martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz feliz 2013

Todo el mundo quiere que se acabe el 2013. Que el 2014 sea mejor. Yo no quiero ni que termine ni que no acabe, porque si algo he aprendido este año es que hay que exprimir este instante como si nunca volviera a repetirse, porque efectivamente, no volverá a hacerlo. Y a fluir. Así que ahora que me paro a pensar, me doy cuenta de que seguramente este año 2013 ha sido el mejor de mi vida. Por ahora.

Este año he disfrutado estudiando como nunca antes en mi vida. He conocido a personas increíbles y a periodistas alucinantes, los mejores del país (y de El País). He vivido en la mejor ciudad en la que nunca se pueda vivir, he trabajado en la mejor revista del mundo y en el mejor periódico del planeta. He dormido muy poco, he dejado de fumar, me he hecho un agujero en la oreja, he viajado a la India y a Nepal, he vuelto a recorrer una parte de Europa, he cambiado varias veces de color de pelo, he visto jugar al Barcelona, he estado en una cumbre europea con los líderes de los veintiocho países europeos, he pisado Madrid y Sevilla en agosto, he dormido frente a las torres Kio, he bebido más cerveza que otros años, y he disfrutado de los niños de mi familia como nunca.

Pero si este año ha sido el mejor de mi vida es porque lo mejor de este año has sido tú. Lo mejor de 2013, lo que hace a 2013 un año incomparable a ningún otro, ha sido conocer a la mujer de mi vida. La mujer por la que merece la pena todo, absolutamente todo. La persona que me ha roto el corazón para abrirlo más y descubrirme que se puede ser más libre, más feliz todavía. Que se puede sonreír más, ensanchar más el alma. Que en esta no existen los límites y cada minuto es único.

Si sé algo de 2014 es que este año me verá cruzar el charco para reencontrarme contigo, y que entonces, la tierra temblará.

Que no os equivoquéis y 2014 sea mejor que 2013. Nos estallará el corazón.

domingo, 8 de diciembre de 2013

El invierno de mi vida

No importan los kilómetros. No importa el tiempo. Siempre has sabido que me gusta jugar a inventar planetas, espacios que sólo existen para un par de personas. Lugares a los que puedo viajar, sólo con la memoria, cuando el tiempo lo decide.

Por eso me recuerdan a ti los inviernos. Porque tal vez, y sólo tal vez, hubo un invierno que fue el de mi vida. Un invierno que nos congeló en un espacio que, tal vez, seguramente, ya no existe.

Pero el tiempo es así, termina y vuelve a empezar. Los inviernos vuelven y algunos, me congelan el corazón. Y cuando se me congela el corazón, llego yo a aquel rincón, triangular, lleno de pensamientos escritos, de fotografías en blanco y negro, de cosas tuyas que, de alguna manera, también eran tan mías. Como si hubieras estado esperándome toda la vida. Como si la felicidad hubiera estado siempre esperándome, concentrada, en un triángulo minúsculo, acumulando secretos, pequeños, sensaciones básicas, de las de andar por casa, detalles ínfimos que explotan y llenan el planeta entero.

Porque aunque aquel lugar fuera pequeño para dos, era tuyo y era mío. Algo lo convirtió en más que suficiente para dos. En todo lo que necesitaba para dejar que los vientos me llevaran a beber por ti.

Amaba ese lugar y aún lo amo. Aunque no exista. Amé ese invierno, aunque fuera una primavera, un verano, un otoño. Fue el invierno de mi vida.

El invierno. El ruido del calefactor, las películas que nunca termino, caminar hasta tu casa, la radio por las mañanas. Con tanto frío y yo sólo recuerdo calor.

Debe de ser así el amor, no sé si lo sabía entonces. Pero ahora, si me lo pregunto, sólo necesito recordar aquel planeta para saber cómo era, cómo es, cómo debe ser el amor.

El amor era un sueño, eran miles de horas durmiendo contigo, en un segundo. Era despertarme en aquel rincón en el que siempre era de noche pero siempre había luz, y abrazarte. La eternidad a nuestros pies, toda la piel sumergida en un escalofrío. Volver a abrazarte como si necesitara comprobar que, efectivamente, algo tan increíble existiera, tan cerca de mí desde siempre, tan fácil, tan simple, tan vida misma.

La vida es complicada siempre. Pero en aquel planeta todo era muy sencillo. Siempre odié las rutinas y sin embargo, en aquel rincón triangular, ese que tal vez nunca existió, quería cocinar, poner lavadoras, dormir la siesta, ver la televisión. Mirar nuestro espacio. Contemplarnos.

Nunca quise tanto un invierno, ni creo que quisiera nunca a alguien tanto como para confundirme con él. Nunca me importó tan poco que hiciera tanto frío, nunca me gustó tanto que lloviera, ni el cine, ni Madrid. Nunca me pareció tan fácil ser feliz con tan poco.

