viernes, 24 de diciembre de 2010

Baja

-         Baja.
-         ¿Qué cariño?
-         Que bajes, digo.

Y María baja. Y se la chupa. Felación. Sexo oral. Y humillación. Porque Pablo le aprieta la cabeza contra él y a María no le gusta. Se lo ha dicho un montón de veces, que no, pero a Pablo le da igual. En el fondo, es que María lo hace tan bien que a Pablo se le olvida todo en la séptima gloria.

Y poco importa lo que haga María. Intenta a veces apartarle las manos, pero Pablo aparta una de ellas por un momento para darle una palmadita suave, en la mejilla o donde pille, y vuelve a agarrarle de la cabeza, le tira de los pelos. Y a María no le gusta, porque ella querría imponer su ritmo y sus besos. Pero se reduce a una marioneta húmeda, a un agujero de saliva en el que Pablo entra y sale a placer.

Lo cierto es que a María hace tiempo que Pablo ya no le pone nada. Y él desde luego que no baja a ninguna parte, a no ser que esté de muy buen humor. En esas cosas piensa María mientras es penetrada como quien se deja hacer por puro desconocimiento y confianza en la consulta de un dentista. Él le hace otro tipo de favores, le acompaña al trabajo y va a recogerla, le ayuda en la compra, no la deja sola ni a sol ni a sombra.

A Pablo el tema se le está yendo de las manos hoy. Igual ha tenido un mal día en el trabajo o está demasiado contento porque empiezan las vacaciones. No le gustaría que se volviera a correr en su boca, él ya sabe que no le gusta, que le da mucho asco y que la última vez casi vomita. Pero es que casi se está atragantando, y por más que intenta alejarse un poco, Pablo no le suelta la cabeza. Y María sigue asintiendo, al ritmo que Pablo imponga, unas veces más deprisa y otra más despacio. En esas María tiene tiempo de darle algún beso antes de que vuelva a embestirle.

Se ahoga. Acaba de darle la primera arcada de unas cuantas. Pablo está tan encantado que ni siquiera le escucha la segunda, y la tercera. Debe estar a punto de correrse, menos mal, ahora se apartará bruscamente y eyaculará encima de las sábanas. María se retirará a lavarse los dientes y cuando él vaya a tirarse en el sofá para ver la televisión, lavará las sábanas y lo que haya manchado.

Pero de repente María nota al final de la garganta el semen espeso y caliente de Pablo. Amargo, como todo el tiempo que transcurre desde que empezaron a vivir juntos hasta esta parte. Y otra arcada. Tiene un montón de ganas de vomitar, quiere salir corriendo para llegar al baño y poder desahogarse en el váter. Pero Pablo sigue agarrándole la cabeza.

Vomita. Todos estos años. Los vomita. Encima de Pablo y dentro de él. En las sábanas. María vomita hasta la primera cita. Y sin decir nada se levanta, y va hasta el baño para lavarse los dientes y secarse las lágrimas por el esfuerzo. Pablo tampoco dice nada, se limpia con las sábanas sus partes, hoy menos nobles, y va a tirarse en el sofá.

María vuelve a la habitación, observa la cama y le da la espalda para abrir el armario. Se viste despacio, mientras oye de fondo el ruido de la televisión. Todo lo imprescindible va entrando en el bolso que se cuelga del hombro. Y con paso firme y labios fruncidos llega hasta el salón. Pablo ni la mira, debería meterse en la cocina para preparar la comida. Pero María se acerca solemne hasta él, y le arranca de las manos el mando de la televisión. Lo deja caer al suelo para llamar su atención, y cuando Pablo por fin le mira a los ojos, dispara:

-         Y ahora todo este desastre, lo limpias tú.

Antes de que Pablo pueda reaccionar María ya está lejos, muy lejos, del portazo que resuena en todos estos años.

martes, 21 de diciembre de 2010

Lluvia no llora

"Lo cierto, lo único cierto, es que te estás volviendo una miedica. Cobarde. Idiota. Periodista. Todo el día con la libreta y los enlaces de arriba a abajo. Copiando la vida de los demás y buscando alicientes por todas partes. Ya sé que sí, que a ti eso te parece muy importante y no necesitas a nadie para ser feliz. Correcto. Y me enorgullezco, coño, claro que sí, leyendo cables de Wikileaks y documentos muy acertados contra la Ley Sinde. Todo lo que sabes, y todo lo que no sabes. Y más, lo que sabes que te queda por saber. Pepito grillo hace cri, cri. Pero es que esta vez tienes toda, toda, toda la razón, periodista. Y lo malo es que sería preferible no tenerla. Piensa mal y acertarás, por muy poco que nos guste el maldito pronóstico. Lo siento, lo siento un montón. Aunque sepa que vas a luchar como un humorista contra la leucemia por darle la vuelta y mantener lo que crees, que todos somos buenos, y además lo somos porque queremos, y llegarás donde tú quieras llegar. Me da miedo que, y que, y además que, y si por si fuera poco me da miedo que, porque ya sabes que yo, y entonces me da miedo, y aún más miedo me da que, porque claro, dadas las circunstancias no es para menos. Miedo, miedo, miedo. Y aún me da más miedo tener miedo. Aunque salvo en los directos, que se me come y me retiene en estalagmita, te lanzas contra todos los muros. Eso porque la palabra kamikaze suena bien, demasiado bien, y te sienta bien. Y eso sí es muy cierto, no te vas a quedar en el rincón ni aunque te jurarán por que existe Dios que no ibas a hacer otra cosa que sufrir. Pero experimentas, y te ha tocado un poco de todo. Conozco el sonido de la felicidad que da saltos de puntillas, agudo, breve y constante. Y el sabor de las tristezas, ácido, instalado entre los parpadeantes ojos, los temblorosos labios, la fatídica garganta. Multiplicas miedo cuando recuerdas los vuelos altos y las ostias, porque vaya ostias. Y entras en el estado de nervios que no te deja dormir en los trenes de cercanías. Y corres para dejarte la garganta por el camino y que no te duela más. Pero qué viva estás. Tú no vives para el amor, o sí, pero para todos los amores, y se te nota, que amas todo lo que tocas y todo lo que lees, y todo lo que escuchas. Porque amas lo que tocas tú, lo que escribes tú, lo que narras -y a veces, lo que cantas-. Me encanta ese miedo a que, y ese otro miedo a que, porque da miedo que, y sobre todo después de que. Porque me encanta todo lo que saborees en la vida. Y estás tan tranquila, aceptando las veinticuatro horas de tristeza que te concedes mientras relativizas. Con el equilibrio que has resultado de todas tus circunstancias, tus creencias, tus miedos. Antes de pasar a la acción y tomar la decisión, de si merece la pena, si ganas o pierdes. Todas tus fases. Y te gusta ganar, y no te gusta perder, pero pierdes y sabes que pierdes, y otro miedo que te convierte en ti. Y lo cierto, lo único cierto, es que lo que más amas es vivir, vivirte. Feliz, muy feliz, y triste, muy triste. Fuera de la escala de las personas grises. Llena de miedos, miedica, periodista. Pero menos mal que has leído, menos mal que Julio y la Maga te han dado la idea de querer matarte para sentirte viva. Cuánto te quiero, cuánto te quieres."

Y Lluvia cierra el diario después de doblar la esquina, la de abajo, la de "léelo cuando vuelvas a querer matarte".

jueves, 16 de diciembre de 2010

Cartas al vientre

Hay que dejarse el corazón en todo. Las frases de su madre siempre aparecen en el peor momento, como conciencias que nunca pierden la esperanza, y Raquel se aprieta el vientre. Hay otras chicas en la sala, todas con  el mismo abismo circular delante de sus ventanas. Pero no hay horizonte, desde hace ya unos días Raquel ya no ve más allá del círculo que le va trepando por las entrañas. No hay latido, ni patadas. Pero Raquel se agarra el vientre por inercia, como quien se abraza a la almohada por las noches cuando piensa en la muerte. Los minutos se han parado en el reloj verde de la clínica, y no hay respiración a la que no acompañe otro hilo vertical, ácido y a la vez amargo, que invade toda la garganta. Y por su ventana van pasando otros minutos, como en los universos paralelos, mientras se echa de menos a sí misma, al carrito que ella no movía y todas las decisiones que no tomaba. Y tan profunda y tan lejos de la clínica, como que el lugar es estéril, hueco, anestésico.

