jueves, 27 de noviembre de 2008

El centro del universo


Casi me da un infarto cuando vi que ese año nos teníamos que sentar juntos en el pupitre. Perfecto. La tía más insoportable de toda la clase, la líder, la guapa, la creída, a mi lado todo el trimestre, codo con codo. Y encima seguro que se pensaba que a mí me gustaba, la muy imbécil, porque ligaba con todos. Pero ¿a mí cómo me iba a gustar Marta, si llevaba una mochila gris horrorosa?
Encima hablaba sin parar, conmigo aunque no le contestara, con los de atrás, con los de delante, con el profesor sin levantar la mano. Y me decía siempre que yo era muy tímido. Movía la cabeza para colocarse el pelo a la vez que ponía los labios como un pez y abría y cerraba los ojos como si fuera una modelo. Como si todo el planeta estuviera pendiente de sus movimientos.
La verdad es que muchos se fijaban en ella, y a ella le encantaba acaparar miradas y llamar la atención. Y cuando aparecía algo más interesante, fingía que se mareaba, apoyaba la muñeca en su frente y abría los ojos como una actriz de cine mudo, para desplomarse sobre el suelo y volver a ser el centro del universo. Así que todos se acercaban a ella, porque esta niña no come nada y está delgadísima, seguro que tiene algún problema, pobre, hay que ayudarla. Pero Marta se hacía la valiente, decía que ella salía sola de todo, que no necesitaba a nadie, nos miraba por encima del hombro y seguía siendo la líder de siempre. A mí me daban ganas de contarle a todo el mundo que era una mentirosa y que no se había desmayado en su vida, y de estamparla contra la pared para que tuviera un problema de verdad.
Porque Marta no tenía ningún problema, sólo era una niña mimada. Bueno, en el colegio no tenía amigas, porque lógicamente todas habían acabado hasta las narices de ella. Así que llegó un momento en que sólo hablaba con todos los chicos guapos del colegio entre miradas de femme fatale disfrazada de niña buena con trenzas, y conmigo. Pero a mí ni miradas ni nada, a mí venía a contarme lo mal que lo pasaba, que no tenía a nadie, que no le iban a poner matrícula de honor en matemáticas por primera vez en cinco años, que su padre era un cabrón, que sus amigas eran todas unas envidiosas, que la mitad del planeta deseaba que se muriera. Y yo siempre le decía que en mi caso, la mitad del planeta ni siquiera se enteraría. Entonces sonreía, decía que ella sí, que yo era su único amigo, y que se suicidaría el día que no me viera en clase, porque yo siempre llegaba cinco minutos antes de que el profesor empezara.
Estaba de Marta hasta las narices, me utilizaba, porque sabía que yo era el único que no la mandaba a la mierda, directamente. Hasta que un día Marta me reprochó que yo no hablaba, que nunca contestaba, que no la quería nada. Ni siquiera le sonreía por las mañanas. Pero yo tampoco dije nada, me quedé con cara de idiota y me fui a casa. A lo mejor Marta sí me quería, a lo mejor sólo me hablaba a mí porque quería hablarme sólo a mí, sonreírme. Y tampoco era tan fea su mochila, pobre niña, debía sentirse muy sola para fingir desmayos. Tan sola como me sentía yo cuando ella tardaba demasiado en llegar a clase y el profesor había empezado ya.
Se acabó, enamorado de Marta. Se acabó, al día siguiente se lo diría, que quiero que me sonreía y me hable sólo a mí, y que sí, que sí que la quiero. Se lo digo seguro. Y además voy a llegar tarde para que se piense que estoy enfadado, seguro que así luego le hace más ilusión.
Pero cuando abrí la puerta de clase sólo estaba su mochila gris, preciosa, encima de la silla. Le pregunté al profesor dónde estaba Marta, por lo visto se había mareado y había salido al baño. Sonreí, me senté, y entre todos los papeles que guardaba en el cajón de mi mesa encontré una nota, “Te dije que el día que faltaras me suicidaría. Porque lo único que ha impedido que no lo haga antes era verte cada mañana al abrir la puerta. Te quiere, Marta”.
Salí corriendo de clase, por los pasillos, hacia los baños, por las escaleras, gritando su nombre, Marta. Estaba muerto de miedo, Marta era capaz de todo, nadie más capaz de tirarse por una ventana que ella. No estaba en ninguna parte, y cuantas más vueltas daba al colegio, más seguro estaba de que me había engañado, que éste era otro de sus numeritos para que llamar la atención, esto no me podía estar pasando a mí. No debería hacerle caso, pensaba, ya aparecerá, da igual, porque de todas formas ella va a ser el centro de mi universo haga lo que haga, eso es lo que tengo que decirle.
Así que recordé la mochila, y decidí que lo mejor sería volver a clase. No le daría importancia a su numerito, ella nunca sabría que había corrido como un desesperado por el colegio pensando que iba a matarse, y podría decirle que la quería, y que se dejara ya de desmayos y tonterías. Tenía que ir a clase a por la mochila, de eso no podía huir, así que tendría que verla allí, es más, a lo mejor ella ya había vuelto y yo estaba como un imbécil dando vueltas por los pasillos.
Cuando abrí la puerta Marta no estaba, sólo su mochila, como antes. Pero todos los demás estaban muy serios, y al mirarme ahogaron gritos, dejaron escapar lágrimas. No entendía nada, nada hasta que miré al profesor de matemáticas y vi que lloraba, y decía que ella, más que nadie, se merecía una matrícula de honor. Bajaba las persionas para que nos enfrentáramos a ella.
Todo lo que se me ocurrió fue gritar, gritar como si fuera el centro del universo.
Y abrazarme muy fuerte a la mochila gris preciosa, como Marta.

