miércoles, 24 de noviembre de 2010

La lista

 No tenía por qué protegerlo. Era uno más de la interminable lista. Pero ahí está, con más sangre que cuerpo. Se empapa, hace tiempo que no veía tanta sangre. Tiene la boca abierta, como si el alma se le acabara de escapar, huir, flotar, sobre la ciudad tan sucia que ya no recuerda su nombre. Saca del bolsillo un paquete de tabaco, y enciendo un cigarrillo. Aún le quedan restos de gomina en el pelo, la frontera entre la muerte y la vida es menos de un segundo, como si el tiempo pudiera volver a atrás y fuera a levantarse.

Catorce años. El muerto tiene sólo catorce años. Los cuerpos se excitan, se estremecen. Ha visto a algunos policías vomitar, aunque sea joven, no huele bien. No hace ni un sólo gesto, como si fuera ella la que está muerta. De pie sobre sus zapatos de punta, observa la escena como se observan las fotografías de muertos desconocidos. Para ser jefa, hay que ser fría, tener los nervios de acero. Hay algunos hombres llorando, uno en especial, debe de ser su padre, medio calvo, canoso, gordo. Pero entre tanta alma podrida que mira, no se le distingue. Puede quedarse mirándolo hasta que se lo lleven. Las cintas de la policía separan al muerto de los vivos. O al muerto de los muertos. Las luces de la tienda aún están encendidas, como si fuera un escaparate de Navidad con un Cristo crucificado en el centro. Los viandantes se paran, ahogan grititos, se llevan las manos a los ojos, los padres tapan las miradas de sus hijos. Nadie sabe que ella está allí.

Intenta recordar, estaba en la lista. De los que debiera haber protegido pero no lo hizo. En qué cama. Cuándo. Qué tiempo hacía ese día, cómo lo conoció. Pero han sido tantos que no se acuerda. No era importante, nunca habían llegado lejos, no habrían estado juntos más de una semana, a ésos es imposible protegerlos, son demasiados. Pero se ha jurado varias veces que no tocarían a ninguno de los suyos, de su lista. Qué juego tan sucio. Apaga el cigarrillo con la punta de sus botas. Se va escurriendo entre los espectadores horrorizados, que van circulando como en las capillas ardientes de los Papas en televisión; y como un mecanismo, un muerto a balazos, un pueblo que sufre, después se acojona, después se indigna y después respira, aliviado por estar al otro lado de la barrera. Camina despacio, resuenan los tacones en el silencio nocturno. Era de su lista, sino lo hubiera sabido. Camina. Las escoltas no abren la boca, siguen su paso y lo preceden. Se mete en el coche y mira a la chofer. Asiente con la cabeza, es la roden para arrancar. Recorre con el índice sus labios. Esto sin duda es una ofensa, y las ofensas sólo se contestan de una manera. El chico era joven, muy joven. Le duele el honor, quién de todas ha sido. Aunque por los balazos, marcas de la casa, y por el número de la lista, no alberga muchas dudas.
Baja del coche al llegar, en casa nadie se atreve a preguntarle. Se sienta en la mesa de la esquina. Queda mucha noche por delante. Se va a borrar los labios de tanto intento, se mira la punta de las botas. Ha pasado ya una hora, hay que decidir. No lo ha protegido, qué falta de seriedad, a un niño de catorce. Se sujeta la barbilla, no lo recuerda. Las escoltas no hacen ruido. Pero sabe que están al otro lado del tabique, esperando sus órdenes. Sólo una persona puede haber ordenado algo así, lo sabe. El índice recorre su cuello, sube hasta su nariz. Está anocheciendo y la lámpara de la mesa empieza a cobrar protagonismo. Ya ha pasado hora y media, tiene que decidir. Rápido. Pero ella no altera ni uno sólo de sus movimientos. Para ser jefa, hay que saber tomar decisiones difíciles. Ahora mismo podría presentarse en el otro lado de su frontera y hablar, acordar zonas y firmar un armisticio. Porque a los siguientes de la lista los irá conociendo. Dibuja círculos en su mejilla con el dedo corazón. Espiral, como todo el pensamiento.

Son decisiones difíciles. Y el reloj del salón da las diez. Dos horas. Los plazos se cumplen, las jefas tienen que saber responder. Abre el cajón y saca una lista. Sus dedos ya no recorren ninguna parte de su cuerpo. Chasquea los dedos. La jefa de las escoltas no tarde ni diez segundos en entrar al salón. Está nerviosa, cuando sabe lo que toca. Se acerca a su jefa, que no levanta los ojos de la lista. Para jugar a ser Dios hay que estar tranquila. Se pone detrás de ella y espera. Se humedece los labios, siente ya la sed de sangre, la venganza. Levemente convulsiona, como las hienas. La jefa señala un punto de la lista y levanta sus ojos hacia la jefa de las escoltas. Un muerto más en sus retinas, uno menos en la lista. La escolta sonríe con medio labio y se marcha. Silba a las otras chicas y desaparecen rápido, como si el siguiente en la lista tuviera alguna escapatoria. La jefa tacha el nombre de la lista, y vuelve a guardarla sin que se arrugue en el cajón. Saca del bolsillo el paquete de tabaco, y enciende un cigarrillo, que apagará con la punta de las mismas botas.

martes, 23 de noviembre de 2010

Divina Manuela

Lo cierto es que no importa. Al fin y al cabo, son sólo un puñado de letras. El recipiente que poco a poco, ha ido recogiendo mis lágrimas y les ha dado forma.