Raquel ve a todas las madres. Y ve a todas las mujeres. A las americanas, brazo en bíceps y pañuelo en flor, en el centro de la cabeza. A las musulmanas detrás de kilómetros de tela negra, a las europeas, con el bolso lleno de agendas en las que escriben para no acordarse de nada. Y ve mujeres africanas, barrigas negras hinchadas. Y ve a las mujeres de su alrededor, solas como ella o acompañadas. Y primero ve madres, y después ve mujeres. Y se inclina sobre sí misma y se agarra el vientre. Las sillas de la clínica son frías, metálicas. Y donde no hay sillas hay plantas, de ésas que una nunca sabe si son de verdad o de mentira, de las que no hace falta regar porque no crecen, pero tampoco se mueren. Estériles y eternas, como todas las mujeres de la sala. Raquel espera su turno.

Se ha dejado el corazón en todo. Su madre no podría reprocharle nada más allá de lo que está a punto de hacer. Si pudiera besarse el vientre, lo haría. Como una firma, o como una despedida. Pero se agarra, como las raíces a la tierra aunque no queden minerales. Y Raquel ve mujeres empresarias, profesionales, emprendedoras, y ve madres, arrugadas, blancas como folios, ojeras como cardenales. Y se abraza como si pudiera convertirse en el mismo círculo de su abismo. Hay que dejarse el corazón en todo. Y viaja por última vez a los extremos y lo ve allí, abandonado en una mesa de quirófano, palpitando el final de todas las pasiones. Porque Raquel ve mujeres, y después ve madres.

Y mientras espera su turno, Raquel ve a algunas mujeres serias, otras que gritan, y otras que lloran. Como las madres. Las madres que lloran secuestros, suicidios, muertes. Y ve casas con la ropa tendida y la mesa puesta. Y se agarra el vientre, como si fuera a dejarse en este todo, algo más que el corazón. Para recuperar el horizonte. Su madre tiene que aparecer siempre en el mejor momento.

Y en la esterilidad de la verde clínica la voz de un enfermero anuncia su nombre, como en un casting para televisión o en una llamada a filas de los ejércitos. Y Raquel sin soltarse el vientre en el que no hay latidos, ni patadas, se levanta de la silla, fría y metálica, como si toda su vida hubiera estado ensayando para ese movimiento.

Mandar la última carta al vientre es cuestión de minutos, segundos que podrían contar los que tienen paciencia y los que tienen que pensar en algo mucho más simple para aguantar el hecho de ser siempre uno mismo. El arrastre a los demás en el camino del único. Y en eso piensa Raquel porque ya no puede agarrarse el vientre. Sus manos han ido soltando, sin oposiciones y sin querer, el corazón que hay que dejarse en todo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Nos despedimos en el aeropuerto. Siempre hemos sido muy de estaciones. Fueron intensas las horas, y no fueron nada. ¿Que si follamos? Sí, claro que follamos, como una extensión de las horas, del diálogo, de nuestra historia. Pero a mí no me preocuparía eso. Sabiéndonos bohemios, lo físico es lo de menos. O al menos sabiéndome bohemia a mí, no lo niegues, sabes de mí casi tanto como yo. La palabra es mucho más peligrosa que cualquier acto. Incluso la no escrita. Por eso hay mucho de mí que tú no sabes, y tampoco te voy a contar. Pero bastará saber que sí, que follamos, es lo que quieres saber tú. Aunque yo querría saber otras cosas, la saliva y la piel no me preocupan, tratándose de mí. Un acto mecánico, necesitado, un paso más que ni se cuestiona ni se afirma, uno más, no el paso fundamental ni el objetivo. No para mí, probablemente para él sí. Hasta aquí lo que tú quieres saber, siéntete traicionada, abandonada, y bucea en los océanos del desamor más decimonónico si es lo que te consuela. Pero como no es a mí eso lo que me preocuparía, y la que escribe soy yo –que eso no se te olvide- voy a darte más materia, de la de los sueños, o la real, en que pensar. Porque tengo calma, y la paciencia de quien sabe que ya sabe mucho y le queda todo por saber, y no tengo prisa, y en estos territorios me muevo con la ventaja de ser perra vieja en diferido. Y además la que escribe soy yo, y puedo hacer y deshacer, contarte y no, a mi antojo. Inventar, y decir la verdad, y sabiéndote tú nunca adivinarás cuándo es una cosa, cuándo la otra. Bendita imbécil. Aunque sabiéndome yo, consideraría el tiempo que te dedico. Allá voy. Con toda la tranquilidad y la energía de ser joven, chica, muy joven, he ganado todo lo que quería cuando quería. Les he ganado a todos. He hecho lo que he querido cuando he querido y siempre, de una manera o de otra, he ganado. Y cuando he perdido es porque realmente no me interesaba tanto ganar, hay muchas cosas en la vida como para querer ganarlas todas. Pero con él perdí. La peor de las derrotas. Les he ganado a todos menos a él. Contra él no pude. Gané todas las batallas, cuerpo a cuerpo y a distancia, pero la guerra la perdí. No sé qué ganarías tú, y me da muy igual. Porque lo que me importa a mí es que perdí la guerra. Y eso es lo que nos diferencia, que yo soy tan grande que me importa sólo lo que me pase a mí, y tú eres tan pequeña que tienes que mirar a los demás. Aunque yo no quiera creerlo y aún espere que me sorprendas. Pero eso da igual porque lo que quieres saber es si hubo sexo. Sí, sí hubo sexo, y fue pésimo. Porque es imposible que mis actos lleguen a la altura de mis palabras. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La lista

 No tenía por qué protegerlo. Era uno más de la interminable lista. Pero ahí está, con más sangre que cuerpo. Se empapa, hace tiempo que no veía tanta sangre. Tiene la boca abierta, como si el alma se le acabara de escapar, huir, flotar, sobre la ciudad tan sucia que ya no recuerda su nombre. Saca del bolsillo un paquete de tabaco, y enciendo un cigarrillo. Aún le quedan restos de gomina en el pelo, la frontera entre la muerte y la vida es menos de un segundo, como si el tiempo pudiera volver a atrás y fuera a levantarse.

Catorce años. El muerto tiene sólo catorce años. Los cuerpos se excitan, se estremecen. Ha visto a algunos policías vomitar, aunque sea joven, no huele bien. No hace ni un sólo gesto, como si fuera ella la que está muerta. De pie sobre sus zapatos de punta, observa la escena como se observan las fotografías de muertos desconocidos. Para ser jefa, hay que ser fría, tener los nervios de acero. Hay algunos hombres llorando, uno en especial, debe de ser su padre, medio calvo, canoso, gordo. Pero entre tanta alma podrida que mira, no se le distingue. Puede quedarse mirándolo hasta que se lo lleven. Las cintas de la policía separan al muerto de los vivos. O al muerto de los muertos. Las luces de la tienda aún están encendidas, como si fuera un escaparate de Navidad con un Cristo crucificado en el centro. Los viandantes se paran, ahogan grititos, se llevan las manos a los ojos, los padres tapan las miradas de sus hijos. Nadie sabe que ella está allí.