Tal vez, seguramente, todo era cuestión de espacio. De un espacio que creamos y era sólo nuestro. Un espacio que sólo tú y yo sabíamos inmenso. Uno, o el único planeta, que conseguí crear y hacer durar en el tiempo. En un invierno cálido, que no tenía fin. O tal vez sí. Quizá por eso, porque el tiempo termina y vuelve a empezar, ese espacio que existía, como apareció, dejó de existir. Pero cuando el invierno me congela el corazón...

Ay, cuando el invierno me congela el corazón.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Y quién soy yo

Recuerdo haberme fijado hace años en esa mandíbula. Del perfecto color del café con leche. De la textura perfecta, ajustada a la edad perfecta, entre la tirantez de la piel joven y los elegantes signos, muchos cicatrices, de la edad adulta.

Lo tenías todo. Y sin embargo, yo ya no me reconozco allí.

Pero ayer te vi. Te reconocí de inmediato en medio de una burbuja extraña de alcohol y tabaco. Lo extraño no es que no fueras tú, ni que te hubiera olvidado hasta entonces. Lo raro es que no era yo. Y lo había olvidado.

Tengo recuerdos que nunca ocurrieron. Casi todos. Sólo los más recientes, y ni siquiera, me parecen reales. No creo que nunca fuera niña, ni creo que haya estado en tantos lugares. ¿La ciudad que me vio crecer? Me parece tan ajena que no creo ni que exista.

Leo lo que he escrito y estoy segura de haberlo soñado. Que me han contado tantas cosas que las hago mías, pero nada de lo que recuerdo existió. Siempre estuve aquí, siempre tuve esta cara, este color de pelo, estos ojos ciegos. Siempre pensé así, siempre escribí como escribo y sólo existe el libro que estoy leyendo ahora. Tal vez es vértigo, tal vez es haber llegado a este punto del camino.

Porque ayer te vi. Y de repente se me apareció tu nombre, que no había vuelto en siglos. Y te pensé. No me acuerdo de tu cuerpo, ni de por qué me gustabas. No sé por qué lloré tanto, no sé si aquello fue amor. No sé si fue conmigo. O mi yo anterior me ha contado algo que ha quedado en nuestra memoria.

Tu mandíbula perfecta y el entorno me recuerdan lo que ya no soy. Lo que olvidé. Pero entonces aparece algo, algo a lo que agarrarme, que me diga que de todos mis yoes anteriores hay algo que nos une. Que aquélla, sí fui yo.

Y os repaso en una fría lista. No sé cómo he tenido tiempo para tantos. De algunos no recuerdo ni el nombre. No me siento bien. Ésta no es la que yo quería ser. Creo que no lo necesito, no lo necesitaba. Si la niña que fui existió, no iba a hacer esto. Lo extraño es que iba a llegar hasta aquí, pero el camino difícilmente era éste. Tal vez es que nunca hubo un camino. Son demasiadas críticas. Vuelvo a repasar la lista.

Con el primero lo entiendo todo. Es curioso, me resulta más fácil viajar más allá en el tiempo que reconocerme en los últimos cinco años. Resuenan en mi cabeza sus poemas, cómo le temblaban las manos, los besos fríos cuando hacía calor. Su tono de voz, aquel jersey precioso, el olor. Las noches sentada en una esquina de la habitación con mil fantasías. El corazón a punto de estallar.

No me ha vuelto a estallar así. Quizá entonces lo hizo y no he vuelto a encontrarlo. Porque juraría que no he vuelto a enamorarme desde entonces. Del segundo ya no entiendo prácticamente nada. Tal vez el primer día, el primer verano. El tercero eras tú. Sí, creo que fue entonces cuando me estalló el corazón.

Fue entonces. Creo que hubiera sido capaz de morir, ya sabes que de matar nunca. Diría que no he vuelto a enamorarme. Una de mis amigas dice que en realidad nunca he sabido qué era enamorarse. Lo dice porque lo hacía muy deprisa y enseguida me acostumbraba a las distancias. Creo que después de verme llorar tanto tiempo no volvió a decirlo, pero por un tiempo tuve miedo de que fuera verdad. Más bien, de vez en cuando me da miedo que tuviera razón. Como hoy.

Creo que fue con el cuarto con el que dejé de ser lo que alguna vez fui, si es que alguna vez pude ser algo. Me perdí en él, supongo. No me estalló el corazón. Pero le quise más que a ninguno, eso sí. Tanto que hubiera sido capaz de matar. Tal vez, no sé, quizá.

Desde entonces creo que todo ha sido muy rápido. Cada vez he roto más barreras y he llegado a lugares a los que no pretendía ir. Tengo que buscar en lo que os une.

Lo que os une. Que con todos quise caminar. Hacia el mar. Que sonreí más de lo normal y fui muy feliz.

Creo que esa soy yo. Me parece que siempre fui así. Cuando era niña, me gustaba mucho salir a pasear muy pronto por la mañana. No ha habido jamás un paisaje, ni un lugar, capaz de superar al mar. Ni hay arrugas más preciosas que las que tengo de tanto sonreír.

