-Sí claro, eso me lo dijiste hace tres meses, y desde entonces hasta ahora han pasado seis, y no has hecho nada, si es que soy imbécil.

Entonces entrecerraba los ojos, los ojos que no habían matado a nadie porque no podían, y apretaba los dientes, se mordía el labio, y respiraba como si de repente se hubiera acordado de que no había respirado en mucho tiempo y tuviera mucho aire que soltar, como si su nariz no fuera suficiente para todo lo que tenía dentro. Aceleraba y yo todavía suspiraba más, las contracciones me estaban matando, respiraba más fuerte que él para luchar contra el agobio y el miedo que me estaban ahogando.
-Lo voy a dejar, te lo juro, cuando nazca el niño lo dejo.
-¿Ah sí? Pues el niño va a nacer en unos minutos y yo no veo que dejes nada.
-¿Y qué quieres? ¿Que llame ahora a Aitor y le diga que lo dejo, que acabo de tener un hijo y ya no quiero jugarme la vida?
-Pues no haberme dicho que lo dejarías, capullo.
-Si yo quiero dejarlo Amaia, de verdad, pero es que no es tan fácil…
-Claro no, no es tan fácil, qué van a decir de ti en la banda…
-No es por eso, es que tenemos un hijo.
-¿No me digas? ¿Sabes qué, Ugaitz? Que eres un cobarde, un puto cobarde, que no te atreves a dejar la banda porque te matarían, y tampoco te atreves a luchar porque tienes un hijo. Estás en tierra de nadie, eres un mierda. ¿Cómo cambia todo, no? Los tuyos se han cargado a un montón de gente, y ahora que tienes un hijo ya no quieres jugar a las pistolas.
-¿Qué dices? ¿A qué viene eso ahora?
-Pues eso Ugaitz, que ahora vas a tener un bebé, y después de todo lo que habéis hecho ahora te das cuenta, que vas a tener un bebé y no quieres que te lo quiten, y menos que te lo quiten sin ninguna razón, que es la que vosotros tenéis, ninguna.
-Eh, que yo sólo suminitro.
-Me da igual, sois idiotas, aparte de unos hijos de puta. Y yo la primera idiota por estar contigo, porque si lo hubiera sabido antes de enamorarme se casaba contigo tu madre, si lo hubiera sabido antes de quedarme embarazada, pero no, me entero hace tres meses, con un bombo y un matrimonio de seis, que mi maravilloso marido no trabaja en una fábrica de Renault en Biarritz, no, que es un puto terrorista. Y en vez de separarme me quedo contigo, porque te quiero y porque me prometes que lo vas a dejar. Pues nada, aquí estamos, Mikel asomando la cabeza y tú en la banda todavía.
-Esto se va acabar Amaia, te lo prometo.
-Pues claro que se va a acabar Ugaitz, claro que se va a acabar, se va acabar porque en cuanto el niño esté en el registro me separo, ¿me oyes? Me separo y me voy a vivir a Sevilla si hace falta, porque has sido el peor error de mi vida.

Y ya no entrecerraba los ojos, los tenía muy abiertos y parpadeaba, los ojos que no habían matado a nadie porque tampoco querían. Seguro que estaba pensando en su hijo, en mí, en su familia, en la Ertzaintza. Estaba pensando en el día en que Aitor le salvó de aquel coche bomba en el Hipercor porque lo conocía del barrio, el día en que empezó a meterle ideas en la cabeza y a convencerle de que tendría que pagar por haber sido salvado, que sería un héroe, que no le obligarían nunca a matar a nadie si no quería, pero que podría hacer trabajillos para ayudarles a conseguir un país libre, y que le pagarían, seguro, estaba pensando en eso, como si lo hubiera parido. Y en el momento en el que asintió, en el momento en que cruzó la frontera con cuatro metralletas escondidas en la parte de atrás de los asientos, en todos sus pasaportes falsos, en el momento en que me conoció y me dijo que trabajaba en la Renault de Biarritz. Y entonces se le escapó una lágrima, por todos sus errores. Y me miró, y a mi inmensa barriga también, y vio a Mikel muy lejos de allí, sin secretos, ni mentiras, libre de verdad. Tenía que saberlo, que nosotros dos éramos sus dos únicos aciertos en la vida.