Intenta recordar, estaba en la lista. De los que debiera haber protegido pero no lo hizo. En qué cama. Cuándo. Qué tiempo hacía ese día, cómo lo conoció. Pero han sido tantos que no se acuerda. No era importante, nunca habían llegado lejos, no habrían estado juntos más de una semana, a ésos es imposible protegerlos, son demasiados. Pero se ha jurado varias veces que no tocarían a ninguno de los suyos, de su lista. Qué juego tan sucio. Apaga el cigarrillo con la punta de sus botas. Se va escurriendo entre los espectadores horrorizados, que van circulando como en las capillas ardientes de los Papas en televisión; y como un mecanismo, un muerto a balazos, un pueblo que sufre, después se acojona, después se indigna y después respira, aliviado por estar al otro lado de la barrera. Camina despacio, resuenan los tacones en el silencio nocturno. Era de su lista, sino lo hubiera sabido. Camina. Las escoltas no abren la boca, siguen su paso y lo preceden. Se mete en el coche y mira a la chofer. Asiente con la cabeza, es la roden para arrancar. Recorre con el índice sus labios. Esto sin duda es una ofensa, y las ofensas sólo se contestan de una manera. El chico era joven, muy joven. Le duele el honor, quién de todas ha sido. Aunque por los balazos, marcas de la casa, y por el número de la lista, no alberga muchas dudas.
Baja del coche al llegar, en casa nadie se atreve a preguntarle. Se sienta en la mesa de la esquina. Queda mucha noche por delante. Se va a borrar los labios de tanto intento, se mira la punta de las botas. Ha pasado ya una hora, hay que decidir. No lo ha protegido, qué falta de seriedad, a un niño de catorce. Se sujeta la barbilla, no lo recuerda. Las escoltas no hacen ruido. Pero sabe que están al otro lado del tabique, esperando sus órdenes. Sólo una persona puede haber ordenado algo así, lo sabe. El índice recorre su cuello, sube hasta su nariz. Está anocheciendo y la lámpara de la mesa empieza a cobrar protagonismo. Ya ha pasado hora y media, tiene que decidir. Rápido. Pero ella no altera ni uno sólo de sus movimientos. Para ser jefa, hay que saber tomar decisiones difíciles. Ahora mismo podría presentarse en el otro lado de su frontera y hablar, acordar zonas y firmar un armisticio. Porque a los siguientes de la lista los irá conociendo. Dibuja círculos en su mejilla con el dedo corazón. Espiral, como todo el pensamiento.

Son decisiones difíciles. Y el reloj del salón da las diez. Dos horas. Los plazos se cumplen, las jefas tienen que saber responder. Abre el cajón y saca una lista. Sus dedos ya no recorren ninguna parte de su cuerpo. Chasquea los dedos. La jefa de las escoltas no tarde ni diez segundos en entrar al salón. Está nerviosa, cuando sabe lo que toca. Se acerca a su jefa, que no levanta los ojos de la lista. Para jugar a ser Dios hay que estar tranquila. Se pone detrás de ella y espera. Se humedece los labios, siente ya la sed de sangre, la venganza. Levemente convulsiona, como las hienas. La jefa señala un punto de la lista y levanta sus ojos hacia la jefa de las escoltas. Un muerto más en sus retinas, uno menos en la lista. La escolta sonríe con medio labio y se marcha. Silba a las otras chicas y desaparecen rápido, como si el siguiente en la lista tuviera alguna escapatoria. La jefa tacha el nombre de la lista, y vuelve a guardarla sin que se arrugue en el cajón. Saca del bolsillo el paquete de tabaco, y enciende un cigarrillo, que apagará con la punta de las mismas botas.

martes, 23 de noviembre de 2010

Divina Manuela

Lo cierto es que no importa. Al fin y al cabo, son sólo un puñado de letras. El recipiente que poco a poco, ha ido recogiendo mis lágrimas y les ha dado forma.

Eso piensa, divina Manuela, mientras vuelve a sentarse en el escritorio que hace años sonreía a su abuela, para escribir. Huele la solución, a tulipanes que no huelen a nada. A que no hay lágrimas, y el recipiente tiene una marca de salitre cerca de su desembocadura.

Uniforme. Frágil.

 No hay lágrimas, hay arrugas. Aunque sí las hay, sí las ha habido, maldita sea, qué triste tener que echarlas de menos. Y a riesgo de victimismos no tiene miedo, llora por Palestina. Llora de rabia y quiere crecer. Pero al fin y al cabo son sólo un puñado de palabras, voces que resuenan dentro de su cabeza. Nueve de cada diez niños en Afganistán consideran que no vale la pena vivir. A ti ese chico te marcó. Eres una reina. Y Manuela retuerce y recorre su vida en busca de un corte, el corte que la convirtió en la mujer conformada que es ahora, mientras se preocupaba en no volver a ser la chica tímida que era con quince, la que aún cautivaba al sexo opuesto con su quietud. Y mientras se juraba a sí misma que eso importaba poco, que si ya no me quieren yo no los necesito más allá de la lujuria efímera, se fue convirtiendo en su antítesis, en la mujer a la que hoy no le importa que hoy no pase nada. Que ya no se odia si pasa la tarde del domingo en casa y ha aprendido a disfrutar del sofá, a no martirizarse por no estar haciendo calle en busca de amor.

Mendigar, susurra la mujer de hoy a aquélla.

A la que se desvivía por cualquiera, por estar al lado de cualquiera, la mujer abrumada por estar sola ha aprendido a disfrutar de no existir para nadie. Y no está enfadada, y no tiene envidia. Pero no escribe, es lo único, que no escribe. Al fin y al cabo son sólo un puñado de letras, letras que no le van a gustar y sobre las que pasará de puntillas cuando se convierta en otra y ésta se le antoje ridícula. Y escribe Manuela aunque ya ni siquiera le guste su nombre, pero no se le ocurra otro. Pero escribe, y entre su puñado de letras y sus miradas en busca de una idea brillante, de una de ésas frases que pasan desapercibidas pero leídas despacio esconden una vida, ha ido rascando en este tiempo la salitre del vaso que recogía sus lágrimas.

Exacto, Él, ya no está.

No provoca en Manuela ni un atisbo de sensación, no es suyo, ya no es suyo. En su puñado de letras ya no existe ni una sóla referencia tarantiniana a Él. Entre las ninguna y las doscientas setenta y siete veces que se prometió no volver a escribirle, se fue colando por las evaporaciones espontáneas de sus lágrimas.

Y ya no queda ni el salitre.

Y supongo y Manuela supone, que por esas leyes univesales que se impone, se debe algo a sí misma, a su tiempo, y a sus puñados de palabras. Como si al fin y al cabo, se agarrara al último clavo de inspiración, como si ya nunca más fuera a volver a escribir igual, aunque sepa que nunca escribió igual, y a veces le costaba reconocerse en sí misma, y adivinarse entre los puñados de letras. Y aunque se perdiera, con un nombre que ya no le gusta, a Manuela ya no le importa. Lo peor, y lo mejor, es que no está triste por haber hecho desaparecer a la princesa decimonónica que sabía escribir. Y Manuela se siente sabia, porque es ahora y no antes, por desgastada que esté la expresión en su estilo, cuando puede sentarse en la azotea con un cigarrilo y sentirse infinita como el universo.

De vuelta, pero no vacía.

Encontrada la ilusión en los rincones de su vida que no la tenían. Sonreírse al aprender, y ver en el horizonte todas las trincheras que quedan. Aunque ya nunca más vuelva a escribir igual, no se echa de menos. Serán las consecuencias de haber encontrado el equilibrio que ya no se pierde nunca. Y ya no le provoca ninguna sensación, y los que vengan después no le devolverán a él, y no serán escapes. Ni se refugiará en las críticas que conectan a la Maga con Ally McBeal, porque lo que ella sabe es lo que van a saber todos o algunos saben ya. Ya no me importa no ser nunca más Manuela, pero se lo debo a ella.

Quizá ahora podré empezar a ser escritora.

Pero Manuela no echa de menos sus lágrimas, y con la sonrisa que después de mucho tiempo ha conseguido eternizar aún se sorprende, al despertarse o en el metro, y se va perdiendo entre la gente sabiendo que siempre la recordaré, que estará ahí en cada consejo.

Ya somos libres.

Y Manuela para despedirse recoge el vaso de cristal, el que ya no tiene salitre y huele a tulipanes, a nada. Y lo pierde en el cementerio de vasos que esperan recoger lágrimas, como a uno más.

Y como a ninguno.

