jueves, 1 de diciembre de 2011

El amor grande

A Manuela no le gusta pensar que fue triste. Huye de sí misma por sí misma cuando encadena un pensamiento con otro y llega a lo que cualquiera sabría que es certeza. Lo arruinó todo por triste. Así de simple y de absurdo. Y así es el golpe que cada vez que estampa contra Manuela, logra esquivar. Que no, que no es para tanto. Que como ahora le echa de menos le parece que no le sonrió lo suficiente. Es eso. Será eso. No que fue triste, no lo fue.

No le gusta pensarlo, pero lo piensa. Manuela piensa en todo lo que estaba fuera, y acabó por estar dentro. La tristeza de los demás, de los otros demás, de todo el planeta. Y que joder, todo el mundo sabe que a estas alturas del cuento ya no se hacen grandes cosas por amor. Se cometen locuras sí, se escriben libros enteros y películas, se hacen viajes y se gastan cantidades enormes de dinero. Pero el amor ya no cambia vidas, no desvía rumbos, no transforma sueños ni frena destinos. Ya no se hacen grandes cosas por amor. ¿No?

Y Manuela en el fondo sabe que fue triste. Por más que recorra los mil pasadizos llenos de excusas que explican que ella es hija de este siglo, de esta sociedad que se muere y que nunca volverá a pensar igual, que pasarán por sus ojos, su corazón y su vagina unos cuantos otros que escribirán sobre ella, por los que hará viajes, la certeza se esconde allí al final. Fue triste. Lo tuvo, y fue triste.

Aunque fueran los demás. Aunque fuera lo demás. Manuela no supo agarrarlo, subirse a él y sentir lo que ya no se siente. Flotar, volar, sonreír en el metro y regodearse en los planes pequeños y en los grandes proyectos.  Manuela escribió mucho, pensó incluso en guiones para películas que nadie produciría, hasta hizo viajes y se gastó enormes cantidades de dinero, para ser quien era. Pero no hizo grandes cosas por amor. Esas cosas grandes que ya no se hacen porque ya no somos los de antes. Por eso fue triste. Por eso se escapó entre las tristezas que ahora sabe que son pequeñas.

Manuela se mira en el espejo. Fue triste, se dice, fue triste, y se repite. Se dejó arrastrar, y no por los demás, ni por lo demás. Fue ella, se dice, fue ella, y se repite. Será que no estaba. Será que no era. No sonreía Manuela como al principio, como cuando hablaban del futuro que es presente. Y no sonríe porque no puede. Porque es una putada de las grandes conocer el amor grande en los tiempos que corren. Y claro que fue triste. Porque no podía no ser triste.

Y vuelve a recorrer el camino de vuelta. La caja de resonancia, la tarde en el parque. Y recoge las sonrisas, los empujones, los impulsos, los mensajes. Porque no todo fue triste. Y con todas esas piezas termina de escribir. Porque entre otras cosas, a su edad nunca es tarde. Y porque entre estas otras, es de noche. Y sólo de noche se hacen esas grandes cosas por amor, que ya no se hacen. Porque sólo sabiendo que el amor grande no existe, en esta sociedad que se muere, se puede creer y crear en él.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no se puede contar

Hay cosas que no se pueden contar, es mejor admitirlo que intentarlo, y tener que admitir una derrota presagiada. Hay cosas que forman parte del territorio de lo inexpresable. Se sienten, o ocurren, y no se pueden expresar. Se pueden compartir, pero no definir. Cuando un aguijón se clava en un lugar concreto, arrasa una zona que desaparece, y al desaparecer, no se puede explicar. Anula por completo la palabra, y el silencio conquista el reino.

Y el silencio se puede tocar. Es indestructible, se puede comer, pero no destrozar. Y crece, crece hasta que se olvida. Se pueden dar mil vueltas, rodear el silencio, intentar atacarlo hasta acercarse, y acercarse mucho. Pero hay cosas que no se pueden expresar, que no se pueden contar. Hay tristezas que calan más allá, mucho más allá, no sé dónde, porque no puedo llegar a ellas. Quizá es en algún mar, puede que en un estanque. Pero sé que hay tristezas que cruzan todo lo narrable. Que hay estados que se cuelan en cada uno y no tienen razón, ni raíz. O quizá sí. Pero no se pueden contar.

Y a veces ni se saben. Hay tristezas desconocidas, que salen a la superficie cuando algo ocurre. Cuando no encienden el interruptor de la luz, o vuelcan el bolso cuando vas a salir de casa, o hacen agujeros en las medias. Y entonces, el silencio. El silencio implacable que no se puede romper, pero se puede tocar. El silencio que arruina los días, que los pinta de gris oscuro casi negro, que reduce a líneas las sonrisas y se mete en el metro contigo todos los días, y acompaña a todos los matices de gris que se entierran en el mismo vagón.

Y ya no hay alegría. O sí, pero no es auténtica. No es la alegría que no necesita vestidos de colores, ni rayos de sol, ni césped recién regado, ni un mar de fondo. Y no se puede salir, porque el silencio se traga y vive dentro de ti. Y de mí.

Y yo no quiero creerlo. Pero hay un silencio, aunque sea muy pequeño, dentro de cada uno.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Maldito Noviembre

Lo odio. A él y a todo lo que pasa por él. Es frío y lluvioso. Pero no es ni el frío de castañas, ni la lluvia bohemia. Es el frío duro, seco, madrileño. El que se cuela cada vez que el tren abre sus puertas para recordarte que aún te quedan más paradas de ida, y otras muchas más de vuelta. Es la lluvia que no quieres que te moje, el día que no llevas botas y se te ha roto el paraguas. Noviembre no tiene nada de trascendental. Es el mes encerrado en una cúpula sin cristales, que fue construyendo para no escapar.

Y yo también paso por noviembre. Y tú. Y no me queda más remedio que odiarnos, a nosotros, y al metro, y a las calles, y al desayuno, y a las siestas, y a los vestidos alegres que escojo para huir de él cada noche de noviembre. Y a las películas con las que intento salir de aquí, llegar lejos, más todavía, sabiendo que en casi todo el mundo, también es noviembre.

Si pudiera lo mataría. Lo agarraría de sus ramas desnudas y lo haría trocitos. Ni siquiera me gusta el sonido de sus ramas al partirse. Pero lo quemaría, dejaría que ardiera hasta que octubre se funda con diciembre y no exista más. Porque noviembre es el mes para partirse el corazón, para pararse y ver que un año más ha pasado y no todo sigue igual, es peor. Es un mes afilado, cortante hasta la depresión. Es oscuro, oscuro y malo. Noviembre nunca fue feliz y así intentó que ninguno lo fuéramos.

Muérete noviembre. Yo sucumbo a tu infelicidad, me dejo arrastrar por tus vientos hasta la habitación sin balcones. Elijo la luz artificial para marchitarme, el jarrón del agua con cenizas para no crecer, el colchón de hojas húmedas para que me rodeen y hundirme en ti. Pero contigo dentro. Tú nunca serás feliz noviembre, y yo sobreviviré a ti. Te tendré miedo, todos y cada uno de los años en que te sobreviviva, te temeré. Porque no hay nada peor que noviembre, peor que tú.

Y no podré matarte. Porque eres peor que inmortal. Me entregaré a tu sufrimiento y aún así, no serás feliz. Porque no hay nada peor que darte lo que quieres. Hasta que sea demasiado tarde para darte cuenta de que aún te quedan once meses mirándome para intentar amargarme. Y yo voy a deprimirme contigo hasta que no sepas quién es noviembre. Hasta que olvides que un día fuiste un nombre precioso, para el peor mes de todos.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Il Pantheon