En el hospital del Bidasoa todo fue muy rápido. Aparcó lejos de la entrada, me llevó casi en brazos, y me acompañó todo el tiempo, agarrándome muy fuerte de la mano hasta que Mikel nació, y siguió agarrándome hasta que salimos del hospital, como si tuviera miedo de que fuera a escaparme.
-¿Dónde está el coche?
-Esperadme, lo traigo aquí
-Pues venga rápido, que Mikel tiene frío.
-Miguel, Amaia, vamos a llamarle Miguel.
-¿Por qué?
-Porque mañana nos vamos a Sevilla, Amaia, se acabó, sois lo más importante que tengo, lo único importante, así que nos vamos.

Al dirigirse al coche se cruzó a Aitor, le dio un abrazo, le dijo que su hijo ya había nacido, que se iban a Sevilla, pero que le llamaría algún día, incluso le dio las gracias por todo lo que había hecho por él.

Lo que había hecho por él, una bomba lapa en los bajos de su coche viejo y robado. Las lágrimas de Amaia, sola, en la puerta del hospital, con Miguel en los brazos. Los futuros rotos, en pedazos. Ni tiempo para un te quiero, ni tiempo para perdonarle, para darle las gracias por llevarlos lejos del miedo y las mentiras. Sin tiempo, sin razones, y la gente alegre, un etarra menos.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Entendíamos


Me pidió que le acompañara a llevar huevos al convento de las Clarisas, porque según su madre, las Clarisas hacían pasteles con esos huevos para que Dios no lloviera en las bodas, bautizos y comuniones. Y los invitados de los novios, comulgantes o bautizados, iban siempre a llevarlos, así cuando ellos se casaran, sus invitados los llevarían, y todos tendrían felices bodas, bautizos o comuniones sin lluvias que se cargaran aquellos horribles vestidos blancos, que por otra parte era difícil afear más con la lluvia, o eso pensaba yo.
-Acompáñame, y después nos vamos a mi casa que está cerca, y aprovechamos.
Aprovechamos, qué listo. Aquello era más que difícil, imposible. A mis amigas les gustaba, a mis amigos casi más, pero es que hasta les gustaba a mis padres, a mis profesores, a mis abuelos, a toda la humanidad le gustaba. Pero a mí no, a mí me dolía, a mí no me gustaba. Y no podía contárselo a nadie, menudo bicho raro, que no le gusta el sexo. Qué iba a hacer, hay gustos que mucha gente comparte y otra mucha gente no, pero el sexo, por Dios, a quién no le gusta el sexo, no podría hablar de lo horrible que es ni con los niños pequeños, y menos en semejante pueblo, perdido de la mano de Dios y del presidente de Castilla – La Mancha. Pues no, no me gustaba el sexo, y cada vez que Pablo me susurraba con sus fantásticas indirectas que quería acostarse conmigo, yo sólo pensaba dos cosas, un alarmante ¿otra vez? si sólo hace dos días que nos acostamos, y una sensación de tener los ovarios en la garganta, como alejándose de la parte de mi cuerpo que iba a ser atacada por su pene, ese horrible órgano más parecido a un arma que al placer.

Tenía pesadillas, los veía por todas partes, intentaba huir, intentaba afrontarlo, intentaba que me gustara, pero no podía, y la culpa no era de Pablo, porque antes de Pablo había sido Andrés, y Mateo, y Javier. Y nada, que no, que no sé qué pasaba pero a mí no me gustaba el sexo, qué horror. Y no tenía solución, porque cómo iba a decirle a Pablo, te quiero, y quiero estar contigo para siempre, pero no quiero que nos acostemos, es que no me gusta el sexo. Pablo era guapo, sensible, inteligente, pero yo no podía decirle que no me gustaba el sexo, no quería que me dejara, así que me aguantaba, me aguantaba porque sólo era de vez en cuando, una o dos veces al mes. Pero aquello empezó a cambiar, y empezó a ser tres veces al mes, cuatro, una a la semana, dos veces a la semana. No me daba tiempo a recuperarme de los dolores, iba a pasarme la vida andando por la calle como si montara a caballo. Y estaba dispuesta a aguantarme, porque Pablo me gustaba, hasta que dijo aquello de “acompáñame al convento de las Clarisas, que me ha pedido mi madre que vaya a comprar huevos, que se casa dentro de un mes mi prima Silvia”.

