miércoles, 23 de marzo de 2011

Cables

Vuelve a comprobar los cables. Le tiemblan sudorosas, las azules manos. Están en su sitio, como las anteriores setenta y dos veces. Quedan ya sólo, catorce minutos para la explosión. El estallido que tiene que hacer volar por los aires algo mucho más allá de lo físico. Mira por la ventana, cada unos de los pasos, de los planes, sigue su curso, como una perfecta obra de la naturaleza. La misión es fácil. Llegar en silencio al piso franco y en silencio, sacar el artefacto de la bolsa de deporte. En silencio, conectar los cables. Comprobarlos, en silencio. Repasa mentalmente el plan con las manos acariciando el paquete de Popular. Y cuando aparezca el coche oficial, esperar a que abra la puerta, en silencio. Y apretar el botón. Con sus sudorosas manos, y los ojos desorbitados, y sobre todo, en silencio, apretar el botón.

Sólo es un botón. Agarra la caja de Popular y saca uno de los cigarrillos, busca en los bolsillos del vaquero el encendedor. Allí no está. Camina hasta la silla donde ha dejado la chaqueta y el bolso, pero antes vuelve a mirar los cables. Sí, están bien conectados, como las anteriores setenta y tres veces. Se lanza sobre el bolso como si fuera un perro antidroga. Y después de escarbar encuentra el encendedor. Se lleva, temblorosa y en silencio, el cigarro a los labios. Duda, un botón, una llama, un cigarrillo, una explosión. La paranoia roza límites psiquiátricos y se acerca a la puerta. De espaldas al artefacto aprieta el otro botón. Absorbe la primera dosis de nicotina, la última primera dosis antes de la explosión que tiene que cambiarlo todo. Quedan sólo nueve minutos.

Y todo cambiará. Se escucharán al principio las sirenas de la policía, después las ambulancias y los bomberos. Al principio será un sonido lejano, y después estarán tan cerca como la explosión. La gente de la calle se tapará las orejas, algunos sólo con un dedo, intentando taponarse. Los niños se llevarán cada mano, algunos llorarán, correrán a la vez hacia sus casas, hacia sus padres. Se asustarán primero, y después recordarán su nombre. Sí, su nombre resonará por toda la Historia, para los malos será una asesina. Absorbe el cigarrillo Popular. Pero para los buenos, para los buenos será la salvadora, la libertadora, la Mesías. Y para eso quedan cuatro minutos. Los últimos cuatro minutos de una vida esclava.

Apaga el cigarrillo, lo aplasta contra el suelo con sus botas, como hará con su miseria, la de su pueblo, dentro de tres minutos. Comprobará los cables, una vez por cada minuto que queda, y sí, estarán en su sitio como las anteriores setenta y siete veces, en silencio. Respira profundamente, no puede fallar. El futuro tiene que estallar para ser verdad, para ser futuro. La violencia es necesaria. Como las víctimas, los mártires, los héroes. Las heroínas. La Historia la escriben las minorías. Y ella, en minoría absoluta, ya está escribiéndola. Hay muchos más detrás, pero ella es el eslabón final.

El coche oficial aparece por la esquina acordada. Las banderas del país ondean en los vértices del coche. Expira con fuerza, ha llegado el momento crucial. Se para frente al palacio, abren la puerta los guardaespaldas, miran a todas partes, y abren la puerta de atrás. Cierra los ojos, más fuerte todavía, y el dedo que lleva un minuto posado, aprieta el botón. Sólo un botón.

Sólo una persona.

De lejos, empiezan a sonar las sirenas de la policía. Se abalanza hacia la puerta, con la bolsa de deporte vacía. Baja las escaleras. En la calle, los niños corren hacia sus casas, tapándose con las manos las orejas. Corren hacia sus casas, hacia sus padres. Se asustan, mañana recordarán su nombre. Su foto estará en la portada de todos los periódicos.

Ya ha escrito la Historia.

Sonríe.