Pero no como al único. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

El Reencuentro

- Tía, lo tuyo es muy fuerte.
- ¿Cómo?
- Ya sé que tú no eres de hablar con estas palabras. Yo tampoco, pero desde que no estás...
Desde que no está. A lo tanto ya ni siquiera recuerda cuál fue la última vez.
- Bueno, sí, te hice algunas visitas ¿no? Acuérdate del día que le escribiste al Pantheon de Roma, estaba contigo.
- Fugaz, puta.
Fugaz. Efímera. Temporal. Todo lo que implicara que ya no está con ella. Que hace mucho que no está. Ya no la sienten sus dedos, ni sus noches, ni aquellos ataques repentinos.
- ¿Es porque no estoy enamorada?
Se ríe. Vaya una carcajada profunda.
- ¿Tú? Perdona, pero, ¿de verdad crees que existe la posibilidad de que tú no estés enamorada?
Y ella se muerde los labios, y calla, que ni Curro el Palmo. Y como quien calla otorga, se absorbe en el vaso de agua. En cualquier vaso de agua que tuvo cerca cuando ella estaba, le daba empujones y le quitaba horas de sueño.
- Quizá es todo más latente, como subrepticio.
- Me estás forzando.
La está forzando. Parece mentira que hayan estado juntas desde que ella tenía catorce. Como si no la reconociera.
- Es que has cambiado tanto.
- Es que tú no te das cuenta de nada, la que ha cambiado eres tú nena, la que ha transformado todo lo que le hacía soñar, la que ha cogido su vida entera y la ha hecho latente y subrepticia, eres tú, no yo. Yo me he limitado a abandonarte, y recuperarte cuando volvías en ti.
Recuperarte. En cualquier parte como Ferreiro. O en ninguna, en realidad.
- Pero es que yo ya no soy lo que era. Soy mucho más feliz ahora.
- Sí, y mucho más seria, y más consciente. Bueno, mi abandono es el precio que tienes que pagar por haber dejado de ser una kamikaze.
Kamikaze. Tan fácil como estrellarse contra todo.
- No. Ahí no entres. Me hice mucho daño, mucho más del placer que experimenté.
- En realidad, confieso. Echo de menos tus lágrimas, cuando te quedabas en el rincón aquél y suspirabas, y escribías, y escribías, y escribías.
Y escribía. Escribía mucho y muy bonito. Y era todo lo mismo, sobre lo mismo. Una espiral podrida, rezumando a todos los juramentos incumplidos. Hasta el real. Hasta el sofá donde hablan ahora, que sigue siendo el mismo sofá pero nadie lo adivinaría.
- Pues lo siento. Siento no llorar. También me quedaba en el balcón como una imbécil esperando al príncipe. Si es eso lo que echas de menos, arrivederci preciosa, no pierdo ni un sólo minuto en el romanticismo machista del dieciocho. No voy a representar una vez más el doloroso, interesante, nostálgico y dulce rol de los enamorados condenados, y de todo lo trascendental que no existe. No voy a inventarme más.
- Vengo para quedarme, para recorrerte y hacerte temblar como antes, mucho más que antes, para que nos hagas temblar a todos, a mí también, como cuando escribiste La Nariz, y siendo tú. Tú.
Siendo ella, siendo, yo.
Inspiración se levantó del sofá y se tumbó en mi cama.
Me dejó un espacio amplio lejos del rincón de lágrimas.
Porque yo no he acabado todavía.
De hecho, esto ni siquiera acaba de empezar.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Rápida

Y dio otro bocado. El inconfundible sabor del queso fundido con la cebolla frita. Cebolla de plástico claro, como la de las tiendas de juguetes, y el queso será de una leche a punto de caducar, pensó. Otro bocado más. El toque indefinible de la salsa especial. Que atosigarán a especias y seguro que podría servir mejor en una industria nuclear, pensó también. Último bocado. La carne, bien hecha por fuera y más suave por dentro. Carne de vaca. Claro, aunque seguro que era la vaca entera lo que descuartizaban. Sin distinción, pensó en la cola para pedir la segunda.

martes, 7 de septiembre de 2010

Que pasen los años

Por más que la mira, no reconoce en ella a su amante. Su compañera de viaje y de cama. Ya no está. Se ha escondido detrás de las ondas, detrás de unos pantalones de estampado árabe, que en su opinión no hacen justicia a la tensión que transmitían los temblores de sus muslos cuando reventaba el suelo a taconazos. Aunque las uñas de sus pies, pintadas de rojo, le devuelven parte del fuego que ya no arde. Y es cierto que en el ambiente la inspiración ya no huele a musa, pero el verde sigue siendo su color favorito, la camiseta, el bolso, el collar. Esa manía persecutoria por llevar un color al menos, dos veces. Y algún entresijo queda, remoto, tranquilo, en la mirada que aún no sabe si quiere reír o llorar. O lo inoportuno del piropo cuando llega el camarero.
- Estás imposiblemente guapa.
- Para mí un café con leche y con hielo, por favor.
Le dedica la mejor de sus sonrisas. Siempre fue muy amable con los trabajadores de su ocio, como si ya fuera mayor y ya hubiera alcanzado la clase alta desde la que miran las carreras brillantes que empezaron fregando suelos. Pero ella aún está empezando, no hace mucho que soñaba con que sus amigos escucharan su voz en alguna radio seria, de esas que los hijos empiezan a escuchar cuando maduran, y sintonizan a sus padres.
- Bueno, son los únicos que creen a pies juntillas todas mis crónicas. Si pienso en ellos delante del micrófono, ya no estoy nerviosa, ya estoy hablando delante de un café con leche y con hielo en algún bar como éste, y ya no parece tan importante.
Porque ya no es importante. Porque ya no está. Pero se ríe igual que cuando yo le decía que la escucharía.
- Siempre tuviste una voz muy radiofónica.
- Eso dicen.
- Lo haces muy bien.
Debería decírselo. Que todavía tiene dedos de pianista cuando agarra el vaso y bebe café con leche y con hielo. Aunque acabara vendiéndolo para comprarse una mesa de sonido, un micrófono y un ordenador de ésos que sólo sirven para trabajar. Ya no está.
- Voy a estar unos días en Madrid, por si quieres tomarte otro café con leche y con hielo conmigo.
- Tengo que irme. No sé, no sé si tendré tiempo. Estoy liada.
Y además no está. Mira la hora en el móvil y lo guarda en el bolso. Verde. Se levanta, sonríe ya de medio labio, y aunque ya no lleve tacones el suelo se mueve, o ésa es la impresión. Un beso en la mejilla, uno, aunque siga poniendo la otra.
- Dime a qué hora puedo escucharte.
- No sabría decirte una en concreto, quién sabe cuándo hay que echar a correr hacia el estudio.
El otro medio labio sonríe. Se va. Ya no está. De vuelta al coche, busca su frecuencia, qué curiosa, frecuencia. Las radios serias suenan distintas, como a un montón de gente sujetando el cable que va desde la voz hasta cada oído. Como un hilo firme, sostenido, que nunca se corta. Pero hoy su voz suena a principiante. Se equivoca. Se está equivocando. Parece importante. Está. Lejos del café con leche y con hielo.

martes, 29 de junio de 2010

Habana


¡Mierda!¡Mierda, mierda! Entre dientes, Afonso. Ya no escucha la televisión, sólo maldice. Zapata ha muerto. Mierda. Aprieta los puños y olpea los posabrazos del sofá. ¿Pero ésta qué mierda de mundo es? Piensa en Gandhi. Éramos más progres, más libres, más revolución hace cincuenta años. Qué asco.

Qué asco. Alfonso se levanta como si le fuera a caer un rayo. Con la misma velocidad, se mueve de un lado a otro del salón, a grandes zancadas, como si acabara de salir fuera de sí mismo y se hubiera visto allí, medio dormido en el sofá, y le hubieran atacado de repente todas las ganas y las esperanzas de que aún hay tiempo para reiniciar.

Entonces Alfonso se acuerda del 53, condenadme, la Historia me absolverá. Mierda. Seguro que todavía sigue por ahí. Las zancadas parecen encontrar un rumbo, las manos, vacían el cajón como si fueran de un ladrón buscando el diamante en la casa del rico. En uno de los rincones, doblada tres veces, seguía aquella bandera, o aquel trozo de tela. La cara, en blanco y negro, el fondo rojo, la mirada clavada en el horizonte, la estrella de la revolución.

Hasta la victoria siempre. Alfonso rompe a llorar, abraza la tela y le habla. Menos mal que tú esto no lo ves, menos mal. Si vieras lo que han hecho contigo...

Se viste con ella. Tiene una idea. Y las ideas son así, tienen que ser ya. Se ata la tela al cuello, como los niños pequeños se atan la bata del cole para jugar a los superhéroes. Se ve ya delante de la Casa Presidencial. Cierra los ojos. Se desabrochará la chaqueta. Venga, venga. Las zancadas vuelan hacia la puerta, casi no ven las escaleras. Se escucha gritando ¡Traidor, te has olvidado de algo! Atraviesa las calles, se bajará la chaqueta y le dará la espalda. ¿Te acuerdas, te acuerdas? Y sus ojos se clavaran en los del rostro impreso en la tela. Acuérdate.