sábado, 22 de noviembre de 2008

2008 como siempre

Hace muchísimo frío y llueve poco, como siempre. Hace muchísimo calor y a veces hay viento, como siempre. Como siempre, así está España, que tiene la suerte de no cambiar, la desgracia de mantenerse en sus trece, o en sus treinta y siete. Treinta y siete años de sepultura sin nombre, de disparos silenciosos, de miradas que gritan, de almas que vagan, solitarias y acompañadas, pero sin nombre, sin sepultura.

Y como siempre, creeremos que 2009 gritará y se irá lejos, y saldrá de las cunetas, y verá repúblicas monárquicas, monarquías republicanas. Que este año sí que sí, cerraremos la herida y cicatrizará, haremos memoria, haremos historia. Se acabarán los puentes de plata a los enemigos, la inmigración no será desintegración, las mujeres serán por fin libres e iguales, acabaremos con ETA. Lo creemos, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, y sin ver.

Pero 2008 eligió olvido para volver a empezar, se acercó y alejó de la herida, tiró de ella y cicatrizó, para volver a abrir y volver a cerrar, como siempre. Y 2008 vio traidores y tendió puentes de plata, vio culpables y les dio asilo. Vio inmigrantes y levantó un palmo más sus vallas, maltrató mujeres, detuvo a miembros de ETA y no acabó con ella. Como siempre.

Porque 2008 es un año más, es el año de siempre, el año que no avanza ni retrasa, que no abre la herida ni la cicatriza, que empieza y acaba en la Puerta del Sol, el año que ya no nos helará el corazón, que seguirá olvidando para volver a empezar, en sus trece, o en sus treinta y siete. Treinta y siete años para no empezar nada. Quizá treinta y ocho. El año que viene no, el año que viene cambiarán las cosas. Y no cambiará nada. Quizá treinta y ocho no, treinta y ocho seguro. Y treinta y nueve.





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viernes, 21 de noviembre de 2008

Perfectas


Adriana, mi compañera de piso, era una de las tías más guapas que yo había conocido en mi vida. Qué digo más guapas, más perfectas, porque además ella era simpática, alegre, inteligente, amable, graciosa. Y todo en su justa medida, nada de perfecciones que hacen vomitar, ni siquiera me daba envidia. Pero ella no debía de pensar lo mismo que yo, porque decía muchas veces que estaba feísima, que había engordado, que no tenía tetas, y que así nunca encontraría al amor de su vida. Nos quejábamos las dos, nos sentábamos en el sofá, y devorábamos helados de chocolate como si fueran ellos los que iban a devorarnos si no lo hacíamos nosotras antes y tan rápido.

Y un día cualquiera Adriana conoció a Marcos, que era hasta más guapo, simpático, alegre, inteligente, amable y gracioso que ella. Pero él no se quejaba, y sí rozaba la perfección vomitiva y la envidia entre los que no pertenecen a ese paraíso de personas perfectas. Así que Adriana seguía quejándose, que me ha salido un grano, no tengo tetas, mira qué nariz tan grande, Marcos es perfecto y yo…y me dejaba sola con el helado de chocolate, a punto de devorarme, para hacer abdominales o ponerse cremas.

Empezó a estar muy pesada, cada día con más quejas, menos tetas, más orejas, menos curvas y más arrugas, eso decía ella. Hasta que apareció con un folleto de Corporación Dermoestética y una sonrisa de oreja a oreja, que Marcos le pagaba el aumento de pecho, así ella sería perfecta y feliz.

