viernes, 7 de mayo de 2010

Cuatro pasos


Antes de vaciarle con un gesto las cuencas, y ver lo que hay detrás. Cuatro pasos, y los muertos. El cementerio está cerca de donde tú y yo vivimos. A veces para seguir, uno tiene que destruir los pasados y los futuros. Y abrazarse al cuerpo, como el tronco a la tierra. Aun así, los ojos suplican, Miguel, vete a Francia, Miguel vete. Lucha desde fuera, sobrevive para contarlo. Le agarra con las manos la cabeza, sostiene su barbilla, como si de un momento a otro fuera a meterse dentro para cambiar las conexiones y los mecanismos, forzar la fuga. No es huir, es luchar desde fuera, yo seguiré siendo la noche esposa, contigo fuera y dentro. No te quedes, Miguel, vete. Si te quedas te van a coger. Si te quedas no volverás a verme, no crecerás más al lado de tu hijo, no verás más amaneceres en la playa, no tomarás en vermú en las calles bajas de Madrid, no escribirás más Miguel, vete a Francia, sé libre. Enloquece, se levanta, da vueltas por la habitación, como si fuera a salirse del cuerpo en forma maligna y derribarle, destruirle toda la tranquilidad que encaja en el semblante. Al segundo vuelve a sentarse, con el talón izquierdo repiqueteando en el suelo. Miguel, que te vayas, vete a Francia, por lo que más quieras, no te quedes, no te quedes. Y Miguel calla, como si esperara ver el torrente terminar de fluir, haciendo desaparecer todo a su paso. Miguel es el mar calmo. Hijo del padre amargo. Y ella vuelve a levantarse, directa esta vez contra la pared. Patalea, se ha hecho pequeña, patalea después de enfrentarse a la realidad estática. Es lo que hay que hacer cuando no se puede hacer nada. Ay. Cuatro pasos, y los muertos.
Y en esas el mar calmo, sin perder la quietud, extiende hasta la pared sus olas, y la envuelve, hasta posarla de nuevo frente a él. Mírame, reconóceme, sabes quién soy. Este fondo titánico da principio a mi carne. No puedo marcharme. Como el sendero me iré, y no acabaré de irme. Defenderé el vientre acometido. Y lo defenderé desde esta tierra a la que me agarro como el tronco, con todas las raíces y todos los corajes. Y lucharé desde la tierra que me ha parido, a la que puse el vientre disparatado. Y no me iré Josefina, ni a Francia ni a ninguna parte. Regresaré a Orihuela, y si así ha de ser, querré minar la tierra hasta encontrarte, y besarte la noble calavera, y tú querrás desamordazarme, y regresarme. Y así será. Pero la piedra estoica que se ha abierto en dos pedazos de dolor, los más oscuros muertos que pugnan por levantarse para fundirse con nosotros, no me verán lejos de mi madre, no me separarán de sus altas entrañas. Y a cambio de mi vida, tú y mi hijo viviréis en su vientre. Y así ha de ser. El cementerio está cerca de donde tú y yo vivimos.
Josefina recupera las lágrimas, una a una convierte la habitación en la paz después del torrente, en la luz que alumbra la sombra de sus cejas. Hasta el reencuentro en el almendro de nata. Que al fin y al cabo, cuatro pasos y los muertos. Cuatro pasos, y los vivos.





Él llego con tres heridas,
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida...

domingo, 2 de mayo de 2010

Teresita

Cuarta y última parte

Así que Teresita se hizo a Alcalá de Henares, y la ciudad acabó amoldándose a su forma perfecta, porque ella era capaz de golpear con la luz todos los rincones, incluso los que no tienen ventanas. Empezó a trabajar de profesora en un instituto, el Mateo Alemán, donde hizo muchos más amigos. En el 91 nació Tintín, el niño más gordo y más grande del nido, que como Teresita, y como tú y como yo, sigue siendo pequeño por mucho que crezca. Era una alegría, siempre con esa risa interminable, y la energía infinita de quien quiere siempre jugar un rato más. Claro que hubo también momentos tristes, sino los buenos no hubieran sido así. Un día mis abuelos, los padres de Teresita, se fueron y nosotros lloramos un montón, y les seguimos echando mucho, mucho de menos. Pero nos dejaron esta casa, llena de felicidad y recuerdos buenos. Teresita empezó poco a poco a ser la mujer que es hoy, la que se ha construido a sí misma y ha encontrado el amor propio y ajeno como nadie. La que ha sido capaz de buscar en ella la felicidad, y hacerla invariable, la mujer indestructible, la mujer de la que yo me he enamorado para siempre, por esa felicidad de la que me he colgado porque es infinita. La que amándose tanto, ha conseguido amarnos a todos como nadie. Un día se apuntó a clases de pintura, y ahora las paredes están llenas de sus cuadros, son bonitos ¿eh? Yo a la vez fui descubriendo que pintar desde luego no era lo mío, pero que la escritura se me daba más o menos bien, he aquí este cuento. Cuando llegué tu cumple te contaré tu historia, por ser también la mejor hija del mundo, pero este es el cuento para el cumple de la abuela Teresita, porque ella es la mejor madre del mundo.