Podría como siempre, refugiarme en la escritura. Quejarme a modo de escritora maldita de que nadie me quiso y rechacé a quien lo intentó. Podría hacer dudoso alarde de la sangre malgastada en perseguirte, incluso, perseguíos, y dejar que el viento me acaricie con la suavidad que yo no tuve cuando me quisiste tú, incluso, vosotros. Podría, y de hecho más que puedo, hago, seguir creyendo que todo lo que escribo tiene un mecanismo que le permite existir y penetrar en alguien para provocar algo que recuerde casi tanto como un orgasmo, de los de andar por casa. Como si yo fuera a hacer mella en alguien que un día me dijo, llegarás lejos, porque me sorprendió en la lucidez que me penetra a mí, cada vez más de vez en cuando. Como si yo pudiera olvidar las gafas de pasta y la calvicie, clave indicio de madurez y futuro éxito literario, que me lanzaron críticas constructivas, hasta frenarme, frenarme y no lamentar que un disco de plástico con media vida escrita se fuera, como yo cada vez menos de vez en cuando, al rincón barato donde huele a letras de fábrica y bestseller fordista. Y aún así, aquí estamos, porque podría pero no, refugiarme en a escritura y prueba de ello que me visita, la puta aquélla, menos veces y menos tiempo. Y todo para decir que si aquí estoy, mucho después de los quince, cuando la falacia es legal y el victimismo una gran fuente de justificación y deseo, y atracción, y todo lo que suene a centro dramático norteamericano, es porque, y eso sí que puedo, trasladar admiración, conversación y encuentros fuera de lo corpóreo, de las personas a las ciudades. Me veían venir, pero estoy mucho más por encima de la punta de iceberg que creen avistar, infelices espectadores. Las ciudades me leen el alma, se acoplan a mí y deciden llover o solearme, sonreírme, como si yo fuera a través de ellas, dios o una manifestación de lo más puro. Como si ellas, fueran más capaces que yo de hacerme comprender, ellas, que tienen más conversación y a las que he amado, y a las que he llorado, mucho más que a muchos. Sangre, que biengasto en abrazarte, porque a nadie como a ti, y tú a nadie como a mí. Que nos acaricie en sus siglos el viento, y si a la escritura vuelvo, que me leas tú.

jueves, 27 de octubre de 2011

El cuchillo de postre

Practiqué muchas veces. Sobre todo por las mañanas, cuando había cualquier objeto que inaugurar. Me despertaba escuchando sus gritos, antes de que sonara mi despertador, las palabras que cuando estaba muy borracho, no podía entender. Los tumbos, como una pelota de pin pon a cámara lenta, que daba por el pasillo, intentando llegar en pie hasta la cama. Entonces me levantaba de golpe, apretaba cada músculo de mi cuerpo lo suficiente como para dejar de querer seguir durmiendo. Y después aflojaba uno por uno hasta los ojos. Respiraba profundamente, y los abría. Otro día más en este infierno de silencio en el que nadie hacía nada.

Ponía los pies en el suelo y buscaba las zapatillas. Daba pequeños paseos por mi habitación, cada vez más rápido, y todo lo silenciosa que podía, hasta que escuchaba cerrarse su puerta. Ésa era la señal para abrir la mía. La puerta a diez minutos de placer hasta que tuviera que meterme a la ducha para ir a clase. Al menos había algo bueno en que me despertaran antes sus grados de alcohol que mi despertador.

Deslizaba las zapatillas por el pasillo. Era un poco inocente, porque la mona que dormía no la hubiera despertado ni bailando claqué hasta la cocina. Y cuando me encerraba allí, respiraba tranquila y me sonreía a mí misma. Era mi momento, el momento en el que practicaba, el momento en el que me desahogaba ensayando cómo iba a matar a mi padre. Buscaba el bote nuevo de café y daba rienda suelta a mi imaginación. Pero esa mañana decidí que iba a hacerlo. Que ensayaría por última vez y después, lo mataría con el mismo cuchillo.

Disfrutaba con cada progreso. Era fácil. Desenroscaba la tapa del bote de café, y durante algunos minutos, me quedaba observando el papel, casi siempre plateado, que separaba el café abierto del que se inaugura. Acariciaba la imperturbable superficie, me regocijaba en los últimos segundos de esa virginidad industrial. Y sin dejar de mirarla, daba un par de pasos hacia atrás y con una de las manos abría el cajón de los cubiertos. Me gustaba escoger el cuchillo de postre, porque era casi tan inocente como el bote de café, como mis manos, como yo. Y entonces lo agarraba con fuerza, y volvía acercarme a él. No dejaba de mirar la superficie que iba a ser brutalmente asesinada. Y antes de volver a respirar, atacaba la tapa plateada, la acribillaba a puñaladas tantas veces como fuera posible. Una, dos, tres. Y todas las que pudiera. El papel parecía resistirse, seguía tenso a las primeras embestidas. Saboreaba cada vez que penetraba el cuchillo en ese sonido hueco, suave y a la vez, ensordecedor. El café se rendía. A modo de bandera blanca, estornudaba polvos. Pero yo continuaba con alevosía hasta que las heridas se unían y el papel se rasgaba por completo, y la tensión desaparecía.

Matar a alguien no debe de ser muy diferente. Matarle no debe de ser muy diferente, me repetía mientras admiraba mi obra, y así todas las mañanas. Después me sentaba en la silla de la cocina y pensaba en el cuándo. Cuándo sustituiría el café nuevo por mi padre. Y siempre concluía que tendría que ser espontáneo, que cuando hubiera practicado más algún día enloquecería y me atrevería a hacerlo. Y esa mañana lo decidí. Después del último ensayo, el último de todos, lo mataría. Con el mismo cuchillo de postre. Ésta era la definitiva.

Esa mañana no encontré ningún bote de café nuevo. A veces ocurre. Pero seguí buscando y me topé con un bote de colacao, y de repente fue diferente. Diferente porque todas las veces era capaz de concentrarme sólo en mi odio, sólo en la superficie plateada que era la diana de toda mi ira. Pero cuando mi mano agarró el bote de colacao me vinieron a la mente otras imágenes que no podía apartar. Recordaba una mañana de fin de semana en el supermercado, una de esas mañanas en las que decidía acompañar a mis padres a hacer la compra, cuando se acercaba el verano. Quería el regalo que venía con el colacao. Cada año el que fuera. Pero cuando enfilábamos el pasillo de los desayunos, mi madre me decía que eran cinco kilos, que me iban a durar años, que pesaba mucho, que lo que fuera. Y yo ponía una cara muy triste y no decía nada. Me quedaba mirando la caja grande de colacao mientras nos alejábamos hacia otros pasillos. Pero cuando estábamos en la cola para pagar, mi padre se acercaba a mí y me preguntaba si iba a bebérmelo todo. Yo asentía, y empezaba a sonreír. Entonces mi padre desaparecía y volvía con los cinco kilos y la baticao, o el boli invisible, o el yoyó automático.

Aquella mañana no podía dejar de pensar en ese recuerdo. Agarré el cuchillo de postre con todas mis fuerzas y acribillé una y otra vez la tapa del colacao. Pero no pude disfrutarlo, incluso algunas lágrimas se deslizaron por mi cara. No podía dejar de verme con diez añitos, ahí sentada en el carro, viendo cómo mi padre se hacía paso entre la multitud del supermercado como un héroe, mientras mi madre ponía en la cinta todo lo que habíamos comprado. Y volví a apretar el cuchillo. Él tenía la culpa de todo. Así que decidí ir a su cuarto. Tenía que matarle, tenía que hacerlo ya. Él era el culpable de todo.

Cuando entré en la habitación, ya no roncaba. Dormía boca abajo, con una respiración profunda. Observé su espalda. Lisa, como la tapa del colacao. Pero no estaba tensa, no me desafiaba, no me esperaban polvos de chocolate al otro lado de esa superficie. Me acerqué a él y respiré hondo. Cerré los ojos. Levanté el brazo. Los volví a abrir. Volví a mirarle. Levanté más el brazo. Volví a respirar. Se me escapó una lágrima, y entonces empecé a llorar. A llorar como cuando tenía cinco años, o diez, o los que fueran. Como si nunca me hubieran comprado los cinco kilos de colacao.

Me di la vuelta y miré el cuchillo. Pensé en despertarle y decírselo, que quería matarle, que le odiaba. Pero no sé aún cómo, volví a la cocina, y con los ojos borrosos dejé el cuchillo en el fregadero. Me acerqué al bote de colacao, y con las manos, le fui quitando el papel que había rasgado. Lo cerré y lo dejé en su sitio. Y me volví a la cama, a la cama de la que seguiría despertándome con sus gritos, con sus tumbos por el pasillo. Y supe que no escaparía, que me quedaban todas las tapas, todos los botes de café de mi vida por asesinar.

domingo, 9 de octubre de 2011

Cartas a Miguel


9 de marzo de 1939
Hace tiempo que no sé nada de ti, Miguel. Y tiempo hace que este pueblo no respira, sólo grita, corre, huye. Se ensordece. Tirita bajo los bombardeos y le rugen las tripas. Clama a sus dioses, a estos gobiernos, a ritos paganos y trucos de magia. Y mi niño se estremece, sonríe por las mañanas y cuando pasa el día empieza a llorar. Otro día más igual, otro día de cebollas, panes negros y duros como rocas. Cada vez llora antes, él y todo el pueblo. Pero yo me resisto. Yo pienso en ti Miguel y me como los rayos de sol, bebo de las gotas de lluvia y no escucho los estallidos de las bombas. Y escribo, que para eso me enseñaste. Estaré escribiendo hasta que deje de respirar.


