domingo, 4 de octubre de 2015

El centro del oasis

La veo bajar los escalones de este palacio como los bajan las viudas. Como si unos cristales de agua enorme impidieran la velocidad. No lo parece pero está muerta. Camina pero hace tiempo que no respira. Sus manos no dicen nada de las pieles que han curtido. Sonríe como los ascensores. Como otros cadáveres, lee los periódicos, avanza entre las calles y finge que resuelve cosas importantes delante de una pantalla ocho horas al día. Nadie sabe que está muerta. Nadie, menos yo.

Lo sé porque me he enzarzado con ella hasta dejar de reconocerme. Lo sé porque sus manos han curtido la piel con la que escribo como si nos persiguieran para matarnos. Lo sé porque a través del cristal, invisible y enorme, que la separa del común, ya no mira como sé que sabe. Lo sé porque sé cómo mira, sé lo que hace cuando es ella.

Lo sé porque la he escuchado contarme cómo se suben las escaleras de una azotea en plenas navidades para decirme que le va el corazón a doscientos. Sé, por sus descripciones, a qué sabe comerse un corazón. La he visto bajarse del autobús en marcha sólo por un abrazo más. La he visto sonreír mientras piensa que lo ha conseguido y que ya, estoy en el bote. Que se acabó la soledad.

La he oído prepararse para saltar, rozar las manos muy deprisa con sus muslos y acercarse al borde del trampolín para zambullirse en mí. He sido su océano. La he visto volatilizar las distancias. Provocarme.

Ella, que camina por este desierto a sabiendas de que no hay oasis, no está viva. Finge, como el resto de matices, de la escala de grises, que sabe dónde está el mar y el camino de vuelta. Camina, sin que nadie se dé cuenta, en dirección contraria. Como si unos cristales de agua, enormes, viraran la dirección. Y las manos curtidas de tanto estrellarse felices contra el mundo, renuncian y no se reconocen.

Yo sé que está muerta, pero aunque alargue la mano, no sé cómo se hace. No sé darle de beber. No puedo, sin romperla, darle la vuelta y pedirle que vuelva a subir las escaleras, que llegue a la azotea y lo haga rápido, como si no hubiera cristales. No recuerdo haber tenido nunca que pedirle que tome las riendas del trampolín, vuelva a frotarse las manos muy depirsa con sus muslos y salte, directa al centro de mi oasis.

No lo recuerdo pero yo, ya no soy un océano. Ni un vómito, con el corazón a pedazos. Como esta casa, que ya no es más un palacio.


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