sábado, 30 de junio de 2012

La voz del pueblo

Llevaba sabiéndolo quizá, casi, la vida entera. Pero hasta que no me lo susurró él, no fui capaz de darme cuenta. Nuestra cabeza, podrá estar en cualquier parte, pero nosotros estamos aquí, en la parte real de la vida. Yo he sido y soy amante del hip hop desde que empecé a hacer uso de una razón más allá de la común, la razón que sabe sumar y restar, situar en la línea cronológica a los sangrantes imperios y expresarse un rato largo en otro idioma. Pero nunca he sido capaz de explicar por qué.

Por qué lloro sin querer en medio de una manifestación, por qué soy capaz de sentirme en la piel de esas historias maravillosas que sólo le ocurren, muy de vez en cuando, a la gente más pobre. Por qué desde que empecé con esta música, no he sentido mucho más ninguna otra.

Y la respuesta es que estamos aquí. Sí, estoy aquí. Y es maravilloso. En el lado correcto, en el mejor de todos los bandos, en el que ha ganado todas las guerras en las que ha luchado y en las que no. Yo estoy en el lado real, sí, en el lado del pueblo. Lo que fluye por la música que nos mueve, la música que me mueve, es simple, pura verdad. Toda la realidad de golpe.

Y toda la vida pensando que éramos soñadores. Y no hay nada más real que esto. No hay nadie más real que nosotros, el pueblo. Y no es sólo el pueblo que se levanta cada mañana, muy temprano, prepara el café mientras ve las noticias y se ducha antes de salir corriendo para sudar en un tren que nunca ajustará el aire acondicionado, y trabajar como una hormiguita hacendosa para dormir tranquilo. Mi pueblo es mucho más que eso, mucho más real. Mi pueblo se levanta y habla con su familia, con sus hermanos, con sus compañeros de viaje. Conoce al de la panadería, y a la carnicera, sabe cómo se llaman los hijos de sus vecinos y pregunta por la abuela del quinto y su estado de salud. Mi pueblo se ayuda, es solidario. Es real, y su música es verdad. Mi pueblo comparte lo que piensa, lo que siente, mi pueblo se queja y tiene hambre de justicia.

Mi pueblo pertenece al bando que siempre vence. Porque mi pueblo también pierde, pero nos hemos querido tanto que no hemos perdido nunca que, al final, siempre hemos ganado. Porque ellos tendrán palacios, montones de dinero en los que zambullirse y coches oficiales, pero no tienen calle. Yo no envidio su poder, ni su dinero, ni su lujo. Porque ellos no tienen lo que hay aquí, abajo, en el lado real de la vida, en el bando que siempre vence. Las sonrisas del pueblo, los momentos infinitos en los que el ser humano revela su bondad más absoluta. Ellos no pueden pasearse entre la gente, hablar y compartir con cualquiera un pensamiento, una mirada, una cerveza y unos calamares en la plaza, a las ocho de la tarde. Ellos nunca llorarán de ilusión en una asamblea. Ellos no pueden, ni saben, lo que es ganar siempre.

Porque mi pueblo siempre gana, vence incluso cuando pierde. Porque mi pueblo da siempre mucho más de lo que recibe. Porque mi pueblo me ha enseñado a ser quién soy. Y ellos no tienen ni idea de nada. Porque el rap es la única música real, la única voz de un pueblo fuerte, que sólo sabe decir la verdad.
Porque ellos nunca tendrán la suerte de saber lo que es dar cuando ni siquiera tienes, y recibir de quien tiene aún menos. Ellos nunca podrán disfrutar de estar donde estamos. De ser el bando que vence siempre, incluso cuando pierde. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Si hubiera sabido quién era


Necesitaba escribir todo ese dolor. Contárselo al papel. Ni vientos, ni oídos. Al papel, que lo comprende todo, como el infinito.

Que le hubiera querido casi más que a nada, si hubiera sabido quién era. Si entre toda la multitud, hubiera sido capaz de reconocer una anilla verde, un tatuaje de sol, un gesto acompañado de humo.

Si hubiera sabido quién era, le hubiera dedicado una parte de su espacio cada día, un pedacito de un tiempo efímero pero eterno, un lugar minúsculo en el que hubiera sabido que caben más historias de los números que se pueden contar. De haber sabido quién era, poco habrían importado todos los kilómetros que separan sus sueños de la realidad, si caben en una línea tan delgada como los labios que hubieran sabido sonreír cuando es preciso, y llorar de tanto en cuanto.

Pero para saber quién era, hacía falta mucho más que dos palabras, o poco más. O ni siquiera eso. Las palabras no sirven para nada. Hacían falta fresas salvajes, un sol que no brilla cuando ella no está, amor, al fin y al cabo. Amor. Sin tragedias ni épicas, un amor de verdad que atraviesa y acompaña, eso, un compañero.

Un maldito compañero. Que no era tan difícil. Que poco importan los lugares si con abrazos se curan todos los males. Ni siquiera el mar. Un espacio pequeño, casi como el corazón de pequeño, donde caben todas las alegrías y casi todas las tristezas, donde el alma trasciende a todo lo que puede escribirse y alzarse en voz. Donde un compañero despierta y respira fuerte, para convencerse de que ahí está, en un espacio minúsculo, más que suficiente, donde caben todos los sueños que nadie alcanza, donde uno se da cuenta de que no hace falta más, no necesita más. No hubiera necesitado más que un compañero. Sincero, fiel, y eterno.

Capaz de entender todas las filosofías que corren por sus venas y que son tan sólo una. Que el amor debiera ser siempre, siempre, siempre, la única respuesta. 

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