miércoles, 29 de octubre de 2008

Entendíamos


Me pidió que le acompañara a llevar huevos al convento de las Clarisas, porque según su madre, las Clarisas hacían pasteles con esos huevos para que Dios no lloviera en las bodas, bautizos y comuniones. Y los invitados de los novios, comulgantes o bautizados, iban siempre a llevarlos, así cuando ellos se casaran, sus invitados los llevarían, y todos tendrían felices bodas, bautizos o comuniones sin lluvias que se cargaran aquellos horribles vestidos blancos, que por otra parte era difícil afear más con la lluvia, o eso pensaba yo.
-Acompáñame, y después nos vamos a mi casa que está cerca, y aprovechamos.
Aprovechamos, qué listo. Aquello era más que difícil, imposible. A mis amigas les gustaba, a mis amigos casi más, pero es que hasta les gustaba a mis padres, a mis profesores, a mis abuelos, a toda la humanidad le gustaba. Pero a mí no, a mí me dolía, a mí no me gustaba. Y no podía contárselo a nadie, menudo bicho raro, que no le gusta el sexo. Qué iba a hacer, hay gustos que mucha gente comparte y otra mucha gente no, pero el sexo, por Dios, a quién no le gusta el sexo, no podría hablar de lo horrible que es ni con los niños pequeños, y menos en semejante pueblo, perdido de la mano de Dios y del presidente de Castilla – La Mancha. Pues no, no me gustaba el sexo, y cada vez que Pablo me susurraba con sus fantásticas indirectas que quería acostarse conmigo, yo sólo pensaba dos cosas, un alarmante ¿otra vez? si sólo hace dos días que nos acostamos, y una sensación de tener los ovarios en la garganta, como alejándose de la parte de mi cuerpo que iba a ser atacada por su pene, ese horrible órgano más parecido a un arma que al placer.

Tenía pesadillas, los veía por todas partes, intentaba huir, intentaba afrontarlo, intentaba que me gustara, pero no podía, y la culpa no era de Pablo, porque antes de Pablo había sido Andrés, y Mateo, y Javier. Y nada, que no, que no sé qué pasaba pero a mí no me gustaba el sexo, qué horror. Y no tenía solución, porque cómo iba a decirle a Pablo, te quiero, y quiero estar contigo para siempre, pero no quiero que nos acostemos, es que no me gusta el sexo. Pablo era guapo, sensible, inteligente, pero yo no podía decirle que no me gustaba el sexo, no quería que me dejara, así que me aguantaba, me aguantaba porque sólo era de vez en cuando, una o dos veces al mes. Pero aquello empezó a cambiar, y empezó a ser tres veces al mes, cuatro, una a la semana, dos veces a la semana. No me daba tiempo a recuperarme de los dolores, iba a pasarme la vida andando por la calle como si montara a caballo. Y estaba dispuesta a aguantarme, porque Pablo me gustaba, hasta que dijo aquello de “acompáñame al convento de las Clarisas, que me ha pedido mi madre que vaya a comprar huevos, que se casa dentro de un mes mi prima Silvia”.

Ya está, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Ésta es la mía, tenía la solución delante y no se me había ocurrido antes, la única manera de vivir en sociedad sin sexo, y que a todo el mundo le pareciera normal, que nadie me preguntara cómo se me ocurría no practicarlo con nadie, era ser monja. Yo me meto a monja, clarísimo, me meto a monja y ya veré si por allí dentro encuentro a Dios. Y así me acordé de Laura, que también se había metido a monja en las Clarisas una vez, pero sólo había aguantado dos años. Lo mejor es hablar con ella, la llamo, le digo que he visto a Dios en esas cajas de huevos, que quiero meterme a monja y que me cuente qué sintió ella, por qué entró, por qué salió, si fue feliz.
- Laura, verás, soy Manuela, que quería hablar contigo, que he pensado mucho en la religión, y en dedicar mi vida a algo, y como tú estuviste en las Clarisas, aunque fuera poco tiempo, y yo estoy hecha un lío, pues no sé, que a lo mejor hablar contigo me aclaraba un poco las cosas…
- Me alegro muchísimo de que me llames, pero muchísimo. Estoy viviendo sola y ahora no hago nada, pásate cuando quieras. Yo encantada de que vengas de verdad, encantada.