Camina deprisa, y corre cuando se oye gritar ¿dónde está tu pueblo? ¿dónde tu revolución y tu comunismo? ¡Baja con nosotros! Será rápido, tiene que ordenar el discurso, porque está viendo ya a los guardias. ¿Te acuerdas traidor? Y los guardias se abalanzarán sobre él. Ha empezado a llover. Y siente ya el asfalto mojado en la parte derecha de la cara. Ahora camina, un poco más despacio. En el lado izquierdo, la bota del guardia.

Seguirá gritando, cada vez más bajo, no has sabido cuidar de tu pueblo, qué mierda de revolución es ésta. Qué comunismo. Se escuchan, de lejos, las notas de la salsa. Las zancadas, poco a poco, se ralentizan. El impulso de la idea pierde latido, es ya paso. El guardia lo encadenará a unas esposas, casi de por vida. Detrás de la esquina, el Café Cantante, si Zapata hubiera bailado… Ya estará en comisaría, un par de horas, quizá más, una vida. Los pasos se hacen baile. Se desata la tela y la dobla tres veces, antes de sentir la música. Si le cabe en el bolsillo, aún puede entrar y entregarse a la salsa.

viernes, 7 de mayo de 2010

Cuatro pasos


Antes de vaciarle con un gesto las cuencas, y ver lo que hay detrás. Cuatro pasos, y los muertos. El cementerio está cerca de donde tú y yo vivimos. A veces para seguir, uno tiene que destruir los pasados y los futuros. Y abrazarse al cuerpo, como el tronco a la tierra. Aun así, los ojos suplican, Miguel, vete a Francia, Miguel vete. Lucha desde fuera, sobrevive para contarlo. Le agarra con las manos la cabeza, sostiene su barbilla, como si de un momento a otro fuera a meterse dentro para cambiar las conexiones y los mecanismos, forzar la fuga. No es huir, es luchar desde fuera, yo seguiré siendo la noche esposa, contigo fuera y dentro. No te quedes, Miguel, vete. Si te quedas te van a coger. Si te quedas no volverás a verme, no crecerás más al lado de tu hijo, no verás más amaneceres en la playa, no tomarás en vermú en las calles bajas de Madrid, no escribirás más Miguel, vete a Francia, sé libre. Enloquece, se levanta, da vueltas por la habitación, como si fuera a salirse del cuerpo en forma maligna y derribarle, destruirle toda la tranquilidad que encaja en el semblante. Al segundo vuelve a sentarse, con el talón izquierdo repiqueteando en el suelo. Miguel, que te vayas, vete a Francia, por lo que más quieras, no te quedes, no te quedes. Y Miguel calla, como si esperara ver el torrente terminar de fluir, haciendo desaparecer todo a su paso. Miguel es el mar calmo. Hijo del padre amargo. Y ella vuelve a levantarse, directa esta vez contra la pared. Patalea, se ha hecho pequeña, patalea después de enfrentarse a la realidad estática. Es lo que hay que hacer cuando no se puede hacer nada. Ay. Cuatro pasos, y los muertos.
Y en esas el mar calmo, sin perder la quietud, extiende hasta la pared sus olas, y la envuelve, hasta posarla de nuevo frente a él. Mírame, reconóceme, sabes quién soy. Este fondo titánico da principio a mi carne. No puedo marcharme. Como el sendero me iré, y no acabaré de irme. Defenderé el vientre acometido. Y lo defenderé desde esta tierra a la que me agarro como el tronco, con todas las raíces y todos los corajes. Y lucharé desde la tierra que me ha parido, a la que puse el vientre disparatado. Y no me iré Josefina, ni a Francia ni a ninguna parte. Regresaré a Orihuela, y si así ha de ser, querré minar la tierra hasta encontrarte, y besarte la noble calavera, y tú querrás desamordazarme, y regresarme. Y así será. Pero la piedra estoica que se ha abierto en dos pedazos de dolor, los más oscuros muertos que pugnan por levantarse para fundirse con nosotros, no me verán lejos de mi madre, no me separarán de sus altas entrañas. Y a cambio de mi vida, tú y mi hijo viviréis en su vientre. Y así ha de ser. El cementerio está cerca de donde tú y yo vivimos.
Josefina recupera las lágrimas, una a una convierte la habitación en la paz después del torrente, en la luz que alumbra la sombra de sus cejas. Hasta el reencuentro en el almendro de nata. Que al fin y al cabo, cuatro pasos y los muertos. Cuatro pasos, y los vivos.





Él llego con tres heridas,
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida...

domingo, 2 de mayo de 2010

Teresita

Cuarta y última parte

Así que Teresita se hizo a Alcalá de Henares, y la ciudad acabó amoldándose a su forma perfecta, porque ella era capaz de golpear con la luz todos los rincones, incluso los que no tienen ventanas. Empezó a trabajar de profesora en un instituto, el Mateo Alemán, donde hizo muchos más amigos. En el 91 nació Tintín, el niño más gordo y más grande del nido, que como Teresita, y como tú y como yo, sigue siendo pequeño por mucho que crezca. Era una alegría, siempre con esa risa interminable, y la energía infinita de quien quiere siempre jugar un rato más. Claro que hubo también momentos tristes, sino los buenos no hubieran sido así. Un día mis abuelos, los padres de Teresita, se fueron y nosotros lloramos un montón, y les seguimos echando mucho, mucho de menos. Pero nos dejaron esta casa, llena de felicidad y recuerdos buenos. Teresita empezó poco a poco a ser la mujer que es hoy, la que se ha construido a sí misma y ha encontrado el amor propio y ajeno como nadie. La que ha sido capaz de buscar en ella la felicidad, y hacerla invariable, la mujer indestructible, la mujer de la que yo me he enamorado para siempre, por esa felicidad de la que me he colgado porque es infinita. La que amándose tanto, ha conseguido amarnos a todos como nadie. Un día se apuntó a clases de pintura, y ahora las paredes están llenas de sus cuadros, son bonitos ¿eh? Yo a la vez fui descubriendo que pintar desde luego no era lo mío, pero que la escritura se me daba más o menos bien, he aquí este cuento. Cuando llegué tu cumple te contaré tu historia, por ser también la mejor hija del mundo, pero este es el cuento para el cumple de la abuela Teresita, porque ella es la mejor madre del mundo.

Teresita cumple hoy 53 años. Si mi madre hubiera sido otra, no diría qué edad tiene, pero mi madre todavía sigue siendo pequeña, tan pequeña como creía mi abuelo. La niña que nació un 16 de febrero, tiene hoy veintidós años y el corazón lleno de kilómetros cuadrados. Esos kilómetros los llena ella, hoy y todos los días. No es el primer cumpleaños que me pierdo, pero es el que más me duele. Dolerme porque de un tiempo a esta parte, he enredado mi existencia con la suya, y Teresita, mi madre, mi mejor amiga, mi compañera de viaje, mi jefa, mi suelo, mi clavo ardiendo, mi respiración, mi paso adelante, mi letra, es mucho más, todavía mucho más si se puede, mi razón de ser. Y ahora que el tiempo juega en mi contra, y cada minuto con ella es una contrarreloj, es todavía más mis ganas de vivir, mi techo, mi paso atrás, mi cada lección aprendida, mi madre, mi banco, mi plaza, mi sueño, mi risa, mi aliento. Este es el cuento para la hija que todavía no tengo, para la nieta que un día tendrá Teresita, para la niña para la que espero y me conformo con ser la mitad de lo que Teresita es para mí. Con la que espero viajar y compartir tanto, la que seguro será el vértice de un triángulo femenino perfecto.

