martes, 29 de junio de 2010

Habana


¡Mierda!¡Mierda, mierda! Entre dientes, Afonso. Ya no escucha la televisión, sólo maldice. Zapata ha muerto. Mierda. Aprieta los puños y olpea los posabrazos del sofá. ¿Pero ésta qué mierda de mundo es? Piensa en Gandhi. Éramos más progres, más libres, más revolución hace cincuenta años. Qué asco.

Qué asco. Alfonso se levanta como si le fuera a caer un rayo. Con la misma velocidad, se mueve de un lado a otro del salón, a grandes zancadas, como si acabara de salir fuera de sí mismo y se hubiera visto allí, medio dormido en el sofá, y le hubieran atacado de repente todas las ganas y las esperanzas de que aún hay tiempo para reiniciar.

Entonces Alfonso se acuerda del 53, condenadme, la Historia me absolverá. Mierda. Seguro que todavía sigue por ahí. Las zancadas parecen encontrar un rumbo, las manos, vacían el cajón como si fueran de un ladrón buscando el diamante en la casa del rico. En uno de los rincones, doblada tres veces, seguía aquella bandera, o aquel trozo de tela. La cara, en blanco y negro, el fondo rojo, la mirada clavada en el horizonte, la estrella de la revolución.

Hasta la victoria siempre. Alfonso rompe a llorar, abraza la tela y le habla. Menos mal que tú esto no lo ves, menos mal. Si vieras lo que han hecho contigo...

Se viste con ella. Tiene una idea. Y las ideas son así, tienen que ser ya. Se ata la tela al cuello, como los niños pequeños se atan la bata del cole para jugar a los superhéroes. Se ve ya delante de la Casa Presidencial. Cierra los ojos. Se desabrochará la chaqueta. Venga, venga. Las zancadas vuelan hacia la puerta, casi no ven las escaleras. Se escucha gritando ¡Traidor, te has olvidado de algo! Atraviesa las calles, se bajará la chaqueta y le dará la espalda. ¿Te acuerdas, te acuerdas? Y sus ojos se clavaran en los del rostro impreso en la tela. Acuérdate.

Camina deprisa, y corre cuando se oye gritar ¿dónde está tu pueblo? ¿dónde tu revolución y tu comunismo? ¡Baja con nosotros! Será rápido, tiene que ordenar el discurso, porque está viendo ya a los guardias. ¿Te acuerdas traidor? Y los guardias se abalanzarán sobre él. Ha empezado a llover. Y siente ya el asfalto mojado en la parte derecha de la cara. Ahora camina, un poco más despacio. En el lado izquierdo, la bota del guardia.

Seguirá gritando, cada vez más bajo, no has sabido cuidar de tu pueblo, qué mierda de revolución es ésta. Qué comunismo. Se escuchan, de lejos, las notas de la salsa. Las zancadas, poco a poco, se ralentizan. El impulso de la idea pierde latido, es ya paso. El guardia lo encadenará a unas esposas, casi de por vida. Detrás de la esquina, el Café Cantante, si Zapata hubiera bailado… Ya estará en comisaría, un par de horas, quizá más, una vida. Los pasos se hacen baile. Se desata la tela y la dobla tres veces, antes de sentir la música. Si le cabe en el bolsillo, aún puede entrar y entregarse a la salsa.

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