Ya ha muerto el dictador.

martes, 22 de marzo de 2011

Lilly

Todavía recuerda el día en que conoció a Lilly. Era una mañana especialmente fría de febrero, como casi todos sus cumpleaños. Y allí estaba, con aquellos botones por ojos, cosida la separación de sus dedos y el pelo lleno de trenzas. Todavía dentro de su caja de plástico, con aquel olor a nuevo que deberían preocuparse por fabricar las empresas de ambientadores. Y cómo se acercó corriendo hasta ella y la liberó de los miles de embalajes que la atrapaban, después de minutos mirándola, intentando averiguar cuál era su nombre. Lilly.

Lo recuerda ahora, y la nostalgia le surca el rostro en forma de lágrima. Si la hubiera querido siempre como el primer día, quizá ahora sabría encontrarla. Le ha hablado tanto a Daniel de ella, que no puede imaginarse que ya no exista.

- No lo sé, hijo mío, hace tantos años que creciste, que no sé si la tiramos, o la dimos a la parroquia, o vete tú a saber. Ahora, si llego a saber este disgusto... a Daniel seguro que le puedes comprar cualquier otra, ahora son mucho más modernas.

Mucho más modernas. Como todo. Pero en la mente de todos siempre hay algo que se clava, que rezuma, óxido, melancolía, suero. Y a él se le clava Lilly. Y los ojos de Daniel cuando le diga que no habrá ojos de botón para él. Ha conseguido, con sus pocos segundos de vida acumulados, que aprenda a valorar todo lo que uno alguna vez quiso. Y cómo llorará Daniel. Cómo llora.

- ¿Lilly ya no está? ¿Se ha ido?

No está. Aunque todavía se refugia en alguna parcela de incredulidad, como cuando esperamos que suene el teléfono, o que el médico con cara de ponerse a llorar diga que el del quirófano aún vive. Y se pone a buscarla, como los que ponen carteles por algún desaparecido. Visita cada vez más la enorme casa de sus padres, y pasa horas en cada habitación, removiéndolo todo, cada mueble, cada minuto que pasó con Lilly.

Todavía lo recuerda todo. Al principio le intimidaba, con la mirada clavada en todo lo que hacía. Empezó a participar tímida en sus juegos. Destacaba entre todos los demás, y se convirtió en la compañera, la más divertida, la única. Después vinieron otros. Pero el nombre de Lilly seguía sonando como un cristal saltando entre las dos teclas más agudas del piano. La primera, la auténtica, la de siempre. Lilly.

Daniel cada vez entiende menos.Pasa las horas en su habitación jugando con Sally, la muñeca que sus padres le regalaron hace unos meses. Le gustaría poder presentarle a Lilly, para que no se aburra cuando él está en el colegio, pero su padre no la encuentra. Debe ser maravillosa, aunque a él cada vez le guste más su muñeca nueva, pero si su padre lo dice, será por algo.

No la encuentra. Recuerda como se fue haciendo mayor, cómo escondía a Lilly debajo de los cojines cuando venía alguna chica a casa. Como poco a poco, fue ocupando el lugar que hay entre la cama y la pared, y su lugar lo ocupaban los discos de vinilo, los libros de la universidad, los pósters de Sex Pistols. Y Lilly desapareció, no volvió a acordarse de ella hasta hace poco, cuando le regalaron a Daniel la otra muñeca, Shelly, o Sally, o cómo carajo se llame.

Entra en la habitación. Daniel está jugando con ella, se sienta en el suelo, apoyada la espalda en la pared, observando a su hijo desde lejos. Juegan igual. Coge a su muñeca por la cintura, habla con el resto de trastos de la habitación, y cuando ya se ha cansado de jugar la deja encima de la cama, como hacía él. Cuando le diga que su amiga viene a verle, la esconderá debajo de los cojines, como él.

- Lilly se ha ido, ¿verdad?
- Sí, Daniel, lo siento.
- No pasa nada papá, Lilly estará jugando con otro. Seguro que es muy feliz, a mí no me hace falta, yo ya tengo a Sally. Sería muy injusto que yo tuviera dos muñecas y otro niño ninguna, ¿no?

Se ríe, casi desencajado.
Le enseñará las fotos que tiene de Lilly, para no olvidarla ya nunca.
Y que el niño tenga sólo 9 años.