Cuando vuelva a encontrarme con tu mandíbula, tendré que recordar que paseamos, hacia el mar, y sonreímos. Pero sobre todo, que aún paseo, que siempre es hacia el mar, y que es conmigo con la que más he sonreído. Que sino sé si me ha estallado el corazón lo suficiente, es porque estalla cada día.

sábado, 6 de julio de 2013

El primero

Tenía el pie apoyado en la pared. Le parecía bonito, con las uñas pintadas de rojo. Él tenía la cabeza de ella apoyada en las piernas, podía verla desde arriba. Cómo se movían sus piernas, que parecían eternas, cómo sus pies, con las uñas pintadas de rojo, se iban apoyando, con más fuerza y con menos, en las paredes de la habitación.

Hablaban, o más bien él asistía a su reflexión. Que le había querido, como se quiere a un hermano. Que separarse le había dolido como si se muriera. Como si le arrancaran una parte del cuerpo que no sabía que tenía y sin la que no podía vivir. Pero tuvo que hacerlo, dejarle atrás, aprender a vivir otra vez, porque su vida era eso. Empezar desde la nada a crear la vida, una y otra vez.

Para ella era casi un juego. Nunca se había parado a reflexionar sobre aquella relación. Porque ya había pasado mucho tiempo, porque entonces era sólo una cría, porque no volvió a reconocerse en esa etapa y simplemente, la cerró. Pero ahora que había vuelto a empezar de la nada a crear la vida tantas veces, había pensado en cada parte, y aquella era la primera. La primera vez de casi todo.

Él la miraba desde arriba, desde una vista privilegiada. Podía verla entera y desde allí, no parecía tan grande como era. Había cambiado muchísimo. Se había eternizado y el horizonte estaba muy lejos de aquella habitación, de aquellas paredes que ya no tenían el mismo color. La había querido tanto. Se preguntaba, mientras ella hablaba, si volvería a existir un amor así. Tan inocente, tan matrimonial. Porque durante aquel tiempo parecía que la vida sería así para siempre. Que algún día encontrarían un trabajo en la ciudad, se casarían y tendrían unos hijos que irían al mismo colegio al que fueron ellos. Y sus hijos les verían envejecer, juntos, de la mano a todas partes. Pero ella tenía que volar, porque era mucho más grande que él.

Ella nunca estuvo hecha para esa ciudad. La vivió siempre sabiendo que no era suya. Y quizá por eso la conocía mejor que ninguno. En realidad, siempre fue así. Nunca se sintió de ninguna parte, nunca ningún lugar fue su casa. Y lo fueron todos. Por eso, aunque le doliera, siempre supo que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no se casaría con él, que no tendrían hijos y no irían al mismo colegio en el que ella creció. Y le dolía pensarlo, pensar que no envejecerían juntos. Pero ella había nacido así, no había elegido no ser nunca de ninguna parte, tal vez estaba escrito o tal vez no, pero era lo único que nunca podría cambiar.

Y se lo dije. Con mi pie apoyado en la pared y las uñas pintadas de rojo. Sabiendo que me veía entera desde arriba y yo parecía pequeña. Que le quise como a un hermano. Que me dolió saber lo que siempre supe, que no encontraría un trabajo en la ciudad, que no nos casaríamos, que no tendríamos hijos ni irían al colegio en el que crecimos. Que la ciudad nunca sería mía, que yo no estaba hecha para estar mucho tiempo en ningún lugar, que mi vida había empezado y terminado muchas veces. Que le había olvidado rápido. Que lo único que nunca pude cambiar es que siempre supe que me iría, que me iré. Apretando con mis pies la pared se lo dije. Que le quise, que le quería, que querré siempre a cada mujer que fui, aunque nunca vuelva a reconocerme en ella con el paso del tiempo. Y querré a todos los que fueron conmigo, intensos, dando cada paso que me trajo a cada lugar, a cada mujer nueva.

Y lloré cuando se lo dije y lloro cuando se lo escribo, porque él fue el primero. Porque fue la primera vez de casi todo. Tú, fuiste el primero.

miércoles, 26 de junio de 2013

El Espacio Corazón

Porque la pena que me invade no es nuestro estilo y porque nunca pensé que Barcelona me daría tanto, tantísimo, esto es para vosotros.

Las hojas de los árboles se mueven. Despacito. Impulsadas por un viento suave, agradable, ni frío ni caliente. Son de un verde intenso, el tono de verde más precioso que existe, en cualquier planeta. El cielo viene del azul al rosa, sin tonos violetas, ni nada oscuro. Azul como tiene que ser el cielo, rosa como es este espacio, como no podría ser de otra forma. Las nubes aparecen, siempre blancas, porque en este espacio no hay grises. Pasan algunos aviones, con calma, sin hacer ruido. Todo fluye.

A nuestro alrededor, las familias son felices. No hay estructuras de Estado, el patriarcado no sólo no existe, nunca se ha inventado. No existen tampoco las parejas, ni los jefes, ni las multinacionales. En este espacio somos la generación más libre que existe, no existe ninguna de las etiquetas que este mundo necesita para no morirse de miedo, no hay relaciones de poder. Nos gusta el fuego, el tabaco no hace daño, dormimos poco y abusamos de las drogas, porque en este espacio son sanas. En este lugar, tan nuestro, las resacas son días divertidos, porque todos los días son felices.