A Teresita, muchísimas felicidades desde Roma.

sábado, 1 de mayo de 2010

Teresita

Tercera parte

Teresita y el abuelo se casaron en el 84, y al poco tiempo, al abuelo lo trasladaron a Madrid, así que se fueron a vivir a Alcalá de Henares. Al principio fue difícil, una ciudad nueva, no conocían a casi nadie…pero después se fueron acostumbrando y la hicieron suya. Así que en 1988 la abuela se quedó embarazada, y cuando ya quedaba poco para que la niña naciera, se fue a Zaragoza para estar más tranquila, con sus padres y sus hermanos. La madrugada del 16 de febrero, empezó a tener las contracciones muy seguidas, así que llamó a la clínica, y le dijeron que probablemente estaría empezando a ponerse de parto, pero que aún quedaba tiempo. Y no se le ocurrió otra cosa que ducharse tranquilamente y preparar las cosas, como si tuviera una cita con la niña. Les dejó una nota a sus padres porque le dio pena despertarles, en la que decía que se había ido a la clínica, que creía que ya nacería la niña, y que fueran, tranquilamente, cuando se despertaran. A la que sí que llamó fue a Mari Goya, a las siete de la mañana. Es una prima lejana, que por casualidades de la vida -o como su madre dijo un día, Dios lo quiso así para que estuvieran juntas-, vivía también en Alcalá de Henares. En casa no había teléfono, así que le pidió por favor que fuera a casa y avisara a su marido de que la niña ya iba a nacer. Pero que ni por todo el oro del mundo viniera en coche, en tren, en autobús o en avión, pero que en coche ni loco. Así que tu abuelo, obediente, se fue a Barajas, pero perdió el avión a Zaragoza, y tuvo que ir en coche, pero cuenta siempre que fue muy despacio, que más vale tarde que nunca. Y cuando llegó, yo, porque ya sabes que la niña era yo, que eres una chica muy lista, todavía no había nacido. Me hice esperar, no llegué hasta las siete y media de la tarde. Los abuelos estaban muy contentos, y sus padres, y toda la familia, los tíos, los primos, los hermanos de Teresita. Que entonces ya era Teresa, o Tete para su madre. Aunque su padre siguió llamándola Teresita, y a mí Esperancita, porque tuviéramos los años que tuviéramos, siempre fuimos sus ojitos derechos, sus dos pequeñas. Qué pena que no pudieras conocer a mi abuelo, era un tipo muy elegante, muy educado, siempre de buen humor, con una sonrisa para todo. Y siempre que iba a casa a verle, jugaba con él, jugábamos a que viene la ola, o al parchís. Y mi abuela, mi abuela Chola era una mujer increíble, de las que ya no existen, la mujer más guapa que he visto en mi vida, la sonrisa más perfecta. La gente se giraba por la calle para mirarla, y era tan buena, tan cariñosa. Como tu abuela, que no veas lo que te quiere, está enamoradísima de ti. Como yo. Y lo que nos queda por quererte, y porque las dos queramos a la abuela, y la de cosas que vamos a hacer las tres juntas. Eso sí, que no se te olvide que para el abuelo vas a ser siempre su pequeña, conmigo todavía no se ha dado cuenta de que soy mayor, y nos cuidará siempre como a sus pequeñas. ¿Ese dibujo es para el cumple de la abuela? ¿Sabes que ella es pintora? Eso te lo contaré otro día, ahora hay que irse a la cama ya, que es tarde.

Continuará...

jueves, 29 de abril de 2010

Teresita

Segunda parte

Poco a poco, Teresita se fue haciendo mayor. Pero de la adolescencia, te contaré cosas en otro momento, porque resulta que la abuela se ha enterado de que te estoy contando todo esto, y se lo ha dicho a todas sus amigas, y claro, como todo el mundo se entere de que a veces se reían tanto que se hacían pis por la calle, y de lo pavas que eran las amigas… igual Teresita se enfada…
Así que Teresita se hizo mayor, casi mayor mayor, y empezó a ir a la universidad a estudiar Derecho. Y allí sí que sacaba notazas, un día tienes que pedirte que te las enseñe, porque algunas todavía están guardadas por la casa. Todo con matrículas de honor. Y un buen día, en febrero, cuando ya había acabado la carrera, y España empezaba a ser moderna, hizo un curso sobre el divorcio, que acababa bastante tarde. Y al salir, se fue con dos amigas de clase a tomar algo a un bar cercano. No sé de qué hablaban, pero había otros tres chicos en el bar, y se fijaron en ellas. El camarero se acercó a ellas y les dijo que les habían pagado lo que tomaban. Teresita y las amigas sonrieron, y claro, tenían que acercarse a saludarles y darles las gracias. Además, a Teresita había uno que le parecía interesante y guapo. Al final se sentaron con ellos en la mesa, estuvieron hablando con ellos, se fueron juntos a otro bar, y a otro, y a otro. Resulta que al chico en el que se había fijado, también le gustaba ella. Y tenía todo el ojo izquierdo negro ¿sabes que en febrero son los carnavales? Pues la abuela se pensó que iba pintado, disfrazado de algo, no sabía muy bien de qué, y no hacía más que tocarle, para ver si de verdad era pintura. Teresita llegó muy tarde a casa, con el consecuente enfado de sus padres, pero debieron verle la cara de felicidad, y no le regañaron mucho.
Y lo que aquel chico tenía en el ojo, no era pintura, era una marca de nacimiento. Cuando Teresita lo supo, ya era demasiado tarde para echarse atrás. Cuando aquel chico se lo dijo, también para él fue demasiado tarde para echarse atrás. Y se enamoraron. Pues bien nena, el chico del bar, es tu abuelo.

Continuará...

lunes, 26 de abril de 2010

Día del libro

Mi primera publicación en un periódico...!

http://docs.google.com/fileview?id=0B_pjazWsX4mmZjA2YTY1M2YtNWFlZC00YWQ4LTlkYmMtZWQwNTIwODg5ZjQw&hl=en

sábado, 24 de abril de 2010

Teresita



Primera parte

Teresita, así la llamaba mi abuelo, nació un buen día dos de mayo de 1957. Sus padres, Carmen y Gumersindo, y sus hermanos, Carmen, Esperanza y Gumersindo, vivían en el número veintisiete de la Calle Alfonso, en Zaragoza, ciudad de leones y novia del viento. Pronto conquistó a toda la familia, era una niña muy sonriente, y todos querían siempre jugar con ella, porque con el más pequeño de sus hermanos se llevaba ya diez años, así que ella era la reina de la casa. Aunque a veces su hermano Gumersindo, al que todos llamaban Tito, le hacía rabir robándole las muñecas, y jugando al fútbol con las cabezas. Pero la abuela siempre se las arreglaba, o las llevaba a que las arreglaran a un hospital de muñecas qe había cerca de casa.
Aunque pronto se mudaron. La zapatería Muro les compró el piso, y se fueron a vivir al número seis de la calle León XIII, en el año 1963. Al abuelo le encantaba contar historias pero se inventaba siempre las fechas, así que la abuela ordenó que se tallara el año en una de las vigas del salón, para que el abuelo supiera siempre cuándo llegaron a esa casa. Fue como una señal, desde 1963 iban a pasar muchas cosas, y habría muchas historias que contar.
Teresita pronto empezó a ir al cole, y sacaba muy buenas notas. Pero tenía un problema, y es que siempre llegaba tarde, porque como eran tantos en casa, a veces se les olvidaba llevarla, y le cantaban casi todos los días la canción del lirón. A Teresita esto no le hacía ninguna gracia, y estaba muy preocupada. Hasta que un día, su madre le dijo que iba a bajar a conocer a los vecinos, que eran tantos niños, que cuando jugaban al escondite a algunos tardaban días en encontrarlos. Teresita bajó un poco asustada, pero en cuando conoció a todos los niños, se hizo muy amiga de ellos, sobre todo de Marián, que tenía un año menos que ella, y fue su mejor amiga desde entonces. Así que Marián pronto empezó a ir al mismo colegio que ella, y entonces la llevaba siempre al cole, y nunca más llegó tarde.

Continuará...

lunes, 19 de abril de 2010

Habana

¡Mierda!¡Mierda, mierda! Entre dientes, Afonso. Ya no escucha la televisión, sólo maldice. Zapata ha muerto. Mierda. Aprieta los puños y golpea los posabrazos del sofá. ¿Pero ésta qué mierda de mundo es? Piensa en Gandhi. Éramos más progres, más libres, más revolución hace cincuenta años. Qué asco.