11 de marzo de 1939
Todo el pueblo corre. Se asusta. No hablan, no van a los bares, no abren los bares. Las señoras no van al mercado. No abre el mercado. No queda nada, casi casi nada. Pero yo no me rindo. Aunque sólo quede una cesta con muy pocas cebollas Miguel. Aunque mi niño se eche a llorar cada día un poco antes. Yo me ato el moño y salgo a pelearme por algo de comida, por alguna sonrisa, y todos los días pregunto si ha llegado alguna carta de ti. Hace tiempo que no escribes, pero sé que estarás bien, que mientras, seré yo quien escriba para mandarte un poco de luz.


13 de marzo de 1939
Lo que me preocupa es que hace días que no llega nada al pueblo. Y la cesta de cebollas va menguando. Y al niño no le gustan, a mí tampoco me entusiasman. Pero yo trago y trago y luego le doy el pecho. Que para eso soy su madre. Pero quedan pocas. He pasado de comerme una o dos cebollas cada día a comer media. Porque tienen que durar hasta que lleguen más a los mercados clandestinos. Por eso están todos tan nerviosos, tan nerviosos que al final me lo van a acabar pegando. Pero aguanto Miguel, porque hace poco que te fuiste, y dentro de poco volverás. Lo sé.


17 de marzo de 1939
Los bombardeos son cada vez cada menos tiempo. Los que pueden correr, son cada vez más rápidos, y los que se esconden, cada vez más listos y más sigilosos. Yo con este niño no puedo ni una cosa ni la otra, porque no hace más que llorar y porque además, hace días que me cuesta un quintal hacer cada cosa que hago. Para correr estoy yo. No ha llegado nada al pueblo, ya no me quedan casi cebollas. Si nada cambia en un par de días ya no tendremos qué comer, ni a quién acudir. Y cada vez se oyen menos gritos de los demás y más de mi niño. Yo respiro, extiendo los labios y le sonrío a mi niño. Aunque se parezca cada vez menos a una sonrisa y cada vez más a una línea.


19 de marzo de 1939
Han escapado del pueblo los caballos, también los toros. Ayer vi a una mujer en las llamas de su casa. No es que no haya nadie, es que los que están se mueren. He visto también a un hombre con su espada rota, tirado en el suelo. Ya ni siquiera hay flores. Y no hay luz, lo que sea que levanten las bombas no deja ver nada. Y este niño no para de llorar, no para de gritar. Y no quiero que pare. Yo lloro también. Sí, Miguel, donde quiera que estés. Si aún estás aquí. Si el niño deja de llorar ya no lo veré. Vuelve pronto Miguel.


26 de marzo de 1939
Sólo queda media cebolla. Queda la mitad de un día. La mitad de una sonrisa.


28 de marzo de 1939
Ya no escucho al niño. Al mío, al nuestro. No llora. Ni escucho al pueblo. Ni a las bombas. Sólo soy yo, gritando porque ya nadie respira. No respira Miguel, el niño ya no respira. Y yo tampoco.







domingo, 2 de octubre de 2011

La otra Torre

Lo cierto es que me he parado muchas veces a mirarla, y nunca la he mirado de verdad. Incluso he hablado con ella, si mal no recuerdo. De que me haya dolido el cuello al hacerlo, me acuerdo seguro. Y sé que me parecía preciosa, que me lo parece. Y conozco muchos de sus datos, y tengo muchas fotos de ella. Incluso, sé más de ella que de otras torres que están por delante en la lista, en mi lista de edificios. En la lista de cosas inertes a las que he decidido amar. La lista de lugares con los que me gusta hablar. Y de hecho, ella ni siquiera está en la lista. Y ahora que lo pienso, no sé por qué. Cumple todos los requisitos para ser un monumento en el que parar el reloj, y no perder el tiempo. Quedarme mirándola, y que todo lo demás no exista. Como si fuera yo, pero más alta, y más delgada, y mucho más grande. Como encontrarme en un yo estático que ya lo sabe todo y que me susurra sólo algunos de los pasos que daré después, cuando decida que el reloj vuelve a funcionar. Que ha estado ahí toda la vida, que sigue siendo una niña de pelo corto y castaño, que me quiere como me quiero yo, porque somos la misma. Y además, es mujer. Y me mira desde arriba y deja que me perdone, me acaricia la cabeza y vemos juntas todo el plano de la vida. Me deja verme desde fuera, y me devuelve todo el reloj en calma, en pasos firmes que confirman que sí, que seré lo que decíamos. Lo que siempre creímos aunque no supiéramos ni cómo ni por qué camino.

Pero no está en la lista. Y quizá no está porque no me he presentado de repente en sus narices después de tropezarme, perder el equilibrio, y tener tiempo de querer parar el reloj para que me ilumine. Triste, abandonada y con nostalgias suficientes para acumular entre sus hierros. Pero qué ganas me han entrado de verte. Cuántas ganas tristes, perdidas, pequeñas e inocentes. Sin saber lo que dirás, cuando estés como los otros dos, en la lista de edificios con los que siento la necesidad de hablar, para encontrarme.

domingo, 31 de julio de 2011

De cuando fui escritora...

De cuando fui escritora, aún conservo, lápiz, papel, algún rincón de aire. De viento, de cierzo. Pero no recuerdo más, ya no sé cómo se escribe. Ya no sé, si no es copiar, o copiarme, escuchar en el viento mis voces, susurrantes, chivarme algo con lo que empezar, mantenerme en el aire, con la respiración cortada, y fluir. Me faltan noches, me faltan días de prometerme cama, para no dormir. Y me falta quizá, mucho sufrimiento. Mucha bohemia contenida, muchos gritos sin lengua, la sensibilidad enraizada y quinceañera, la que no tiene vergüenza, la víctima de todo. Pero digamos que aún conservo, y quizá es lo de menos, pero es lo de más. Empujar, por el barranco de la vida rápida, si es que conocen mis dedos otra, las lágrimas que no llegan a la nariz, las que no resbalan hasta mojar las sandalias. Y recrearme, saborear el sufrimiento como los caramelos de fresa y nata. Queda. Queda y sería mejor que no quedara. Porque la felicidad es ignorancia, no leerme, y no sorprenderme en letras que ya no reconozco. Cuánto hace, seis meses, nueve años. Cuánto hace que ya no escribes, que ya no la sientes pasar a tu lado, rozar mi brazo, instalarse en algún sitio que atisbo a reconocer entre el final de la garganta y el lugar que no tiene nombre antes del pecho, pesar, transformarse en plomo. Instalarse, hasta que haya escupido todo. Jugar sin querer conmigo, contigo, con la crisis de identidad que me provoca carcajadas. Y no regocijarme en mis juegos, dejarlos pasar y volverlos a leer. Así salió, así fue, ahí estaba la clave. Descifrarme, ojalá pudieras descifrarte. Y ojalá pudiera dejar de escribir sin escribirlo, sobre el mismo tema. La misma mierda. Tan feliz que cada día eres una, que ya no sabes quién, que si sufrieras frenarías para reconocerte. Inspeccionar los daños, aquí, sí, y allí también. Si frenaras, ay, si pararas un poco para relamerte las ideas y encontrar el filo, la junta por donde se escapan todos los segundos consumidos tan deprisa. Y renacer, unas cien veces cada día, y fijar, en la memoria, cada una de las horas. Ay si te fueras fiel y guardaras las horas. Ay de ti, amor, escritora, si te fijaras.

jueves, 28 de julio de 2011

Guardaré las horas

Guardaré las horas. Y Wolf se suicidaba en el río. Elegía el suicidio público entre las chimeneas de Londres a una vida llena de lágrimas secas antes de llegar a la mejilla y rodeadas de verde. Verde por todas partes. Pero guardaré las horas. Todas las horas, las guardaré en los bolsillos que fui llenando de piedras para cuando me sumerja. Piedras, que con cada letra fueron siendo lo que eran, lo que llenaba cada paso hacia el final. Aunque al principio nunca lo fueron, las piedras, eran horas, eran letra, silencio, punto, coma. Ideas que van haciendo espirales y al final, piedras, de la juventud a la vejez, revolución en instinto conservador. Pasión en cariño. Letras en piedras. Ideales por frustración. Pero las horas, las guardaré. Las de las lágrimas, las del placer. Cariño, guardaré las horas y me dejaré llevar, autómata, como la sangre al río, y el río al mar. Y volveré a las comparaciones odiosas, las de los relatos violentos en los que disfrazaba disparos de suspiros, y las comparaciones odiosas con el mar. Desembocaré. Y como un río me iré formando en otra fuente pura, e iré bajando, hasta encontrar mis piedras. Como el arte que fluía por mis dedos, yo también me iré apagando, pero guardaré las horas. 

domingo, 3 de julio de 2011

Carmen, la vida y José

A continuación, el relato que he presentado al concurso Tienes una Historia que Contar, y que recomiendo a todas las personas que amen la escritura y la conversación, a quienes les falten historias que contar, a las que creen en la Memoria Histórica y a las que simpatizan con esa generación que poco a poco, nos va dejando huérfanos.



