lunes, 20 de julio de 2015

Armstrong

Salto de cabeza y entro justo, por tu ombligo. Me siento una invasión fácil, una especie de Napoleón que campa a sus anchas por nuevos dominios. Respiro allí adentro, buceo y no me ahogo. Exploro como los niños que no conocen el miedo. Me veo por todas partes, los espejos me señalan sin ahuyentarme.

Nada puede cortarme. ¿Cuántos seres vivos han habitado este lugar? Me siento en la Luna. Soy la primera mujer que se abre paso en tus adentros. Estos son mis campos. Esto es mío. Me deslizo y subo desde tus tripas hacia arriba. No quieren soltarme y a la vez, se pliegan ante mí. No quiero despertarte. Me abrazo a tu esófago como una bombera que baja a los incendios, pero al revés: subo a los cielos. Tus pulmones marcan el ritmo tranquilo con el que trepo. Nunca llego a sudar.

 Desde aquí arriba todo parece un campo de trigo. Suave, pacífico. Tú no lo notas pero yo, lo toco todo. Sé dónde empiezas a pinchar. Sé dónde te duele, dónde te ha dolido. Miro cómo te reparas y conozco que a veces, tardas más. Los campos de trigo tienen balas acumuladas, espacios quemados por el sol, nuevas hebras, sabias espigas. Mis huellas suelen quedarse y de momento, no veo otras más marcadas que las mías. Tal vez han estado aquí antes pero yo, cuando paseo por ti, soy Armstrong.

Llego al epicentro. Ya sabes que yo no nunca renuncio al núcleo. A estas horas es, también, apacible. Nada que ver con tus manías, con el amor que me haces, con las carreras, con el que te hago. Bombea, decide con firmeza seguir, cada milésima de segundo. Me siento a respirarlo, a saber que está ahí, que no te deja. Tienes un corazón enorme, un Amazonas lleno de abetos. Perenne. Y cuando acelera, como si el viento soplara, vuelvo a deslizarme hasta tu ombligo. No quiero estar aquí cuando despiertes. Salto desde tus tripas y asomo a la superficie. Camino por tu pecho y vuelvo a mi estado natural.

No quiero perderme el momento en el que vuelves y me aprietas contra ti. Como si supieras que yo ya sé que está todo bien. Como si tú también volvieras, Armstrong, de tu paseo por mis campos de trigo.

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