martes, 8 de agosto de 2017

Estos días

Pasaron muchos. ¿Cómo iba a quedarme contigo? Yo no lo llamaría realidad, me parece obsceno, soberbio, ignorante. Llámalo accesos. Puertas que, querido, no abrimos a la vez ni dan al mismo paisaje. Entre otras cosas porque yo lo llamo Horror. En los despertares químicos me encuentro con el puto Horror con su H inmensa mirándome a la cara, a punto de escupirme. Y con sus babas me inunda y me sumerge en tantos palos cuya belleza no alcanzarías a encontrar, que para qué intentarlo. Me doy

Nadie vale menos que yo buceando horror. Este dolor que es una vez y es para siempre. La rueda de recuerdos que, erre que erre, vuelven a hundirme cuando busco oxígeno. Un coral al que agarrarme aunque siga haciéndome trizas. La sonrisa eterna que ya no está, su pelo, todas las cosas que venían a su mente y brotaban por su boca con la genialidad con la que sólo se envuelven las figuras para respirar. Y el Horror que se mete suave en mi bolsillo para acompañarme a todas partes. Donde meta la mano, está mojado.

No puedo quedarme contigo. No porque no sepas hundir las manos y buscarme con tus toallas secas destilando el holor a nuevo que ninguna marca de ambientadores logrará. No porque no me busques, porque no dejes de abrir puertas y entrecerrarlas -tú dando portazos, no creo que te vea-, no porque no quieras bucear. Porque no sabes. Naufragar es un arte.

Nadie vale más que yo metiéndome al Horror en los bolsillos. Se te escapan por las fisuras de las puertas todos los matices de mi negro. No quiero que recompongas mis trizas, me gusto así, rota. Los gritos del no puedo, las espirales del no valgo, los sumideros del no salgo, aquí, en este océano de Horror, son arte. Y el arte es un manjar para quien zanja a portazos. Para alguien dispuesto a naufragar en todos sus miedos y respirar con ellos. Llevarlos como quien renuncia a los ambientadores que no suprimirán el olor a viejo.

Sécate la realidad. Yo empapo los desiertos. Arte es ver la épica con la que emerjo.

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