Entonces a mí Adriana ya no me parecía una de las tías más perfectas que había conocido, era una estúpida y superficial mujer florero, y por más que se lo decía ella no lo entendía, que no, que lo hago por mí, por sentirme mejor, Marcos no me lo ha pedido ni nada. Ya, ya, decía yo, ya, ya, cansada de sus excusas baratas. Cansada de intentar convencerla de que tenía muchísimas cosas que la hacían más perfecta de lo que jamás conseguiría poniéndose tetas. Ni siquiera la hacía cambiar de opinión con decirle que ella era perfecta porque era diferente, pero estaba a punto de convertirse en una oveja más del rebaño, perfectamente inútil, y nada.

Hasta que aquella mañana vi que la discoteca de Pachá Valencia celebraba una fiesta en la que sorteaba un aumento de pecho. Y llegué a casa después de haber descargado mis fuerzas contra el pobre periódico que le llevaba a Adriana en mi último intento, estrujado como si fuera el jefe de la discoteca. Lo llaman homenaje a la mujer, pero bueno, es que esto es increíble, homenaje al machismo, me encantaría escupir al imbécil que ha tenido la idea, pero qué asco, y no van a hacer nada, no van a hacer nada porque nosotras no importamos una mierda, somos un jodido objeto sexual más.
Ella me miró, enrojeció y me dijo que si querían homenajear a la mujer sortearan entonces aumentos de pene; se levantó de un salto, buscó su móvil y se encerró en la habitación. Yo no entendía nada, igual se había enfadado conmigo, seguro que se había dado por aludida, un objeto sexual con patas. Pero me daba igual no entender nada, porque ya estaba buscando el teléfono del Ministerio de Igualdad, helado de chocolate en mano, para preguntarles amablemente si se pensaban quedar de brazos cruzados ante semejante vulneración del derecho a la igualdad de las mujeres, cuando Adriana salió de la habitación con una sonrisa de verdad, me quitó el helado de las manos, se sentó en el sofá y tiró el móvil encima de la mesa.

Me sentó a su lado y empezó a reírse como hacía mucho tiempo que no lo hacía, mientras me contaba que le había dicho a Marcos que se operara él, que lo único pequeño de su relación era su pene, que se podía ir a Pachá a intentar arreglarlo. Y mientras yo dejaba que la información me devorara, Adriana y su sonrisa perfecta otra vez, volvían a devorar el helado de chocolate.

martes, 11 de noviembre de 2008

¡No corras!


-¡No corras!
Y ya estaba resoplando. Ugaitz, que escondía los ojos en el techo del coche y resoplaba desde su boca para mover su flequillo, agarrar el volante con firmeza y acelerar más.
- ¡Que te he dicho que no corras!
- Amaia que no llegamos.
- ¡Pues no quiero que nos matemos antes de llegar, y nuestro hijo sin nacer!

No, si ya lo sabía, aquello era una tontería comparado con todas las cosas que hacía él normalmente; seguro que esto le parecía una chorrada.
-Ugaitz, por favor, que me duele mucho, no vayas tan deprisa.
-¿Cómo estás?
-Pues no muy bien, la verdad, no muy bien, porque Mikel va a nacer en un coche robado y con un padre etarra, y eso si tiene la suerte de que el estúpido de su padre no se estampe. Y todo porque la estúpida de su madre no ha sabido hacer las cosas mejor.
-Yo no he matado a nadie.
-¡Oh, gracias! No has matado a nadie, muy bien, cariño, qué estupendo, no has matado a nadie pero les has dado las armas a los que matan…no corras, no corras porque como nos paren este niño no nace.
-Ya te dije que lo dejaría…
-Sí claro, eso me lo dijiste hace tres meses, y desde entonces hasta ahora han pasado seis, y no has hecho nada, si es que soy imbécil.