Carmen, la vida y José

Carmen se acostumbró al bajito. Y como se acostumbró a él, desde que naciera en 1935, se acostumbró a todas esas cosas malas que da una vida en dictadura, pero que no matan. A todo, menos a no tener cerca, siempre que quisiera, a su hermano José.
Carmen me cuenta que la carta llegó al buzón un día cualquiera de 1977. Un día cualquiera porque para Carmen, la vida no había mejorado mucho desde que su nacimiento coincidiera con el entierro de su padre. Era su hermano José, le contaba que una de sus hijas, a las que Carmen aún no conocía, iba a casarse. En Brasil. Porque hacía 28 años que José había puesto rumbo a un país donde no acostumbrarse a ningún bajito, más allá del charco que por cada año que había pasado crecía y se ha hecho cada vez más ancho.
Se casa. La niña se casa. Carmen lee y relee la carta mil veces, porque es lo más cercano que podrá estar de José. Hace ya 28 años, piensa, más los seis años que estuvieron separados de pequeños cuando los metieron en el internado. Sección Femenina, seis años, su madre viajando en tranvía hasta Hortaleza y caminando por la carretera todos los domingos para verla unos segundos, unos minutos. En todo eso piensa Carmen cuando lee la carta, que la niña se casa, y Carmen se muere de pena porque no podrá verla, ni verá a su hermano.
La verdad es que ha tenido mala suerte. Porque Carmen, después del internado, empezó a trabajar en un laboratorio y llegó a ser la encargada. Y le gustaba el trabajo, y le hubiera gustado jubilarse en aquel laboratorio, piensa mientras lee la carta, mientras repasa con sus ojos la caligrafía de su hermano, algo torcida como siempre, como todas las pocas veces que le había visto escribir. Las historias de una dictadura son así, tienen pocas imágenes, y están siempre llenas de misterios, de nostalgias. Ahora, eso sí, en cuanto dijo que se casaba, le prepararon la carta de despido, y sin preguntar claro, las mujeres casadas a cuidar y parir hijos. Y así fue, hasta ocho. Aunque uno de ellos no llegó a nacer, y otro murió poco después, qué mala suerte, me cuenta Carmen.
Con lo poco que habrá escrito, y lo bonita que es la caligrafía de José, de su hermano. Piensa en eso Carmen, y en la cara de su marido. Hace ya tiempo que quería separarse, pero aguanta, aunque entre a casa sólo por las noches y para dormir, sus hijos le animan pero Carmen no hace nada, si se acostumbró al bajito, lo hizo también a su marido. Las historias de la dictadura son así. Y aunque le dejara ir a Brasil, tampoco tiene dinero para marcharse. No puede ser, piensa Carmen, y lo que no se puede, no se puede. Y las lágrimas no hacen otra cosa que caer, porque no pueden hacer más, seguir el camino que todos estos años han marcado, recorrer su rostro hasta que un pañuelo de tela venga a sofocarlas. Y adivinan, adivinan lo que va a pasar cuando todos estén comiendo, que su marido va a decir que no, que a Brasil no puede ir nadie. Y a Carmen se le crispa la voz cuando me lo cuenta.
Y así es, el no que retumba en los siete pares de orejas que claman. El golpe en la mesa, los insultos, la mano en el aire, las lágrimas, los gritos de su marido. Y el portazo. A Brasil no va nadie porque lo digo yo. Y Carmen ya no llora porque ya lo sabe, ya lo sabía y por eso leyó y releyó la carta mil veces, porque las historias de una dictadura son así, y Carmen ya se ha acostumbrado.
Pero en sus lágrimas secas, las que no se ven, una de sus hijas, que para eso ha tenido seis, le abraza. Y poco a poco, los otros cinco se van uniendo, casi ninguno ha conocido a José, pero conocen muy bien a Carmen. “Pedimos un préstamo, y tú te vas a Brasil. Tú te vas”. Carmen sonríe de medio labio, al menos sus hijos le aman. Y en eso piensa mientras la abrazan, que no podrá irse pero ellos estarán siempre a su lado. “Pero, ¿quién ha dicho que no puedas ir, mamá, tú quieres ir?”
Sí que quiere. Carmen se quiere ir a Brasil, pues claro. “Pues te vas, si quieres ir, te vas”. Y se va. Me cuenta que de repente despertó, y se fue, que no le gustaban los aviones, ni sabía cómo llegar, ni quién iría a buscarla al aeropuerto. Pero quería ir, y fue. Ya no tenía ningún miedo, nada que perder. Las historias de la dictadura son así, cuando se cierran los ojos y se vuelven a abrir, se puede escapar.
Yo tengo enfrente a Carmen, y no puedo creer que esa sonrisa haya existido tan poco. O quizá puedo creerlo porque esa sonrisa no tiene hoy setenta y seis años, es mucho más joven que yo. Carmen se fue a Brasil porque quiso, porque había aprendido a luchar y no lo sabía, porque se había acostumbrado al bajito y a todas las cosas malas que da una dictadura, pero nunca se acostumbró a no tener cerca a su hermano José. Por eso se plantó en Barajas un día cualquiera de 1977, sin saber quién iría a buscarla.
Y cuando Carmen termina de contarme su aventura le pregunto, “¿qué te pareció Brasil?”. Se ríe, yo no lo entiendo. “Yo no estuve en Brasil, no lo vi, estuve dieciséis días sentada en el sofá de los ojos de José.” Y me río yo también, porque las historias de la dictadura son así, y Carmen vio por fin a José por última vez en Brasil, y no lo vio. Estuvo dieciséis días sentada en los ojos de José. En los ojos de su hermano.





miércoles, 8 de junio de 2011

Mi largo viaje

"Me invade una profunda tristeza física. Estoy dentro, hace meses que estoy dentro y ellos están fuera. No sólo es el hecho de que estén libres, habría mucho que decir a este respecto; sencillamente, es que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, setos a lo largo de las carreteras, frutas en los árboles frutales, uvas en las viñas. Están fuera, sencillamente, mientras que yo estoy dentro. No se trata de no ser libre de ir a donde quiero, nunca se es libre para ir donde se quiere. Nunca he sido tan libre como para ir a donde quería. He sido libre para ir donde tenía que ir, y era preciso que yo fuera en este tren, porque era también preciso que yo hiciera lo que me ha conducido a este tren. Era libre para ir en este tren, completamente libre, y aproveché mi libertad. Ya estoy en este tren. Estoy en él libremente, pues hubiera podido no estar. No se trata, así pues, de esto. Sencillamente es una sensación física: se está dentro. Existe un afuera y un adentro, y yo estoy dentro. Es una sensación de tristeza física que le invade a uno, nada más."

Jorge Semprún

Mi largo viaje empezó el día en qué cayó en mis manos el suyo. No hay casi nada que pueda decir después de esta página, de esta declaración perfecta de la libertad. Sólo que espero encontrarme algún día en algún tren, que recorra el valle del Mosela de otro mundo, a mi querido Semprún, para poder hablar de ese afuera y de ese adentro, y de la libertad que tuvimos para estar donde teníamos que estar. El mundo pierde hoy a un político, un luchador, un escritor y a un pensador. Yo pierdo a un padre, y soy más huérfana que ayer. Pero por recordarle, soy más firme, y más libre. 

sábado, 4 de junio de 2011

Ensolada

Siempre tuvo la teoría de que la única forma de combatir el sueño era enamorarse. Porque sí, se lo decían las venas, el corazón, las manos, la cabeza. Porque enamorarse es, a todas luces, la única fuerza capaz de vencerlo todo. Y cuando dice todo, es todo, absolutamente todo.

Fueron distintas las estrategias que emprendió para no cansarse, dormir más, caminar menos, pensar menos, hablar menos. Y en vez de recuperarse estaba más apagada, las horas se consumían entre las cuatro paredes de una habitación que ya no era de colores. Y sólo dormía, y casi no caminaba, ni pensaba, ni hablaba. Llegó a encontrar la comodidad entre todos los trastos viejos, donde era uno más.