Y allí estaba yo, tan nerviosa como cuando Pablo susurraba sus indirectas para volver a acostarse conmigo, a punto de tocar el timbre de la casa de Laura, demasiado simpática para la relación que nos unía, sí ven, estaré encantada, había dicho. Tenía la casa llena de velas y había preparado café. Me pidió amablemente que me sentara, mientras mis nervios se iban deshaciendo y me sentía mucho mejor con aquel café caliente entre las manos. Dijo que ella no había visto a Dios, que las Clarisas y sus huevos habían sido una salida fácil a una relación tormentosa, que había querido mucho a Luis, pero no era lo que buscaba y estaba agobiada. Las Clarisas le habían enseñado muchas cosas, pero ella no había visto a Dios, incluso estaba enfadada con él, aunque yo no entendía por qué, y hasta afirmaba que él no existía, si existiera no permitiría lo que la sociedad le hacía a ella y a todas las que eran como ella.

No entendía nada, pero ya no estaba nerviosa, había dejado de escucharla para empezar a fijarme en sus ojos marrones, tan corrientes y tan diferentes, su nariz perfecta, sus labios arrepentidos y confundidos, su escote justo donde debía estar, su pelo tapándole parte de la cara, ocultando y dejando ver lo guapísima que era. En eso me fijaba cuando había dejado de escuchar, hasta que ella dijo lo que nunca pensé que escucharía:
- Me metí a monja porque no me gustaba el sexo.
Y entonces me eché a llorar. No estaba triste, estaba emocionada, no le gustaba el sexo, decía que le dolía. A alguien más le pasaba lo mismo que a mí. No disfrutaba, no sentía nada, pero lo hacía porque quería a Luis, porque no podía decir que no, porque a quién iba a contarle que aquello no le gustaba. Yo lloraba, emocionada, Laura me entendía, y quería decírselo pero no podía parar de llorar, intentaba decir que a mí también me pasaba lo mismo, que me sentía atrapada. Ahora sí estaba triste, aquel era un callejón sin salida, no teníamos solución, condenadas a ser frígidas para siempre.
Hasta que entendí por qué Lucía estaba enfadada con Dios sin que me lo dijera, por qué pensaba que no existía, por qué le dolía, y por tanto, por qué me dolía a mí, porque no nos gustaba el sexo. Y no tuve que decir nada, de mis labios no salió el entendimiento, ni la compasión de sentir lo mismo. No hizo falta. Laura se acercó demasiado, susurró en mis oídos como aquella tarde lo había hecho Pablo pero esta vez yo no estaba nerviosa. Entonces me besó y yo no paré de besarla nunca, desabrochó mi camisa y yo la suya, y no estaba nerviosa cuando le arranqué los pantalones, ni cuando estábamos desnudas y Laura me acariciaba como ningún hombre había sabido hacerlo. Sí que me gustaba el sexo, de hecho me encantaba. Una vez al mes, y tres veces por semana, y todos los días.

Eso le pedía yo mientras nos alejábamos de las Clarisas para siempre, sin llevarles huevos para hacer pasteles, para qué, Dios lloraría en nuestra boda de todas formas y nos mandaría tormentas, y qué importa, acuéstate conmigo todos los días.

