jueves, 13 de noviembre de 2014

1.038

1.038 desde la Ronda Litoral. Mordería hasta el polvo. Y el polvo precisamente.

Rumbo fijo hacia el norte. O hacia el sur. El tacto se enreda. Hay tantas maneras como kilómetros de tirar de su pelo hasta los márgenes de su vestido. Como hay tantas maneras de buscar con las manos las caderas. Por debajo. Siempre por debajo.

Autopistas de peaje. Los matrimonios modernos que veían películas en Perpignan para aprender a agarrarse de otras maneras. Se puede perder el tiempo, parar el reloj y decidir invertir en una brizna. Como las rosas invierten su vida en las espinas. Tienen en su boca las pulsaciones los corderos, cuando se acercan a ponerles fin.

¿Cómo se acercan? ¿Cómo lo hacen? Hay trayectos que son putos. Que empiezan desviándose en Orléans y no llegan a navidad. Que se quedan con la sensación. El tacto frío y caliente del morse. La presión que se ejerce. Los tirones hacia destinos apetecibles.

Está demasiado lejos aquel apartamento en el que no tenemos nombre. A veces, la imaginación es el arma más peligrosa que existe. No sé cuánto tardaré en llegar, este cinturón de seguridad no ayuda. Siempre fui más de carretera. La vida se mueve más. Pero es más denso el movimiento en una cabina presurizada. De la imaginación. Las caderas se deslizan, la piel llega a las manos, no duelen los tirones y la distancia corta se eterniza.
La distancia no deja nunca de ser cada vez más corta.
La distancia nunca deja de ser.
Pero se mira. Se mira y se toca. Se mira, se toca y se muerde. Se deja de pensar. Sólo se siente.

Cada una de tus briznas, la única mirada.

Salen las ideas de las cabezas. Y caminan. Despegan. 1.038 se quedan en nada. Por la ventana, hace ya tiempo que se han encendido las luces. ¿Cuándo sale el próximo avión?

viernes, 10 de octubre de 2014

Despacio

Hace tanto que ya no recuerda la última vez que lo hizo despacio. Que no fuera sólo por placer, sólo porque toca, sólo porque hace mucho tiempo que no, y toca. Hace tanto que no sabe cuándo fue la última vez que ella lo eligió. Que paseó por la platea y dijo 'éste', segundos antes de desplegar todo el armamento. El ligero y el pesado.

¿Hace cuánto son medallas? Hace tanto, que no recuerda cuándo fue la última vez que lo hizo porque quería hacerlo de verdad. No lo recuerda, lleva ahí sentada un buen rato haciendo memoria. No y no. Que lo mirara a los ojos mientras, años. Que él la mirara a ella, lustros. Que acompañara una conversación de las que lo congelan todo, décadas.

¿Cuándo fue la última vez que buscó más alma que piel? O que la encontró. Y peor, por qué no se había dado cuenta antes de que había quedado desterrado en un rincón que hace siglos que no visita. Cuándo lo puso ahí. Hay una muralla altísima que nunca había visto, y no tiene pinta de que sea de nueva construcción.

Echa de menos la lentitud. El buen hacer. Hacerlo porque sí, porque quiere, porque va más allá del cuerpo, porque va a un lugar que no tiene porqué existir. Que no mira el reloj, que no calcula el esfuerzo, que no se cansa, que no piensa en invertir. Menos mal que tiene una lista que consultar, que hará memoria por ella. Tiene nombres pero no fechas.

No fue éste. Ni el anterior, ni el anterior. Se cansa cuando ha contado más de diez. Quizá nunca pasó, quizá todo fue siempre rápido, por placer, porque tocaba, porque hace mucho tiempo que no, y toca. Pero en algún rincón de la memoria, quizá al otro lado de la muralla, en el destierro, algo le dice que en algún momento, todo lo hizo por ella. Por los dos. Por lo que eran. Fuera quien fuera, fuesen quienes fuesen.

