viernes, 20 de abril de 2012

Ojo de buey

Esta ventana siempre ha estado abierta. Siento, por más que apriete la manilla, que está abierta, o que revise la bisagra, ha estado abierta toda mi vida. Siento entrar el viento, se mueven las cortinas. Y cada vez se mueven más. Por eso y por otras cosas me gustan los días de viento.

Por eso y porque mi habitación es la cabecera de un transatlántico. Tercero, la esquina predominante de la calle. Dos de mis paredes firman la arista del buque que surca la calle, siempre por delante, como segura de romper todos los hielos y salvar al resto del vecindario. Con la mirada valiente, cuando la miro desde fuera, capaz de luchar por el barrio entero contra todas las tempestades. Mi barco, la cabecera de mi transatlántico. Surcando todas las calles, plazas, avenidas, como buscando siempre, llanera solitaria en el aire, un suspiro de salitre. Quieta y desafiante, alerta de todos los males, para cuando lleguemos hasta el mar.

Por eso, aunque esté cerrada, mi ventana está siempre abierta. Porque en las tardes de viento en nuestros oídos, la ventana sigue cerrada pero está abierta de par en par. Y es entonces cuando salgo, y soy libre de todos los miedos, y allí está, la cabecera de mi transatlántico, bregando contra la tormenta y esperándome para surcar juntas todos los males, y llegar a nuestro sitio, la playa perfecta que aún no existe, donde seguimos siendo piratas en el mar.

jueves, 19 de abril de 2012

Fin

Cuando supo que ya no se entendían, se dio cuenta de que, en realidad, nunca habían llegado a entenderse.

domingo, 15 de abril de 2012

Las observaba desde hace algunos días. De aquí para allá, pequeñas, insignificantes, incluso simpáticas, las hormiguitas recorrían la blanca mesa. No me molestaban, a veces apartaba alguna, pero nada de asesinatos, y menos en presencia de más de su especie. Pero empezaron a ser cada vez más. Buscaba el motivo, el envoltorio de un caramelo, un trocito de galleta o algo por el estilo. Pero ni rastro. Esta mañana he visto un río de hormigas subir y bajar, excitadísimas, al bote donde guardo los bolígrafos. Y entonces la he visto, la piruleta que me regalaste y que había dejado ahí, esperando el momento en el que me apeteciera. Ahora, que ya hace mucho que te marchaste. Y me ha apetecido comérmela, pero ya no era un corazón. O quizá sí, atacado por todas partes, un corazón en ruinas como el que dejaste.

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