viernes, 24 de diciembre de 2010

Baja

-         Baja.
-         ¿Qué cariño?
-         Que bajes, digo.

Y María baja. Y se la chupa. Felación. Sexo oral. Y humillación. Porque Pablo le aprieta la cabeza contra él y a María no le gusta. Se lo ha dicho un montón de veces, que no, pero a Pablo le da igual. En el fondo, es que María lo hace tan bien que a Pablo se le olvida todo en la séptima gloria.

Y poco importa lo que haga María. Intenta a veces apartarle las manos, pero Pablo aparta una de ellas por un momento para darle una palmadita suave, en la mejilla o donde pille, y vuelve a agarrarle de la cabeza, le tira de los pelos. Y a María no le gusta, porque ella querría imponer su ritmo y sus besos. Pero se reduce a una marioneta húmeda, a un agujero de saliva en el que Pablo entra y sale a placer.

Lo cierto es que a María hace tiempo que Pablo ya no le pone nada. Y él desde luego que no baja a ninguna parte, a no ser que esté de muy buen humor. En esas cosas piensa María mientras es penetrada como quien se deja hacer por puro desconocimiento y confianza en la consulta de un dentista. Él le hace otro tipo de favores, le acompaña al trabajo y va a recogerla, le ayuda en la compra, no la deja sola ni a sol ni a sombra.

A Pablo el tema se le está yendo de las manos hoy. Igual ha tenido un mal día en el trabajo o está demasiado contento porque empiezan las vacaciones. No le gustaría que se volviera a correr en su boca, él ya sabe que no le gusta, que le da mucho asco y que la última vez casi vomita. Pero es que casi se está atragantando, y por más que intenta alejarse un poco, Pablo no le suelta la cabeza. Y María sigue asintiendo, al ritmo que Pablo imponga, unas veces más deprisa y otra más despacio. En esas María tiene tiempo de darle algún beso antes de que vuelva a embestirle.

Se ahoga. Acaba de darle la primera arcada de unas cuantas. Pablo está tan encantado que ni siquiera le escucha la segunda, y la tercera. Debe estar a punto de correrse, menos mal, ahora se apartará bruscamente y eyaculará encima de las sábanas. María se retirará a lavarse los dientes y cuando él vaya a tirarse en el sofá para ver la televisión, lavará las sábanas y lo que haya manchado.

Pero de repente María nota al final de la garganta el semen espeso y caliente de Pablo. Amargo, como todo el tiempo que transcurre desde que empezaron a vivir juntos hasta esta parte. Y otra arcada. Tiene un montón de ganas de vomitar, quiere salir corriendo para llegar al baño y poder desahogarse en el váter. Pero Pablo sigue agarrándole la cabeza.

Vomita. Todos estos años. Los vomita. Encima de Pablo y dentro de él. En las sábanas. María vomita hasta la primera cita. Y sin decir nada se levanta, y va hasta el baño para lavarse los dientes y secarse las lágrimas por el esfuerzo. Pablo tampoco dice nada, se limpia con las sábanas sus partes, hoy menos nobles, y va a tirarse en el sofá.

María vuelve a la habitación, observa la cama y le da la espalda para abrir el armario. Se viste despacio, mientras oye de fondo el ruido de la televisión. Todo lo imprescindible va entrando en el bolso que se cuelga del hombro. Y con paso firme y labios fruncidos llega hasta el salón. Pablo ni la mira, debería meterse en la cocina para preparar la comida. Pero María se acerca solemne hasta él, y le arranca de las manos el mando de la televisión. Lo deja caer al suelo para llamar su atención, y cuando Pablo por fin le mira a los ojos, dispara:

-         Y ahora todo este desastre, lo limpias tú.

Antes de que Pablo pueda reaccionar María ya está lejos, muy lejos, del portazo que resuena en todos estos años.