Ya está, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Ésta es la mía, tenía la solución delante y no se me había ocurrido antes, la única manera de vivir en sociedad sin sexo, y que a todo el mundo le pareciera normal, que nadie me preguntara cómo se me ocurría no practicarlo con nadie, era ser monja. Yo me meto a monja, clarísimo, me meto a monja y ya veré si por allí dentro encuentro a Dios. Y así me acordé de Laura, que también se había metido a monja en las Clarisas una vez, pero sólo había aguantado dos años. Lo mejor es hablar con ella, la llamo, le digo que he visto a Dios en esas cajas de huevos, que quiero meterme a monja y que me cuente qué sintió ella, por qué entró, por qué salió, si fue feliz.
- Laura, verás, soy Manuela, que quería hablar contigo, que he pensado mucho en la religión, y en dedicar mi vida a algo, y como tú estuviste en las Clarisas, aunque fuera poco tiempo, y yo estoy hecha un lío, pues no sé, que a lo mejor hablar contigo me aclaraba un poco las cosas…
- Me alegro muchísimo de que me llames, pero muchísimo. Estoy viviendo sola y ahora no hago nada, pásate cuando quieras. Yo encantada de que vengas de verdad, encantada.

Y allí estaba yo, tan nerviosa como cuando Pablo susurraba sus indirectas para volver a acostarse conmigo, a punto de tocar el timbre de la casa de Laura, demasiado simpática para la relación que nos unía, sí ven, estaré encantada, había dicho. Tenía la casa llena de velas y había preparado café. Me pidió amablemente que me sentara, mientras mis nervios se iban deshaciendo y me sentía mucho mejor con aquel café caliente entre las manos. Dijo que ella no había visto a Dios, que las Clarisas y sus huevos habían sido una salida fácil a una relación tormentosa, que había querido mucho a Luis, pero no era lo que buscaba y estaba agobiada. Las Clarisas le habían enseñado muchas cosas, pero ella no había visto a Dios, incluso estaba enfadada con él, aunque yo no entendía por qué, y hasta afirmaba que él no existía, si existiera no permitiría lo que la sociedad le hacía a ella y a todas las que eran como ella.

No entendía nada, pero ya no estaba nerviosa, había dejado de escucharla para empezar a fijarme en sus ojos marrones, tan corrientes y tan diferentes, su nariz perfecta, sus labios arrepentidos y confundidos, su escote justo donde debía estar, su pelo tapándole parte de la cara, ocultando y dejando ver lo guapísima que era. En eso me fijaba cuando había dejado de escuchar, hasta que ella dijo lo que nunca pensé que escucharía:
- Me metí a monja porque no me gustaba el sexo.
Y entonces me eché a llorar. No estaba triste, estaba emocionada, no le gustaba el sexo, decía que le dolía. A alguien más le pasaba lo mismo que a mí. No disfrutaba, no sentía nada, pero lo hacía porque quería a Luis, porque no podía decir que no, porque a quién iba a contarle que aquello no le gustaba. Yo lloraba, emocionada, Laura me entendía, y quería decírselo pero no podía parar de llorar, intentaba decir que a mí también me pasaba lo mismo, que me sentía atrapada. Ahora sí estaba triste, aquel era un callejón sin salida, no teníamos solución, condenadas a ser frígidas para siempre.
Hasta que entendí por qué Lucía estaba enfadada con Dios sin que me lo dijera, por qué pensaba que no existía, por qué le dolía, y por tanto, por qué me dolía a mí, porque no nos gustaba el sexo. Y no tuve que decir nada, de mis labios no salió el entendimiento, ni la compasión de sentir lo mismo. No hizo falta. Laura se acercó demasiado, susurró en mis oídos como aquella tarde lo había hecho Pablo pero esta vez yo no estaba nerviosa. Entonces me besó y yo no paré de besarla nunca, desabrochó mi camisa y yo la suya, y no estaba nerviosa cuando le arranqué los pantalones, ni cuando estábamos desnudas y Laura me acariciaba como ningún hombre había sabido hacerlo. Sí que me gustaba el sexo, de hecho me encantaba. Una vez al mes, y tres veces por semana, y todos los días.

