sábado, 6 de julio de 2013

El primero

Tenía el pie apoyado en la pared. Le parecía bonito, con las uñas pintadas de rojo. Él tenía la cabeza de ella apoyada en las piernas, podía verla desde arriba. Cómo se movían sus piernas, que parecían eternas, cómo sus pies, con las uñas pintadas de rojo, se iban apoyando, con más fuerza y con menos, en las paredes de la habitación.

Hablaban, o más bien él asistía a su reflexión. Que le había querido, como se quiere a un hermano. Que separarse le había dolido como si se muriera. Como si le arrancaran una parte del cuerpo que no sabía que tenía y sin la que no podía vivir. Pero tuvo que hacerlo, dejarle atrás, aprender a vivir otra vez, porque su vida era eso. Empezar desde la nada a crear la vida, una y otra vez.

Para ella era casi un juego. Nunca se había parado a reflexionar sobre aquella relación. Porque ya había pasado mucho tiempo, porque entonces era sólo una cría, porque no volvió a reconocerse en esa etapa y simplemente, la cerró. Pero ahora que había vuelto a empezar de la nada a crear la vida tantas veces, había pensado en cada parte, y aquella era la primera. La primera vez de casi todo.

Él la miraba desde arriba, desde una vista privilegiada. Podía verla entera y desde allí, no parecía tan grande como era. Había cambiado muchísimo. Se había eternizado y el horizonte estaba muy lejos de aquella habitación, de aquellas paredes que ya no tenían el mismo color. La había querido tanto. Se preguntaba, mientras ella hablaba, si volvería a existir un amor así. Tan inocente, tan matrimonial. Porque durante aquel tiempo parecía que la vida sería así para siempre. Que algún día encontrarían un trabajo en la ciudad, se casarían y tendrían unos hijos que irían al mismo colegio al que fueron ellos. Y sus hijos les verían envejecer, juntos, de la mano a todas partes. Pero ella tenía que volar, porque era mucho más grande que él.

Ella nunca estuvo hecha para esa ciudad. La vivió siempre sabiendo que no era suya. Y quizá por eso la conocía mejor que ninguno. En realidad, siempre fue así. Nunca se sintió de ninguna parte, nunca ningún lugar fue su casa. Y lo fueron todos. Por eso, aunque le doliera, siempre supo que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no se casaría con él, que no tendrían hijos y no irían al mismo colegio en el que ella creció. Y le dolía pensarlo, pensar que no envejecerían juntos. Pero ella había nacido así, no había elegido no ser nunca de ninguna parte, tal vez estaba escrito o tal vez no, pero era lo único que nunca podría cambiar.

Y se lo dije. Con mi pie apoyado en la pared y las uñas pintadas de rojo. Sabiendo que me veía entera desde arriba y yo parecía pequeña. Que le quise como a un hermano. Que me dolió saber lo que siempre supe, que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no nos casaríamos, que no tendríamos hijos ni irían al colegio en el que crecimos. Que la ciudad nunca sería mía, que yo no estaba hecha para estar mucho tiempo en ningún lugar, que mi vida había empezado y terminado muchas veces. Que le había olvidado rápido. Que lo único que nunca pude cambiar es que siempre supe que me iría, que me iré. Apretando con mis pies la pared se lo dije. Que le quise, que le quería, que querré siempre a cada mujer que fui, aunque nunca vuelva a reconocerme en ella con el paso del tiempo. Y querré a todos los que fueron conmigo, intensos, dando cada paso que me trajo a cada lugar, a cada mujer nueva.

Y lloré cuando se lo dije y lloro cuando se lo escribo, porque él fue el primero. Porque fue la primera vez de casi todo. Tú, fuiste el primero.

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