Es, tal vez, demasiado tarde para los nombres. Y para las fechas. Pero suena el teléfono. No sabe quién es, pero es viernes. Y toca. Puede desprenderse de este momento, de lo difícil, y continuar con la huida hacia delante. Pero algo, quizá la lista hecha añicos o quizá el teléfono en modo avión, me dicen que no va a ser así. Que antes de volver a mirar el reloj, se va a quedar leyendo. Porque, toque o no toque, es por ella.

lunes, 6 de octubre de 2014

Qué miedo

Y ahora, ¿dónde vamos? La tristeza de tocar techo.

Creo que maduré así, sabiendo que tocaba el techo. Que el éxito marcaba el fin. Pero por suerte, las estaciones terminan y vuelven a empezar. Los techos crujen, se congelan y vuelven a romperse. Por suerte o porque sigue habiendo un par de críos ahí dentro. Críos que juegan a las películas. Críos que se enzarzan a escalar el ciprés más alto. Críos que hablan sin parar, que van a cualquier parte. Que no se callan y no saben que son diferentes. Que se quedan hasta el final, porque el tiempo no existe. Que no conocen el miedo porque no tienen ni pasado ni futuro, porque todo empieza en septiembre. Y en septiembre siempre hace calor.

¿Qué hago si el presente me da miedo? Qué miedo empezar a callarme. Qué miedo convertirme en mayor. Qué miedo, no preguntarte adónde vamos. No querer la respuesta. Conocer la respuesta. Qué miedo dejar de conocerme. Saber que nunca más seré quien fui. Qué miedo volverme tímida, acostumbrarme a la corriente. Dejarme querer por cuerpos que no me importan, que no pueden hacerme daño. Qué miedo salir primero, alejarme antes, correr. Qué miedo no hablarte. Qué miedo el techo. Qué miedo, qué miedo, qué miedo. Y qué miedo tener miedo. Y nunca más atreverme. Y nunca más decirte que te quiero. Qué miedo no habértelo dicho nunca.

Que quiero ser tu película, tumbar el ciprés y que lo hagamos añicos. Romper el puto techo y crecer. Y no dejar de ser una cría nunca.

Pero qué miedo dan las alturas. Y qué frío hace cuando acaba septiembre.

jueves, 28 de agosto de 2014

Lejos de la acera

Nos unían las manos. La vida está llena de obviedades y frases hechas. Pero lejos de las aceras eran reales. Recuerdo su mano en la mía y mis ganas de llorar. No levantaba dos palmos del suelo. Pero no me sentí sucia. Yo no le necesitaba y él a mí tampoco. Pero hubiera sido muy difícil soportarlo todo sin él. Y tampoco creo que su vida volviera a ser igual.

No sé hasta dónde llega el impacto. Cómo, en una vida tan pequeña, podrá perdurar la mía. No necesitaba mirarme, pero yo sí le miraba. Tal vez pensó que yo venía de otro planeta y en cierta manera, era así. Pero él era real, copón, lo más real que he tocado desde que mi humanidad dejó de crearlo todo con las manos. No recuerdo su voz, seguramente todavía no ha hablado. Pero sus manos sí, sus manos insignificantes dicen más que los periódicos de los últimos cuarenta años.

Nadie paga por leer vida. Pero yo hubiera dado la mía por quedarme a su lado. Y a la vez, me bastaba con tres minutos. Me dio la mano y ya está. No tenía ni hambre, ni sed, ni soledad. No le hacía falta yo y él a mí, tampoco me hacía falta. Pero me hubiera seguido hasta el final del mundo, hasta el final del pueblo, sin mirarme. La confianza es ciega y la inocencia no entiende que exista otra forma de vivir. Estaba allí, sólo por darme la mano. Porque sí, porque la vida es para darse la mano. Y ya está.