Eso le pedía yo mientras nos alejábamos de las Clarisas para siempre, sin llevarles huevos para hacer pasteles, para qué, Dios lloraría en nuestra boda de todas formas y nos mandaría tormentas, y qué importa, acuéstate conmigo todos los días.

sábado, 25 de octubre de 2008

Nuestra nariz


Mi padre y yo. O yo y mi padre, que por aquel entonces era lo mismo y la educación no nos importaba, ni siquiera el burro detrás, espantado. Él era el mejor padre del mundo, y por supuesto yo era la mejor hija del mundo. A mí me encantaba el poco pelo que le quedaba, y a él peinarme por las noches como se peinan las princesas de los cuentos. Teníamos la misma nariz, eso decían todos, la misma nariz. Y a los dos nos gustaban nuestras narices. Compraba el periódico los domingos, y mientras yo leía la sección de niños, él se sentaba a leer la de los mayores, me gustaban mucho los domingos, me gustaban los periódicos y a él le gustaba sentarse a mi lado. Los paseos por el parque, los días del espectador en el cine del barrio, comer fuera los sábados. Lo único que no soportaba es que me despertara con los discos de Serrat, nunca he odiado más a Lucía, pero en el fondo me encantaba, porque teníamos la misma nariz, y a él tampoco le gustaban los Back Street Boys. Teníamos la misma nariz, y al mirarnos cuando nos enfadábamos recordábamos que había muchas cosas que nos gustaban. Y el tiempo pasaba y yo crecía, y a él le gustaba verme crecer. Y el tiempo pasaba y su pelo se fue tiñendo de gris, y a mí me gustaba verle envejecer feliz, cómo cambiábamos y seguíamos teniendo la misma nariz. Me enseñaba cosas nuevas, y me gustaban tanto como a él, los Beatles, Londres, los sombreros, Miguel Delibes y la cerveza.

Y el tiempo volvió a pasar, a mí me gustaron más los Beatles y Londres, y a mi padre le gustó más la cerveza. Y después le gustó mucho más, y al final a la cerveza debía de gustarle mi padre porque estaba en todas partes y le perseguía allá donde fuera. Y ya no éramos mi padre y yo, eran mi padre y la cerveza, mi padre y el vino, mi padre y la ginebra. Compartían gustos, leían el periódico juntos los domingos, y no sólo eso, compartían comidas, cenas y hasta desayunos. Mi padre y la cerveza me robaron los paseos por el parque, los días del espectador en el cine del barrio y comer fuera los sábados.

A mi padre ya no le gustaban esas cosas, sólo le gustaba sentarse delante de la televisión y beber hasta quedarse dormido. Y empecé a odiar los domingos, los parques, los cines y los restaurantes. Y empecé a odiar mi casa, el sofá donde nos sentábamos los domingos, tener que despertarle para llevarle a la cama. Odié con todas mis fuerzas a los Beatles, a Miguel Delibes, Londres y los sombreros. Mi padre se había olvidado de mí, ya no nos gustaban las mismas cosas, ya no me quería.
Y yo acabé por no quererle, no, no le quería, odiaba su pelo gris, odiaba los cepillos con los que me peinaba cuando yo era una princesa, odiaba su vejez acelerada. Y le odiaba a él, le odiaba tanto que no podía comprender cómo algún día pudo ser el mejor padre del mundo. Rompí los discos de los Beatles contra la pared, quemé El Hereje y Las Cinco Horas con Mario, regalé los sombreros y nunca más volví a pisar Londres.

Lo peor de todo fue la nariz. Nos odiábamos, odiábamos todo lo que algún día nos había gustado a los dos, o al menos yo estaba segura de odiar todo lo que alguna vez había tocado mi padre. Pero quedaba la nariz. Por mucho que nos separáramos, esa nariz siempre nos mantendría unidos, siempre coincidiríamos en la nariz. De eso no podía escapar, o al menos creía que nunca escaparía.
El día en que vio los discos rotos, los libros quemados y el hueco que habían dejado los sombreros en los armarios me pegó un puñetazo tan fuerte, que olvidé los malos recuerdos, los buenos también, ni domingos, ni cines, ni periódicos, ni música; tan fuerte que se lo agradecí.