Disfrutamos de estar, de ser libres, de los zumos, del chocolate, de las tartas de manzana, de los timbres de las bicicletas, de la luz de las farolas, de las hojas que han caído de los árboles y nos acarician. En este espacio no existen las autovías, ni las gasolineras, ni nada que haga mucho ruido. Este lugar está lleno de luz y colores intensos, de aceras interminables y árboles altos que lo envuelven todo. Este espacio es magia porque es compartido.

No hay malvados, pero tampoco hay héroes. En este lugar nos consagramos, cada uno de nosotros es único y nadie es nada sin el resto. Intercambiamos vida, y la vida siempre es bonita. Es increíble.

El Espacio Corazón viaja, se transforma constantemente, no deja nunca de fluir. Las verdades absolutas tienen en este lugar su templo, donde la libertad acaba donde empieza la del otro, donde cada uno disfruta de lo simple que es esta vida tan preciosa, donde lo básico es lo único que tiene sentido. Donde no hay lucro, ni intereses propios, ni envidias, ni egoísmos, ni sálvese quien pueda. Donde verdaderamente sabemos que sólo somos felices si somos libres, si somos iguales.

Renace cada vez que suenan nuestras voces. El Espacio Corazón está en la parte buena de cada uno de nosotros, la parte que hemos sabido compartir, construir y regar con un poquito de lo mejor de cada uno.

Y en esta espacio vivimos. En este país tan alucinante donde somos más libres que nadie y más amor que nada.

En el Espacio Corazón que nació algún día en Barcelona y que no tiene aniversario, ni capital, ni bandera, ni himno, ni censo de habitantes. Donde no hay que tomar decisiones, ni nada es complicado. En este espacio que no tiene puertas de salida ni de entrada, ni control de fronteras, ni burocracia, ni pasaportes. Donde estamos siempre juntos, para sacar lo mejor que tenemos, para ser los más felices de cualquier planeta. Donde no hay nada más importante que querernos, por encima de todo lo que existe.

Porque lo mejor de este lugar es que existe de verdad, aunque no esté en ninguna parte. No hay nada más real, ni nada más cierto en este momento. Que nuestro espacio.


viernes, 24 de mayo de 2013

Mi padre

Mi padre nació un 24 de mayo de 1956, hace hoy 57 años. Estudió Químicas, en aquellos años, viniendo de donde venía, dando clases de matemáticas para pagar cada matrícula. Empezó a trabajar limpiando fachadas en Zaragoza, y poco a poco, llegó mucho más lejos de lo que nadie hubiera podido imaginar cuando nació, aquel 24 de mayo de 1956, en San José, en Zaragoza.

Por eso a mi padre le preocupa y le ha preocupado toda la vida una cosa: el trabajo. Y más que el trabajo, el esfuerzo. Que nadie te regala nada, que lo que consigas ha de ser siempre fruto de tu pensamiento, de dejarte la piel en todo. Eso he aprendido de mi padre y no sólo porque me lo ha dicho muchas veces, sino porque lo he visto con mis propios ojos. Suena típico eso de "te has matado a trabajar", pero mi padre se ha matado a trabajar. Durante años se ha levantado antes que los que ponen las calles y ha viajado más que los pilotos de Iberia.

Pero yo no quiero hablar de mi padre, el que trabajaba más que el Sol, aunque todo lo que consiga yo hoy sea gracias a lo muchísimo que he aprendido de él. Yo quiero hablar de mi padre, porque cuando trabajaba le veía poco. Quiero hablar del padre que alquilaba bicis en el Parque Grande de Zaragoza los fines de semana, del que jugaba con mi hermano y conmigo a las peleas los domingos por la tarde en el sofá.
Y sobre todo quiero hablar del padre que me ama porque soy su hija y mucho más. De mi padre, el que madruga para llevarme al aeropuerto, el que me espera horas antes de que llegue porque no quiere que me encuentre el vacío al otro lado de las puertas que separan viajeros de familias, en la terminal uno de Barajas. Mi padre, el que nos llevaba los domingos por la mañana a comprar el periódico a la librería de la esquina. El que no ahorra ni en libros ni en periódicos. Mi padre, el que me lee, el que me escucha. Mi padre, el que tiene conversaciones eternas conmigo sobre el desastre de este país o de cualquier otro. Mi padre, el que se desespera cuando me ve abusar de soñadora, el que no quiere que me meta en líos pero sabe que me saltaré todos sus consejos porque él también corría delante de los grises. Mi padre, el que me ha visto cometer errores con preocupación, pero ha entendido que era valiente para dejarme aprender. Mi padre, el que se ríe cuando descubro el Mediterráneo por el que él lleva años navegando, y nunca me hace sentir de menos.

Porque mi padre, además de trabajador, es discreto, sabio y serio. Porque a pesar de eso, mi padre se ríe. Porque aunque sabe que me equivoco, me lleva al aeropuerto a las seis de la mañana sin que se le pase por la cabeza quejarse. Porque mi padre no quiere que me equivoque, pero sabe que el camino es mío. Porque mi padre es mi padre, pero no es paternalista. Mi padre sabe que me equivocaré, y mucho, pero él no dejará ni un segundo de estar orgulloso. Porque mi padre nos ha educado bien. Y porque es mi padre.