No necesitaba filosofía. No hay más explicación. La vida es obvia. Es real, la vida se toca, se mira, se huele y sólo después, se siente. No necesitaba conocerme para venir hasta el fin del mundo. No necesitaba que nadie le dijera si aquello estaba bien o estaba mal. No estaba ni bien ni mal. La vida es darse la mano y punto final.

Porque no hay otra. O volvemos a ser reales o moriremos por falta de éxito. Él sobrevivirá. Probará pocas cosas y no sabrá qué es el hambre. No saldrá nunca de allí y no sabrá qué es la opresión. Dará la mano a otros pero nunca será infiel. Y me querrá como me quiso porque sus manos son así. No tienen fin, ni aspiran a nada. Porque cuando se es tan libre no hace falta nada más. Porque aquel ser humano tan pequeño era el hombre más libre del planeta. Y me hizo tan libre que ni siquiera lo fui para ir donde tenía que ir. Ni era preciso que yo fuera en ese avión. No tenía que ir a ninguna parte. Nunca fui a ninguna parte.

Él me enseñó que todo lo que sé no vale nada. Que sólo vale ser libre. Que en el lugar del mundo más lejano de cualquier acera no necesito cruzar, porque no hay cruces. 

jueves, 24 de julio de 2014

Todas las raíces

Voy buscando las raíces. No las he perdido, sé muy bien dónde están.
Están lejos.
Busco que me encierren en casa. La seguridad del calor seco.
El olor inexistente de las adelfas.
Nunca me creí que fueran venenosas, eso sí, nunca las toqué.
Por si acaso.
Por si acaso.
A la chica responsable la perdí en algún rincón del camino.
Descubrí que volverme loca me gustaba más. Violarte en las esquinas. Venderme gratis. Contaros, haceros número. Robar mecheros, correr a puñetazos.
Está por ahí. La que habla la mitad de lo que calla fue historia. La que decía todo con mirar. La que se muere de vergüenza y se aprieta la ropa.
Era más segura. Era así y ya está.
El calor seco me aploma los pasos. Aunque se me deshagan los zapatos.
No sé cuándo se abrió el suelo. No sé cuándo lo contemplé todo y supe que no entendía nada.
No sé cuándo fui consciente de que podía elegirlo todo. Pero me asusté.
Nunca me gustaron las adelfas. Pero siempre supe que podía abrazarlas y se acabó.
No las veo en el suelo abierto. Veo a la rubia, a la morena, a la pelirroja.
Aquí abajo hace calor. Están la corresponsal, la estudiante de árabe, la camarera.
Veo los abrazos, veo a mi padre, veo al hombre que vivía ahí al lado, en otra realidad con grados.
La veo a ella, preciosa como siempre ha sido. Veo el polo a rayas, nuestros nombres en un árbol. Las banderas de lo que no conocemos. Tú, en la cola del supermercado. Lo veo a él, en medio de triángulo.
Pero no veo las adelfas. No tengo calor.
Están ahí, la chica que no quiere llevar gafas, la que camina tranquila, la que lee el periódico los domingos. La veo en el sofá verde, las veo en los cuadros, hablando con edificios.
Están la que llora con sentido, la corresponsal, la estudiante de árabe.
Pero no puedo tocarlas. No puedo elegir.
Están todas, todas menos yo. 

