lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no se puede contar

Hay cosas que no se pueden contar, es mejor admitirlo que intentarlo, y tener que admitir una derrota presagiada. Hay cosas que forman parte del territorio de lo inexpresable. Se sienten, o ocurren, y no se pueden expresar. Se pueden compartir, pero no definir. Cuando un aguijón se clava en un lugar concreto, arrasa una zona que desaparece, y al desaparecer, no se puede explicar. Anula por completo la palabra, y el silencio conquista el reino.

Y el silencio se puede tocar. Es indestructible, se puede comer, pero no destrozar. Y crece, crece hasta que se olvida. Se pueden dar mil vueltas, rodear el silencio, intentar atacarlo hasta acercarse, y acercarse mucho. Pero hay cosas que no se pueden expresar, que no se pueden contar. Hay tristezas que calan más allá, mucho más allá, no sé dónde, porque no puedo llegar a ellas. Quizá es en algún mar, puede que en un estanque. Pero sé que hay tristezas que cruzan todo lo narrable. Que hay estados que se cuelan en cada uno y no tienen razón, ni raíz. O quizá sí. Pero no se pueden contar.

Y a veces ni se saben. Hay tristezas desconocidas, que salen a la superficie cuando algo ocurre. Cuando no encienden el interruptor de la luz, o vuelcan el bolso cuando vas a salir de casa, o hacen agujeros en las medias. Y entonces, el silencio. El silencio implacable que no se puede romper, pero se puede tocar. El silencio que arruina los días, que los pinta de gris oscuro casi negro, que reduce a líneas las sonrisas y se mete en el metro contigo todos los días, y acompaña a todos los matices de gris que se entierran en el mismo vagón.

Y ya no hay alegría. O sí, pero no es auténtica. No es la alegría que no necesita vestidos de colores, ni rayos de sol, ni césped recién regado, ni un mar de fondo. Y no se puede salir, porque el silencio se traga y vive dentro de ti. Y de mí.

Y yo no quiero creerlo. Pero hay un silencio, aunque sea muy pequeño, dentro de cada uno.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Maldito Noviembre

Lo odio. A él y a todo lo que pasa por él. Es frío y lluvioso. Pero no es ni el frío de castañas, ni la lluvia bohemia. Es el frío duro, seco, madrileño. El que se cuela cada vez que el tren abre sus puertas para recordarte que aún te quedan más paradas de ida, y otras muchas más de vuelta. Es la lluvia que no quieres que te moje, el día que no llevas botas y se te ha roto el paraguas. Noviembre no tiene nada de trascendental. Es el mes encerrado en una cúpula sin cristales, que fue construyendo para no escapar.

Y yo también paso por noviembre. Y tú. Y no me queda más remedio que odiarnos, a nosotros, y al metro, y a las calles, y al desayuno, y a las siestas, y a los vestidos alegres que escojo para huir de él cada noche de noviembre. Y a las películas con las que intento salir de aquí, llegar lejos, más todavía, sabiendo que en casi todo el mundo, también es noviembre.

Si pudiera lo mataría. Lo agarraría de sus ramas desnudas y lo haría trocitos. Ni siquiera me gusta el sonido de sus ramas al partirse. Pero lo quemaría, dejaría que ardiera hasta que octubre se funda con diciembre y no exista más. Porque noviembre es el mes para partirse el corazón, para pararse y ver que un año más ha pasado y no todo sigue igual, es peor. Es un mes afilado, cortante hasta la depresión. Es oscuro, oscuro y malo. Noviembre nunca fue feliz y así intentó que ninguno lo fuéramos.

Muérete noviembre. Yo sucumbo a tu infelicidad, me dejo arrastrar por tus vientos hasta la habitación sin balcones. Elijo la luz artificial para marchitarme, el jarrón del agua con cenizas para no crecer, el colchón de hojas húmedas para que me rodeen y hundirme en ti. Pero contigo dentro. Tú nunca serás feliz noviembre, y yo sobreviviré a ti. Te tendré miedo, todos y cada uno de los años en que te sobreviviva, te temeré. Porque no hay nada peor que noviembre, peor que tú.

Y no podré matarte. Porque eres peor que inmortal. Me entregaré a tu sufrimiento y aún así, no serás feliz. Porque no hay nada peor que darte lo que quieres. Hasta que sea demasiado tarde para darte cuenta de que aún te quedan once meses mirándome para intentar amargarme. Y yo voy a deprimirme contigo hasta que no sepas quién es noviembre. Hasta que olvides que un día fuiste un nombre precioso, para el peor mes de todos.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Il Pantheon


Podría como siempre, refugiarme en la escritura. Quejarme a modo de escritora maldita de que nadie me quiso y rechacé a quien lo intentó. Podría hacer dudoso alarde de la sangre malgastada en perseguirte, incluso, perseguíos, y dejar que el viento me acaricie con la suavidad que yo no tuve cuando me quisiste tú, incluso, vosotros. Podría, y de hecho más que puedo, hago, seguir creyendo que todo lo que escribo tiene un mecanismo que le permite existir y penetrar en alguien para provocar algo que recuerde casi tanto como un orgasmo, de los de andar por casa. Como si yo fuera a hacer mella en alguien que un día me dijo, llegarás lejos, porque me sorprendió en la lucidez que me penetra a mí, cada vez más de vez en cuando. Como si yo pudiera olvidar las gafas de pasta y la calvicie, clave indicio de madurez y futuro éxito literario, que me lanzaron críticas constructivas, hasta frenarme, frenarme y no lamentar que un disco de plástico con media vida escrita se fuera, como yo cada vez menos de vez en cuando, al rincón barato donde huele a letras de fábrica y bestseller fordista. Y aún así, aquí estamos, porque podría pero no, refugiarme en a escritura y prueba de ello que me visita, la puta aquélla, menos veces y menos tiempo. Y todo para decir que si aquí estoy, mucho después de los quince, cuando la falacia es legal y el victimismo una gran fuente de justificación y deseo, y atracción, y todo lo que suene a centro dramático norteamericano, es porque, y eso sí que puedo, trasladar admiración, conversación y encuentros fuera de lo corpóreo, de las personas a las ciudades. Me veían venir, pero estoy mucho más por encima de la punta de iceberg que creen avistar, infelices espectadores. Las ciudades me leen el alma, se acoplan a mí y deciden llover o solearme, sonreírme, como si yo fuera a través de ellas, dios o una manifestación de lo más puro. Como si ellas, fueran más capaces que yo de hacerme comprender, ellas, que tienen más conversación y a las que he amado, y a las que he llorado, mucho más que a muchos. Sangre, que biengasto en abrazarte, porque a nadie como a ti, y tú a nadie como a mí. Que nos acaricie en sus siglos el viento, y si a la escritura vuelvo, que me leas tú.

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