Porque hoy cumple años y dirá que se hace viejo, pero no sabe que lo mejor está por llegar. Porque ahora tengo que devolverle, al menos una parte, de todo lo que me ha dado. Porque sé que queda menos para ese domingo por la mañana, cuando mi padre baje como siempre a la librería de la esquina a comprar el periódico, y cuando vuelva a casa y se siente en el sofá, abra el periódico. Y en alguna página, un titular llevará debajo mi nombre, que al fin y al cabo es el suyo. Ese día habré comenzado a devolverle algo, muy pequeñito, de todo lo que me ha dado. Pero si ese momento no llega, no importa, porque si he aprendido algo de mi padre es que siempre, siempre, siempre, hay que mirar hacia delante.

Felicidades papá.

Llover

Podría llorarse encima, en la cama tan blanca como grande, tan decimonónica como cuando la compró. Podría, y capaz es, o era, de montar el espectáculo que sólo la ira acumulada le permite y explotar, para llorarse encima. Pero no. Mejor. Agarrarse con una mano el corazón y con la otra la barbilla para no arrancárselo. Y abandonarse al placer de llorar sin esfuerzos, sin muecas de bebé, ni gritos de padre desolado. La dulzura de dejar, sobre la cama, tan grande como blanca, deslizarse las lágrimas más saladas que el mar. Sin compadecerse. Sin el abrazo que todos dan para cortar la hemorragia. Como si llorar fuera, fíjense, dramático y triste. Desesperante. Una lágrima por la soledad del alma. Y otra por la felicidad. Una, por el tiempo que jamás recuperaré, otra por tus muslos, que me dejan llorar. Una lágrima por cada muerte que no sale en los periódicos, otra por cada tonto que se enchufa a la televisión. Una lágrima por las pieles que no tocaré, los suelos que no pisaré. Otra por las miradas que se han quedado vagando entre la barbilla y el corazón y que no olvido. Una lágrima por cada trozo de chocolate, por los héroes de todas las infancias, por las generaciones inocentes que explotaron con la libertad. Otra por los noventa. Una lágrima porque coño, la vida es bella, y corta. Y las lágrimas, serenas se deslizan para mojar el colchón, inmenso y blanco. Y los muslos le han dejado agarrarse el corazón y la barbilla, buscar dentro. Frenar. Pensar un poco. Llorar, que nunca es malo, las decepciones, y los actos altruistas. Por el abrazo que no me has dado para comprender que hay que llorar, que nunca es malo. Que no hay tragedia, ni necesito un oído, ni un pañuelo, ni amor. Que comprendas, que sí, que claro y que tú también, como yo. Que hay que ser muy valiente para no dejar de llorar.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sólo una vez

Huye de esta comodidad. De cada esquina. Huye, corre. Rápido, hasta que vueles.

Huye de esta comodidad de estar triste. Deja de echarte de menos. De recorrer las calles por las esquinas. De buscar las lágrimas, la conversación que termine de hundirte. Huye, deja de caminar hacia abajo, de dejarte arrastrar por todos estos lodos.

Sonríe. Sé feliz. Búscate hasta encontrate. Quiérete, joder. Vive. Repítelo mil veces. La vida es una vez. La vida es el amor de tu vida. La vida eres tú. Sólo serás una vez.

Abandona esta comodidad. Respira y expulsa en cada suspiro la nube gris. Huye, corre. Rápido.
Quiérete, joder. Vive de una vez, porque sólo hay una. Tú eres el amor de tu vida. Y sólo serás vida una vez.

Disfruta de cada error. Vuelve al pasado sólo para coger fuerzas. Pon tu intensidad en cada lágrima porque será la última.

Y quiérete. Porque esta vida increíble sólo es una vez. Tú sólo serás esta vez.

Los días raros

Los días eran raros. Llovía de repente, fuera o dentro. Todo es una cuestión de espacio. La mujer que sabe que hoy todo terminará, se mira en el espejo. Ya no se reconoce. Los días son raros porque esa mujer de ahí ya no es ella. Sabe que todo ha de terminar, pero no sabe si al volver y mirarse en el espejo, será capaz de verse.

La mujer que sabe que hoy todo terminará, lleva un vestido rojo con el que ha ido conjuntando toda su periferia: el bolso, las sandalias, las uñas de los pies. Se disfraza una vez más, por ser la última, y antes de partir, vuelve a mirarse en aquel espejo. Sigue sin estar. Todo en esta vida es cuestión de espacio, del que esta vez recorre la mujer que sabe que hoy todo terminará.

Porque los días eran raros. Y ella lo sabe. Llueve. Son sólo unos metros, pero llueve muy fuerte. Aunque el vestido sea rojo, se siente muy pequeña. Porque la mujer que va a terminar sabe que es fuerte, independiente e inteligente, pero hace ya demasiado tiempo que no lo siente así.

