martes, 26 de mayo de 2009


Mira que le tengo dicho que no. No. Buscar desesperadamente el mar entre cuatro paredes. No. La fresa en la sección Desinfectantes. No. Le he dicho un montón de veces que nada de girar el volante del coche en dirección a su casa, a su trabajo, al bar en el que todos los martes a las siete, él toma café. Descafeinado. De máquina. Con semidesnatada. Y tres cubitos de hielo. He escondido debajo de un montón de escombros de papel, pastillas, sábanas, cuadros y pósters todas las fotos. Y las encuentra, le da puetazos a mis oídos, no piensa quedarse ahí, quietecito, hasta que mis oídos no les digan a mis manos que tengo que pulsar el play. Escuchar esa estúpida canción. Ni siquiera me gusta demasiado, es para tontos enamorados. Y no. Sigue empeñándose en buscar el mar, en reventarme los oídos cuando ven las fotos, en que me exploten los ojos con la estupidísima canción. La absurda melancolía, la triste comodidad de estar triste. Como si en algún momento, el chico que toma café los martes a las siete fuera a parecerse en algo a Kurt Cobain.

Yo le digo que no, fuerza, no. Que no, que ni giro el volante, ni le doy al play, ni me apetece bañarme en el mar ahora, con el frío que hace. Ya no es temporada de fresas.

Pero debajo del colchón hay una canción que el viejo del acordeón toca en el metro, mientras tu estúpida foto magnetiza el puto volante hacia los martes. Descafeinados. Siete de la tarde en una máquina imperfecta. Semidesnatada. Y le da al play, y mastica fresas con hielo, y se le rompen los dientes porque está tan triste que ni Kurt Cobain se haría más daño.

Jodido corazón.

martes, 12 de mayo de 2009

El Fin


Todavía no entra la luz del Sol por las rendijas de la persiana. Son como pinchazos, pequeños pero repartidos por todo el cuerpo. Cuando el Sol salga se levantará, hará la cama, llenará la maleta de lo imprescindible y saldrá por la puerta. Sin despertadores ni móviles, ni portátiles destroza miradas. Quiere ver El Retiro con sus propios ojos, y no con los de Google Earth, respirar el olor de la hierba, el tacto frío aunque haga calor. Y ver a las guiris, con el bikini puesto, leer mientras hierven, como si se hubieran echado mantequilla encima. Cuando salga el Sol.

Y el Sol poco a poco va conquistando la habitación de Eva. Pero es que las sábanas están tan suaves, el edredón le cubre tanto, y hacía tanto tiempo que no dormía ocho horas seguidas…Sonríe que parece que le va a estallar la cara, estira los brazos, toca el cielo y como si fuera a romperse, porcelana, apoya primero el pie derecho, después el izquierdo, en el suelo. Frío. Primer nudo en la garganta. Un par de llamadas perdidas en el móvil. Llega hasta la maleta y la abre, la cierra, la vuelve a abrir, la vuelva a cerrar, se muerde las uñas, se sienta en la cama y se queda con la mirada clavada en la puerta del armario, el móvil entre las manos. Alberto, llamar, colgar. El Sol ya es dueño de la habitación, entrecierra los ojos, las rendijas taladran. Respira hondo, pega un salto y abre armario, cajones, maleta. Jersey rojo, negro y gris, las cuatro camisetas de siempre, un par de vaqueros, la falda de cuadros. Y no hace falta nada más, el Sol está fuera de la habitación.

El Sol se ha librado de las rendijas, en la calle huele a verano, petunias y almendros. Las ruedas de la maleta contra el asfalto suenan cada vez más, suenan a “miradme, estoy huyendo”. Las miradas de la gente traspasan la tela de la maleta, como si estuviera prohibido andar con maletas por la mañana, como si todos supieran su plan. Respira, se echa el pelo hacia atrás y levanta la cabeza, el nudo de la garganta aprieta cada vez más. El ruido y las miradas empujan a Eva hasta la calzada, levantan su brazo y hacen parar a un taxi. “A la estación de autobuses, por favor”.

El taxista desliza el parasol hacia abajo, el Sol desaparece. Una, dos, cinco, siete llamadas. Alberto. El Sol se ha escondido. Ocho, doce. Atasco en el centro, hora punta, cientos, quizá miles de coches malhumorados van cambiando de carril con movimiento de sanguijuela. Quince. Si se baja ahora, el Barclays está sólo a diez minutos andando. Diecisiete llamadas, más humo de los coches, pitidos ensordecedores. No hay Sol, está detrás del coche, de los árboles, y de la campana negra que hay encima de la ciudad. “Mejor me deja aquí”. Se baja, abre el maletero y emprende el rumbo al banco. El nudo se disuelve, deja a paso a la señora culpa y don remordimiento. Veinte llamadas perdidas. Acelera el paso, podría llegar al banco en cinco minutos si se diera prisa.

Hace demasiado calor para estas carreras. El Sol podría derretirla, pero la puerta del banco está ahí, al doblar la esquina, a la sombra. Vuelve a sacar el móvil, ve la llamada veintiuno. Frena en seco, como una conductora novel que no hubiera visto el atasco. ¿Cómo? Casi había rozado el mango de la puerta con las manos, lo estaba acariciando. Media vuelta. Vuelve a respirar y camina despacio, marcando cada paso como si fuera una trapecista con soltura y red debajo. Un par de abuelas la miran al volver a doblar la misma esquina en sentido contrario, y darse de bruces con el Sol. Las mira fijamente, saca la lengua y continúa caminando, más despacio todavía. Saca el móvil del bolsillo, y con la suavidad de las guiris del Retiro, deposita la llamada veintitrés en una ilustre papelera.

viernes, 1 de mayo de 2009

Déjame


Déjame tirada en la primera curva de la última carretera. Explótame, estállame por dentro y hazme desaparecer en el aire. Fusílame, pégame doscientos setenta y siete tiros, exactos, del primero hasta el último. Reviéntame, no dejes ni un solo espacio de mí limpio, entero. Pulverízame, hasta que desaparezca, córtame en pedacitos y escóndeme en las paredes. Bésate con otras en mis narices y no me mires. Mándame a la mierda doscientas setenta y siete veces, exactas. Grita basta, sal corriendo y déjame sola en el bar, no pagues la cerveza, hazme a mí pagar la cuenta. Escúpeme en las gafas nuevas, rómpelas después, pisotéame todos los átomos del alma, radiografíame y no te dejes nada. Échame el humo en los ojos y la copa de vino tinto en el vestido blanco. Putéame, no me vengas a buscar, no me llames, cuélgame, no contestes nunca, pasa por delante de mi calle algunos días y que yo lo sepa, para verte pasar sabiendo que no me has recordado en ni uno solo de los metros que tus pies han recorrido.

Pero no me dejes tirada en la última curva de la primera carretera. No me manches el vestido y lo laves luego, no me dejes tirada en el bar con la cuenta pagada, no me explotes por partes, no pulverices sólo lo que te da la gana, no me mires cuando besas a otras, no te calles y sigue gritando, no te gires uno de los infinitos días que pasas por mi calle y me busques entre los geranios.

Y sobre todo, no dispares sólo doscientas setenta y seis veces.

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