sábado, 25 de octubre de 2008

Nuestra nariz


Mi padre y yo. O yo y mi padre, que por aquel entonces era lo mismo y la educación no nos importaba, ni siquiera el burro detrás, espantado. Él era el mejor padre del mundo, y por supuesto yo era la mejor hija del mundo. A mí me encantaba el poco pelo que le quedaba, y a él peinarme por las noches como se peinan las princesas de los cuentos. Teníamos la misma nariz, eso decían todos, la misma nariz. Y a los dos nos gustaban nuestras narices. Compraba el periódico los domingos, y mientras yo leía la sección de niños, él se sentaba a leer la de los mayores, me gustaban mucho los domingos, me gustaban los periódicos y a él le gustaba sentarse a mi lado. Los paseos por el parque, los días del espectador en el cine del barrio, comer fuera los sábados. Lo único que no soportaba es que me despertara con los discos de Serrat, nunca he odiado más a Lucía, pero en el fondo me encantaba, porque teníamos la misma nariz, y a él tampoco le gustaban los Back Street Boys. Teníamos la misma nariz, y al mirarnos cuando nos enfadábamos recordábamos que había muchas cosas que nos gustaban. Y el tiempo pasaba y yo crecía, y a él le gustaba verme crecer. Y el tiempo pasaba y su pelo se fue tiñendo de gris, y a mí me gustaba verle envejecer feliz, cómo cambiábamos y seguíamos teniendo la misma nariz. Me enseñaba cosas nuevas, y me gustaban tanto como a él, los Beatles, Londres, los sombreros, Miguel Delibes y la cerveza.

Y el tiempo volvió a pasar, a mí me gustaron más los Beatles y Londres, y a mi padre le gustó más la cerveza. Y después le gustó mucho más, y al final a la cerveza debía de gustarle mi padre porque estaba en todas partes y le perseguía allá donde fuera. Y ya no éramos mi padre y yo, eran mi padre y la cerveza, mi padre y el vino, mi padre y la ginebra. Compartían gustos, leían el periódico juntos los domingos, y no sólo eso, compartían comidas, cenas y hasta desayunos. Mi padre y la cerveza me robaron los paseos por el parque, los días del espectador en el cine del barrio y comer fuera los sábados.

A mi padre ya no le gustaban esas cosas, sólo le gustaba sentarse delante de la televisión y beber hasta quedarse dormido. Y empecé a odiar los domingos, los parques, los cines y los restaurantes. Y empecé a odiar mi casa, el sofá donde nos sentábamos los domingos, tener que despertarle para llevarle a la cama. Odié con todas mis fuerzas a los Beatles, a Miguel Delibes, Londres y los sombreros. Mi padre se había olvidado de mí, ya no nos gustaban las mismas cosas, ya no me quería.
Y yo acabé por no quererle, no, no le quería, odiaba su pelo gris, odiaba los cepillos con los que me peinaba cuando yo era una princesa, odiaba su vejez acelerada. Y le odiaba a él, le odiaba tanto que no podía comprender cómo algún día pudo ser el mejor padre del mundo. Rompí los discos de los Beatles contra la pared, quemé El Hereje y Las Cinco Horas con Mario, regalé los sombreros y nunca más volví a pisar Londres.

Lo peor de todo fue la nariz. Nos odiábamos, odiábamos todo lo que algún día nos había gustado a los dos, o al menos yo estaba segura de odiar todo lo que alguna vez había tocado mi padre. Pero quedaba la nariz. Por mucho que nos separáramos, esa nariz siempre nos mantendría unidos, siempre coincidiríamos en la nariz. De eso no podía escapar, o al menos creía que nunca escaparía.
El día en que vio los discos rotos, los libros quemados y el hueco que habían dejado los sombreros en los armarios me pegó un puñetazo tan fuerte, que olvidé los malos recuerdos, los buenos también, ni domingos, ni cines, ni periódicos, ni música; tan fuerte que se lo agradecí.

Ya no nos unía nada, no teníamos obligaciones, nada en lo que coincidir, nada que soportar, ninguna señal de lo que habíamos sido, ni de lo que nos odiábamos. Yo ya no recordaba nada, empezó a gustarme Serrat, me enamoré de Lucía. Porque ya no teníamos nada, ni siquiera la misma nariz.

jueves, 23 de octubre de 2008

La Tierra bailando


No dudó nunca de que Mario la quisiera, Mario la quería todos los días, se olvidaba del tiempo y del espacio para quererla, en esa cama en la que el tiempo no pasaba, y la Tierra se olvidaba de girar sobre sí misma para girar sobre ellos, bailar sobre sus caderas. Mario la quería, de eso estaba segura. Porque se habían enamorado nada más verse, en aquel vagón del metro hacía ya dos años. Y los amores a primera vista son casi eternos.