Yo la miro atravesar la calle. Porque sé que son días raros. Que la mujer del vestido rojo tiene que terminar hoy todo lo que empezó. Y sé que volverá sin verse, con los ojos como estanques, a doblar la esquina desde donde la observo. Y que habrá de recorrer mucho más espacio hasta poder mirarse, arrancarse la lluvia, de fuera y de dentro, y volverse a ver.

La mujer que sabe que todo termina, regresa de su fin. Los tiempos de hoy no son los de los héroes. Y yo la miro y pienso que es una maravilla que siga ahí de pie, caminando, recorriendo cada metro hasta que sepa volver a verse. Porque los días eran raros, porque llueve, porque en las cuestiones de espacio, sólo se ve lo que sólo termina.

La miro porque sé, que vendrán tiempos mejores. Porque los tiempos que empiezan, los tiempos que vienen, son los tiempos de las heroínas. Porque sólo la mujer que sabía que hoy todo terminaría, decidió vestirse de rojo y salir al encuentro del final de nuestros tiempos. Mirarlo a los ojos. Caminar, firme en cada paso. Porque estos tiempos son sólo para valientes, para quien afronta las cambios y sigue con idéntica sonrisa. Porque sólo ella se mirará esta noche en el espejo y verá a la mujer inteligente, independiente y fuerte que nunca dejó de ser.

Porque los tiempos de los cobardes, son por fin, historia. 

jueves, 18 de abril de 2013

Aquel lugar

Lo que escribo no es bonito. Porque echo de menos aquel lugar, que ya no recuerdo dónde está. Sólo sé que era pequeño, casi diminuto, pero me parecía más que suficiente. Tenía hasta una pista para bailar. Contigo. Quizá, porque aquel lugar eras tú. O quizá era sólo una parte de ti. Una parte que si existe, está lejos, lejísimos de cualquier otro lugar.

Porque esta vida, la mía, está hecha así. De distancias, de lugares concretos, pequeños. Ni siquiera calles enteras. Por eso lo que escribo no puede ser bonito. Porque estar en un lugar significa siempre no estar en otro. Porque os importa el tiempo y a mí el espacio. Y empiezo a pensar que aquel lugar que echaba de menos ni siquiera existe. Ese espacio que sólo era tuyo y mío, quizá no estaba en ninguna parte. Quizá ni siquiera eras tú. O quizá, era sólo una parte de ti, una de mí.

He odiado las distancias, porque siempre son largas, inmensas, eternas. Me he odiado a mí, por no poder ser mil pedazos a la vez. Por eso esto no es bonito, porque puedo quererme en este lugar, pero el lugar que echo de menos ni siquiera sé si existe. Porque quizá aquel lugar era tan pequeño, tan tuyo y tan mío, que sólo cabíamos tú y yo y no cabía nadie más ni nada, ni los miedos, ni las ganas de rendirse, ni la rutina, ni el resto del mundo. Aquel lugar, éramos sólo tú y yo. Sólo tu ilusión y la mía.

Por eso y porque aquel lugar ya nunca existe, lo que escribo no puede ya, ser bonito. Porque jamás pensé que aquel lugar, tan tuyo y tan mío, necesitara existir para ser real. Necesitara ser buscado, para morir. Que necesitara ser lugar, para saber que ya no está.

Nunca pensé que algo tan tuyo y tan mío, tan por encima de todo, podría desvanecerse.
Nunca pensé que aquel lugar, que éramos tú y yo, moriría.
Que mi compañero de viaje, abandonaría.
Que mi nación, perdería la guerra que nunca supo que libraba.
Que antes de morirnos, me matarías.

martes, 9 de abril de 2013

Como muchas otras veces, hoy tampoco estamos juntas para celebrarlo. Y mira que hemos recorrido mundo. Hemos estado juntas en media España, en Londres más de una vez, en Francia, en Italia, en Grecia, en Turquía. Hasta en Bulgaria. Y lo más importante, hemos estado juntas más de 10 años en Alcalá de Henares. En mi casa y en la suya. En las escaleras del parque, en casi todos los bares, en la piscina (no pongo posesivo porque no está claro de quién es :P ). Lo hemos vivido todo y nos queda todo por vivir.

También puedo decir que estuvimos allí la una para la otra cuando nos hacía falta, y es verdad. Pero no me apetece hacer ese discurso típico. Me conformo con decir y saber que muchos no podrán hacerlo, que después de diez años, he descubierto que la única verdad que nunca podré negar, es que quien tiene una amiga, tiene un tesoro. Y el mío tiene todo y más de lo que necesito.

Qué guapa estás con veinticinco. 

sábado, 6 de abril de 2013

En la acera

Estaba allí sentada en la acera, mirando la vida. Me había parado en aquel escalón, no porque la vida me pareciera larga. Pero los minutos sí. No me parecía bien estar allí de aquella manera, porque yo siempre amo la vida, cuando la vivo y cuando me preguntan, pero en ese momento no me apetecía vivir más. Ya me parecía que había llegado demasiado lejos, que ya poco podía descubrir, que ya estaba en la cima y no era para tanto. Que ya sólo podía volver a lo de siempre y allí no me esperaba nada. Si estando tan lejos nada me sorprendía, qué me iba a esperar a la vuelta.