Ya no nos unía nada, no teníamos obligaciones, nada en lo que coincidir, nada que soportar, ninguna señal de lo que habíamos sido, ni de lo que nos odiábamos. Yo ya no recordaba nada, empezó a gustarme Serrat, me enamoré de Lucía. Porque ya no teníamos nada, ni siquiera la misma nariz.

jueves, 23 de octubre de 2008

La Tierra bailando


No dudó nunca de que Mario la quisiera, Mario la quería todos los días, se olvidaba del tiempo y del espacio para quererla, en esa cama en la que el tiempo no pasaba, y la Tierra se olvidaba de girar sobre sí misma para girar sobre ellos, bailar sobre sus caderas. Mario la quería, de eso estaba segura. Porque se habían enamorado nada más verse, en aquel vagón del metro hacía ya dos años. Y los amores a primera vista son casi eternos.

Ella también le quería. Y Mario nunca dudó de que ella le quisiera, todos los días. Le quería incluso los domingos, cuando Mario empezó a ser insoportable, a sufrir las crisis de los domingos, los abismos de los lunes. Y al final siempre discutían los domingos, porque a él le entristecían, y a ella le ahogaba que Mario estuviera triste estando a su lado. No lo entendía, ella le quería todos los días.

Pero Mario estaba triste los domingos, odiaba su trabajo. Y de odiar el trabajo empezó a odiar también su vida, a odiar los lunes y los martes, y después también los miércoles, hasta los sábados, porque al final todos eran vísperas del lunes, y los que no, eran el día después del lunes. Así que Mario se olvidó de los días, y se olvidó de quererla, aunque siguiera queriéndola todos los días que ya no existían.

Y ella le perdonaba, es el estrés del trabajo, es que hoy es domingo, y hoy es lunes, y es que encima hoy es martes. Y Mario no lo aguantaba, llegar a casa y verla sentada en el sofá, esperando angustiada a mirarle a los ojos para saber si también era lunes, o era domingo, o qué más da, su cara iba cambiando hasta que comprendía que sí, que hoy era lunes, y mañana también iba a serlo, y que aquello no acabaría nunca sin acabar antes con uno de los dos. Mario aún odiaba más su trabajo, y odiaba los días, y odiaba su vida, pero aún se odiaba más a sí mismo, por su amargura, porque la quería y no sabía quererla. Porque hacía tiempo que la Tierra, egoísta, había vuelto a girar sobre sí misma y ya no sabía bailar sobre sus caderas.

Pero ella lo intentaba, porque le quería, iba a buscarle al trabajo, buscaba planes para los fines de semana, teatros, conciertos, viajes, museos, sexo. Algo que le hiciera olvidar que aquel infierno era imposible y era eterno, que no tenía solución porque su trabajo tenía un sueldo de puta madre y aún así no bastaba para quitarse los agobios de la hipoteca, del fin de mes. No se rendía, y hacía lo que podía, estuvo haciéndolo durante meses que se convirtieron en años, porque al final ella también se olvidó de los días y de la última vez que se sonrieron cuando la Tierra aún se acordaba de enseñarles nuevos bailes. Y cuanto más lo intentaba, Mario era más insoportable.

Le agobiaba, Mario quería respirar, pero ella le ahogaba, iba a buscarle al trabajo y le organizaba esos ridículos planes de fin de semana, le obligaba a salir, para nada, para luego volver a casa y más de nada. Y otra vez era domingo, y otra vez aquel trabajo que se estaba quedando con lo que más quería, su tiempo, su espacio, poder olvidarlo, se había quedado con su sonrisa, y ella le hacía sentirse culpable. Le esperaba en casa a veces y le miraba atento, por si pasa algo, qué va a pasar, otra vez lo mismo, que es lunes, o es miércoles, qué importa, esta vida es una mierda, Mario nunca llegará a ser lo que soñaba, ni a tener una casa en la playa con un jardín en el que acostarse con su mujer las noches de verano. Se pasaría la vida trabajando para intentar vivir, y cuando pudiera vivir ya no habría tiempo. Ya se habría cargado todo lo que tenía, todo lo que con su trabajo había intentado mejorar.

Porque Mario se estaba cargando todo lo que tenía, lo único que tenía. Porque ella ya no sonreía, ya no iba a buscarle al trabajo, ya no le miraba, ni siquiera asustada, cuando ella a veces le esperaba en casa. Había dejado de soñar con una casa en la playa y un jardín donde secuestrar a la Tierra para que no saliera de sus caderas. Son las consecuencias de luchar contra la pared, de pegarle patadas un muro de piedra que nunca va a derribarse, de rogarle a la Tierra que olvide su fuerza giratoria y vuelva a acordarse de ellos. Ella dejó de sonreír, aunque le quería, pero como Mario, ella ya no sabía quererle, no podía, Mario no le dejaba. Así que se hundió, aceptó las condiciones de una vida que no tenía fin, que era casi eterna como el amor a primera vista. Se resignó, se limitó a vivir, sin saber si era jueves o sábado, sin teatros, ni cines, ni viajes, ni más planes ridículos para intentar recuperar lo que ya se había perdido.