Ella también le quería. Y Mario nunca dudó de que ella le quisiera, todos los días. Le quería incluso los domingos, cuando Mario empezó a ser insoportable, a sufrir las crisis de los domingos, los abismos de los lunes. Y al final siempre discutían los domingos, porque a él le entristecían, y a ella le ahogaba que Mario estuviera triste estando a su lado. No lo entendía, ella le quería todos los días.

Pero Mario estaba triste los domingos, odiaba su trabajo. Y de odiar el trabajo empezó a odiar también su vida, a odiar los lunes y los martes, y después también los miércoles, hasta los sábados, porque al final todos eran vísperas del lunes, y los que no, eran el día después del lunes. Así que Mario se olvidó de los días, y se olvidó de quererla, aunque siguiera queriéndola todos los días que ya no existían.

Y ella le perdonaba, es el estrés del trabajo, es que hoy es domingo, y hoy es lunes, y es que encima hoy es martes. Y Mario no lo aguantaba, llegar a casa y verla sentada en el sofá, esperando angustiada a mirarle a los ojos para saber si también era lunes, o era domingo, o qué más da, su cara iba cambiando hasta que comprendía que sí, que hoy era lunes, y mañana también iba a serlo, y que aquello no acabaría nunca sin acabar antes con uno de los dos. Mario aún odiaba más su trabajo, y odiaba los días, y odiaba su vida, pero aún se odiaba más a sí mismo, por su amargura, porque la quería y no sabía quererla. Porque hacía tiempo que la Tierra, egoísta, había vuelto a girar sobre sí misma y ya no sabía bailar sobre sus caderas.

Pero ella lo intentaba, porque le quería, iba a buscarle al trabajo, buscaba planes para los fines de semana, teatros, conciertos, viajes, museos, sexo. Algo que le hiciera olvidar que aquel infierno era imposible y era eterno, que no tenía solución porque su trabajo tenía un sueldo de puta madre y aún así no bastaba para quitarse los agobios de la hipoteca, del fin de mes. No se rendía, y hacía lo que podía, estuvo haciéndolo durante meses que se convirtieron en años, porque al final ella también se olvidó de los días y de la última vez que se sonrieron cuando la Tierra aún se acordaba de enseñarles nuevos bailes. Y cuanto más lo intentaba, Mario era más insoportable.

Le agobiaba, Mario quería respirar, pero ella le ahogaba, iba a buscarle al trabajo y le organizaba esos ridículos planes de fin de semana, le obligaba a salir, para nada, para luego volver a casa y más de nada. Y otra vez era domingo, y otra vez aquel trabajo que se estaba quedando con lo que más quería, su tiempo, su espacio, poder olvidarlo, se había quedado con su sonrisa, y ella le hacía sentirse culpable. Le esperaba en casa a veces y le miraba atento, por si pasa algo, qué va a pasar, otra vez lo mismo, que es lunes, o es miércoles, qué importa, esta vida es una mierda, Mario nunca llegará a ser lo que soñaba, ni a tener una casa en la playa con un jardín en el que acostarse con su mujer las noches de verano. Se pasaría la vida trabajando para intentar vivir, y cuando pudiera vivir ya no habría tiempo. Ya se habría cargado todo lo que tenía, todo lo que con su trabajo había intentado mejorar.

Porque Mario se estaba cargando todo lo que tenía, lo único que tenía. Porque ella ya no sonreía, ya no iba a buscarle al trabajo, ya no le miraba, ni siquiera asustada, cuando ella a veces le esperaba en casa. Había dejado de soñar con una casa en la playa y un jardín donde secuestrar a la Tierra para que no saliera de sus caderas. Son las consecuencias de luchar contra la pared, de pegarle patadas un muro de piedra que nunca va a derribarse, de rogarle a la Tierra que olvide su fuerza giratoria y vuelva a acordarse de ellos. Ella dejó de sonreír, aunque le quería, pero como Mario, ella ya no sabía quererle, no podía, Mario no le dejaba. Así que se hundió, aceptó las condiciones de una vida que no tenía fin, que era casi eterna como el amor a primera vista. Se resignó, se limitó a vivir, sin saber si era jueves o sábado, sin teatros, ni cines, ni viajes, ni más planes ridículos para intentar recuperar lo que ya se había perdido.