Todo tiene que ver siempre con la perspectiva. Aquellas calles eran distintas, la gente era de otro color, pero no dejaba de ser gente. Y no dejaban de ser calles. Las casas eran bajas, pero eran casas, al fin y al cabo. Ya lo había registrado todo, ya había salido a la vida por todas las puertas. Ya había llegado al fin del mundo, por donde había llegado. Aquél, ya era el último rincón. Y la vida, en mi cabeza, lejos de allí, siempre era maravillosa, y merecía la pena, cada segundo, cada plano. Pero en ese momento ya no era así. La vida era finita. Todo era y es, cuestión de perspectiva.

Por alguna arista, bailaba. Las mismas telas, el mismo brillo. Rodeada de gente y sucia. Ya la había fotografiado antes. Y los putos occidentales le reían la gracia. Todos era cómplices. Tan pequeña y ya era culpable. Quería dinero, sabía decirlo en todos los idiomas. Y en otro momento era víctima y merecía todo el cariño de este mundo. Y todos la despreciaban aunque era una niña, porque todos viven dentro de la misma mentira. Y ella es mentira, un souvenir más de este viaje. Con esa cara de culpable, del horror mismo, el puto diablo en su forma más pura, todos los pecados de su mundo y el nuestro. La vida torcida desde el minuto uno.

Por eso estaba sentada allí, porque si hasta ella me parecía insalvable ya nada tenía sentido. Formaba parte del sucio juego, me hacía sentir sucia, carne podrida husmeando a billetes. No tenía ni siquiera ganas de llorar, de contárselo, de que me entendiera. Estaba a mi lado y me sentía lejos. Porque los minutos eran más largos que la vida, y aunque todo era cuestión de perspectiva, la más amarga era la única. Desde ahora y seguro, para siempre.

Miré las fotos, no sé si para revolcarme en la mierda que ya era todo, o para intentar salir de allí. O quizá, para que entendiera que yo ya no estaba allí, que no iba a darle un duro, que mi limosna no la sacaría de pobre, que no era un jodido bolsillo lleno de pasta y con patas. Que por mucho que bailara sin música, su arte no iba a convertir la vida en nada mejor. Me detuve en su foto y allí estaba, toda la maldad en los ojos de la más inocente. Nada nos iba a salvar, ni a ella ni a mí. Estábamos solas, dos hijas de puta, solas aunque fuéramos las únicas. Aisladas por dos vidas tan distintas, aunque hubieran decidido cruzarse allí.

Se acercó mucho más, y yo no decidí enseñarle su foto, y ella no decidió verla. Pero la vio y se la enseñé. Porque ya no estábamos en posición de decidir nada. No esperé nada y ella tampoco, había más cabrones que le hacían fotos y después le daban dinero. No sé si pensó en eso, seguramente sí. Sólo éramos dos egoístas, dos partes del perfecto negocio, tú te llevas dinero, yo me llevo una foto. Puedes ser menos pobre hoy, puedo limpiar mi imagen y decir que cuando luche lo haré pensando en ti.

No sé cómo se llamaba. Había viajado allí para conocerla. A ella, o a cualquiera. Para ver cómo el mundo es injusto, cómo merece la pena luchar. Cómo es verdad que la igualdad es necesaria y la riqueza absurda. Cómo la sonrisa mueve el mundo y no el dinero. Pero era mentira. Joder, era mentira. Y todo mi sistema de creencias seguía viniéndose abajo y no podía sentirme mal por llorar. No podía sentir nada.

Las lágrimas hacen actuar a cualquiera. Porque éramos así las dos, así de hijas de puta. Jugamos a ser crueles, culpables y cómplices, tanto que una lágrima es lo único que nos enternece. Me abrazó y lloré más. No sé si ella lloró también. La única diferencia es que nunca habíamos vivido ese momento. Pero por bonito que fuera, no podíamos sentirnos, después de tanto, locas, únicas, vivas. Porque ya hacía tiempo que habíamos muerto. Y morimos más cuando me ofreció dinero. La vida es así de absurda.

Porque ella era pobre de verdad. Porque todo lo que tenía para que yo no llorara era dinero. Ella, la más pobre de las dos, la última en la escala, tenía dinero para que no llorara y era todo lo que podía ofrecer. Se lo guardé y le toqué la cara. Nadie va a venir a salvarnos. No cambiaremos el mundo. Avanzaremos y cada una irá luchando sola, en cada parte del mundo, como nos hayan enseñado. Pero en cada mentira, recordaremos esto. Que te amé y que me amaste, que comprendimos la miseria. Que entonces, por un instante, yo fui más pobre que tú. Que por un instante, aunque sólo fue uno, no fuimos unas hijas de puta. Fuimos hermanas, buenas, puras. Compartimos la mierda que sólo puede ser la vida y mereció la pena. Que tu piel era la mía, que no estábamos tan solas. Que me contagiaste todas tus enfermedades y ya no me importaba. Que ya no teníamos nada que perder. Que el dinero, por un instante, sólo fue dinero. Y aunque tú sigas bailando y yo haciendo fotografías, los minutos ya no son tan largos. Ya no eres tan mala ni tan culpable. Habrás vuelto a soñar, a bailar por algo más. Y yo habré vuelto a luchar, contigo en la memoria. Volveré a llegar, por otra puerta que seguro existe y aún no he encontrado, a la cima del mundo. Para que alguien como tú me recuerde lo hija de puta que soy. Para que me devuelva las ganas de vivir, de volver a encontrarte y darte lo mismo que aquel día. La nada más pura. La vida como es. La verdad. La pasión en cada paso de baile, la gratitud del mundo, la inmensidad de la gente. Los segundos que cada día nos hacen soportar todos los demás. La niña que fuiste de verdad, la que volví a ser, la que seremos cada vez que recordemos que en un instante, fue posible que te diera lo que no tenía, que me dieras todo lo que nunca tuviste. Tan lejos de aquí, tan lejos de cualquier parte, volvimos a creer en la vida, que sólo puede ser maravillosa, aunque casi todo el tiempo no lo sea. Preciosa. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Cartas de María I