Qué asco. Alfonso se levanta como si le fuera a caer un rayo. Con la misma velocidad, se mueve de un lado a otro del salón, a grandes zancadas, como si acabara de salir fuera de sí mismo y se hubiera visto allí, medio dormido en el sofá, y le hubieran atacado de repente todas las ganas y las esperanzas de que aún hay tiempo para reiniciar.

Entonces Alfonso se acuerda del 53, condenadme, la Historia me absolverá. Mierda. Seguro que todavía sigue por ahí. Las zancadas parecen encontrar un rumbo, las manos, vacían el cajón como si fueran de un ladrón buscando el diamante en la casa del rico. En uno de los rincones, doblada tres veces, seguía aquella bandera, o aquel trozo de tela. La cara, en blanco y negro, el fondo rojo, la mirada clavada en el horizonte, la estrella de la revolución.

Hasta la victoria siempre. Alfonso rompe a llorar, abraza la tela y le habla. Menos mal que tú esto no lo ves, menos mal. Si vieras lo que han hecho contigo...

Se viste con ella. Tiene una idea. Y las ideas son así, tienen que ser ya. Se ata la tela al cuello, como los niños pequeños se atan la bata del cole para jugar a los superhéroes. Se ve ya delante de la Casa Presidencial. Cierra los ojos. Se desabrochará la chaqueta. Venga, venga. Las zancadas vuelan hacia la puerta, casi no ven las escaleras. Se escucha gritando ¡Traidor, te has olvidado de algo! Atraviesa las calles, se bajará la chaqueta y le dará la espalda. ¿Te acuerdas, te acuerdas? Y sus ojos se clavarán en los del rostro impreso en la tela. Acuérdate.

Camina deprisa y corre cuando se oye gritar ¿dónde está tu pueblo? ¿dónde tu revolución y tu comunismo? ¡Baja con nosotros! Será rápido, tiene que ordenar el discurso porque está viendo ya a los guardias. ¿Te acuerdas traidor? Y los guardias se abalanzarán sobre él. Ha empezado a llover. Siente ya el asfalto mojado en la parte derecha de la cara. Ahora camina, un poco más despacio. En el lado izquierdo, la bota del guardia.

Seguirá gritando, cada vez más bajo, ¡no has sabido cuidar de tu pueblo1, ¿qué mierda de revolución es ésta? ¿Qué comunismo? Se escuchan, de lejos, las notas de la salsa. Las zancadas, poco a poco, se ralentizan. El impulso de la idea pierde latido, es ya paso. El guardia lo encadenará a unas esposas, casi de por vida. Detrás de la esquina, el Café Cantante, si Zapata hubiera bailado… Ya estará en comisaría, un par de horas, quizá más, una vida. Los pasos se hacen baile. Se desata la tela y la dobla tres veces, antes de sentir la música. Si le cabe en el bolsillo, aún puede entrar y entregarse al son que bailan todos sus compatriotas.

sábado, 3 de abril de 2010

Ni menos

Dos sombras siempre son mucho más intensas que una. Y de cuando estuve solo, quisiera recrearme en el deseo de soledad, aunque no fuera justo. Y de cuando el dónde sea lo de menos, la soledad persiga los resquicios del alma, y sea sólo sola, sola sólo se encuentran las razones, los predominios, y las esencias. Esencia de nada, caminante que vaga entre luciérnagas apagadas e incomprensiones, problemas banales, rutinas surrealistas y acontecimientos lineales, que pasan sin dolor, ni alería, ni pena, ni desazón, por los otros cien caminos que no distingo si pisé, y sin saber retirarme. Y a pesar de todo, ésta es la misma habitación que siempre, que la vez anterior a todas las veces. Y yo no tengo nada que ver, ni con ellos, ni conmigo. La admiración de llegar a tantas raíces, y a tanta comprensión, a tanta que ni tú, que ya ni tú, estás en los mismos abrazos, que ya no son los mismos, que hace demasiados años, y no saber retirarme. Que asumir, además de feo, es necesario, y está muy por encima de todo lo que todavía me queda. Y encabeza la lista de lo que debería y no quiero, y entonces no puedo. Yo ya no soy Ella, la que como quiere, puede. Yo ya no tengo nada que ver, ni con esta habitación, que después de verme cree que no estoy, que hace tiempo que no estuve, que hace ya demasiados años que empecé a buscarme en otros, para no encontrarme ni siquiera en mí. Porque dos sombras siempre son mucho más intensas que una, pero no supe encontrar, y en búsqueda es presente, que una siempre es mucho más que dos.

miércoles, 3 de marzo de 2010


Pepita se arrepiente ahora. Con María al otro lado del teléfono, con esa voz inteligible que tienen los llantos descontrolados. Le dan incluso ganas de reír, la voz es ridícula, pero es y está tan entrecortada que no puede articular ni gesto, ni palabra. Pepita ahora es sólo pensamiento, ni siquiera es ya oído, ni paño telefónico para María. Pepita sólo pueda pensar, ya ni siquiera está ahí. Y recorre, aleatoriamente, la cronología desde que Juan existe. Desde que María y ella tenían, no sé, veinticuatro años, quizá más. O quizá menos, porque recuerda también el día en que su madre le dijo que iba a bajar a casa de unos niños, que eran hermanos, y que eran tantos que cuando jugaban al escondite, a algunos tardaban días en encontrarlos. Y entonces sonríe un poco, con la mitad derecha del labio. Pero vuelve a escuchar los suspiros, las seis palabras, las lágrimas en el altavoz de María. Y vuelve al punto exacto, y no hace más que arrepentirse. El día que la madre de María, después de una vida juntas, después de haber sido vecinas, y mejores amigas, le llamó a capítulo. ¿Tú lo sabías? No, yo no sabía nada. ¿Y qué hacemos? No lo sé, todo el mundo miente con los estudios, dicen que están acabando la carrera y aún están en segundo. Ya, pero es que Juan no estaba ni matriculado. Y Pepita recuerda cómo diagnosticaba los males de todo el vecindario, y le pinchaba las inyecciones a la tía Maruja. Tienes que hablar con María, que le deje, que ese chico no es de fiar, ¿tú que crees? No hombre, no, ésas son cosas que se hacen por amor, el chico es majo. Me cago en la cuna que me arroyó, Pepita se arrepiente. Vas a bajar a casa de unos niños, los del primero, son tantos hermanos que cuando juegan al escondite tardan varios días en encontrar a algunos, y tienen una leonera, el chico es majo, me caso con Juan, qué guapo es Juan, y qué buena persona, qué conformado, no como mi marido, se conforma con todo, no se enfada nunca, vamos, que te lo cambiaba unos días. ¿Verdad? Voy a dejar de trabajar, con Juan tenemos suficiente, y así puedo cuidar de los críos. Qué chico tan majo, y no como el mío, qué suerte tienes María. Ya me gustaría a mí. Pepita es sólo un eje cronológico, desde los veinticuatro, quizá más, un salto desde el día en que la madre de María le llamó a capítulo, hasta hoy. El doctor, lo llamaban entre ellas, cuando hablaban en clave, lo que hizo por amor, qué bueno es Juan, cuánto te quiere, y no el mío, que se cabrea cada dos por tres. Las lágrimas de María son un estanque, el estanque de Pepita, lleno de imágenes, de miles de palabras, las seis de María, Juan se ha ido con otra. Juan se ha ido con otra. Qué dices, qué dices, anda chica, no te creo, cómo se va a ir Juan con otra. Que lleva dos años con ella, ¿te acuerdas del día de la exposición? La chica que vino, la que luego nos mandó las fotos, pues con ella Pepita, con ella, en mis narices, dos años. Dos años y el resto de la vida. El doctor, me cago en la cuna que me arroyó, Pepita es un estanque de arrepentimiento. Me voy a acostar, Juan se ha ido con otra, no quiero levantarme. María, descansa, descansa y mañana hablamos.
El chico es majo. Pepita y su arrepentimiento llevan el auricular del teléfono a su sitio, son cosas que se hacen por amor. Se levanta y va al salón, son tantos hermanos que cuando juegan al escondite, a algunos tardan días en encontrarlos, se tumba en el sofá, y apoya la cabeza en las piernas de su marido. Está llorando. Tienes que hablar con María, que le deje, que ese chico no es de fiar. ¿Qué te pasa, Pepita? Su marido le seca las lágrimas, nada mi amor, ¿tú me engañarías? Pero ¿qué dices? Le aparta la cabeza y se levanta, va hacia la cocina farfullando, hay que ver qué cosas tienes Pepita, yo es que hay veces que no te entiendo mujer, con lo tranquilo que estaba ya tienes que venir tú a tocarme las pelotas. Y Pepita, aunque era sólo arrepentimiento, estalla, estalla en una carcajada de ésas que no encuentran fronteras.

martes, 26 de enero de 2010


Normalmente, cuando algo falla, lo que duele es el corazón. El corazón incluso en estado físico. Y en el transcurso del disparo, lágrimas. Pero después hay que pensar, y hay que pensar mucho y rodearse, hundirse y aguantar el aire para que las lágrimas vuelvan a salir. Y puede doler a menudo, incluso todos los días, o menos de una vez al año.

