miércoles, 4 de julio de 2012

El imbécil de Heráclito

No responde. Porque no puede responder. Aunque a mí me parezca imposible tal desprecio, debo procesarlo, admitirlo, entenderlo y que se convierta en superficial. No responde, porque no puede responder.

Porque el imbécil de Heráclito lleva tiempo, no se sabe cuánto, quizá desde antes de que su querida madre y su querido padre tuvieran un remoto pensamiento de él, deprimido, profundamente triste, sin rumbo alguno en este nudo de autovías y autopistas que es la vida. Se quedó hace tiempo ahí, paradico en el arcén, mirando a todas partes. Porque al imbécil de Heráclito no se le ocurre que de ninguna manera pueda él no entender todo lo que nos circunvala. A él, y a su inmenso ego.

Y ahí está, desde hace tiempo, parándose a sí mismo y a quienes le acompañábamos. La mayoría no aguantaron mucho tiempo, pero yo me quedé ahí, estúpida como las casualidades mismas de la vida, y porque estaba enamorada de Heráclito, a ver si en algún momento uno de sus pies salía disparado hacia delante y venía corriendo a abrazarme. Y a pedirme perdón. Pero sí, claro, nada más inocente que pensar que al imbécil de Heráclito se le iba a ocurrir tener un gesto que fuera más allá de seguir alabando a su maldito ego.

Egoísta, y cobarde, Heráclito se quedó solo. Porque yo también me fui, y además demasiado tarde. Yo ya era un alma gris cuando decidí que ya había perdido más que el tiempo suficiente, el de rigor, luto y respeto, esperando a un imbécil, como si no conociera ya a unos cuantos, dispuestos a sustituirle. Pero sí, cuando me fui, y aún todavía hoy, sigo conservando algunos matices grises que el imbécil de Heráclito me pegó y que aún no he conseguido desprenderme.

Llegará el momento, pero hasta éste, yo también he sido una imbécil. Porque como el pobre Heráclito se quedó solo, ahí, al borde de la carretera, dispuesto a ser atropellado si no era capaz de comprender toda la vida y vislumbrar su destino antes, pues me fui, pero nunca dejé de escribirle. Que si Heráclito cómo estás, que si Heráclito sonríe, que si muévete de ahí, que si claro que te echó de menos, y te quiero, y tú me quieres, y que triste la vida que nos separó y nuca volverá a juntarnos, porque tú eres imbécil pero yo lo soy más. De remate.

Y con tantas escrituras, Heráclito dejó de contestarme. No responde. Y yo respiro hondo porque sé que Heráclito está muy triste, y yo no quiero echar más leña al fuego de su arcén. Así que me repito que no me responde, porque no puede responder. Y porque yo soy una buena persona y sé que es imbécil, y que debo desprenderme de sus grises con el tiempo, y que no le haré más daño para no cavar su socavón ni darle de comer a su ego. Pero Heráclito, el pobre, está muy triste, y no lo quiero yo más triste.

Aunque lo cierto es que para triste, con el tiempo, yo. Y para imbécil, ni contarlo. Como si a Heráclito se le fuera a ocurrir alguna maldita vez, pensar en mí. Como si entre su ego fuera a vislumbrar, en algún momento, todo el amor que ha salido de aquí dentro...

Así que Heráclito, si me estás escuchando, sal del arcén y vete al cuerno. Que te den dos duros. No pierdo ni un segundo más de esta vida maravillosa en pasarte el babero por las lágrimas secas, cocodrilo. Que te vaya muy bonito, pero muy lejos de mí. 

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