viernes, 23 de octubre de 2009

Manuela

Volvió a mirarle a lo ojos.
- Esta noche. Tú y yo.
Él devolvía la mirada. Una mezcla.
- No entiendo.
Y.
- Lo sé.
Titubeaba. Le miraba en los silencios muertos de las conversaciones. Y en zigzag, porque Manuela es así, se enfrascaba en conferencias republicanas al girar a la izquierda. Con un ojo en la derecha para vigilarle. Todas las veces que la guapita se le acercaba. Bailaban. Aunque a Manuela le parecía absurdo todo aquello después de decidir que el mundo se podía cambiar. Bailaba enfadada, enfadada con la copa y el cigarro social que sonreían al sistema que nadie iba a cambiar por fumar y beber.

Más copas. La última nunca es suficiente. Y Manuela calculaba, los pasos, las frases jeroglíficas y las sentencias lapidarias lanzadas en el momento y el lugar preciso para que él volviera a entender por todos los canales:
- Esta noche. Tú y yo.
Aunque ella siguiera enfadada por vigilar las veces que él hablaba con aquella guapita que le sonreía en exceso las últimas noches. Otra mirada susurra:
- Da igual, esta noche te quiero. Como la Pasionaria a la República y los exiliados al cielo de Madrid.
A la penúltima de todas las últimas copas, le siguió el intento golpista de cambiar las realidades:
- Yo voy a cambiar el mundo.
- Lo intentarás.
Y vuelta hacia casa. Balas:
- Pero he perdido las llaves de casa.
- De momento tendrás que conformarte con cambiar mi mundo.
Esta noche. Tú y yo. Sexo, interrumpido por llamadas que no debería contestar y contesta. Debe ser la guapita que se ha quedado sola. Manuela intenta quitarle el móvil de las manos, le dice que si los políticos se suicidaran la vida sería más bella. La guapita escribe. Él contesta. Manuela lo borra, le habla de Guernica. Vuelve a llamar, y antes de que él se despierte, ella apaga el móvil. Porque está enfadada con la dictadura de luchar por ser el más rápido y no el más interesante. Dormir. Follar. Dormir, follar. Café, República, ducha y sexo. La guapita llama cuando ella roza la cerradura de la puerta a la calle y lo real.
Y esta vez no dice nada. Que conteste. Esta noche te he hecho lo que la primavera a los cerezos. Y ya vale. Y de camino a casa, sus miradas a donde no se ve, dicen:
- Como la República. Por la puerta de atrás derrumbada. Después de tantas lágrimas, no sirve de nada, nunca sirve de nada. No te apagaré más el móvil, si quieres rendirte a la vida fácil bajo la sombra de un amor fácil, adelante. Amarme a mí es mucho más difícil. Soy mucho más difícil. Y hay seis millones de personas en esta ciudad deseando amarme. Me exiliaré. Me echarás de menos. Y no recordaré ni tu nombre ni el color de tu cielo cuando haya cambiado el mundo.
Llueve, de su casa a la suya, llueve, como sólo puede llover los días de mil batallas ganadas y la guerra perdida en el ultimo segundo.
Pero al rozar su cerradura, la de la puerta que da a su casa y a su mundo, las manos nerviosas le abren el bolso, buscan el teléfono.
Y buscan su nombre, su número.
Eliminar.
¿Seguro que quiere eliminar?
Sí.

sábado, 17 de octubre de 2009

Adriana

Volvió a mirarle a lo ojos.
- Esta noche. Tú y yo.
Él devolvía la mirada. Una mezcla.
- No entiendo.
Y.
- Lo sé.
Se terminaban las copas como si no fueran a probar el alcohol nunca más. Aún no le había dicho nada con la voz. Bailaban. A Adriana le pertenecía todo, si tiraba de donde él estuviera se quedaba sin ropa, sin techo, sin suelo, sin el cigarro y la copa que le permitían enfrentarse a sus miradas, con la confianza de la vida en sociedad.
Más copas. La última nunca es suficiente. Y Adriana calculaba, los pasos, las frases jeroglíficas y las sentencias lapidarias lanzadas en el momento y el lugar preciso para que él volviera a entender por todos los canales:
- Esta noche. Tú y yo.
Aunque él siguiera hablando con aquella guapita que le sonreía en exceso las últimas noches. Otra mirada susurra:
- Da igual, esta noche te quiero. Entre mis labios. Entre todos ellos.
A la penúltima de todas las últimas copas, le siguieron las palabras banales de ascensor:
- Esta noche hace frío. ¿Me das fuego?
Y vuelta hacia casa. Balas:
- He perdido las llaves de casa.
- Vente a dormir si quieres.
Esta noche. Tú y yo. Sexo, interrumpido por llamadas que no debería contestar y contesta. Debe ser la guapita que se ha quedado sola. Adriana le quita el móvil de las manos, le besa. La guapita escribe. Él contesta. Adriana lo borra, le besa. Vuelve a llamar, y antes de que él se despierte, ella apaga el móvil. Dormir. Follar. Dormir, follar. Café, ducha y sexo. La guapita llama cuando ella roza la cerradura de la puerta a la calle y lo real.
Y esta vez no dice nada. Que conteste. Esta noche te he querido. Y ya vale. Y de camino a casa, sus miradas a donde no se ve, dicen:
- Te lo regalo guapita, por baja temporal de uso físico. Ser amante es mejor, ser amante es mejor, ser amante es mejor, mucho mejor, yo lo sé todo y tú no, sé cuándo te besará, cómo y dónde, tú no sabrás nada guapita, ni quién te cuelga las noches de los domingos.
Llueve, de su casa a la suya, llueve, como sólo puede llover los días de resaca atípica.
Pero al rozar su cerradura, la de la puerta que da a su casa y a su mundo, las manos nerviosas le abren el bolso, buscan el teléfono.
Y no hay llamadas.
No hay mensajes.
Y comunica.

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