Pero dentro de toda esa calma, hubo siempre una llama, una voz. Ella misma, repitiéndose calmada que ése no podía ser el camino, que se estaba equivocando, que no era malo equivocarse,  que en algún momento algo llamaría a su puerta, y la liberaría de todas esas cenizas que acumulaban los días, las horas de sueño, los pensamientos vacíos, los pasos no andados.

Y, manteniendo esa paz desquiciante, llegó a indignarse. A pasear lentamente por las calles y observar. Y tragar. Y madurar, todo ese silencio, todas esas prisas, todas esas miradas que parecen no ver nada. Todas las palabras que no hablan de nada, que miran escaparates que no llegarían a fin de mes. Los comercios cerrar, y abrir, y volver a cerrar. Las corbatas ondear, y las faldas largas. Todo el matiz de grises, cada vez más negro. Y se indignó.

Con las fuerzas que le quedaban, decidió dejar de esperar, y salió a buscarlo. Salió a la calle, y empezó a gritar. Y sin saber demasiado bien por qué, miles de voces se unieron a la suya. Porque ella no soy yo, ni son ustedes. Ella somos todos. Y todos gritamos. Que no. Y que sí. Pero que así no. Que no era el camino, como si todos se hubieran dado cuenta a la vez de lo equivocado de sus estrategias para no cansarse, para no rendirse. Y cansada volvió a casa, a sus paredes, a sus cenizas. Y pintó la habitación de colores.

Volvió a salir al día siguiente, y al otro, y siguió gritando, dejándose la voz, los pensamientos, los pasos, la cama. La calma, toda la calma. Fuera ya de una jodida vez la calma. No se quedó afónica, ni dejo de caminar, ni le faltaron horas de sueños. Ella siguió, y se enamoró, porque ella no soy yo, ni tampoco ustedes. Somos todos. Dejó las cenizas, la cama, las paredes. El corazón.

Y cuando hubo dejado todo, no paró. No paramos. Porque ella no soy yo, ni son ustedes. Ella somos todos, y corazones nos sobran. Y ya no estaba cansada. Y no volvió a cansarse, porque lo que había dentro de ella, era amor. El amor de verdad que estuvo esperando toda su vida. El amor que al final salió a buscar, el que se respira por las calles que ya no se olvidan. Las calles que se miran a los ojos y se encuentran, los pasos de más que llegan más lejos, más allá del Sol. Las voces que no callan los golpes, ni las cadenas. Los sueños que no se cumplen cuando duerme. Se lo decían las venas, el corazón, las manos, la cabeza. Se lo habían dicho siempre y allí estaba, en la plaza que había cruzado miles de veces. Allí, justo allí, donde había pensado proclamar sola tantas cosas, tantas veces. Y no estaba sola, estábamos todos. Porque ella ni soy yo, ni son ustedes.

Y se enamoró porque enamorarse es, a todas luces, la única fuerza capaz de vencerlo todo. Y cuando dice todo, es todo, absolutamente todo. Y porque ella no soy yo, ni son ustedes. Somos todos.

domingo, 1 de mayo de 2011

Matar al Colacao

Es maravilloso, empuñar el cuchillo de postre, y atacar la tapa plateada. Cuantas veces como el espacio lo permita, acribillar en el desayuno, el precinto. La sensación al enfrentarse a algo resistente, que cede y no resiste sus duros y decididos golpes. El impacto del sonido, hueco, suave y a la vez, ensordecedor, como un último suspiro. Y después, la dulzura de los polvos de chocolate. El festival, como el estornudo de una escoba, un pañuelo blanco y sí, se ha rendido. Después de diecimuchas puñaladas, los polvos parecen querer emular fuegos artificiales que celebren su victoria. Así sabe diferente, el desayuno, y el resto del día. Eso piensa, una mañana cualquiera Martín, al inaugurar el enésimo bote. Matar a alguien no debe de ser muy diferente. Matar a alguien no debe de ser muy diferente.

lunes, 25 de abril de 2011

Centímetros

Son sólo unos centímetros, entre veinte y veinticinco. Los centímetros con los que mido la euforia, la ira, la rabia. El estrés de ser lo que dicen los medios, de formar parte de eso que se llaman fuerzas de seguridad del Estado. Yo soy la fuerza, soy la seguridad del Estado. Y si ese estúpido está ahí sentado, el motivo no vale, lo que vale es la fuerza, la del Estado. Yo soy parte de ese Estado.

Y quizá él también. Pero es joven. Es joven y todavía no lo entiende. Yo soy la seguridad, medida en centímetros. Entre veinte y veinticinco, los de la bandera, los de la porra. Serán los que separan sus rodillas del suelo, mi cuerpo del suyo, sus sueños de los míos. Mi arma, de su espalda. Sus muslos, el destino de mi golpe, de sus costillas, mi golpe real. Y ahí está, tendido en el suelo. En el suelo y sin hablar.

Me colapso. El chico que está tendido en el suelo ahora ya tiene nombres y apellidos. Se llama Daniel López Ortega. Ya no es uno más, uno más de los que corren, gritan, levantan los puños y piden algo. Vete tú a saber, futuro, igualdad, protección, cosas de jóvenes. Siempre piden algo que la democracia no les da, o algo que no les da del todo. Y lo que les damos nosotros. Un golpe, un moratón en el muslo, un recuerdo cada vez que se sienten. Con las fuerzas de seguridad del Estado nunca hay que meterse.

No se dan cuenta. Dentro de poco tiempo ya no serán jóvenes. Se cortarán el pelo y empezarán a ahogarse con corbatas y medias. Se convertirán en hombres y mujeres de provecho, y sentirán por nosotros el respeto que hoy tenemos que imponerles. Qué lejos quedó la juventud, mucho más allá de veinte o venticinco centímetros, los que me separan del cuerpo del chico.

Daniel López Ortega no se levanta. Mis compañeros persiguen a otros, les golpean o no, en los muslos, veinte o veinticinco centímetros por debajo de donde yo le he dado a Daniel López Ortega. Y me quedo clavada, de pie, en el suelo. No puedo moverme de este cuerpo que ya tiene nombres y apellidos. Lo dice su pasaporte. Se llama Daniel López Ortega. Y no se mueve, ni está consciente. Si le hubiera dado más abajo, el chico hubiera seguido corriendo, se habría quejado a sus amigos, gritaría un poco, se sacaría una fotografía y como mucho, una denuncia. Una denuncia con la que podría limpiarse su joven culo. Contras las fuerzas de seguridad del Estado no hay nada que hacer, y ellos lo saben. Por qué lucharan entonces.

Pero esta vez no ha sido así. Daniel López Ortega no corre, no se queja, no grita. Y probablemente, no volverá a hacerlo. Son sólo veinte o veinticinco centímetros. Y yo ya no soy la fuerza, ni la seguridad, ya no soy parte del Estado, pero él sí, mierda. Él es la columna, la que vertebra a esta sociedad, mierda, la encargada de que todo se mueva, de que esto siga adelante. Y es en su columna donde ya nada se mueve. Y en mí tampoco. Mierda. Yo ya no soy una fuerza de seguridad del Estado. Y también tengo nombre. Una hija de puta.

Eso es lo que soy, la hija de puta que acabó con los sueños de un chico, de Daniel López Ortega. La hija de puta que se pasó veinte o veinticinco centímetros, y convirtió a las fuerzas de seguridad del Estado en ninguna fuerza, en ninguna seguridad, en ningún Estado. La vida son veinte o veinticinco centímetros, los que mide una bandera, una columna, una porra, un juramento. El nombre de Daniel López Ortega. Quizá debería volver a ser joven. Joven de espíritu, veinte o veinticinco años, para sentir los que sienten los amigos de Daniel López Ortega.