Se quedó sin voz, o eso pensó Mario, porque ella ya no hablaba, ya no le miraba al volver del trabajo, ya no iba a buscarle, ni intentaba animarle. Y Mario la quería, aunque se hubiera olvidado de los días. Pero sólo supo que se había olvidado de ellos cuando recordó que era viernes, que aún quedaba mucho para volver a empezar la semana, que lo mejor que debería hacer sería comprar margaritas, sí, margaritas, porque a ella le encantaban y era viernes.

Pero cuando llegó a casa ella no estaba. Había salido a tomar algunas copas con sus amigas, había empezado a hacerlo últimamente, porque Mario ya no sabía cuándo era fin de semana, y ella no sabía cuándo le apetecería salir de casa. Y cuando volvió no dijo nada, se había quedado sin voz, vio las flores y se acostó. Mario se moría de rabia, no había dicho nada de las flores, le había comprado flores porque había recordado que era viernes y ella no había abierto la boca.

El silencio se rompió. Le preguntó si no le gustaban las flores, pero ella no respondió. He dicho que si te gustan las flores, y ella no dijo nada, se había quedado sin voz. Contéstame, por favor, te he preguntado que si te gustan las flores. Y sí, le gustaban, pero esas flores ya no arreglaban nada. Ella había luchado demasiado por salvarlos a los dos durante meses que se convirtieron en años, y se había rendido, había aceptado las condiciones de una vida casi eterna como el amor a primera vista. Con unas flores no se arregla nada. No volverá a girar la Tierra sobre nosotros porque le demos margaritas. Pues si no se arregla nada, dame las flores y las tiro por el balcón. Pues cógelas tú.

Y las flores y el jarrón cayeron siete pisos hasta estallar en la calle. Y detrás de las flores cayó lo que quedaba, todo lo poco que quedaba, del tiempo y del espacio. Se cayeron los días, y ya no podían quererse si hicieron añicos los días. Mario tiró las flores y tiró lo que le quedaba por luchar, ella tiró sus últimas esperanzas y se marchó, lejos, muy lejos, porque los amores a primera vista pueden morir si no se ven. Mario se quedó con el trabajo y la hipoteca, pero lejos de ella, porque los amores a primera vista sólo son casi eternos, y estando lejos quizá la Tierra algún día se acuerde de volver a bailar.

sábado, 18 de octubre de 2008

Este país


¿Sabes? Este país tuvo una oportunidad. No fuimos siempre unos desgraciados a la cola de Europa, a la cola del primer mundo. De hecho, hubo un momento en que éramos los primeros. Votaban las mujeres y el divorcio era legal,y aún se escandalizaban los revolucionares franceses, los progresistas ingleses. Este país tuvo una oportunidad. Una oportunidad de las de verdad. Y España siempre va al revés, democrática en un mundo de dictadores, oscura y prohibida entre el archipiélago de las democracias. Y siempre va al revés, pero te juro, y aunque no te lo creas, que este país tuvo una oportunidad. Esa oportunidad se llamaba República, Manuel Azaña, García Lorca, Clara Campoamor, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Federica Montseny, Gregorio Marañón, Dolores Ibárruri... Y también se llamaba libertad, derechos, igualdad, cultura, ciencia, revolución, poesía, arte, fuerza, sueños...

Este país tuvo una oportunidad que se llamaba República y se la quitaron. Se la quitaron a la fuerza. Porque este país sufrió la única guerra en la que ganaron los malos. Ganaron y se quedaron. España, los parias de la tierra, se quedó en la cuneta, con miles de enterrados. Y cientos de miles de sueños se fueron, con una mano delante y otra detrás, miles de sueños se llevaron España a Francia, a Argentina, a Méjico, a Alemania. Y España dejó de existir. Ya no existe, está enterrada en fosas comunes. Porque la España de verdad duró poco y la fusilaron, le arrancaron todo lo que tenía y la dejaron desnuda bailando en campos de concentración, dejándose la piel en los suburbios de París. Porque este país sufrió la única guerra en la que ganaron los malos.