Entonces entrecerraba los ojos, los ojos que no habían matado a nadie porque no podían, y apretaba los dientes, se mordía el labio, y respiraba como si de repente se hubiera acordado de que no había respirado en mucho tiempo y tuviera mucho aire que soltar, como si su nariz no fuera suficiente para todo lo que tenía dentro. Aceleraba y yo todavía suspiraba más, las contracciones me estaban matando, respiraba más fuerte que él para luchar contra el agobio y el miedo que me estaban ahogando.
-Lo voy a dejar, te lo juro, cuando nazca el niño lo dejo.
-¿Ah sí? Pues el niño va a nacer en unos minutos y yo no veo que dejes nada.
-¿Y qué quieres? ¿Que llame ahora a Aitor y le diga que lo dejo, que acabo de tener un hijo y ya no quiero jugarme la vida?
-Pues no haberme dicho que lo dejarías, capullo.
-Si yo quiero dejarlo Amaia, de verdad, pero es que no es tan fácil…
-Claro no, no es tan fácil, qué van a decir de ti en la banda…
-No es por eso, es que tenemos un hijo.
-¿No me digas? ¿Sabes qué, Ugaitz? Que eres un cobarde, un puto cobarde, que no te atreves a dejar la banda porque te matarían, y tampoco te atreves a luchar porque tienes un hijo. Estás en tierra de nadie, eres un mierda. ¿Cómo cambia todo, no? Los tuyos se han cargado a un montón de gente, y ahora que tienes un hijo ya no quieres jugar a las pistolas.
-¿Qué dices? ¿A qué viene eso ahora?
-Pues eso Ugaitz, que ahora vas a tener un bebé, y después de todo lo que habéis hecho ahora te das cuenta, que vas a tener un bebé y no quieres que te lo quiten, y menos que te lo quiten sin ninguna razón, que es la que vosotros tenéis, ninguna.
-Eh, que yo sólo suminitro.
-Me da igual, sois idiotas, aparte de unos hijos de puta. Y yo la primera idiota por estar contigo, porque si lo hubiera sabido antes de enamorarme se casaba contigo tu madre, si lo hubiera sabido antes de quedarme embarazada, pero no, me entero hace tres meses, con un bombo y un matrimonio de seis, que mi maravilloso marido no trabaja en una fábrica de Renault en Biarritz, no, que es un puto terrorista. Y en vez de separarme me quedo contigo, porque te quiero y porque me prometes que lo vas a dejar. Pues nada, aquí estamos, Mikel asomando la cabeza y tú en la banda todavía.
-Esto se va acabar Amaia, te lo prometo.
-Pues claro que se va a acabar Ugaitz, claro que se va a acabar, se va acabar porque en cuanto el niño esté en el registro me separo, ¿me oyes? Me separo y me voy a vivir a Sevilla si hace falta, porque has sido el peor error de mi vida.

Y ya no entrecerraba los ojos, los tenía muy abiertos y parpadeaba, los ojos que no habían matado a nadie porque tampoco querían. Seguro que estaba pensando en su hijo, en mí, en su familia, en la Ertzaintza. Estaba pensando en el día en que Aitor le salvó de aquel coche bomba en el Hipercor porque lo conocía del barrio, el día en que empezó a meterle ideas en la cabeza y a convencerle de que tendría que pagar por haber sido salvado, que sería un héroe, que no le obligarían nunca a matar a nadie si no quería, pero que podría hacer trabajillos para ayudarles a conseguir un país libre, y que le pagarían, seguro, estaba pensando en eso, como si lo hubiera parido. Y en el momento en el que asintió, en el momento en que cruzó la frontera con cuatro metralletas escondidas en la parte de atrás de los asientos, en todos sus pasaportes falsos, en el momento en que me conoció y me dijo que trabajaba en la Renault de Biarritz. Y entonces se le escapó una lágrima, por todos sus errores. Y me miró, y a mi inmensa barriga también, y vio a Mikel muy lejos de allí, sin secretos, ni mentiras, libre de verdad. Tenía que saberlo, que nosotros dos éramos sus dos únicos aciertos en la vida.

En el hospital del Bidasoa todo fue muy rápido. Aparcó lejos de la entrada, me llevó casi en brazos, y me acompañó todo el tiempo, agarrándome muy fuerte de la mano hasta que Mikel nació, y siguió agarrándome hasta que salimos del hospital, como si tuviera miedo de que fuera a escaparme.
-¿Dónde está el coche?
-Esperadme, lo traigo aquí
-Pues venga rápido, que Mikel tiene frío.
-Miguel, Amaia, vamos a llamarle Miguel.
-¿Por qué?
-Porque mañana nos vamos a Sevilla, Amaia, se acabó, sois lo más importante que tengo, lo único importante, así que nos vamos.

Al dirigirse al coche se cruzó a Aitor, le dio un abrazo, le dijo que su hijo ya había nacido, que se iban a Sevilla, pero que le llamaría algún día, incluso le dio las gracias por todo lo que había hecho por él.

Lo que había hecho por él, una bomba lapa en los bajos de su coche viejo y robado. Las lágrimas de Amaia, sola, en la puerta del hospital, con Miguel en los brazos. Los futuros rotos, en pedazos. Ni tiempo para un te quiero, ni tiempo para perdonarle, para darle las gracias por llevarlos lejos del miedo y las mentiras. Sin tiempo, sin razones, y la gente alegre, un etarra menos.

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