Veinte o veinticinco centímetros, los que mide el diámetro de las ruedas que ahora mueven su vida. Y su silla.

domingo, 24 de abril de 2011

Cursilerías I

     -          ¿Cuál es tu sueño?
     -          Mira que eres cursi, Ignacio.
     -          Pero si es que llevamos un montón de tiempo juntos, y todavía no lo sé.
     -          ¿Y cómo lo vas a saber si no lo sé yo tampoco?
     -          Joder, Martina, algo sabrás. No sabrás el cómo, pero el qué… digo yo que más o menos.
     -          No alcanzo a ver la imagen completa, pero sí, algo…algo veo.
     -          ¿Y qué es?
     -          Hay un hombre, bastante guapo, sentado en el banco de la puerta –y Ignacio se sonríe-, es una librería. Tiene los marcos de madera vieja, y la fachada es de ladrillo, o blanca, no lo sé. En la entrada, al principio, hay un mostrador y el suelo también es de madera. Es bastante amplia, pero está llena de estanterías, con un montón de libros, y alguna mesa. Y periódicos. Detrás del mostrador empieza un laberinto de libros viejos, en todos los idiomas, y tres niños corretean por ahí. La mayor es morena, de piel, y de pelo, la mediana, o el mediano, no lo sé, pero el pequeño es rubio, debe tener un añito o dos. Y al final del laberinto, o por el medio, hay un piano, muy viejo también. Huele a libro, y a crema pastelera. Y después hay otro espacio, con mesas, como si fuera una cafetería y un escenario, todo mezclado. Unas escaleras llevan al piso de arriba, donde todo es aún más viejo, caótico, como sujeto por un equilibrio invisible y débil, a punto de romperse, de venirse todo abajo. Una máquina de escribir, al lado de la ventana por la que entra el Sol y se ven volando las partículas de polvo. Los libros de las estanterías están torcidos y el techo es bajo. Y hay también un corcho muy grande, lleno de folios escritos en distintas letras, supongo, de la gente que pasa por allí. Aunque puede que la cafetería esté también arriba. No lo sé, no veo la imagen completa todavía.
     -          Está muy bien, pero yo no quiero tener una librería.
-     Ya, por eso el hombre bastante guapo, sentado en el banco de la puerta, no eres tú, Ignacio.

martes, 12 de abril de 2011

Estrella Michelín

¿Qué llevan las láminas de begiaundi al viento?
- Calamar, chipirón, palomitas de maíz y espuma de nuez de macadamia.

Ajá, ¿el Soufflé de tostada francesa?
- Cubitos de pan con queso crema y espuma de almíbar espeso con azúcar impalpable.

Ah, bien, ¿y la Paz de Espíritu?
- Manzanas pequeñas con pimienta de chapa y esencia de canela.

¿Y el pastel de chocolate?
- El pastel de chocolate...pastel de chocolate.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cables

Vuelve a comprobar los cables. Le tiemblan sudorosas, las azules manos. Están en su sitio, como las anteriores setenta y dos veces. Quedan ya sólo, catorce minutos para la explosión. El estallido que tiene que hacer volar por los aires algo mucho más allá de lo físico. Mira por la ventana, cada unos de los pasos, de los planes, sigue su curso, como una perfecta obra de la naturaleza. La misión es fácil. Llegar en silencio al piso franco y en silencio, sacar el artefacto de la bolsa de deporte. En silencio, conectar los cables. Comprobarlos, en silencio. Repasa mentalmente el plan con las manos acariciando el paquete de Popular. Y cuando aparezca el coche oficial, esperar a que abra la puerta, en silencio. Y apretar el botón. Con sus sudorosas manos, y los ojos desorbitados, y sobre todo, en silencio, apretar el botón.

Sólo es un botón. Agarra la caja de Popular y saca uno de los cigarrillos, busca en los bolsillos del vaquero el encendedor. Allí no está. Camina hasta la silla donde ha dejado la chaqueta y el bolso, pero antes vuelve a mirar los cables. Sí, están bien conectados, como las anteriores setenta y tres veces. Se lanza sobre el bolso como si fuera un perro antidroga. Y después de escarbar encuentra el encendedor. Se lleva, temblorosa y en silencio, el cigarro a los labios. Duda, un botón, una llama, un cigarrillo, una explosión. La paranoia roza límites psiquiátricos y se acerca a la puerta. De espaldas al artefacto aprieta el otro botón. Absorbe la primera dosis de nicotina, la última primera dosis antes de la explosión que tiene que cambiarlo todo. Quedan sólo nueve minutos.

Y todo cambiará. Se escucharán al principio las sirenas de la policía, después las ambulancias y los bomberos. Al principio será un sonido lejano, y después estarán tan cerca como la explosión. La gente de la calle se tapará las orejas, algunos sólo con un dedo, intentando taponarse. Los niños se llevarán cada mano, algunos llorarán, correrán a la vez hacia sus casas, hacia sus padres. Se asustarán primero, y después recordarán su nombre. Sí, su nombre resonará por toda la Historia, para los malos será una asesina. Absorbe el cigarrillo Popular. Pero para los buenos, para los buenos será la salvadora, la libertadora, la Mesías. Y para eso quedan cuatro minutos. Los últimos cuatro minutos de una vida esclava.

Apaga el cigarrillo, lo aplasta contra el suelo con sus botas, como hará con su miseria, la de su pueblo, dentro de tres minutos. Comprobará los cables, una vez por cada minuto que queda, y sí, estarán en su sitio como las anteriores setenta y siete veces, en silencio. Respira profundamente, no puede fallar. El futuro tiene que estallar para ser verdad, para ser futuro. La violencia es necesaria. Como las víctimas, los mártires, los héroes. Las heroínas. La Historia la escriben las minorías. Y ella, en minoría absoluta, ya está escribiéndola. Hay muchos más detrás, pero ella es el eslabón final.

El coche oficial aparece por la esquina acordada. Las banderas del país ondean en los vértices del coche. Expira con fuerza, ha llegado el momento crucial. Se para frente al palacio, abren la puerta los guardaespaldas, miran a todas partes, y abren la puerta de atrás. Cierra los ojos, más fuerte todavía, y el dedo que lleva un minuto posado, aprieta el botón. Sólo un botón.

Sólo una persona.

De lejos, empiezan a sonar las sirenas de la policía. Se abalanza hacia la puerta, con la bolsa de deporte vacía. Baja las escaleras. En la calle, los niños corren hacia sus casas, tapándose con las manos las orejas. Corren hacia sus casas, hacia sus padres. Se asustan, mañana recordarán su nombre. Su foto estará en la portada de todos los periódicos.

Ya ha escrito la Historia.

Sonríe.

Ya ha muerto el dictador.

martes, 22 de marzo de 2011

Lilly

Todavía recuerda el día en que conoció a Lilly. Era una mañana especialmente fría de febrero, como casi todos sus cumpleaños. Y allí estaba, con aquellos botones por ojos, cosida la separación de sus dedos y el pelo lleno de trenzas. Todavía dentro de su caja de plástico, con aquel olor a nuevo que deberían preocuparse por fabricar las empresas de ambientadores. Y cómo se acercó corriendo hasta ella y la liberó de los miles de embalajes que la atrapaban, después de minutos mirándola, intentando averiguar cuál era su nombre. Lilly.

Lo recuerda ahora, y la nostalgia le surca el rostro en forma de lágrima. Si la hubiera querido siempre como el primer día, quizá ahora sabría encontrarla. Le ha hablado tanto a Daniel de ella, que no puede imaginarse que ya no exista.

- No lo sé, hijo mío, hace tantos años que creciste, que no sé si la tiramos, o la dimos a la parroquia, o vete tú a saber. Ahora, si llego a saber este disgusto... a Daniel seguro que le puedes comprar cualquier otra, ahora son mucho más modernas.

Mucho más modernas. Como todo. Pero en la mente de todos siempre hay algo que se clava, que rezuma, óxido, melancolía, suero. Y a él se le clava Lilly. Y los ojos de Daniel cuando le diga que no habrá ojos de botón para él. Ha conseguido, con sus pocos segundos de vida acumulados, que aprenda a valorar todo lo que uno alguna vez quiso. Y cómo llorará Daniel. Cómo llora.

- ¿Lilly ya no está? ¿Se ha ido?

No está. Aunque todavía se refugia en alguna parcela de incredulidad, como cuando esperamos que suene el teléfono, o que el médico con cara de ponerse a llorar diga que el del quirófano aún vive. Y se pone a buscarla, como los que ponen carteles por algún desaparecido. Visita cada vez más la enorme casa de sus padres, y pasa horas en cada habitación, removiéndolo todo, cada mueble, cada minuto que pasó con Lilly.

Todavía lo recuerda todo. Al principio le intimidaba, con la mirada clavada en todo lo que hacía. Empezó a participar tímida en sus juegos. Destacaba entre todos los demás, y se convirtió en la compañera, la más divertida, la única. Después vinieron otros. Pero el nombre de Lilly seguía sonando como un cristal saltando entre las dos teclas más agudas del piano. La primera, la auténtica, la de siempre. Lilly.

Daniel cada vez entiende menos.Pasa las horas en su habitación jugando con Sally, la muñeca que sus padres le regalaron hace unos meses. Le gustaría poder presentarle a Lilly, para que no se aburra cuando él está en el colegio, pero su padre no la encuentra. Debe ser maravillosa, aunque a él cada vez le guste más su muñeca nueva, pero si su padre lo dice, será por algo.