lunes, 14 de julio de 2014

Mátalos tú

Sé que quieres salir de aquí. Aunque aquí no sea ninguna parte. Y que si no es ninguna parte... Que no quieres vivir más. Ya está. Para qué. Para qué vas a vivir. Si no sabe a nada. Me asusta saber cuántas veces piensas en abandonar. No quiero contarlas, no quiero preguntar por qué. Sé que no quieres más, que estás cansada, que no te hace ilusión. Que el tiempo pasa, la vida es normal, las emociones no son fuertes. Que para qué. No he vuelto a verte escribir. No te da sed el viento. No sientes nada. Vas más rápido que él, tanto que no ves. No te sientas, no me escuchas. Sólo vives, como si tuvieras que hacerlo. Te sientas y me escuchas y no hay nada. Todos tenemos que vivir, lo sé. Pero tú no. Tú vivías porque querías. Porque te daba la gana. Como si lo hubieras elegido. Y lo sé porque no he vuelto a verte escribir, tampoco te veo llorar. Y llorabas y escribías que daban ganas de quedarse a mirarte. Creo que tienes la misma sonrisa falsa que en las fotos de tu comunión. Las fotos... no miras fotos. Te buscas tanto que no sabes cómo encontrarte. Eres tantas mujeres que te has olvidado de la que querías ser. Lo sé porque no escribes, porque no duermes y estás cansada. Tú no te cansabas nunca, querida. Porque no oigo tus zapatos al mismo ritmo cuando bajas a por el periódico. Tu café ya no está a la temperatura perfecta, ni pasas horas en la ducha. Hace siglos que no pruebo tu gazpacho. Ni sé dónde has guardado todas esas fotos que contaban tu vida. A ti te gustaba mirar al pasado. Tú eras una melancólica divertida. Disfrutabas viendo tu vida, contando tu vida, todo lo que has hecho y lo que vas a hacer. No fuiste siempre así. No dudabas tanto. A ti no te daba miedo mirar atrás. A ti no te daba miedo nada. Tú te cruzabas el país por amor aunque no te quisieran. Tú tenías tiempo para todo. Saltabas de la cama, ibas regalando amor desde que estirabas los brazos. Joder, tú eras de colores. Tú no eras esta vagabunda cagada de miedo. Tú temblabas por todo. Te miro y sé que vives porque tienes que vivir. Como si aceptaras ser sombra, dejar lo que te gusta y hacer lo que tienes que hacer. Deja de huir y escribe. Deja de huir y escribe. Y vive. Mata los traumas y vive. Mátalos tú. Cruza el país por amor. Deja de esperar. Salta, riega las plantas. Enséñame tus fotos, enséñatelas tú. Y por dios, haz gazpacho.

domingo, 16 de marzo de 2014

Era aventura.

El túnel de la tristeza ya no era tan largo.

Me apetecía comer en casa.

Buscarle con los pies por debajo de la mesa.

Ser natura.

Verano.

Madera.

Un cristal al que la brisa le quita el polvo.


viernes, 7 de marzo de 2014

Verano

Me gustaban las uñas de sus pies pintadas de rojo. La arena del mar. A juego con las de las manos. Cómo se oía, aunque fueran tópicas, las olas llegar. Ese primer frío que apaga todo el calor. Como si fuera urgente apagar el fuego. Su piel mojada. Cómo se endurecía y se volvía suave al mismo tiempo. Después se tumbaba al sol. Siempre se le quedaba agua en el ombligo. Siempre me apetecía beber de él.

Acostarme con ella era como un día de playa. El placer de un orgasmo me recuerda siempre a la zambullida en el mar. El momento de meter la cabeza. El mundo se apaga, se para, se calla. Cambia todo en milésimas de segundo. La muerte debe de ser así también. Como el primer trago de cerveza fría, en una terraza, frente al mar.

Echo de menos a Blanca. Cómo me miraba antes de salpicarme. Cómo corría a besarme cuando me había metido agua salada en los ojos. Cómo se reía cuando le mordía, como represalia. Me gustaba su pelo, de un color indescriptible, como el del sol. Los dibujos que hacía en la arena mientras dejaba escapar detalles de su vida anterior. Siempre tenía una sonrisa para mí.

Desde entonces los orgasmos han dejado de parecerme un día en la playa, para acordarme de ella cada vez que miro el mar. Sus uñas pintadas de rojo, las olas llegar. El primer sorbo de una cerveza fría me sabe a su pelo. Suave como el trigo. Nunca volverá a haber un puto lugar que se parezca tanto a la vida, al sexo, al amor, a la muerte.

Tal vez porque Blanca lo era todo. Porque ella era el mar. El sexo más primitivo. El amor que eriza la piel y registra la vida en imágenes. En postales. Porque ella era también la muerte.

