martes, 30 de diciembre de 2008

Louise


Louise tenía todas las cartas para una vida de mierda. Mujer, negra africana, subsahariana, lesbiana. La perfecta víctima del hambre, del SIDA, de las redes mafiosas que trafican con mujeres. Mujer, negra y lesbiana. La triple discriminación.

Su padre se había marchado en un barco pesquero hacia las costas de Somalia y jamás había vuelto. Su madre, ella y sus cinco hermanos, se dejaban la espalda trabajando en el campo y además, ese puto jefe no dejaba de meterle mano y de ponerle unos ojos lascivos que ella le hubiera arrancado sin que le temblaran las manos. Y cuando salía de ese martirio y se escapaba un rato al único bar del pueblo a ver la televisión, mientras las moscas perseguían a todos a su alrededor a ella e entraban ganas de vomitar con ese puto primer mundo jodidamente perfecto. Donde las niñas lloran porque su mami no les ha comprado el pintauñas que quería, y los niños porque se ha agotado el balón de Nike.

Unas vidas valen más que otras. O sino por qué lloran esos gilipollas cuando un terrorista mata un policía, y decretan tres días de luto cuando aquí mueren miles cada segundo y nadie se para ni a enterrarlos. Menudo planeta de mierda. Se ponía tan furiosa que las moscas ni se le acercaban.

Se cargaría a los americanos, y luego a los europeos, y montaría un mundo nuevo con Asia y Oceanía. Sería tan buena que hasta salvaría a alguna europea guapa y se montaría un harén con ellas. Pero a los americanos ni agua, menudos hijos de puta, ni Angelina Jolie ni su madre, con esa carita de pena tan asquerosa y esa sonrisa soberbia por haber adoptado a cuatro niñatos que se volverán tan locos por el botox como ella. Con lo que George Bush se gasta en zapatos ella se habría licenciado en Medicina. Así que pagaba la coca-cola, que era lo único primermundista que llegaba hasta su pueblo, y lo único que hubiera aceptado, y se marchaba como todos los días, con principios incluidos, a casa, a ayudar a su madre y sus hermanos a preparar la cena escasa que les esperaba noche tras noche. Porque los adolescentes europeos se tiraban en el sofá y al suelo si tenían que poner la mesa un día, y se creían con los derechos ultrajados. Y ella se escondía por las noches debajo de las sábanas para estudiar matemáticas, inglés, geografía e historia mundial, y eran sus derechos los que estaban por debajo de las deportivas de cien dólares de esos estúpidos adolescentes. Porque estudiaba sabía dónde estaba África, qué no opciones tenía, qué futuro horrible y estancado. Sabía que África no era África, sino lo que América y Europa habían decidido que fuera, por qué lo normal era ser blanco, occidental y heterosexual. Y ser hombre. Menudo planeta de mierda.


Por eso estudiaba, porque Thelma la esperaba al día siguiente para fugarse a Nueva Zelanda. Porque ella quería cambiar el mundo, destruir todos los sentidos de la palabra normal y devolver el amor a todos los rincones, la igualdad a África, la paz a los suburbios de Uganda, a su padre al paraíso y no a los piratas de Somalia, a su madre al restaurante de la Torre Eiffel y a sus hermanos a las playas de España, los autobuses de Londres, la universidad de Harvard, la gran muralla china. Quería llegar a Bruselas, hacer estallar en flores la ONU y taparle la boca a esos políticos tan descarados y tan crueles, tan hipócritas y cínicos.

Y por eso trabajaba, para dejarle a su madre y sus cinco hermanos el dinero suficiente para que sobrevivieran, hasta que ella los sacara de allí. Su madre la entendía, sus hermanos también, nadie mejor que Louise para confiar, nadie mejor que ella para sacarlos de allí. Era su heroína.

Y eso era una suerte. Era una suerte porque Thelma creía en ella, y era una suerte porque sólo alguien como Louise podía conseguirlo. Porque ella tenía todo lo que no podían tener los demás. Ella sabía sentir lo que nadie más podría, podía ponerse en el lugar de quien le diera la gana, podía luchar porque nunca la lucha sería más jodida que en los años de su vida que ya habían pasado. Porque ella era una mujer, negra, africana subsahariana y lesbiana. Y eso, en este mundo de mierda, es la mejor de todas las virtudes.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Esperanza Autodestrucción


“Van unidos. El 2008 es el peor año de muchos. El año que me rompió y desheló el corazón. No cambio en mi cumpleaños, ni en Año Nuevo. Cambio el día de mi santo, Esperanza. Y hoy hago justicia a mi nombre. El peor año de todos. El año en que no me he querido, el año en que me cansé de mí. El año que empezó con muchísimo dolor, donde el alma pierde el nombre y deja de ser alma. El año en el que me he escapado y he huido hasta de mí. El año de la autodestrucción. El año en el que me he matado cien veces y me he maltratado más que nadie. No me he querido. He sido mi peor enemiga, la peor de todas, yo y yoes contra mí. Me he suicidado mil veces delante del papel.