 Como a pesar de que fue creciendo Lilly siguió ocupando el trono de su cama, de su tiempo libre, de sus regresos.
Y se negó a admitirlo. Que los botones de Lilly se han ido descosiendo, como la separación de sus dedos, y las trenzas de su pelo. Que Lilly ya no es, ni huele a nuevo, ni tampoco él. Por eso poco a poco empezó a perderla de vista, se quedaba entre la cama y la pared y se le olvidaba liberarla del fondo de sábanas que ya no se parecen a los embalajes de la primera vez.

viernes, 18 de marzo de 2011

La felicidad está en mí

La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Eres la chica más guapa que he visto desde hace tiempo.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Es que además de lista, eres trabajadora.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Desde que te conozco, no sé cómo vivía antes.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Me encanta tu voz.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Aunque gritas demasiado.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Hoy no puedo quedar, pero mañana pasamos todo el día juntos.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Te quiero.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Cada día más.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Vale, cine, pero la elijo yo, que tú tienes unos gustos...
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- ...
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- No, mañana tampoco puedo, hablamos esta semana.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Es que tus amigos son gilipollas, siento decírtelo así.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- No sé qué me pasa, esto ya no es como antes.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Ya no es lo mismo.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Te quise mucho, y te quiero todavía.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.
- Pero se acabó.
La felicidad está en mí. La felicidad está en mí. La felicidad está en mí.

martes, 8 de marzo de 2011

Tiki

"Lejos, al otro lado de los mares,
hay una isla donde el crepúsculo
es un bosquecillo de palmeras cimbreantes
dibujado por el Sol.
Y a lo largo de la ribera y los arrecifes,
azules las olas relucen en el rompiente.

Allí iré cuando haya terminado con todo."