Porque después de ella y del mar, ya no había nada más. Nunca hay nada más después del verano. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Las cosas grandes y pequeñas

Se nos queda grande la vida. Voy recogiendo trocitos pequeños de este viaje y vuelvo a pegarlos al corazón, que también se ha roto. Porque las cosas, cuando son muy grandes, se rompen.

La vida se rompe a veces.

Como las fotos, las fotos que tuve durante años colgadas en las paredes de mi habitación. De cada habitación. Mientras la vida se iba haciendo grande.

La vida tiene que volver a ser pequeña. Las cosas pequeñas aguantan mucho mejor los golpes. Las vidas pequeñas no se rompen.

En este viaje que llega a su fin, han ido cambiando las paredes. Los amantes de cama, el olor de las sábanas. Hasta romperse todo. Voy recogiendo los trocitos y veo que ha sido un viaje increíble. Aunque se acabe, ha sido un viaje enorme.

Y la vida se nos ha quedado grande a los dos. Los trozos de este viaje ya no tienen, ya no, paredes a las que agarrarse. Se les ha puesto forma de cajón.

La vida, esta vida, la de este viaje, va teniendo cara de cajón.

Volveremos a ser grandes, ya verás. Cada uno por su parte, pero grandes.

Ahora toca dejar, con una sonrisa eterna, los trocitos de este viaje, eterno, en un cajón.

Y volver a ser pequeños.


lunes, 13 de enero de 2014

Los que hablan, los que sienten

- Sigue hablando.

No tiene problemas para hacerlo. Mientras, ella enciende un cigarrillo y le mira. Tiene los cinco sentidos puestos en él. Le escucha. Es divertido y tierno al mismo tiempo. Le acaricia el pelo, rubio, dorado, rizado. Tiene un cuerpo griego, unos pies preciosos y las rodillas perfectas. Se le dibujan los músculos del muslo, hasta las caderas. Ni una cicatriz, los milímetros justos de hendidura en el ombligo. La mandíbula marcada, perfecta. Si no fuera porque han pasado dos mil años, juraría que es Adán, la perfección de Dios en la Tierra. Los dientes blancos, grandes, eternos. Las cejas. La nariz. Los labios llenos de carne, el tono de voz grave. Las venas de las manos, grandes para agarrarla de la cintura y estamparla contra la pared segundos antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta y se despiden.

- Sigue hablando.

No hay más planeta que el rectángulo de su cama. Todavía sudan. Le acaricia el pelo, castaño y corto y perfecto. Él fuma, ella le escucha como si sólo existiera su voz dulce. Su madre tenía un estanco donde además, vendía unas postales antiguas, en blanco y negro, que no se encontraban en ninguna otra tienda de la ciudad. Tiene una cicatriz en la rodilla después de años jugando al fútbol. Y los ojos verdes, inmensos como los ibones del Pirineo en otoño. Y vello en el ombligo, la nariz puntiaguda. Las manos de pianista que le colocan el pelo detrás de la oreja antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta, con el pelo detrás de la oreja y se despiden.

Hablan. Y mientras no hay más mundo.

- Sigue hablando.

Vive dentro de su vida en este instante. Los hombros cuadrados, las tibias curvas. Y los labios brillantes, perfectos, con los dientes un poco descolocados. Es como un niño, travieso y con algunas malas ideas. Los ojos marrones y la respiración calmada. Tiene las orejas pequeñas, como la nariz. Ha viajado por todo el mundo y vive dentro de una mochila con pegatinas de todos los aeropuertos. Ella le escucha y viaja con él a los rincones que relata. Los codos deshidratados y los brazos fuertes. Con el índice le acaricia la nariz antes de darle el último beso.

Se visten. Le acompaña hasta la puerta y se despiden.

Es perfecto. O lo sería si más allá del rato en el que hablan, ella fuera capaz de sentir algo.

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