El año en que me odié tanto que no me aguantaba en pie. El año en que me maltrataba tanto que se me rompió hasta la salud, y es cierto. Esto no es literatura, soy yo aceptándome y abriendo el corazón. Me rompí hasta la salud y me condené a cinco pastillas al día para el resto de mi vida. Me odié tanto que era insoportable. Y decidí cambiar los viajes de huida por viajes hacia mí. Y viajé al pasado, a todas las etapas de mi vida, y busqué entenderme, encontrarme donde fuera yo. Autodestruir lo poco que quedaba de mí. Porque volver a Valencia y volver a Londres no era huir ni disfrutar. Era acabar conmigo. Destruir para volver a empezar, modo anarquista. Y lo conseguí. Lo conseguí.

Volví a tantas etapas de mi vida que no supe ni dónde pisaba ni cuántos años tenía. Abría los ojos y no veía. No me quería. No sabía quién era ni dónde marcharme. Y sólo podía llorar, llorar y odiarme. No tenía ganas de vivir, me asfixiaba, no quería vivir. Maté todo lo que tenía a mi alrededor. Maté a mi madre y a mis amigos, maté mis ciudades y no me quedaba aire. Maté el periodismo y la política. No me quedaba nada que no hubiera destruido.

Todo por lo que había luchado, todo por lo que yo había sido. Todo.

Y sólo quedaba yo, sola, sin que nadie pudiera salvarme. Yo y mi angustia, yo y mi soledad. No el equilibrio y yo. No hay equilibrio. Nunca lo ha habido. Maté todo aquello por lo que yo alguna vez había sido quien era. Destruir y odiarme, odiarme tanto que no había caminos y sólo estaba yo. Seguía por seguir, porque yo no tengo cojones para quitarme del medio, y eso aún me enfadaba más.

Todo por lo que yo había sido, por lo que alguna vez he sonreído, y he saltado, todo lo que alguna vez he amado.

Destruí todo. Todo. Todo o eso creía yo. Sola en una soledad tan sola que nadie podía sacarme de allí. Que nadie podía entenderme, hacerme vivir, quitarme la horrible sensación de estar siempre de vuelta. De no quererme nada.

Y en medio de todos esos llantos respiré. Respiré. Y me gustaba respirar, después de tanto tiempo muerta, ocupaba mi tiempo en eso. Respirar. Y hay cosas que no se pueden destruir. Hasta que el periodismo me agarró de la cabeza con ojos abiertos que no veían y la levantó hacia la luz. Y vio a una niña destruida, que no veía, que no vivía. Que estaba perdida. Lo había conseguido, me había destruido, a mí y a todo lo que alguna vez había amado con todas las fuerzas que ya no me quedaban.

Y mi madre apareció con todo su amor, porque hay cosas que no se pueden destruir, y me heló el corazón. Los corazones helados son los únicos que laten. Y volví a latir, poco a poco volví a latir. Porque hay cosas que no se pueden destruir. Y si mi madre congeló mis latidos, mis amigos bombeaban. Hay cosas que no se destruyen. Y latía, yo latía, y volvía a pararme, a olvidar las cinco pastillas. Y volvía a latir con alguno de ellos detrás empujándome.

Y el periodismo hizo latir mis manos. Y que escribiera como escribía y no metida en la historia de siempre. Que volvieran a latirme las manos y se me rompieran con cada hielo del corazón. Aquí están rotas otra vez, que es como sirven. Y la política hizo latir mi cabeza, todos los principios caídos fueron levantándose como una república dormida hasta abrazarme, hasta gritarme que me echaban de menos, que quieren ser defendidos y ser otra vez la parte importante que eran de mí. Y con la cabeza latiendo, con todos los principios dentro de mí, desperté. Desperté. Y soy otra vez. Y me paro a veces porque después de un año muerta no es fácil. Porque me he destruido tanto que todos es nuevo y ya no estoy de vuelta. Porque soy y vuelvo a ser la niña soñadora, la niña que escribe epitafios y que va a cambiar el mundo. La niña que se enamora, la niña bonita que tiemble el catorce de Abril y le hierve la sangre, y lucha, y no para, y no se cansa, y es fuerte. La niña que quiere una república y quiere ser escritora, la niña justa que grita y salta cuando escucha una canción de rap. La niña periodista, sonriente, luchadora, imparable.