martes, 21 de diciembre de 2010

Lluvia no llora

"Lo cierto, lo único cierto, es que te estás volviendo una miedica. Cobarde. Idiota. Periodista. Todo el día con la libreta y los enlaces de arriba a abajo. Copiando la vida de los demás y buscando alicientes por todas partes. Ya sé que sí, que a ti eso te parece muy importante y no necesitas a nadie para ser feliz. Correcto. Y me enorgullezco, coño, claro que sí, leyendo cables de Wikileaks y documentos muy acertados contra la Ley Sinde. Todo lo que sabes, y todo lo que no sabes. Y más, lo que sabes que te queda por saber. Pepito grillo hace cri, cri. Pero es que esta vez tienes toda, toda, toda la razón, periodista. Y lo malo es que sería preferible no tenerla. Piensa mal y acertarás, por muy poco que nos guste el maldito pronóstico. Lo siento, lo siento un montón. Aunque sepa que vas a luchar como un humorista contra la leucemia por darle la vuelta y mantener lo que crees, que todos somos buenos, y además lo somos porque queremos, y llegarás donde tú quieras llegar. Me da miedo que, y que, y además que, y si por si fuera poco me da miedo que, porque ya sabes que yo, y entonces me da miedo, y aún más miedo me da que, porque claro, dadas las circunstancias no es para menos. Miedo, miedo, miedo. Y aún me da más miedo tener miedo. Aunque salvo en los directos, que se me come y me retiene en estalagmita, te lanzas contra todos los muros. Eso porque la palabra kamikaze suena bien, demasiado bien, y te sienta bien. Y eso sí es muy cierto, no te vas a quedar en el rincón ni aunque te jurarán por que existe Dios que no ibas a hacer otra cosa que sufrir. Pero experimentas, y te ha tocado un poco de todo. Conozco el sonido de la felicidad que da saltos de puntillas, agudo, breve y constante. Y el sabor de las tristezas, ácido, instalado entre los parpadeantes ojos, los temblorosos labios, la fatídica garganta. Multiplicas miedo cuando recuerdas los vuelos altos y las ostias, porque vaya ostias. Y entras en el estado de nervios que no te deja dormir en los trenes de cercanías. Y corres para dejarte la garganta por el camino y que no te duela más. Pero qué viva estás. Tú no vives para el amor, o sí, pero para todos los amores, y se te nota, que amas todo lo que tocas y todo lo que lees, y todo lo que escuchas. Porque amas lo que tocas tú, lo que escribes tú, lo que narras -y a veces, lo que cantas-. Me encanta ese miedo a que, y ese otro miedo a que, porque da miedo que, y sobre todo después de que. Porque me encanta todo lo que saborees en la vida. Y estás tan tranquila, aceptando las veinticuatro horas de tristeza que te concedes mientras relativizas. Con el equilibrio que has resultado de todas tus circunstancias, tus creencias, tus miedos. Antes de pasar a la acción y tomar la decisión, de si merece la pena, si ganas o pierdes. Todas tus fases. Y te gusta ganar, y no te gusta perder, pero pierdes y sabes que pierdes, y otro miedo que te convierte en ti. Y lo cierto, lo único cierto, es que lo que más amas es vivir, vivirte. Feliz, muy feliz, y triste, muy triste. Fuera de la escala de las personas grises. Llena de miedos, miedica, periodista. Pero menos mal que has leído, menos mal que Julio y la Maga te han dado la idea de querer matarte para sentirte viva. Cuánto te quiero, cuánto te quieres."

Y Lluvia cierra el diario después de doblar la esquina, la de abajo, la de "léelo cuando vuelvas a querer matarte".

jueves, 16 de diciembre de 2010

Cartas al vientre

Hay que dejarse el corazón en todo. Las frases de su madre siempre aparecen en el peor momento, como conciencias que nunca pierden la esperanza, y Raquel se aprieta el vientre. Hay otras chicas en la sala, todas con  el mismo abismo circular delante de sus ventanas. Pero no hay horizonte, desde hace ya unos días Raquel ya no ve más allá del círculo que le va trepando por las entrañas. No hay latido, ni patadas. Pero Raquel se agarra el vientre por inercia, como quien se abraza a la almohada por las noches cuando piensa en la muerte. Los minutos se han parado en el reloj verde de la clínica, y no hay respiración a la que no acompañe otro hilo vertical, ácido y a la vez amargo, que invade toda la garganta. Y por su ventana van pasando otros minutos, como en los universos paralelos, mientras se echa de menos a sí misma, al carrito que ella no movía y todas las decisiones que no tomaba. Y tan profunda y tan lejos de la clínica, como que el lugar es estéril, hueco, anestésico.

Raquel ve a todas las madres. Y ve a todas las mujeres. A las americanas, brazo en bíceps y pañuelo en flor, en el centro de la cabeza. A las musulmanas detrás de kilómetros de tela negra, a las europeas, con el bolso lleno de agendas en las que escriben para no acordarse de nada. Y ve mujeres africanas, barrigas negras hinchadas. Y ve a las mujeres de su alrededor, solas como ella o acompañadas. Y primero ve madres, y después ve mujeres. Y se inclina sobre sí misma y se agarra el vientre. Las sillas de la clínica son frías, metálicas. Y donde no hay sillas hay plantas, de ésas que una nunca sabe si son de verdad o de mentira, de las que no hace falta regar porque no crecen, pero tampoco se mueren. Estériles y eternas, como todas las mujeres de la sala. Raquel espera su turno.

