sábado, 9 de marzo de 2013

Cartas de María I

Porque había escrito muchas, por fin decidió recoger aquellas letras, doblarlas, para que no fueran sus ojos quienes volvieran a pasar por allí, meterlas en un sobre y dar trabajo a los carteros, los únicos seres nobles de esta tierra. Porque con cada milímetro de saliva volvía a conocerse, con cada sonido perfecto de las cartas al doblarse se sentía viva y romántica. Porque nadie la conocía, necesitaba darse un paseo por la vida y sonreírle a sus errores. Ni siquiera siguió el orden cronológico que marca cada vida. Ésta es la primera, a uno de los primeros.

I

“A cualquier parte del mundo a la que se te ocurra ir, yo ya habré ido. Y no por intelectual. Seguirás mis pasos por el mundo y los sábados por las noches, cuando te sientes en el maletero de cualquier jodido coche, blanco y con los cristales tintados, pensarás en mí. Y en mi cerebro. Mientras bebes, de plástico, la ginebra más barata con tónica de marca, que nunca te ha gustado. Y no sabes por qué lo haces, mientras inspiras nicotina de un cigarrillo que tampoco te convence y se te nota, porque no sabes ni posar, que parezca parte de ti. Seré siempre tu maldita condena, cómo no te subiste al carro de libros y horas de césped que resuelven el mundo que no tiene arreglo. Por eso al recorrerlo, en todos tus horizontes sólo estaré yo. Porque no podrás olvidar que yo siempre estaré un paso por delante, haciendo todo lo que no hiciste porque ya era demasiado tarde para tu edad. Imbécil.

Y tus amigos no me gustaban porque son idiotas. La maldita enfermedad sin cura de cualquier sociedad. El estandarte joven al que todos los que no lo son apuntan cuando quieren fusilarnos, y si así fuéramos, ojalá. Porque quise creer en ti, durante el tiempo que fuera, me alejé de ellos. Porque no quise ver que las raíces no se pueden transplantar cuando son humanas. Y que al final, serías sólo una pequeña parte de plástico más, con corazón, sí, pero una pequeña parte más del mástil que sujeta la bandera de cualquier fiestón que merezca tilde. Y nada más allá de eso, un cerebro justo para caminar de frente, contratar una hipoteca, engañar o que te engañe otra tonta y que tengáis hijos. Y los llaméis churumbeles. Y les dirás cuando lleguen a la edad en la que supe que era mejor darte por perdido que llevas toda la vida ahorrando en un curro de mierda para que ellos no sean tan lentos, para que no lleguen tan tarde como tú, a cualquier acceso intelectual que les salve de la traición de raíces de la que no te salió de los huevos escapar. Tú.”


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