Se quedó sin voz, o eso pensó Mario, porque ella ya no hablaba, ya no le miraba al volver del trabajo, ya no iba a buscarle, ni intentaba animarle. Y Mario la quería, aunque se hubiera olvidado de los días. Pero sólo supo que se había olvidado de ellos cuando recordó que era viernes, que aún quedaba mucho para volver a empezar la semana, que lo mejor que debería hacer sería comprar margaritas, sí, margaritas, porque a ella le encantaban y era viernes.

Pero cuando llegó a casa ella no estaba. Había salido a tomar algunas copas con sus amigas, había empezado a hacerlo últimamente, porque Mario ya no sabía cuándo era fin de semana, y ella no sabía cuándo le apetecería salir de casa. Y cuando volvió no dijo nada, se había quedado sin voz, vio las flores y se acostó. Mario se moría de rabia, no había dicho nada de las flores, le había comprado flores porque había recordado que era viernes y ella no había abierto la boca.

El silencio se rompió. Le preguntó si no le gustaban las flores, pero ella no respondió. He dicho que si te gustan las flores, y ella no dijo nada, se había quedado sin voz. Contéstame, por favor, te he preguntado que si te gustan las flores. Y sí, le gustaban, pero esas flores ya no arreglaban nada. Ella había luchado demasiado por salvarlos a los dos durante meses que se convirtieron en años, y se había rendido, había aceptado las condiciones de una vida casi eterna como el amor a primera vista. Con unas flores no se arregla nada. No volverá a girar la Tierra sobre nosotros porque le demos margaritas. Pues si no se arregla nada, dame las flores y las tiro por el balcón. Pues cógelas tú.

Y las flores y el jarrón cayeron siete pisos hasta estallar en la calle. Y detrás de las flores cayó lo que quedaba, todo lo poco que quedaba, del tiempo y del espacio. Se cayeron los días, y ya no podían quererse si hicieron añicos los días. Mario tiró las flores y tiró lo que le quedaba por luchar, ella tiró sus últimas esperanzas y se marchó, lejos, muy lejos, porque los amores a primera vista pueden morir si no se ven. Mario se quedó con el trabajo y la hipoteca, pero lejos de ella, porque los amores a primera vista sólo son casi eternos, y estando lejos quizá la Tierra algún día se acuerde de volver a bailar.

sábado, 18 de octubre de 2008

Este país


¿Sabes? Este país tuvo una oportunidad. No fuimos siempre unos desgraciados a la cola de Europa, a la cola del primer mundo. De hecho, hubo un momento en que éramos los primeros. Votaban las mujeres y el divorcio era legal,y aún se escandalizaban los revolucionares franceses, los progresistas ingleses. Este país tuvo una oportunidad. Una oportunidad de las de verdad. Y España siempre va al revés, democrática en un mundo de dictadores, oscura y prohibida entre el archipiélago de las democracias. Y siempre va al revés, pero te juro, y aunque no te lo creas, que este país tuvo una oportunidad. Esa oportunidad se llamaba República, Manuel Azaña, García Lorca, Clara Campoamor, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Federica Montseny, Gregorio Marañón, Dolores Ibárruri... Y también se llamaba libertad, derechos, igualdad, cultura, ciencia, revolución, poesía, arte, fuerza, sueños...

Este país tuvo una oportunidad que se llamaba República y se la quitaron. Se la quitaron a la fuerza. Porque este país sufrió la única guerra en la que ganaron los malos. Ganaron y se quedaron. España, los parias de la tierra, se quedó en la cuneta, con miles de enterrados. Y cientos de miles de sueños se fueron, con una mano delante y otra detrás, miles de sueños se llevaron España a Francia, a Argentina, a Méjico, a Alemania. Y España dejó de existir. Ya no existe, está enterrada en fosas comunes. Porque la España de verdad duró poco y la fusilaron, le arrancaron todo lo que tenía y la dejaron desnuda bailando en campos de concentración, dejándose la piel en los suburbios de París. Porque este país sufrió la única guerra en la que ganaron los malos.