Se ha dejado el corazón en todo. Su madre no podría reprocharle nada más allá de lo que está a punto de hacer. Si pudiera besarse el vientre, lo haría. Como una firma, o como una despedida. Pero se agarra, como las raíces a la tierra aunque no queden minerales. Y Raquel ve mujeres empresarias, profesionales, emprendedoras, y ve madres, arrugadas, blancas como folios, ojeras como cardenales. Y se abraza como si pudiera convertirse en el mismo círculo de su abismo. Hay que dejarse el corazón en todo. Y viaja por última vez a los extremos y lo ve allí, abandonado en una mesa de quirófano, palpitando el final de todas las pasiones. Porque Raquel ve mujeres, y después ve madres.

Y mientras espera su turno, Raquel ve a algunas mujeres serias, otras que gritan, y otras que lloran. Como las madres. Las madres que lloran secuestros, suicidios, muertes. Y ve casas con la ropa tendida y la mesa puesta. Y se agarra el vientre, como si fuera a dejarse en este todo, algo más que el corazón. Para recuperar el horizonte. Su madre tiene que aparecer siempre en el mejor momento.

Y en la esterilidad de la verde clínica la voz de un enfermero anuncia su nombre, como en un casting para televisión o en una llamada a filas de los ejércitos. Y Raquel sin soltarse el vientre en el que no hay latidos, ni patadas, se levanta de la silla, fría y metálica, como si toda su vida hubiera estado ensayando para ese movimiento.

Mandar la última carta al vientre es cuestión de minutos, segundos que podrían contar los que tienen paciencia y los que tienen que pensar en algo mucho más simple para aguantar el hecho de ser siempre uno mismo. El arrastre a los demás en el camino del único. Y en eso piensa Raquel porque ya no puede agarrarse el vientre. Sus manos han ido soltando, sin oposiciones y sin querer, el corazón que hay que dejarse en todo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Nos despedimos en el aeropuerto. Siempre hemos sido muy de estaciones. Fueron intensas las horas, y no fueron nada. ¿Que si follamos? Sí, claro que follamos, como una extensión de las horas, del diálogo, de nuestra historia. Pero a mí no me preocuparía eso. Sabiéndonos bohemios, lo físico es lo de menos. O al menos sabiéndome bohemia a mí, no lo niegues, sabes de mí casi tanto como yo. La palabra es mucho más peligrosa que cualquier acto. Incluso la no escrita. Por eso hay mucho de mí que tú no sabes, y tampoco te voy a contar. Pero bastará saber que sí, que follamos, es lo que quieres saber tú. Aunque yo querría saber otras cosas, la saliva y la piel no me preocupan, tratándose de mí. Un acto mecánico, necesitado, un paso más que ni se cuestiona ni se afirma, uno más, no el paso fundamental ni el objetivo. No para mí, probablemente para él sí. Hasta aquí lo que tú quieres saber, siéntete traicionada, abandonada, y bucea en los océanos del desamor más decimonónico si es lo que te consuela. Pero como no es a mí eso lo que me preocuparía, y la que escribe soy yo –que eso no se te olvide- voy a darte más materia, de la de los sueños, o la real, en que pensar. Porque tengo calma, y la paciencia de quien sabe que ya sabe mucho y le queda todo por saber, y no tengo prisa, y en estos territorios me muevo con la ventaja de ser perra vieja en diferido. Y además la que escribe soy yo, y puedo hacer y deshacer, contarte y no, a mi antojo. Inventar, y decir la verdad, y sabiéndote tú nunca adivinarás cuándo es una cosa, cuándo la otra. Bendita imbécil. Aunque sabiéndome yo, consideraría el tiempo que te dedico. Allá voy. Con toda la tranquilidad y la energía de ser joven, chica, muy joven, he ganado todo lo que quería cuando quería. Les he ganado a todos. He hecho lo que he querido cuando he querido y siempre, de una manera o de otra, he ganado. Y cuando he perdido es porque realmente no me interesaba tanto ganar, hay muchas cosas en la vida como para querer ganarlas todas. Pero con él perdí. La peor de las derrotas. Les he ganado a todos menos a él. Contra él no pude. Gané todas las batallas, cuerpo a cuerpo y a distancia, pero la guerra la perdí. No sé qué ganarías tú, y me da muy igual. Porque lo que me importa a mí es que perdí la guerra. Y eso es lo que nos diferencia, que yo soy tan grande que me importa sólo lo que me pase a mí, y tú eres tan pequeña que tienes que mirar a los demás. Aunque yo no quiera creerlo y aún espere que me sorprendas. Pero eso da igual porque lo que quieres saber es si hubo sexo. Sí, sí hubo sexo, y fue pésimo. Porque es imposible que mis actos lleguen a la altura de mis palabras. 

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