No la encuentra. Recuerda como se fue haciendo mayor, cómo escondía a Lilly debajo de los cojines cuando venía alguna chica a casa. Como poco a poco, fue ocupando el lugar que hay entre la cama y la pared, y su lugar lo ocupaban los discos de vinilo, los libros de la universidad, los pósters de Sex Pistols. Y Lilly desapareció, no volvió a acordarse de ella hasta hace poco, cuando le regalaron a Daniel la otra muñeca, Shelly, o Sally, o cómo carajo se llame.

Entra en la habitación. Daniel está jugando con ella, se sienta en el suelo, apoyada la espalda en la pared, observando a su hijo desde lejos. Juegan igual. Coge a su muñeca por la cintura, habla con el resto de trastos de la habitación, y cuando ya se ha cansado de jugar la deja encima de la cama, como hacía él. Cuando le diga que su amiga viene a verle, la esconderá debajo de los cojines, como él.

- Lilly se ha ido, ¿verdad?
- Sí, Daniel, lo siento.
- No pasa nada papá, Lilly estará jugando con otro. Seguro que es muy feliz, a mí no me hace falta, yo ya tengo a Sally. Sería muy injusto que yo tuviera dos muñecas y otro niño ninguna, ¿no?

Se ríe, casi desencajado.
Le enseñará las fotos que tiene de Lilly, para no olvidarla ya nunca.
Y que el niño tenga sólo 9 años.







 Como a pesar de que fue creciendo Lilly siguió ocupando el trono de su cama, de su tiempo libre, de sus regresos.
Y se negó a admitirlo. Que los botones de Lilly se han ido descosiendo, como la separación de sus dedos, y las trenzas de su pelo. Que Lilly ya no es, ni huele a nuevo, ni tampoco él. Por eso poco a poco empezó a perderla de vista, se quedaba entre la cama y la pared y se le olvidaba liberarla del fondo de sábanas que ya no se parecen a los embalajes de la primera vez.

viernes, 18 de marzo de 2011

La felicidad está en mí

La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Eres la chica más guapa que he visto desde hace tiempo.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Es que además de lista, eres trabajadora.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Desde que te conozco, no sé cómo vivía antes.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Me encanta tu voz.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Aunque gritas demasiado.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Hoy no puedo quedar, pero mañana pasamos todo el día juntos.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Te quiero.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Cada día más.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Vale, cine, pero la elijo yo, que tú tienes unos gustos...
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- ...
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- No, mañana tampoco puedo, hablamos esta semana.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Es que tus amigos son gilipollas, siento decírtelo así.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- No sé qué me pasa, esto ya no es como antes.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Ya no es lo mismo.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Te quise mucho, y te quiero todavía.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Pero se acabó.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.

martes, 8 de marzo de 2011

Tiki

"Lejos, al otro lado de los mares,
hay una isla donde el crepúsculo
es un bosquecillo de palmeras cimbreantes
dibujado por el Sol.
Y a lo largo de la ribera y los arrecifes,
azules las olas relucen en el rompiente.

Allí iré cuando haya terminado con todo."

R.L.Stevenson

domingo, 6 de marzo de 2011

Terapia de grupo

- Fijen en sus mentes una cara. Tiene que ser una cara amable, con rasgos simpáticos, dulces. Alguien a quien desearían abrazar y transmitirle, todo el amor de su vida, todo el amor de que son capaces, el que está concentrado en cada partícula, cada átomo, de cada músculo, de cada parte de su cuerpo. Esa cara, tiene que ser la de una persona que tiene hambre, hambre crónico. O tiene que ser la de alguien que tiene sed, sed desde que se levanta hasta que se acuesta.
- ¿Un niño de África, de Chad o Zaire?- pregunta un señor con corbata, con los ojos del color azul grisáceo que se les pone a las buenas personas cuando se hacen mayores.
- Sí, por ejemplo -contesta la terapeuta- aunque puede ser también la cara de alguien inocente entre rejas, piensen en el premio Nobel de la paz chino, o la premio Nobel de la paz de Myanmar, piensen en alguien a quien la sociedad ha tratado muy injustamente. Piensen en una persona homosexual en Corea del Norte, en una dama de blanco cubana, en un mexicano atrapado en la frontera con EEUU.
- ¿Valdría ese cura, cómo se llama, el de México, el que ayuda a los inmigrantes?- pregunta una mujer con el pelo a mechas, como si fuera una cebra, entre el rubio y el moreno, como si no hubiera sido capaz de decidirse y se moviera entre los dos grandes tonos.
- El padre Antonio Solalinde, sí, ése también vale -asiente la terapeuta- aunque tampoco hace falta que se vayan tan lejos, piensen en una ejecutiva que cobra menos por ser mujer, o en la cabeza de familia a la que no le cuadran las cuentas porque todos sus miembros están en paro. Lo importante es que piensen en alguien con unas necesidades básicas muy fuertes que no puede cubrir. O en alguien a quien la privación de derechos le impide crecer como persona.
- ¿Equiparamos privación de derechos y libertades con la falta de comida, de agua potable...? -pregunta la chica joven, bastante delgada, tan delgada que no es tan guapa como podría.
- Se trata de imaginar a alguien a quien le falta algo que ustedes consideren básico, algo sin lo que no podrían vivir, algo cuya inexistencia les matara por dentro. Y lo más importante es que esa persona que existe en su imaginación, ha de ser alguien con una bonita sonrisa, una sonrisa que luzca siempre en su rostro, alguien a quien parezca que la falta de ese algo tan imprescindible no le afecte como para convertirle en alguien triste.
- ¿Y después? tengo en mi mente a un chico negro, de unos diez años, con la barriga hinchada, el pelo muy corto, y una sonrisa que podría llegar hasta aquí -vuelve a hablar la corbata.
- Yo veo a una ejecutiva que acaba de enterarse de que cobra dos mil euros menos que su homólogo varón, es madre soltera de una niña y dos mellizos, su homólogo no tiene hijos, y vive en una casa a las afueras de la ciudad, tarda una hora en llegar al trabajo, y más al volver a casa -la de las mechas.
- ¿Y tú, a quién ves? -la terapeuta señala a la chica delgada, tan delgada.
- Yo me veo a mí, pero nacida en la franja de Gaza, llevo un pañuelo en la cabeza y estoy intentando estudiar al otro lado de la frontera, pero la mayoría de los días los militares israelíes no me dejan pasar por algún extraño motivo relacionado siempre con la seguridad nacional. En mi casa sufro aleatorios cortes de luz y de agua, y muchas veces, cuando quiero estudiar, tengo que dejarlo para ayudar a mi madre a hacer la comida, o a limpiar la casa.
- Muy bien, muy bien, gran trabajo -la corbata y la de las mechas sonríen satisfechos- ahora es cuando viene la parte más difícil, la que supone un gran trabajo personal. Vamos a ver, ustedes están aquí porque no consiguen llegar a la meta de la felicidad, o llegan a ella pero son incapaces de instalarse en su campamento. El primer paso de esta terapia es tener siempre presentes a esos personajes que ustedes han creado, hacer que les acompañen, y pensar en ellos. Sobre todo cuando no sean felices, cuando más desgraciados se sientan, piensen en ese niño que no tiene qué comer, en la mujer que en el atasco recuerda que cobra menos porque es mujer, en la chica que no puede estudiar porque le han robado el estado que era suyo y de su pueblo. Piensen en ellos, concéntrense. Respiren, verán sus nervios relajarse. Se ensancharán sus pulmones y recordarán que ustedes viven en el primer mundo de todos, que sería injusto ser infeliz, que han de ser felices por ellos, que no hay mal que cien años dure, que en nuestro estado del bienestar todo está de nuestra parte para ser felices, que sólo tienen que...
- ¡Basta, basta, basta! ¡No es verdad, no lo es! -la chica delgada, tan delgada, se levanta tirando la silla al suelo. -¿cómo voy a ser feliz yo, si mi chica no puede, no puede! que os den, a vosotros y a vuestras caras de satisfacción, cómo voy a ser feliz por ella, cómo voy a aprovecharme de las desgracias ajenas...
- Pero son personajes imaginarios, no hay que llevarlo todo tan a flor de piel, tan hasta los extremos, tranquila.
- ¿Cómo que no son personajes reales, cómo que no? Verlo a través de una pantalla de televisión no los convierte en mentira. Puto primer mundo, eso es, de eso se trata, ¿cómo voy a ser feliz en un mundo que condena al segundo, al tercero, al cuarto? ¿Cómo? Es hipócrita, y es insano, adormilarse, las cosas tienes que estar siempre, siempre, siempre a flor de piel. ¿O tú, con tu corbata colgando del cuello como si fuera el collar de un perro crees que mereces ser feliz por pensar en un niño que no tiene qué comer? Lo siento pero no, no les creo, sigan pensando que así son mejores personas, yo me marcho.
- Pero aún no hemos acabado, ¿dónde vas a ir?
- No me han entendido, yo sí he acabado. ¿Y adónde voy? a Gaza, o a donde sea, pero lejos de esto que llamáis primer mundo. Me asquea.

