domingo, 19 de septiembre de 2010

El Reencuentro

- Tía, lo tuyo es muy fuerte.
- ¿Cómo?
- Ya sé que tú no eres de hablar con estas palabras. Yo tampoco, pero desde que no estás...
Desde que no está. A lo tanto ya ni siquiera recuerda cuál fue la última vez.
- Bueno, sí, te hice algunas visitas ¿no? Acuérdate del día que le escribiste al Pantheon de Roma, estaba contigo.
- Fugaz, puta.
Fugaz. Efímera. Temporal. Todo lo que implicara que ya no está con ella. Que hace mucho que no está. Ya no la sienten sus dedos, ni sus noches, ni aquellos ataques repentinos.
- ¿Es porque no estoy enamorada?
Se ríe. Vaya una carcajada profunda.
- ¿Tú? Perdona, pero, ¿de verdad crees que existe la posibilidad de que tú no estés enamorada?
Y ella se muerde los labios, y calla, que ni Curro el Palmo. Y como quien calla otorga, se absorbe en el vaso de agua. En cualquier vaso de agua que tuvo cerca cuando ella estaba, le daba empujones y le quitaba horas de sueño.
- Quizá es todo más latente, como subrepticio.
- Me estás forzando.
La está forzando. Parece mentira que hayan estado juntas desde que ella tenía catorce. Como si no la reconociera.
- Es que has cambiado tanto.
- Es que tú no te das cuenta de nada, la que ha cambiado eres tú nena, la que ha transformado todo lo que le hacía soñar, la que ha cogido su vida entera y la ha hecho latente y subrepticia, eres tú, no yo. Yo me he limitado a abandonarte, y recuperarte cuando volvías en ti.
Recuperarte. En cualquier parte como Ferreiro. O en ninguna, en realidad.
- Pero es que yo ya no soy lo que era. Soy mucho más feliz ahora.
- Sí, y mucho más seria, y más consciente. Bueno, mi abandono es el precio que tienes que pagar por haber dejado de ser una kamikaze.
Kamikaze. Tan fácil como estrellarse contra todo.
- No. Ahí no entres. Me hice mucho daño, mucho más del placer que experimenté.
- En realidad, confieso. Echo de menos tus lágrimas, cuando te quedabas en el rincón aquél y suspirabas, y escribías, y escribías, y escribías.
Y escribía. Escribía mucho y muy bonito. Y era todo lo mismo, sobre lo mismo. Una espiral podrida, rezumando a todos los juramentos incumplidos. Hasta el real. Hasta el sofá donde hablan ahora, que sigue siendo el mismo sofá pero nadie lo adivinaría.
- Pues lo siento. Siento no llorar. También me quedaba en el balcón como una imbécil esperando al príncipe. Si es eso lo que echas de menos, arrivederci preciosa, no pierdo ni un sólo minuto en el romanticismo machista del dieciocho. No voy a representar una vez más el doloroso, interesante, nostálgico y dulce rol de los enamorados condenados, y de todo lo trascendental que no existe. No voy a inventarme más.
- Vengo para quedarme, para recorrerte y hacerte temblar como antes, mucho más que antes, para que nos hagas temblar a todos, a mí también, como cuando escribiste La Nariz, y siendo tú. Tú.
Siendo ella, siendo, yo.
Inspiración se levantó del sofá y se tumbó en mi cama.
Me dejó un espacio amplio lejos del rincón de lágrimas.
Porque yo no he acabado todavía.
De hecho, esto ni siquiera acaba de empezar.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Rápida

Y dio otro bocado. El inconfundible sabor del queso fundido con la cebolla frita. Cebolla de plástico claro, como la de las tiendas de juguetes, y el queso será de una leche a punto de caducar, pensó. Otro bocado más. El toque indefinible de la salsa especial. Que atosigarán a especias y seguro que podría servir mejor en una industria nuclear, pensó también. Último bocado. La carne, bien hecha por fuera y más suave por dentro. Carne de vaca. Claro, aunque seguro que era la vaca entera lo que descuartizaban. Sin distinción, pensó en la cola para pedir la segunda.

martes, 7 de septiembre de 2010

Que pasen los años

Por más que la mira, no reconoce en ella a su amante. Su compañera de viaje y de cama. Ya no está. Se ha escondido detrás de las ondas, detrás de unos pantalones de estampado árabe, que en su opinión no hacen justicia a la tensión que transmitían los temblores de sus muslos cuando reventaba el suelo a taconazos. Aunque las uñas de sus pies, pintadas de rojo, le devuelven parte del fuego que ya no arde. Y es cierto que en el ambiente la inspiración ya no huele a musa, pero el verde sigue siendo su color favorito, la camiseta, el bolso, el collar. Esa manía persecutoria por llevar un color al menos, dos veces. Y algún entresijo queda, remoto, tranquilo, en la mirada que aún no sabe si quiere reír o llorar. O lo inoportuno del piropo cuando llega el camarero.
- Estás imposiblemente guapa.
- Para mí un café con leche y con hielo, por favor.
Le dedica la mejor de sus sonrisas. Siempre fue muy amable con los trabajadores de su ocio, como si ya fuera mayor y ya hubiera alcanzado la clase alta desde la que miran las carreras brillantes que empezaron fregando suelos. Pero ella aún está empezando, no hace mucho que soñaba con que sus amigos escucharan su voz en alguna radio seria, de esas que los hijos empiezan a escuchar cuando maduran, y sintonizan a sus padres.
- Bueno, son los únicos que creen a pies juntillas todas mis crónicas. Si pienso en ellos delante del micrófono, ya no estoy nerviosa, ya estoy hablando delante de un café con leche y con hielo en algún bar como éste, y ya no parece tan importante.
Porque ya no es importante. Porque ya no está. Pero se ríe igual que cuando yo le decía que la escucharía.
- Siempre tuviste una voz muy radiofónica.
- Eso dicen.
- Lo haces muy bien.
Debería decírselo. Que todavía tiene dedos de pianista cuando agarra el vaso y bebe café con leche y con hielo. Aunque acabara vendiéndolo para comprarse una mesa de sonido, un micrófono y un ordenador de ésos que sólo sirven para trabajar. Ya no está.
- Voy a estar unos días en Madrid, por si quieres tomarte otro café con leche y con hielo conmigo.
- Tengo que irme. No sé, no sé si tendré tiempo. Estoy liada.
Y además no está. Mira la hora en el móvil y lo guarda en el bolso. Verde. Se levanta, sonríe ya de medio labio, y aunque ya no lleve tacones el suelo se mueve, o ésa es la impresión. Un beso en la mejilla, uno, aunque siga poniendo la otra.
- Dime a qué hora puedo escucharte.
- No sabría decirte una en concreto, quién sabe cuándo hay que echar a correr hacia el estudio.
El otro medio labio sonríe. Se va. Ya no está. De vuelta al coche, busca su frecuencia, qué curiosa, frecuencia. Las radios serias suenan distintas, como a un montón de gente sujetando el cable que va desde la voz hasta cada oído. Como un hilo firme, sostenido, que nunca se corta. Pero hoy su voz suena a principiante. Se equivoca. Se está equivocando. Parece importante. Está. Lejos del café con leche y con hielo.

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