R.L.Stevenson

domingo, 6 de marzo de 2011

Terapia de grupo

- Fijen en sus mentes una cara. Tiene que ser una cara amable, con rasgos simpáticos, dulces. Alguien a quien desearían abrazar y transmitirle, todo el amor de su vida, todo el amor de que son capaces, el que está concentrado en cada partícula, cada átomo, de cada músculo, de cada parte de su cuerpo. Esa cara, tiene que ser la de una persona que tiene hambre, hambre crónico. O tiene que ser la de alguien que tiene sed, sed desde que se levanta hasta que se acuesta.
- ¿Un niño de África, de Chad o Zaire?- pregunta un señor con corbata, con los ojos del color azul grisáceo que se les pone a las buenas personas cuando se hacen mayores.
- Sí, por ejemplo -contesta la terapeuta- aunque puede ser también la cara de alguien inocente entre rejas, piensen en el premio Nobel de la paz chino, o la premio Nobel de la paz de Myanmar, piensen en alguien a quien la sociedad ha tratado muy injustamente. Piensen en una persona homosexual en Corea del Norte, en una dama de blanco cubana, en un mexicano atrapado en la frontera con EEUU.
- ¿Valdría ese cura, cómo se llama, el de México, el que ayuda a los inmigrantes?- pregunta una mujer con el pelo a mechas, como si fuera una cebra, entre el rubio y el moreno, como si no hubiera sido capaz de decidirse y se moviera entre los dos grandes tonos.
- El padre Antonio Solalinde, sí, ése también vale -asiente la terapeuta- aunque tampoco hace falta que se vayan tan lejos, piensen en una ejecutiva que cobra menos por ser mujer, o en la cabeza de familia a la que no le cuadran las cuentas porque todos sus miembros están en paro. Lo importante es que piensen en alguien con unas necesidades básicas muy fuertes que no puede cubrir. O en alguien a quien la privación de derechos le impide crecer como persona.
- ¿Equiparamos privación de derechos y libertades con la falta de comida, de agua potable...? -pregunta la chica joven, bastante delgada, tan delgada que no es tan guapa como podría.
- Se trata de imaginar a alguien a quien le falta algo que ustedes consideren básico, algo sin lo que no podrían vivir, algo cuya inexistencia les matara por dentro. Y lo más importante es que esa persona que existe en su imaginación, ha de ser alguien con una bonita sonrisa, una sonrisa que luzca siempre en su rostro, alguien a quien parezca que la falta de ese algo tan imprescindible no le afecte como para convertirle en alguien triste.
- ¿Y después? tengo en mi mente a un chico negro, de unos diez años, con la barriga hinchada, el pelo muy corto, y una sonrisa que podría llegar hasta aquí -vuelve a hablar la corbata.
- Yo veo a una ejecutiva que acaba de enterarse de que cobra dos mil euros menos que su homólogo varón, es madre soltera de una niña y dos mellizos, su homólogo no tiene hijos, y vive en una casa a las afueras de la ciudad, tarda una hora en llegar al trabajo, y más al volver a casa -la de las mechas.
- ¿Y tú, a quién ves? -la terapeuta señala a la chica delgada, tan delgada.
- Yo me veo a mí, pero nacida en la franja de Gaza, llevo un pañuelo en la cabeza y estoy intentando estudiar al otro lado de la frontera, pero la mayoría de los días los militares israelíes no me dejan pasar por algún extraño motivo relacionado siempre con la seguridad nacional. En mi casa sufro aleatorios cortes de luz y de agua, y muchas veces, cuando quiero estudiar, tengo que dejarlo para ayudar a mi madre a hacer la comida, o a limpiar la casa.
- Muy bien, muy bien, gran trabajo -la corbata y la de las mechas sonríen satisfechos- ahora es cuando viene la parte más difícil, la que supone un gran trabajo personal. Vamos a ver, ustedes están aquí porque no consiguen llegar a la meta de la felicidad, o llegan a ella pero son incapaces de instalarse en su campamento. El primer paso de esta terapia es tener siempre presentes a esos personajes que ustedes han creado, hacer que les acompañen, y pensar en ellos. Sobre todo cuando no sean felices, cuando más desgraciados se sientan, piensen en ese niño que no tiene qué comer, en la mujer que en el atasco recuerda que cobra menos porque es mujer, en la chica que no puede estudiar porque le han robado el estado que era suyo y de su pueblo. Piensen en ellos, concéntrense. Respiren, verán sus nervios relajarse. Se ensancharán sus pulmones y recordarán que ustedes viven en el primer mundo de todos, que sería injusto ser infeliz, que han de ser felices por ellos, que no hay mal que cien años dure, que en nuestro estado del bienestar todo está de nuestra parte para ser felices, que sólo tienen que...
- ¡Basta, basta, basta! ¡No es verdad, no lo es! -la chica delgada, tan delgada, se levanta tirando la silla al suelo. -¿cómo voy a ser feliz yo, si mi chica no puede, no puede! que os den, a vosotros y a vuestras caras de satisfacción, cómo voy a ser feliz por ella, cómo voy a aprovecharme de las desgracias ajenas...
- Pero son personajes imaginarios, no hay que llevarlo todo tan a flor de piel, tan hasta los extremos, tranquila.
- ¿Cómo que no son personajes reales, cómo que no? Verlo a través de una pantalla de televisión no los convierte en mentira. Puto primer mundo, eso es, de eso se trata, ¿cómo voy a ser feliz en un mundo que condena al segundo, al tercero, al cuarto? ¿Cómo? Es hipócrita, y es insano, adormilarse, las cosas tienes que estar siempre, siempre, siempre a flor de piel. ¿O tú, con tu corbata colgando del cuello como si fuera el collar de un perro crees que mereces ser feliz por pensar en un niño que no tiene qué comer? Lo siento pero no, no les creo, sigan pensando que así son mejores personas, yo me marcho.
- Pero aún no hemos acabado, ¿dónde vas a ir?
- No me han entendido, yo sí he acabado. ¿Y adónde voy? a Gaza, o a donde sea, pero lejos de esto que llamáis primer mundo. Me asquea.

No sonríe más la chica a la que Gaza vio nacer, ni la chica delgada, tan delgada, que toma el avión con destino Tel Aviv. Sonreirán cuando la catarsis invada a todo ese primer mundo, que no sirve para nada.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Big Ben

Pensarás que ya era hora. Y con razón. Hace tiempo que no hablamos y no hay excusas. No sé cómo abordar esta conversación, este abandono. Cualquier frase es la peor para empezar, pésima para seguir. Y quizá ésa es la razón por la que he tardado tanto en llegar hasta aquí. Supongo que lo imaginas, que hace tiempo que dejamos de ser uno. Tierra Madre, me parezco a cualquier tío aspirante a hombre de mi generación.