Porque había escrito muchas, por fin decidió recoger aquellas letras, doblarlas, para que no fueran sus ojos quienes volvieran a pasar por allí, meterlas en un sobre y dar trabajo a los carteros, los únicos seres nobles de esta tierra. Porque con cada milímetro de saliva volvía a conocerse, con cada sonido perfecto de las cartas al doblarse se sentía viva y romántica. Porque nadie la conocía, necesitaba darse un paseo por la vida y sonreírle a sus errores. Ni siquiera siguió el orden cronológico que marca cada vida. Ésta es la primera, a uno de los primeros.

I

“A cualquier parte del mundo a la que se te ocurra ir, yo ya habré ido. Y no por intelectual. Seguirás mis pasos por el mundo y los sábados por las noches, cuando te sientes en el maletero de cualquier jodido coche, blanco y con los cristales tintados, pensarás en mí. Y en mi cerebro. Mientras bebes, de plástico, la ginebra más barata con tónica de marca, que nunca te ha gustado. Y no sabes por qué lo haces, mientras inspiras nicotina de un cigarrillo que tampoco te convence y se te nota, porque no sabes ni posar, que parezca parte de ti. Seré siempre tu maldita condena, cómo no te subiste al carro de libros y horas de césped que resuelven el mundo que no tiene arreglo. Por eso al recorrerlo, en todos tus horizontes sólo estaré yo. Porque no podrás olvidar que yo siempre estaré un paso por delante, haciendo todo lo que no hiciste porque ya era demasiado tarde para tu edad. Imbécil.

Y tus amigos no me gustaban porque son idiotas. La maldita enfermedad sin cura de cualquier sociedad. El estandarte joven al que todos los que no lo son apuntan cuando quieren fusilarnos, y si así fuéramos, ojalá. Porque quise creer en ti, durante el tiempo que fuera, me alejé de ellos. Porque no quise ver que las raíces no se pueden transplantar cuando son humanas. Y que al final, serías sólo una pequeña parte de plástico más, con corazón, sí, pero una pequeña parte más del mástil que sujeta la bandera de cualquier fiestón que merezca tilde. Y nada más allá de eso, un cerebro justo para caminar de frente, contratar una hipoteca, engañar o que te engañe otra tonta y que tengáis hijos. Y los llaméis churumbeles. Y les dirás cuando lleguen a la edad en la que supe que era mejor darte por perdido que llevas toda la vida ahorrando en un curro de mierda para que ellos no sean tan lentos, para que no lleguen tan tarde como tú, a cualquier acceso intelectual que les salve de la traición de raíces de la que no te salió de los huevos escapar. Tú.”


domingo, 27 de enero de 2013

Lo que eres tú

Aunque debiera eliminarte. Soplar suavemente sobre cualquier rincón por el que aún quedaras. Tú. Aunque quisiera bailar al ritmo felino de las nuevas búsquedas, de miradas, cuerpos, músculos nuevos. Cuerdas de guitarra a estrenar, que me piden que me acerque, que las rasgue, que las haga sufrir y gritar de placer. Aunque una noche de cada tantas, la garganta me pida más profundidades, un paso más allá, un poco más oscuro, un trago más, diez minutos que se conviertan en horas. Aunque olvide que existes, aunque no te cuente entre las pocas propiedades que no tengo pero alcanzo a tocar, aunque ya no me quede ni un solo centímetro de tu piel por recorrer... Lo quiero. Quiero anclarte en mi vida para siempre, firmar un contrato blindado que te obligue siempre a quererme y mejor aún, me obligue a quererte a ti. Seguir viendo cómo se eriza tu piel cuando quiero borrarte, y no dejar de soplar nunca en direcciones siempre contrarias. Bailar imaginándote ahí, al otro lado del espejo, deseando que arrastre hasta el suelo cada centímetro de tela. Tocarme la guitarra hasta que se me salga el alma, besarme y besarte hasta que no nos queden ni labios, ni luz, ni reloj. Recordar cada segundo que te olvido, recordarte. En cada centímetro, en lo más absoluto, no dejar nunca de pensarte. 

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