martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz feliz 2013

Todo el mundo quiere que se acabe el 2013. Que el 2014 sea mejor. Yo no quiero ni que termine ni que no acabe, porque si algo he aprendido este año es que hay que exprimir este instante como si nunca volviera a repetirse, porque efectivamente, no volverá a hacerlo. Y a fluir. Así que ahora que me paro a pensar, me doy cuenta de que seguramente este año 2013 ha sido el mejor de mi vida. Por ahora.

Este año he disfrutado estudiando como nunca antes en mi vida. He conocido a personas increíbles y a periodistas alucinantes, los mejores del país (y de El País). He vivido en la mejor ciudad en la que nunca se pueda vivir, he trabajado en la mejor revista del mundo y en el mejor periódico del planeta. He dormido muy poco, he dejado de fumar, me he hecho un agujero en la oreja, he viajado a la India y a Nepal, he vuelto a recorrer una parte de Europa, he cambiado varias veces de color de pelo, he visto jugar al Barcelona, he estado en una cumbre europea con los líderes de los veintiocho países europeos, he pisado Madrid y Sevilla en agosto, he dormido frente a las torres Kio, he bebido más cerveza que otros años, y he disfrutado de los niños de mi familia como nunca.

Pero si este año ha sido el mejor de mi vida es porque lo mejor de este año has sido tú. Lo mejor de 2013, lo que hace a 2013 un año incomparable a ningún otro, ha sido conocer a la mujer de mi vida. La mujer por la que merece la pena todo, absolutamente todo. La persona que me ha roto el corazón para abrirlo más y descubrirme que se puede ser más libre, más feliz todavía. Que se puede sonreír más, ensanchar más el alma. Que en esta no existen los límites y cada minuto es único.

Si sé algo de 2014 es que este año me verá cruzar el charco para reencontrarme contigo, y que entonces, la tierra temblará.

Que no os equivoquéis y 2014 sea mejor que 2013. Nos estallará el corazón.

domingo, 8 de diciembre de 2013

El invierno de mi vida

No importan los kilómetros. No importa el tiempo. Siempre has sabido que me gusta jugar a inventar planetas, espacios que sólo existen para un par de personas. Lugares a los que puedo viajar, sólo con la memoria, cuando el tiempo lo decide.

Por eso me recuerdan a ti los inviernos. Porque tal vez, y sólo tal vez, hubo un invierno que fue el de mi vida. Un invierno que nos congeló en un espacio que, tal vez, seguramente, ya no existe.

Pero el tiempo es así, termina y vuelve a empezar. Los inviernos vuelven y algunos, me congelan el corazón. Y cuando se me congela el corazón, llego yo a aquel rincón, triangular, lleno de pensamientos escritos, de fotografías en blanco y negro, de cosas tuyas que, de alguna manera, también eran tan mías. Como si hubieras estado esperándome toda la vida. Como si la felicidad hubiera estado siempre esperándome, concentrada, en un triángulo minúsculo, acumulando secretos, pequeños, sensaciones básicas, de las de andar por casa, detalles ínfimos que explotan y llenan el planeta entero.

Porque aunque aquel lugar fuera pequeño para dos, era tuyo y era mío. Algo lo convirtió en más que suficiente para dos. En todo lo que necesitaba para dejar que los vientos me llevaran a beber por ti.

Amaba ese lugar y aún lo amo. Aunque no exista. Amé ese invierno, aunque fuera una primavera, un verano, un otoño. Fue el invierno de mi vida.

El invierno. El ruido del calefactor, las películas que nunca termino, caminar hasta tu casa, la radio por las mañanas. Con tanto frío y yo sólo recuerdo calor.

Debe de ser así el amor, no sé si lo sabía entonces. Pero ahora, si me lo pregunto, sólo necesito recordar aquel planeta para saber cómo era, cómo es, cómo debe ser el amor.

El amor era un sueño, eran miles de horas durmiendo contigo, en un segundo. Era despertarme en aquel rincón en el que siempre era de noche pero siempre había luz, y abrazarte. La eternidad a nuestros pies, toda la piel sumergida en un escalofrío. Volver a abrazarte como si necesitara comprobar que, efectivamente, algo tan increíble existiera, tan cerca de mí desde siempre, tan fácil, tan simple, tan vida misma.

La vida es complicada siempre. Pero en aquel planeta todo era muy sencillo. Siempre odié las rutinas y sin embargo, en aquel rincón triangular, ese que tal vez nunca existió, quería cocinar, poner lavadoras, dormir la siesta, ver la televisión. Mirar nuestro espacio. Contemplarnos.

Nunca quise tanto un invierno, ni creo que quisiera nunca a alguien tanto como para confundirme con él. Nunca me importó tan poco que hiciera tanto frío, nunca me gustó tanto que lloviera, ni el cine, ni Madrid. Nunca me pareció tan fácil ser feliz con tan poco.

Tal vez, seguramente, todo era cuestión de espacio. De un espacio que creamos y era sólo nuestro. Un espacio que sólo tú y yo sabíamos inmenso. Uno, o el único planeta, que conseguí crear y hacer durar en el tiempo. En un invierno cálido, que no tenía fin. O tal vez sí. Quizá por eso, porque el tiempo termina y vuelve a empezar, ese espacio que existía, como apareció, dejó de existir. Pero cuando el invierno me congela el corazón...

Ay, cuando el invierno me congela el corazón.

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