Y no sé si quieres que me explique, si sería lo mejor, o parecería que como siempre me miro al ombligo y pierdo la perspectiva sobre mí misma.

O quizá debiera hablar de cuánto te he querido, y lo que te seguiré queriendo, y parecería así también un perro más del hortelano, con la puerta entreabierta para que no cojas frío, pero que tampoco olvides mis vientos. Mis idas y venidas.

Y a lo mejor debería hablarte de lo que quiero, lo que quiero para mí. Y sería para matarme.

O de lo que a partir de ahora deberías hacer tú, encima, encima. Como si no hubieras rodado, mi amor elegante, por muchos más campos.

No quiero ni ser egoísta, ni egocéntrica, ni ególatra, ni compasiva, ni hija de puta.

Pero lo cierto es que esto hace ya tiempo, como sabes y yo sé, que terminó. Y no quiero soltar el cable, como tú, ni dar un portazo, pero ya somos mayores, sobre todo tú. Sabrás que he conocido a otros más al sur, que el Pantheon ha sido un amor a primera vista, intenso, quinceañero, eterno. Que antes y después ha habido muchos, algunos que ya ni recuerdo, amores de una noche, de unas horas, de un click de fotografía. Y hace ya tiempo que este continente en el que nos hayamos no tiene sentido más allá de la necesidad de un lazo, un lazo a donde nacimos. Que tanta posmodernidad, tanta burocracia, tanto bienestar innecesario, con el tiempo, ha ido haciendo mella. Que los dos sabíamos que algún día yo saldría del meridiano y me enamoraría de otras culturas. Pero nunca pareció que fuera a ser tan rápido. Y en el fondo ha ido todo muy despacio, porque este continente es así, lento, como si le pesaran todos sus años, todos sus miedos. Todos los monumentos con los que me he enrededado y he hablado. Mucho. Diría que demasiado. Pero esta tierra tan lenta, tan tranquila, tan hipócrita, tan cínica, tan monotemática, dinero, trabajo, clases, dinero, trabajo, clases. Productividad, crisis, hipermercado, campo de golf, transporte público, autovía, conferencia, plan de ajuste, divisas, fondos monetarios... me angustia. Y ya no puedo verte con claridad. Levantar la cabeza y mirarte, a las agujas, al reloj que un día elegí como el mejor para perder el tiempo. Mi tiempo. Y ganar. Y verte, y adivinarte, y que no haga falta hablar, a pesar de lo mucho que hablamos.

Pierdo. Toda la claridad, toda la inocencia, toda la energía que empujaban tus campanadas, la fría brisa del Támesis, tu figura espigada, tus detalles, tu elegante altura, posición segura, desafiante. Ya no la veo, se enturbia. Y la culpa es de este continente, de esta generación a la que la vida no ha maltratado como para desear el sufrimiento, de tantos derechos, tantas libertades para al final tanto dinero, que hemos perdido la perspectiva de la vida, que disfrutamos sólo de nuestros ratos libres, y no del resto de nuestras vidas. Que uy! nos unimos al movimiento carpe diem un ratito; no, no hay que disfrutar cada segundo como si fuera el último, pero hay que vivir, hay que vivir y no tener tanta prisa por ahogarnos en esta tierra tan lenta.

Me avergüenzo de lo que hablo. Perdóname tú y no perdonemos a nuestro continente, debí darme cuenta antes y quizá, no haberme enamorado. Pero creo que si volviera a nacer en esta tierra, seguirías siendo tú. Y seguiré visitándote, porque no puedes abandonar Londres, y seguiré hablándote, y me verás crecer. Y te querré siempre y tú a mí también. Pero seremos más libres, ámate aún más y ama a otros. Vive y sigue riéndote, con esa sonrisa interior tan elegante, la ironía de la que sólo puedes tú. Y nadie con tanto estilo. Nunca.

Y sin que sirva para entreabrir, o entrecerrar puertas,
Tú siempre serás, y habrás sido el primero.
La última vez que lo digo. La última vez que lo he dicho.

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