Y aún hay más, ganaron los malos y se quedaron, y los sueños también tuvieron que quedarse más allá de sus fronteras, desengañados, perdidos, olvidados, callados, ultrajados. No existe España, esto es una mentira. Y los que perdieron eran los buenos, y no sólo perdieron, salieron corriendo, sin ayuda de nadie, y no volvieron, no volvieron, no volvieron. Los sueños jamás volvieron, se quedaron más allá de las fronteras, enterrados en las cunetas. Y nadie los ha desenterrado, nadie ha ido a buscarlos. Y los malos se quedaron, y los malos se siguen quedando, con la cabeza alta y los pies en la tierra, sus caras atravesadas por bigotes, ni rastro de vergüenza. Y algunos se han ido marchando, en tumbas distinguidas, funerales honorarios. Los malos, es increíble, los malos triunfaron y murieron triunfando. Y al final los buenos volvieron, sin la cabeza alta, sin los pies en la tierra. Porque esta tierra ya no es su tierra, porque a España la fusilaron, y ya no tienen camino para seguir andando.

Y han pasado treinta y tres años, y los buenos siguen siendo buenos, y los malos siguen siendo malos. Y España sigue sin existir, los buenos no tienen tierra, los malos mueren en su gloria robada. Lo que era legítimo fue olvidado, este es un país de hijos de puta. Con heridas abiertas después de cuarenta años. Este país no tiene memoria, tiene amnesia y falta de cicatrices. Y los buenos siguen en las cunetas, y los sueños siguen rotos. Porque pequeña, lo justo hubiera sido una República, una segunda oportunidad. Pero este país no da segundas oportunidades, este país fusila y olvida. Porque este es un país de hijos de puta. Porque este sigue siendo un país de hijos de puta, y aún brindamos por él y alzamos nuestras copas. Levántala tú también y brinda, porque este es un país de hijos de puta.

Este país fusila y olvida, por eso estamos hoy llorando aquí, porque después de treinta y tres años ya no habrá República, porque ahora tenemos que dar las gracias porque los esqueletos de los sueños resucitarán de las cunetas y no habrá culpables. Ahora es demasiado tarde, pero aún lloramos, aún damos las gracias porque nosotros somos los buenos, somos los sueños y siempre lo hemos sido. Y es tarde, pero vamos a hacer memroia y a contar historias terribles, porque este es un país de hijos de puta con amnesia, y tiene que recordar para poder ser España. Porque esto aún no es España pequeña, mientras haya cunetas y fronteras esto no será España. Por eso hoy brindamos por este país de hijos de puta, que tuvo una oportunidad y la tiró a la mierda, se la robaron y jamás la ha recuperado. Y porque aún hoy quedan hijos de puta, que dicen que con crisis el dinero debería dedicarse a otras cosas, menudos hijos de puta, sus sueños no se han roto, están en el Valle de los Caídos con la frente alta y los pies por delante, pero en la tierra. Así que vamos a contar historias terribles, y vamos a luchar, y si hay que hacer temblar a viejos con amnesia, temblarán. Porque nosotros no somos los malos y no queremos venganza. Queremos que se nos devuelva una parte de nuestro sueño, la justicia y los derechos. Porque queremos memoria, y queremos cicatrices. Y que no se repita, eso queremos, que no se repita. Porque nosotros somos los buenos y debemos salir de la cuneta. Es lo mínimo, lo mínimo, lo mínimo.

Este país tuvo una oportunidad, cuando aún se llamaba España. Y a destiempo volverá a salir, sin segundas oportunidades volverá a salir, tenemos paciencia. Porque ya sabemos que este país es todavía un país de hijos de puta. Viva la República, pequeña, Viva la República, alza tu copa que hoy ya no tenemos vergüenza, ya no brindaremos más por este país de hijos de puta, que agachen la cabeza, que hoy se va a hacer justicia. Y si no nos dejan hacerla, rodarán cabezas, eso te lo juro por las fronteras, ya no vamos a aguantar, que venzan los vencidos. Que ganen los buenos, los legales, los derechos, la libertad, la poesía, el arte, los sueños...y que Viva la República, pequeña, que Viva la República...

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