domingo, 31 de julio de 2011

De cuando fui escritora...

De cuando fui escritora, aún conservo, lápiz, papel, algún rincón de aire. De viento, de cierzo. Pero no recuerdo más, ya no sé cómo se escribe. Ya no sé, si no es copiar, o copiarme, escuchar en el viento mis voces, susurrantes, chivarme algo con lo que empezar, mantenerme en el aire, con la respiración cortada, y fluir. Me faltan noches, me faltan días de prometerme cama, para no dormir. Y me falta quizá, mucho sufrimiento. Mucha bohemia contenida, muchos gritos sin lengua, la sensibilidad enraizada y quinceañera, la que no tiene vergüenza, la víctima de todo. Pero digamos que aún conservo, y quizá es lo de menos, pero es lo de más. Empujar, por el barranco de la vida rápida, si es que conocen mis dedos otra, las lágrimas que no llegan a la nariz, las que no resbalan hasta mojar las sandalias. Y recrearme, saborear el sufrimiento como los caramelos de fresa y nata. Queda. Queda y sería mejor que no quedara. Porque la felicidad es ignorancia, no leerme, y no sorprenderme en letras que ya no reconozco. Cuánto hace, seis meses, nueve años. Cuánto hace que ya no escribes, que ya no la sientes pasar a tu lado, rozar mi brazo, instalarse en algún sitio que atisbo a reconocer entre el final de la garganta y el lugar que no tiene nombre antes del pecho, pesar, transformarse en plomo. Instalarse, hasta que haya escupido todo. Jugar sin querer conmigo, contigo, con la crisis de identidad que me provoca carcajadas. Y no regocijarme en mis juegos, dejarlos pasar y volverlos a leer. Así salió, así fue, ahí estaba la clave. Descifrarme, ojalá pudieras descifrarte. Y ojalá pudiera dejar de escribir sin escribirlo, sobre el mismo tema. La misma mierda. Tan feliz que cada día eres una, que ya no sabes quién, que si sufrieras frenarías para reconocerte. Inspeccionar los daños, aquí, sí, y allí también. Si frenaras, ay, si pararas un poco para relamerte las ideas y encontrar el filo, la junta por donde se escapan todos los segundos consumidos tan deprisa. Y renacer, unas cien veces cada día, y fijar, en la memoria, cada una de las horas. Ay si te fueras fiel y guardaras las horas. Ay de ti, amor, escritora, si te fijaras.

jueves, 28 de julio de 2011

Guardaré las horas

Guardaré las horas. Y Wolf se suicidaba en el río. Elegía el suicidio público entre las chimeneas de Londres a una vida llena de lágrimas secas antes de llegar a la mejilla y rodeadas de verde. Verde por todas partes. Pero guardaré las horas. Todas las horas, las guardaré en los bolsillos que fui llenando de piedras para cuando me sumerja. Piedras, que con cada letra fueron siendo lo que eran, lo que llenaba cada paso hacia el final. Aunque al principio nunca lo fueron, las piedras, eran horas, eran letra, silencio, punto, coma. Ideas que van haciendo espirales y al final, piedras, de la juventud a la vejez, revolución en instinto conservador. Pasión en cariño. Letras en piedras. Ideales por frustración. Pero las horas, las guardaré. Las de las lágrimas, las del placer. Cariño, guardaré las horas y me dejaré llevar, autómata, como la sangre al río, y el río al mar. Y volveré a las comparaciones odiosas, las de los relatos violentos en los que disfrazaba disparos de suspiros, y las comparaciones odiosas con el mar. Desembocaré. Y como un río me iré formando en otra fuente pura, e iré bajando, hasta encontrar mis piedras. Como el arte que fluía por mis dedos, yo también me iré apagando, pero guardaré las horas. 

domingo, 3 de julio de 2011

Carmen, la vida y José

A continuación, el relato que he presentado al concurso Tienes una Historia que Contar, y que recomiendo a todas las personas que amen la escritura y la conversación, a quienes les falten historias que contar, a las que creen en la Memoria Histórica y a las que simpatizan con esa generación que poco a poco, nos va dejando huérfanos.



