miércoles, 1 de junio de 2016

El bosque

Hay un bosque que los años han dejado crecer con escasa vigilancia, decidiendo mil y una veces que era mejor así y otras mil y una que no. Con ramas cual sarmiento, rodeando no sé muy bien qué y protegiéndolo.

No te he hablado nunca del bosque.

No sé hablar de él. Supongo que hace años que lo ignoro, porque la última vez que estuve en él, las ramas crecían a la velocidad de la luz, como si quisieran tapar todas las vistas a Berlín Oeste.

Con lo difícil que es vivir. Con lo difícil que era.

No sé cuánto tiempo había pasado esperando encontrarme contigo debajo de las hojas del plátano, en uno de esos bancos incómodos que quieren hacerte la existencia imposible. Y hacerte poesía. Plantarte una bandera y jugar a recorrer con los dedos el espacio en el que vivo. Y nada más.

Reducir la vida al tacto de las líneas dactilares sobre tus lunares. Medir en el espectro cromático hasta dónde llegan sus colores. Respirarte. Aprender a vivir sólo con tu aire nunca me ha parecido tan fácil. Coger impulso en tus rodillas y elegir dónde somos siempre jóvenes. Y de un soplido, estallarnos en confeti.

Convertida en plásticos de colores me he armado de fiesta suficiente como para empujar los escombros del muro y volver al bosque, esperando encontrar las ruinas que la memoria hubiera conservado con sus ramas.

Lejos de esqueletos, las hojas suavizan un sol de justicia y de domingo. Hace tiempo, hasta me atrevería a decir cuándo, alguien aquí dentro ha decidido mil y una veces -sólo- cómo deben crecer las ramas y lo hacen igual. Me atrevería a reconocerme en las líneas que trazan. Hasta la primavera alemana y la bicicleta preparada para darme vueltas en tándem, me suenan de sueños.

No te necesito. No necesito vivir en tu aire.

Porque, francamente, tampoco necesito aire.

Me sobran pulmones para el resto de Berlín. Tengo un bosque sin vigilantes, tejido de ramas fuertes, de plátanos que nos hacen sombra en un domingo de justicia. Tengo todo el arcoiris de tus lunares y tus rodillas. Y sin tenerte, también a ti. 

lunes, 11 de enero de 2016

El día en que

Habrá un momento en que despiertes aquí, a este lado del colchón, y el colchón será lo que es, un amasijo de texturas en el que descansar lo justo. Un día en que pondrás los pies en el suelo, el suelo estará frío y te quemará por dentro. Te escucharé quejarte de la presión de la ducha, de la toalla que perdió su tacto de algodón de azúcar hace siglos y volveré a saber que estás hasta los mismísimos de la maldita fuga que encharca el baño.

Pero aún vendrán días peores. Tirarás la vieja cafetera y en sueños comprarás una Nespresso, que colocarás en la encimera de una moderna cocina de mármol, muy lejos de aquí. Bajarás en el ascensor directo al garaje donde te espera el coche que compramos para que dejaras de quejarte del tiempo que cada día pasas bajo tierra hasta llegar al trabajo. Habrá un día en que ya no te bese al salir de casa. O incluso peor, que te bese como lo hace esa gente que sólo pone la cara porque prefiere besar al aire o que piensa que sus gestos son demasiado caros como para regalarlos.

Pensaba en que ese día recuerdes que al principio volvías a meter los pies en la cama. Que buscabas el punto de fuga en la ducha y que el rendimiento que le sacabas a los cinco minutos que tarda esta maldita cafetera en darnos de desayunar no se lo imagina ni el FMI en sus mejores sueños.

Que te acordaras de hoy.

Esos días vendrán a oxidarnos. Así que piénsalos ahora. Declárame la guerra mientras el baño se inunda. Desátame los nervios con tus pies helados. Sal con esa cara de dormido a poner la cafetera y vuelve. Vamos juntos hasta la boca de metro. Yo te juro que ahora mismo revendo el coche.

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