jueves, 1 de diciembre de 2011

El amor grande

A Manuela no le gusta pensar que fue triste. Huye de sí misma por sí misma cuando encadena un pensamiento con otro y llega a lo que cualquiera sabría que es certeza. Lo arruinó todo por triste. Así de simple y de absurdo. Y así es el golpe que cada vez que estampa contra Manuela, logra esquivar. Que no, que no es para tanto. Que como ahora le echa de menos le parece que no le sonrió lo suficiente. Es eso. Será eso. No que fue triste, no lo fue.

No le gusta pensarlo, pero lo piensa. Manuela piensa en todo lo que estaba fuera, y acabó por estar dentro. La tristeza de los demás, de los otros demás, de todo el planeta. Y que joder, todo el mundo sabe que a estas alturas del cuento ya no se hacen grandes cosas por amor. Se cometen locuras sí, se escriben libros enteros y películas, se hacen viajes y se gastan cantidades enormes de dinero. Pero el amor ya no cambia vidas, no desvía rumbos, no transforma sueños ni frena destinos. Ya no se hacen grandes cosas por amor. ¿No?

Y Manuela en el fondo sabe que fue triste. Por más que recorra los mil pasadizos llenos de excusas que explican que ella es hija de este siglo, de esta sociedad que se muere y que nunca volverá a pensar igual, que pasarán por sus ojos, su corazón y su vagina unos cuantos otros que escribirán sobre ella, por los que hará viajes, la certeza se esconde allí al final. Fue triste. Lo tuvo, y fue triste.

Aunque fueran los demás. Aunque fuera lo demás. Manuela no supo agarrarlo, subirse a él y sentir lo que ya no se siente. Flotar, volar, sonreír en el metro y regodearse en los planes pequeños y en los grandes proyectos.  Manuela escribió mucho, pensó incluso en guiones para películas que nadie produciría, hasta hizo viajes y se gastó enormes cantidades de dinero, para ser quien era. Pero no hizo grandes cosas por amor. Esas cosas grandes que ya no se hacen porque ya no somos los de antes. Por eso fue triste. Por eso se escapó entre las tristezas que ahora sabe que son pequeñas.

Manuela se mira en el espejo. Fue triste, se dice, fue triste, y se repite. Se dejó arrastrar, y no por los demás, ni por lo demás. Fue ella, se dice, fue ella, y se repite. Será que no estaba. Será que no era. No sonreía Manuela como al principio, como cuando hablaban del futuro que es presente. Y no sonríe porque no puede. Porque es una putada de las grandes conocer el amor grande en los tiempos que corren. Y claro que fue triste. Porque no podía no ser triste.

Y vuelve a recorrer el camino de vuelta. La caja de resonancia, la tarde en el parque. Y recoge las sonrisas, los empujones, los impulsos, los mensajes. Porque no todo fue triste. Y con todas esas piezas termina de escribir. Porque entre otras cosas, a su edad nunca es tarde. Y porque entre estas otras, es de noche. Y sólo de noche se hacen esas grandes cosas por amor, que ya no se hacen. Porque sólo sabiendo que el amor grande no existe, en esta sociedad que se muere, se puede creer y crear en él.


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