Y aún hay más, ganaron los malos y se quedaron, y los sueños también tuvieron que quedarse más allá de sus fronteras, desengañados, perdidos, olvidados, callados, ultrajados. No existe España, esto es una mentira. Y los que perdieron eran los buenos, y no sólo perdieron, salieron corriendo, sin ayuda de nadie, y no volvieron, no volvieron, no volvieron. Los sueños jamás volvieron, se quedaron más allá de las fronteras, enterrados en las cunetas. Y nadie los ha desenterrado, nadie ha ido a buscarlos. Y los malos se quedaron, y los malos se siguen quedando, con la cabeza alta y los pies en la tierra, sus caras atravesadas por bigotes, ni rastro de vergüenza. Y algunos se han ido marchando, en tumbas distinguidas, funerales honorarios. Los malos, es increíble, los malos triunfaron y murieron triunfando. Y al final los buenos volvieron, sin la cabeza alta, sin los pies en la tierra. Porque esta tierra ya no es su tierra, porque a España la fusilaron, y ya no tienen camino para seguir andando.

Y han pasado treinta y tres años, y los buenos siguen siendo buenos, y los malos siguen siendo malos. Y España sigue sin existir, los buenos no tienen tierra, los malos mueren en su gloria robada. Lo que era legítimo fue olvidado, este es un país de hijos de puta. Con heridas abiertas después de cuarenta años. Este país no tiene memoria, tiene amnesia y falta de cicatrices. Y los buenos siguen en las cunetas, y los sueños siguen rotos. Porque pequeña, lo justo hubiera sido una República, una segunda oportunidad. Pero este país no da segundas oportunidades, este país fusila y olvida. Porque este es un país de hijos de puta. Porque este sigue siendo un país de hijos de puta, y aún brindamos por él y alzamos nuestras copas. Levántala tú también y brinda, porque este es un país de hijos de puta.

Este país fusila y olvida, por eso estamos hoy llorando aquí, porque después de treinta y tres años ya no habrá República, porque ahora tenemos que dar las gracias porque los esqueletos de los sueños resucitarán de las cunetas y no habrá culpables. Ahora es demasiado tarde, pero aún lloramos, aún damos las gracias porque nosotros somos los buenos, somos los sueños y siempre lo hemos sido. Y es tarde, pero vamos a hacer memroia y a contar historias terribles, porque este es un país de hijos de puta con amnesia, y tiene que recordar para poder ser España. Porque esto aún no es España pequeña, mientras haya cunetas y fronteras esto no será España. Por eso hoy brindamos por este país de hijos de puta, que tuvo una oportunidad y la tiró a la mierda, se la robaron y jamás la ha recuperado. Y porque aún hoy quedan hijos de puta, que dicen que con crisis el dinero debería dedicarse a otras cosas, menudos hijos de puta, sus sueños no se han roto, están en el Valle de los Caídos con la frente alta y los pies por delante, pero en la tierra. Así que vamos a contar historias terribles, y vamos a luchar, y si hay que hacer temblar a viejos con amnesia, temblarán. Porque nosotros no somos los malos y no queremos venganza. Queremos que se nos devuelva una parte de nuestro sueño, la justicia y los derechos. Porque queremos memoria, y queremos cicatrices. Y que no se repita, eso queremos, que no se repita. Porque nosotros somos los buenos y debemos salir de la cuneta. Es lo mínimo, lo mínimo, lo mínimo.

Este país tuvo una oportunidad, cuando aún se llamaba España. Y a destiempo volverá a salir, sin segundas oportunidades volverá a salir, tenemos paciencia. Porque ya sabemos que este país es todavía un país de hijos de puta. Viva la República, pequeña, Viva la República, alza tu copa que hoy ya no tenemos vergüenza, ya no brindaremos más por este país de hijos de puta, que agachen la cabeza, que hoy se va a hacer justicia. Y si no nos dejan hacerla, rodarán cabezas, eso te lo juro por las fronteras, ya no vamos a aguantar, que venzan los vencidos. Que ganen los buenos, los legales, los derechos, la libertad, la poesía, el arte, los sueños...y que Viva la República, pequeña, que Viva la República...

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