viernes, 10 de octubre de 2014

Despacio

Hace tanto que ya no recuerda la última vez que lo hizo despacio. Que no fuera sólo por placer, sólo porque toca, sólo porque hace mucho tiempo que no, y toca. Hace tanto que no sabe cuándo fue la última vez que ella lo eligió. Que paseó por la platea y dijo 'éste', segundos antes de desplegar todo el armamento. El ligero y el pesado.

¿Hace cuánto son medallas? Hace tanto, que no recuerda cuándo fue la última vez que lo hizo porque quería hacerlo de verdad. No lo recuerda, lleva ahí sentada un buen rato haciendo memoria. No y no. Que lo mirara a los ojos mientras, años. Que él la mirara a ella, lustros. Que acompañara una conversación de las que lo congelan todo, décadas.

¿Cuándo fue la última vez que buscó más alma que piel? O que la encontró. Y peor, por qué no se había dado cuenta antes de que había quedado desterrado en un rincón que hace siglos que no visita. Cuándo lo puso ahí. Hay una muralla altísima que nunca había visto, y no tiene pinta de que sea de nueva construcción.

Echa de menos la lentitud. El buen hacer. Hacerlo porque sí, porque quiere, porque va más allá del cuerpo, porque va a un lugar que no tiene porqué existir. Que no mira el reloj, que no calcula el esfuerzo, que no se cansa, que no piensa en invertir. Menos mal que tiene una lista que consultar, que hará memoria por ella. Tiene nombres pero no fechas.

No fue éste. Ni el anterior, ni el anterior. Se cansa cuando ha contado más de diez. Quizá nunca pasó, quizá todo fue siempre rápido, por placer, porque tocaba, porque hace mucho tiempo que no, y toca. Pero en algún rincón de la memoria, quizá al otro lado de la muralla, en el destierro, algo le dice que en algún momento, todo lo hizo por ella. Por los dos. Por lo que eran. Fuera quien fuera, fuesen quienes fuesen.

Es, tal vez, demasiado tarde para los nombres. Y para las fechas. Pero suena el teléfono. No sabe quién es, pero es viernes. Y toca. Puede desprenderse de este momento, de lo difícil, y continuar con la huida hacia delante. Pero algo, quizá la lista hecha añicos o quizá el teléfono en modo avión, me dicen que no va a ser así. Que antes de volver a mirar el reloj, se va a quedar leyendo. Porque, toque o no toque, es por ella.

lunes, 6 de octubre de 2014

Qué miedo

Y ahora, ¿dónde vamos? La tristeza de tocar techo.

Creo que maduré así, sabiendo que tocaba el techo. Que el éxito marcaba el fin. Pero por suerte, las estaciones terminan y vuelven a empezar. Los techos crujen, se congelan y vuelven a romperse. Por suerte o porque sigue habiendo un par de críos ahí dentro. Críos que juegan a las películas. Críos que se enzarzan a escalar el ciprés más alto. Críos que hablan sin parar, que van a cualquier parte. Que no se callan y no saben que son diferentes. Que se quedan hasta el final, porque el tiempo no existe. Que no conocen el miedo porque no tienen ni pasado ni futuro, porque todo empieza en septiembre. Y en septiembre siempre hace calor.

¿Qué hago si el presente me da miedo? Qué miedo empezar a callarme. Qué miedo convertirme en mayor. Qué miedo, no preguntarte adónde vamos. No querer la respuesta. Conocer la respuesta. Qué miedo dejar de conocerme. Saber que nunca más seré quien fui. Qué miedo volverme tímida, acostumbrarme a la corriente. Dejarme querer por cuerpos que no me importan, que no pueden hacerme daño. Qué miedo salir primero, alejarme antes, correr. Qué miedo no hablarte. Qué miedo el techo. Qué miedo, qué miedo, qué miedo. Y qué miedo tener miedo. Y nunca más atreverme. Y nunca más decirte que te quiero. Qué miedo no habértelo dicho nunca.

Que quiero ser tu película, tumbar el ciprés y que lo hagamos añicos. Romper el puto techo y crecer. Y no dejar de ser una cría nunca.

Pero qué miedo dan las alturas. Y qué frío hace cuando acaba septiembre.

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