Soy y vuelvo a ser, y hay cosas que no se destruyen. Porque las cosas que olvidé y maté vuelven a hacerme ilusión. Todo es nuevo. Y no hay nada que haga más ilusión que lo que es nuevo. Así que estoy aquí, recién nacida, soy Esperanza y puedes llamarme Tiki si te sonrío. Soy justa con mi nombre de una vez por todas. Y no puedes insultarme ni pisotearme, porque yo soy fuerte. Tengo la fuerza de mil titanes y no puedes derrumbarme. Porque yo ya lo sé, y ya lo sabía, que hay cosas que no se pueden destruir, y que para empezar de cero hay que destruirlo todo, y no sería fácil. Y yo ya lo sé y ya lo sabía, que me destruiría y volvería. Porque yo voy a cambiar el mundo. Y si me he destruido a mí misma puedo hacer lo que quiera. Pero ya nada puede destruirme ya, ni yo misma. Soy fuerte, tengo la fuerza de mil titanes. Y tengo ganas de vivir.

Y me quiero, me quiero en todos los tiempos y modos del verbo.”

viernes, 5 de diciembre de 2008

El armario


No me gusta nada estar aquí. Eso mismo le dije hace unos meses, cuando nos quedamos encerrados en el ascensor de la Paz, ella, mi claustrofobia y yo. Claro, que yo ahí no sabía nada. No me gusta nada estar dentro de su armario.

Nos quedamos encerrados en el ascensor durante horas, que a pesar de la claustrofobia se me hicieron cortas, porque ella al final acabó besándome, y yo desnudándola. A partir de entonces la esperaba todos los días en la puerta del hospital, o subía visitarla con cualquier excusa a Neurología. Y ella me miraba, me sonreía, me guiñaba un ojo, mientras el enfermero, detrás de mí, me miraba como riéndose. Pero no me decía nada, y a mí no me gusta estar dentro de su armario.
Rechazaba las cenas, los cines, los paseos por el Retiro. Aceptaba mi pequeña habitación alquilada en Lavapiés, y me aceptaba a veces en su casa, poco tiempo, pero me aceptaba. Y no me dijo nada, nada más allá de que era pediatra y yo enfermero claustrofóbico. Ella lo sabe y me tiene aquí, dentro de su armario.

Así que cuando rechazó por vigésima vez un plan en el que no estuviéramos del todo solos, sin que nadie nos viera, me enfadé. Porque llevábamos saliendo tres meses y mis amigos ya pensaban que tenía una novia imaginaria. No sé cómo no adiviné antes que estaba casada, casada y me sacaba veinte años.
Pero no me importó que no quisiera cenar en un restaurante, ir al cine, o pasear de la mano por las calles, porque cuando supe que estaba casada yo ya estaba demasiado enamorado como para renunciar a mi absurdo papel de amante. Y cuántos más habrá como yo que ya hayan estado dentro de este armario.

Me conformé con quererla a escondidas, a ser lo que ella quisiera cuando ella quisiera. Y así estoy, escondido dentro de este armario porque en una de las veces que me ha querido, su marido se ha adelantado. Dentro del armario, respirando profundamente, porque no quiero que ella sufra, que el marido me encuentre aquí y romper su vida. Así que por mucho que me duela este armario, que cada vez se hace más pequeño y me amenaza más, no saldré de aquí.

Pero es que me ahogo, me ahogo. Abro algo la puerta y veo que no está en la habitación, tampoco se escuchan voces, y decido que es el momento de salir, se habrán ido a dar una vuelta. Es que es maravillosa, sabe que odio los armarios y ha despistado a su marido para salir a la calle y que yo pueda marcharme antes de que el armario me mate. Cojo mi ropa, me visto tranquilamente, no se escuchan voces, se han ido a dar una vuelta, ella es estupenda.

Abro la puerta del salón y efectivamente no hay nadie. Se han dejado la televisión encendida. Pienso en saltar el sofá desde atrás, porque a ella siempre le hace mucha gracia, para coger el mando y apagarla, pero quizá sea mejor dejarla encendida, para que él no sospeche. Nada de saltar, es mejor salir de aquí cuanto antes, no sea que ella no pueda entretenerle lo suficiente y vuelvan antes de que yo salga.

Camino hacia la puerta, desde aquí ya puedo ver el sofá desde delante, y entender por qué la televisión está encendida. Ella está desnuda, y él también. Pero no es el marido, no es el que sale en las fotos que hay encima de la cómoda, las que pongo bocabajo cada vez que entramos desnudándonos. Es el enfermero que se reía de mí.
Lo peor es que luego no mirará en el armario, y cuando vuelva a verme en el ascensor, no se acordará de que estuve allí, de que esperé aunque fuera claustrofóbico.

Buscar este blog