Carmen, la vida y José

Carmen se acostumbró al bajito. Y como se acostumbró a él, desde que naciera en 1935, se acostumbró a todas esas cosas malas que da una vida en dictadura, pero que no matan. A todo, menos a no tener cerca, siempre que quisiera, a su hermano José.
Carmen me cuenta que la carta llegó al buzón un día cualquiera de 1977. Un día cualquiera porque para Carmen, la vida no había mejorado mucho desde que su nacimiento coincidiera con el entierro de su padre. Era su hermano José, le contaba que una de sus hijas, a las que Carmen aún no conocía, iba a casarse. En Brasil. Porque hacía 28 años que José había puesto rumbo a un país donde no acostumbrarse a ningún bajito, más allá del charco que por cada año que había pasado crecía y se ha hecho cada vez más ancho.
Se casa. La niña se casa. Carmen lee y relee la carta mil veces, porque es lo más cercano que podrá estar de José. Hace ya 28 años, piensa, más los seis años que estuvieron separados de pequeños cuando los metieron en el internado. Sección Femenina, seis años, su madre viajando en tranvía hasta Hortaleza y caminando por la carretera todos los domingos para verla unos segundos, unos minutos. En todo eso piensa Carmen cuando lee la carta, que la niña se casa, y Carmen se muere de pena porque no podrá verla, ni verá a su hermano.
La verdad es que ha tenido mala suerte. Porque Carmen, después del internado, empezó a trabajar en un laboratorio y llegó a ser la encargada. Y le gustaba el trabajo, y le hubiera gustado jubilarse en aquel laboratorio, piensa mientras lee la carta, mientras repasa con sus ojos la caligrafía de su hermano, algo torcida como siempre, como todas las pocas veces que le había visto escribir. Las historias de una dictadura son así, tienen pocas imágenes, y están siempre llenas de misterios, de nostalgias. Ahora, eso sí, en cuanto dijo que se casaba, le prepararon la carta de despido, y sin preguntar claro, las mujeres casadas a cuidar y parir hijos. Y así fue, hasta ocho. Aunque uno de ellos no llegó a nacer, y otro murió poco después, qué mala suerte, me cuenta Carmen.
Con lo poco que habrá escrito, y lo bonita que es la caligrafía de José, de su hermano. Piensa en eso Carmen, y en la cara de su marido. Hace ya tiempo que quería separarse, pero aguanta, aunque entre a casa sólo por las noches y para dormir, sus hijos le animan pero Carmen no hace nada, si se acostumbró al bajito, lo hizo también a su marido. Las historias de la dictadura son así. Y aunque le dejara ir a Brasil, tampoco tiene dinero para marcharse. No puede ser, piensa Carmen, y lo que no se puede, no se puede. Y las lágrimas no hacen otra cosa que caer, porque no pueden hacer más, seguir el camino que todos estos años han marcado, recorrer su rostro hasta que un pañuelo de tela venga a sofocarlas. Y adivinan, adivinan lo que va a pasar cuando todos estén comiendo, que su marido va a decir que no, que a Brasil no puede ir nadie. Y a Carmen se le crispa la voz cuando me lo cuenta.
Y así es, el no que retumba en los siete pares de orejas que claman. El golpe en la mesa, los insultos, la mano en el aire, las lágrimas, los gritos de su marido. Y el portazo. A Brasil no va nadie porque lo digo yo. Y Carmen ya no llora porque ya lo sabe, ya lo sabía y por eso leyó y releyó la carta mil veces, porque las historias de una dictadura son así, y Carmen ya se ha acostumbrado.
Pero en sus lágrimas secas, las que no se ven, una de sus hijas, que para eso ha tenido seis, le abraza. Y poco a poco, los otros cinco se van uniendo, casi ninguno ha conocido a José, pero conocen muy bien a Carmen. “Pedimos un préstamo, y tú te vas a Brasil. Tú te vas”. Carmen sonríe de medio labio, al menos sus hijos le aman. Y en eso piensa mientras la abrazan, que no podrá irse pero ellos estarán siempre a su lado. “Pero, ¿quién ha dicho que no puedas ir, mamá, tú quieres ir?”
Sí que quiere. Carmen se quiere ir a Brasil, pues claro. “Pues te vas, si quieres ir, te vas”. Y se va. Me cuenta que de repente despertó, y se fue, que no le gustaban los aviones, ni sabía cómo llegar, ni quién iría a buscarla al aeropuerto. Pero quería ir, y fue. Ya no tenía ningún miedo, nada que perder. Las historias de la dictadura son así, cuando se cierran los ojos y se vuelven a abrir, se puede escapar.
Yo tengo enfrente a Carmen, y no puedo creer que esa sonrisa haya existido tan poco. O quizá puedo creerlo porque esa sonrisa no tiene hoy setenta y seis años, es mucho más joven que yo. Carmen se fue a Brasil porque quiso, porque había aprendido a luchar y no lo sabía, porque se había acostumbrado al bajito y a todas las cosas malas que da una dictadura, pero nunca se acostumbró a no tener cerca a su hermano José. Por eso se plantó en Barajas un día cualquiera de 1977, sin saber quién iría a buscarla.
Y cuando Carmen termina de contarme su aventura le pregunto, “¿qué te pareció Brasil?”. Se ríe, yo no lo entiendo. “Yo no estuve en Brasil, no lo vi, estuve dieciséis días sentada en el sofá de los ojos de José.” Y me río yo también, porque las historias de la dictadura son así, y Carmen vio por fin a José por última vez en Brasil, y no lo vio. Estuvo dieciséis días sentada en los ojos de José. En los ojos de su hermano.





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