Teresita cumple hoy 53 años. Si mi madre hubiera sido otra, no diría qué edad tiene, pero mi madre todavía sigue siendo pequeña, tan pequeña como creía mi abuelo. La niña que nació un 16 de febrero, tiene hoy veintidós años y el corazón lleno de kilómetros cuadrados. Esos kilómetros los llena ella, hoy y todos los días. No es el primer cumpleaños que me pierdo, pero es el que más me duele. Dolerme porque de un tiempo a esta parte, he enredado mi existencia con la suya, y Teresita, mi madre, mi mejor amiga, mi compañera de viaje, mi jefa, mi suelo, mi clavo ardiendo, mi respiración, mi paso adelante, mi letra, es mucho más, todavía mucho más si se puede, mi razón de ser. Y ahora que el tiempo juega en mi contra, y cada minuto con ella es una contrarreloj, es todavía más mis ganas de vivir, mi techo, mi paso atrás, mi cada lección aprendida, mi madre, mi banco, mi plaza, mi sueño, mi risa, mi aliento. Este es el cuento para la hija que todavía no tengo, para la nieta que un día tendrá Teresita, para la niña para la que espero y me conformo con ser la mitad de lo que Teresita es para mí. Con la que espero viajar y compartir tanto, la que seguro será el vértice de un triángulo femenino perfecto.

A Teresita, muchísimas felicidades desde Roma.

sábado, 1 de mayo de 2010

Teresita

Tercera parte

Teresita y el abuelo se casaron en el 84, y al poco tiempo, al abuelo lo trasladaron a Madrid, así que se fueron a vivir a Alcalá de Henares. Al principio fue difícil, una ciudad nueva, no conocían a casi nadie…pero después se fueron acostumbrando y la hicieron suya. Así que en 1988 la abuela se quedó embarazada, y cuando ya quedaba poco para que la niña naciera, se fue a Zaragoza para estar más tranquila, con sus padres y sus hermanos. La madrugada del 16 de febrero, empezó a tener las contracciones muy seguidas, así que llamó a la clínica, y le dijeron que probablemente estaría empezando a ponerse de parto, pero que aún quedaba tiempo. Y no se le ocurrió otra cosa que ducharse tranquilamente y preparar las cosas, como si tuviera una cita con la niña. Les dejó una nota a sus padres porque le dio pena despertarles, en la que decía que se había ido a la clínica, que creía que ya nacería la niña, y que fueran, tranquilamente, cuando se despertaran. A la que sí que llamó fue a Mari Goya, a las siete de la mañana. Es una prima lejana, que por casualidades de la vida -o como su madre dijo un día, Dios lo quiso así para que estuvieran juntas-, vivía también en Alcalá de Henares. En casa no había teléfono, así que le pidió por favor que fuera a casa y avisara a su marido de que la niña ya iba a nacer. Pero que ni por todo el oro del mundo viniera en coche, en tren, en autobús o en avión, pero que en coche ni loco. Así que tu abuelo, obediente, se fue a Barajas, pero perdió el avión a Zaragoza, y tuvo que ir en coche, pero cuenta siempre que fue muy despacio, que más vale tarde que nunca. Y cuando llegó, yo, porque ya sabes que la niña era yo, que eres una chica muy lista, todavía no había nacido. Me hice esperar, no llegué hasta las siete y media de la tarde. Los abuelos estaban muy contentos, y sus padres, y toda la familia, los tíos, los primos, los hermanos de Teresita. Que entonces ya era Teresa, o Tete para su madre. Aunque su padre siguió llamándola Teresita, y a mí Esperancita, porque tuviéramos los años que tuviéramos, siempre fuimos sus ojitos derechos, sus dos pequeñas. Qué pena que no pudieras conocer a mi abuelo, era un tipo muy elegante, muy educado, siempre de buen humor, con una sonrisa para todo. Y siempre que iba a casa a verle, jugaba con él, jugábamos a que viene la ola, o al parchís. Y mi abuela, mi abuela Chola era una mujer increíble, de las que ya no existen, la mujer más guapa que he visto en mi vida, la sonrisa más perfecta. La gente se giraba por la calle para mirarla, y era tan buena, tan cariñosa. Como tu abuela, que no veas lo que te quiere, está enamoradísima de ti. Como yo. Y lo que nos queda por quererte, y porque las dos queramos a la abuela, y la de cosas que vamos a hacer las tres juntas. Eso sí, que no se te olvide que para el abuelo vas a ser siempre su pequeña, conmigo todavía no se ha dado cuenta de que soy mayor, y nos cuidará siempre como a sus pequeñas. ¿Ese dibujo es para el cumple de la abuela? ¿Sabes que ella es pintora? Eso te lo contaré otro día, ahora hay que irse a la cama ya, que es tarde.

Continuará...

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