No sonríe más la chica a la que Gaza vio nacer, ni la chica delgada, tan delgada, que toma el avión con destino Tel Aviv. Sonreirán cuando la catarsis invada a todo ese primer mundo, que no sirve para nada.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Big Ben

Pensarás que ya era hora. Y con razón. Hace tiempo que no hablamos y no hay excusas. No sé cómo abordar esta conversación, este abandono. Cualquier frase es la peor para empezar, pésima para seguir. Y quizá ésa es la razón por la que he tardado tanto en llegar hasta aquí. Supongo que lo imaginas, que hace tiempo que dejamos de ser uno. Tierra Madre, me parezco a cualquier tío aspirante a hombre de mi generación.

Y no sé si quieres que me explique, si sería lo mejor, o parecería que como siempre me miro al ombligo y pierdo la perspectiva sobre mí misma.

O quizá debiera hablar de cuánto te he querido, y lo que te seguiré queriendo, y parecería así también un perro más del hortelano, con la puerta entreabierta para que no cojas frío, pero que tampoco olvides mis vientos. Mis idas y venidas.

Y a lo mejor debería hablarte de lo que quiero, lo que quiero para mí. Y sería para matarme.

O de lo que a partir de ahora deberías hacer tú, encima, encima. Como si no hubieras rodado, mi amor elegante, por muchos más campos.

No quiero ni ser egoísta, ni egocéntrica, ni ególatra, ni compasiva, ni hija de puta.

Pero lo cierto es que esto hace ya tiempo, como sabes y yo sé, que terminó. Y no quiero soltar el cable, como tú, ni dar un portazo, pero ya somos mayores, sobre todo tú. Sabrás que he conocido a otros más al sur, que el Pantheon ha sido un amor a primera vista, intenso, quinceañero, eterno. Que antes y después ha habido muchos, algunos que ya ni recuerdo, amores de una noche, de unas horas, de un click de fotografía. Y hace ya tiempo que este continente en el que nos hayamos no tiene sentido más allá de la necesidad de un lazo, un lazo a donde nacimos. Que tanta posmodernidad, tanta burocracia, tanto bienestar innecesario, con el tiempo, ha ido haciendo mella. Que los dos sabíamos que algún día yo saldría del meridiano y me enamoraría de otras culturas. Pero nunca pareció que fuera a ser tan rápido. Y en el fondo ha ido todo muy despacio, porque este continente es así, lento, como si le pesaran todos sus años, todos sus miedos. Todos los monumentos con los que me he enrededado y he hablado. Mucho. Diría que demasiado. Pero esta tierra tan lenta, tan tranquila, tan hipócrita, tan cínica, tan monotemática, dinero, trabajo, clases, dinero, trabajo, clases. Productividad, crisis, hipermercado, campo de golf, transporte público, autovía, conferencia, plan de ajuste, divisas, fondos monetarios... me angustia. Y ya no puedo verte con claridad. Levantar la cabeza y mirarte, a las agujas, al reloj que un día elegí como el mejor para perder el tiempo. Mi tiempo. Y ganar. Y verte, y adivinarte, y que no haga falta hablar, a pesar de lo mucho que hablamos.

Pierdo. Toda la claridad, toda la inocencia, toda la energía que empujaban tus campanadas, la fría brisa del Támesis, tu figura espigada, tus detalles, tu elegante altura, posición segura, desafiante. Ya no la veo, se enturbia. Y la culpa es de este continente, de esta generación a la que la vida no ha maltratado como para desear el sufrimiento, de tantos derechos, tantas libertades para al final tanto dinero, que hemos perdido la perspectiva de la vida, que disfrutamos sólo de nuestros ratos libres, y no del resto de nuestras vidas. Que uy! nos unimos al movimiento carpe diem un ratito; no, no hay que disfrutar cada segundo como si fuera el último, pero hay que vivir, hay que vivir y no tener tanta prisa por ahogarnos en esta tierra tan lenta.

Me avergüenzo de lo que hablo. Perdóname tú y no perdonemos a nuestro continente, debí darme cuenta antes y quizá, no haberme enamorado. Pero creo que si volviera a nacer en esta tierra, seguirías siendo tú. Y seguiré visitándote, porque no puedes abandonar Londres, y seguiré hablándote, y me verás crecer. Y te querré siempre y tú a mí también. Pero seremos más libres, ámate aún más y ama a otros. Vive y sigue riéndote, con esa sonrisa interior tan elegante, la ironía de la que sólo puedes tú. Y nadie con tanto estilo. Nunca.

Y sin que sirva para entreabrir, o entrecerrar puertas,
Tú siempre serás, y habrás sido el primero.
La última vez que lo digo. La última vez que lo he dicho.

lunes, 7 de febrero de 2011

¡Saltá!

- ¡Saltá la valla!
- ¡Que no, que me van a pillar!
- Samir, saltá, saltá ahora, que no, que te venís conmigo.
- Y qué contigo.
- Conmigo no te dicen nada, saltá Samir.
- Pero por qué.
- Vos sos idiota, porque yo soy blanca, ¿os es que no lo ves?
- Tú blanca. Yo idiota. Lo veo, la valla me hace verlo.
- Tengo el rescate preparado para vos, saltá, no tenemos mucho tiempo, aquí, a este lado está la vida Samir, saltá.
- ¿Y qué cambia si yo salto?
- Cambia todo, saltá, no es tan difícil, la vida no tiene que ser tan difícil si no querés, sólo tenés que saltar.
- No cambia nada, más de un millón de personas seguirán aquí, en el lado de los idiotas, y todos no pueden saltar.
- Samir... saltá.
- No soy yo quien tiene que saltar, es la valla. El lado de los idiotas es el tuyo.

La fila

Mar, la de la oficina, ya lo conoce. Roberto lleva yendo todos los días desde que se licenció, hace casi ya tres meses. A las nueve menos diez se coloca en la fila, con su abrigo gris marengo, elegante, que no marrón, que no triste. Y como todas las mañanas, Roberto paciente espera su turno, espera sentarse delante de Mar como todas las mañanas y preguntarle:
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, pero si abres las posibilidades... tengo aquí una oferta de...
Y Roberto mira fijamente la mano de Mar manejando el ratón. Mueve la cabeza de lado a lado, son seis años los que estuvo estudiando. Y con más fuerza su nariz retrata de este a oeste la puerta de la oficina, el tablón donde Mar ha ido colgando las fotos que deberían resumir su vida. Se abrocha su abrigo, gris marengo, y como si su nariz quisiera tocar y arrastrarse por el suelo, cabizbajo vuelve a cruzar la puerta que le devuelve a la calle, vacía, siempre antes de las diez. Cuando los que no trabajan no tienen nada que hacer. Cuando todavía quedan muchas horas por delante para volver a dormir.
Y Roberto vuelve cada día a la fila gris marengo, a las fotos de Mar, al movimiento que cada día, desde hace tres meses a esta parte, se ha ido acercando al punto neutral, sin dejar de negarse.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, no hay nada, pero de otras cosas...
Suspira todos los aires del otoño que ha ido convirtiéndose en invierno. Intenta elevar la nariz, sólo se rinden los cobardes. Y vuelve a negar, ya no desde la puerta, ya no hasta el corcho en el que Mar cuelga las fotos de su vida. Los abrigos, gris marengo, van sucediéndose, y antes de las diez Roberto vuelve fuera, a la calle por la que pasean los que no trabajan. Seis años estudiando.
Volverá al día siguiente. Y las fotos felices de Mar seguirán en el tablón.
- ¿Alguna oferta de lo mío?
- No, Roberto, pero si quisieras...
Fotos, de las playas de Cuba, de sus sobrinos, y ésa en la que sale tan fea en una montaña rusa bocabajo, pero tan divertida. Cuando Roberto niega, ve de reojo el corcho lleno de fotos. Seis años. Tres meses. Demasiado tiempo para los valientes.
Y Roberto vuelve a abrocharse el abrigo, gris marengo, que no marrón, pero triste. Y a las nueve menos diez espera paciente en la fila, para volver a sentarse enfrente de Mar.
- ¿Alguna oferta?
- No, Roberto, sigue sin haber nada.
- Dije oferta, no de lo mío.
El abrigo gris marengo espera en el armario, otros tiempos que vuelvan a ser elegantes. En su lugar, un uniforme naranja y verde. Pero nada más ocurre, en el corcho de Mar sigue habiendo fotos felices, que deberían resumir su vida.

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