Eso piensa, divina Manuela, mientras vuelve a sentarse en el escritorio que hace años sonreía a su abuela, para escribir. Huele la solución, a tulipanes que no huelen a nada. A que no hay lágrimas, y el recipiente tiene una marca de salitre cerca de su desembocadura.

Uniforme. Frágil.

 No hay lágrimas, hay arrugas. Aunque sí las hay, sí las ha habido, maldita sea, qué triste tener que echarlas de menos. Y a riesgo de victimismos no tiene miedo, llora por Palestina. Llora de rabia y quiere crecer. Pero al fin y al cabo son sólo un puñado de palabras, voces que resuenan dentro de su cabeza. Nueve de cada diez niños en Afganistán consideran que no vale la pena vivir. A ti ese chico te marcó. Eres una reina. Y Manuela retuerce y recorre su vida en busca de un corte, el corte que la convirtió en la mujer conformada que es ahora, mientras se preocupaba en no volver a ser la chica tímida que era con quince, la que aún cautivaba al sexo opuesto con su quietud. Y mientras se juraba a sí misma que eso importaba poco, que si ya no me quieren yo no los necesito más allá de la lujuria efímera, se fue convirtiendo en su antítesis, en la mujer a la que hoy no le importa que hoy no pase nada. Que ya no se odia si pasa la tarde del domingo en casa y ha aprendido a disfrutar del sofá, a no martirizarse por no estar haciendo calle en busca de amor.

Mendigar, susurra la mujer de hoy a aquélla.

A la que se desvivía por cualquiera, por estar al lado de cualquiera, la mujer abrumada por estar sola ha aprendido a disfrutar de no existir para nadie. Y no está enfadada, y no tiene envidia. Pero no escribe, es lo único, que no escribe. Al fin y al cabo son sólo un puñado de letras, letras que no le van a gustar y sobre las que pasará de puntillas cuando se convierta en otra y ésta se le antoje ridícula. Y escribe Manuela aunque ya ni siquiera le guste su nombre, pero no se le ocurra otro. Pero escribe, y entre su puñado de letras y sus miradas en busca de una idea brillante, de una de ésas frases que pasan desapercibidas pero leídas despacio esconden una vida, ha ido rascando en este tiempo la salitre del vaso que recogía sus lágrimas.

Exacto, Él, ya no está.

No provoca en Manuela ni un atisbo de sensación, no es suyo, ya no es suyo. En su puñado de letras ya no existe ni una sóla referencia tarantiniana a Él. Entre las ninguna y las doscientas setenta y siete veces que se prometió no volver a escribirle, se fue colando por las evaporaciones espontáneas de sus lágrimas.

Y ya no queda ni el salitre.

Y supongo y Manuela supone, que por esas leyes univesales que se impone, se debe algo a sí misma, a su tiempo, y a sus puñados de palabras. Como si al fin y al cabo, se agarrara al último clavo de inspiración, como si ya nunca más fuera a volver a escribir igual, aunque sepa que nunca escribió igual, y a veces le costaba reconocerse en sí misma, y adivinarse entre los puñados de letras. Y aunque se perdiera, con un nombre que ya no le gusta, a Manuela ya no le importa. Lo peor, y lo mejor, es que no está triste por haber hecho desaparecer a la princesa decimonónica que sabía escribir. Y Manuela se siente sabia, porque es ahora y no antes, por desgastada que esté la expresión en su estilo, cuando puede sentarse en la azotea con un cigarrilo y sentirse infinita como el universo.

De vuelta, pero no vacía.

Encontrada la ilusión en los rincones de su vida que no la tenían. Sonreírse al aprender, y ver en el horizonte todas las trincheras que quedan. Aunque ya nunca más vuelva a escribir igual, no se echa de menos. Serán las consecuencias de haber encontrado el equilibrio que ya no se pierde nunca. Y ya no le provoca ninguna sensación, y los que vengan después no le devolverán a él, y no serán escapes. Ni se refugiará en las críticas que conectan a la Maga con Ally McBeal, porque lo que ella sabe es lo que van a saber todos o algunos saben ya. Ya no me importa no ser nunca más Manuela, pero se lo debo a ella.

Quizá ahora podré empezar a ser escritora.

Pero Manuela no echa de menos sus lágrimas, y con la sonrisa que después de mucho tiempo ha conseguido eternizar aún se sorprende, al despertarse o en el metro, y se va perdiendo entre la gente sabiendo que siempre la recordaré, que estará ahí en cada consejo.

Ya somos libres.

Y Manuela para despedirse recoge el vaso de cristal, el que ya no tiene salitre y huele a tulipanes, a nada. Y lo pierde en el cementerio de vasos que esperan recoger lágrimas, como a uno más.

Y como a ninguno.

Pero no como al único. 

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