Matar al Colacao

Es maravilloso, empuñar el cuchillo de postre, y atacar la tapa plateada. Cuantas veces como el espacio lo permita, acribillar en el desayuno, el precinto. La sensación al enfrentarse a algo resistente, que cede y no resiste sus duros y decididos golpes. El impacto del sonido, hueco, suave y a la vez, ensordecedor, como un último suspiro. Y después, la dulzura de los polvos de chocolate. El festival, como el estornudo de una escoba, un pañuelo blanco y sí, se ha rendido. Después de diecimuchas puñaladas, los polvos parecen querer emular fuegos artificiales que celebren su victoria. Así sabe diferente, el desayuno, y el resto del día. Eso piensa, una mañana cualquiera Martín, al inaugurar el enésimo bote. Matar a alguien no debe de ser muy diferente. Matar a alguien no debe de ser muy diferente.

Los puñales

Aquella mañana vino sin los aros que cada día adornaban sus orejas. Las ojeras, sin embargo, las llevaba puestas desde hacía meses. Bajó ...