Pero, ¿sabe usted dónde está el alma? El corazón está expuesto, el alma no. En el corazón duele el amor, duelen los amigos, las personas que están cerca. Pero en el alma no, para que el alma duela, el golpe tiene que ser en las personas que pertenecen a vidas pasadas. En las personas que vienen desde vidas pasadas, desde las personas que ya no eres, y siguen en la que sí. Y cuando duele el alma, el golpe no ha sido para ti, el golpe es para aquellos que a base de heridas tienen tu sangre.

Y si te duele el alma, se expande. Se sale del cuerpo, y ya no es sólo la parte superior izquierda del cuadro de tu cuerpo, retorciéndose y dando punzadas. Es allá donde estés. Duele. Duele toda la habitación, toda la calle, toda la ciudad. Y no hay que pensar para llorar. Más bien hay que pensar para dejar de hacerlo.

En esta habitación hoy yo no puedo respirar. Ni puedo escribir más.

viernes, 22 de enero de 2010

Darling


Darling

A mis catorce Julio tenía los ojos de caramelo. A mí me encantaban los Twix. Vivía en la casa de enfrente, tenía dieciocho y una novia inglesa rubia y despampanante. A mí sólo me perseguía Manolo a la vuelta del colegio, con una magdalena en la boca y gafas del un dos tres. Yo subía las escaleras corriendo, me tiraba encima de la cama y le gritaba a la almohada, y la obligaba a secarme las lágrimas. Después respiraba hondo, le daba la vuelta y me dejaba abducir por el techo, por las manos de Julio, su voz, su sonrisa. Volvía a suspirar y me pasaba las horas muertas apoyada en la ventana, con un Twix en la mano y los prismáticos en la otra.

Cuando él se asomaba a mirar la calle y fumarse el cigarro de las once de la noche, yo dejaba los prismáticos y la chocolatina, cogía una barra de incienso y me hacía la interesante, sin mirarle ni una sola vez, sacando pecho –a veces con ayuda de un par de mandarinas- y chupando la barra como si fuera un cigarro de esos con boquilla. Luego bajaba la persiana y no volvía a subirla hasta la mañana siguiente, siempre a medias.

No debía de ser muy listo Julio, porque un día de septiembre se le olvidó bajar del todo la persiana y pude entrever cómo se quitaba la ropa, la dejaba encima de la silla y se metía de la cama. Ojalá me hubiera atrevido a mirarle por los prismáticos, pero la barra de incienso se deshizo y llenó el alféizar de ceniza, y tuve que ponerme a limpiarlo. Para cuando recuperé la contemplación, había apagado la luz. Para mi sorpresa, al día siguiente volvió a olvidarse de bajar del todo la persiana, y al siguiente, y al otro. Se quitaba la ropa, la dejaba en la silla, se metía en la cama y hacía unos movimientos muy extraños mirando hacia la ventana, antes de apagar la luz.

Yo pensé que la inglesa tarde o temprano, se volvería al paraíso rubio del que había salido, pero no, ahí estaba ella, el día de la presentación de curso sentada al lado de Julio. Lo peor fue que iba a ir a mi clase, la rubia despampanante casi no hablaba español, y encima la sentaron a mi lado. Se llamaba Nelly, sonreía siempre, y era siempre muy rubia y muy amable.

Me acompañó a casa, le presté algunos libros y me decidí a darle una oportunidad. También tenía que ser un poco horrible que nadie hable como tú. Le conté un montón de cosas, aunque ella mirara el reloj de vez en cuando. Me contó que Julio siempre le decía cosas bonitas, que se habían conocido en Canterbury, y que pasaban mucho tiempo juntos, durmiendo y eso. A mí eso me extrañó un poco, porque debía de ser un poco aburrido, pero después volvió a mirar la hora y me dijo que tenía que marcharse, que había quedado con él. La vi cruzar la calle, a la casa de enfrente. Yo me dediqué a imaginarle diciéndome cosas bonitas y dándome la mano, mientras el tiempo se me pasaba en la ventana.

Julio entró en la habitación como todas las noches, pero esta vez la persiana ni la tocó. Se quitó la ropa, la dejó encima de la mesa y se tumbó, pero no apagó la luz. Nelly entró también en la habitación. Iban a dormir. Qué aburridos. Me puse nerviosa y bajé corriendo la persiana, me comí un Twix y me fui a la cama, a gritarle a la almohada otra vez.

Al día siguiente Nelly llegó con una cara un poco triste para ser ella. Le pregunté qué había pasado. Yo entendí que Julio había dormido mal, que no se qué había pasado pero que no pudieron dormir juntos. Esa noche decidí esperar a ver qué pasaba. No sé por qué me pareció que Julio miraba mucho a mi ventana, con sus ojos de caramelo, sabía que no era verdad pero me puse nerviosa, apagué la luz y me metí otra vez en la cama. Parecía imbécil, me pasó un montón de días, cuando empezaban a dormir me parecía que Julio me miraba desde la cama, con Nelly sentada encima, me atracaba a Twix y me metía en la cama, nerviosa y avergonzada.

Nelly cada día estaba más triste. Yo ya no sabía qué hacer por ella. No podía confesar que los había visto nunca, si yo ni siquiera conocía a Julio. Le dije que podría hacer por ella cualquier otra cosa, y aunque me pareció un poco raro, accedí. Al fin y al cabo, sólo tenía que quedarme despierta hasta que Nelly me llamara al teléfono de casa.

Otra vez Julio se quitó la ropa, como todas las noches, y Nelly entró en su habitación un poco después. Se sentó encima de él, y yo empecé a ponerme otra vez nerviosa porque de verdad que Julio me estaba mirando, tenía sus ojos de caramelo clavados por debajo de mi cabeza. Y aguanté, cinco minutos más, no me explicaba muy bien cómo me iba a llamar Nelly. Dijo que alrededor de las once, y eran menos cuarto. Esperé. Y fui notando como algo se humedecía entre mis piernas, me asustaba un poco. Cogí un Twix, a ver si se me pasaba. Juro que Julio parecía que me miraba. Cada vez me humedecía más, Nelly no paraba de moverse, Julio no dejaba de mirar hacia donde yo estaba. Alargué la mano y empecé a hacer movimientos circulares entre mis piernas. Julio me miraba a mí, con sus ojos de caramelo. Dejé la chocolatina y entrecerré los ojos, sin dejar de mantener a Julio pendiente de mí. Me miraba. A mí.

A las once y cinco sonó el teléfono. No descolgué. Le quité un cigarro a mi padre y me apoyé en la ventana, mientras Julio también fumaba. Nelly salió del portal y se fue a casa, parecía feliz. Pero no la miramos.

domingo, 17 de enero de 2010

El lazo azul


"Clara, ya ni los secretos son míos. Bien sabes que escribir con la boca nunca fue mi fuerte, y lo más triste de la despedida es que entre tú y yo, una vez más, tiene que haber testigos. Emilio lleva una bata blanca, gafas de pasta y el pelo muy corto, como si se lo repasara todas las mañanas. Ha estado cuidándome desde el accidente, no creo que llegaras a conocerle, apareció después de que tú me abandonaras. Y tiene gracia, estos últimos meses él es el que ha estado a mi lado, hasta el último segundo, hasta el verdadero último segundo en el que deje esta vida perra. La carta debería escribírsela a él, que ha sido el único capaz de soportarme en cada lágrima, de nadar en ellas para una vez más, sacarme a flote. Pero aquí está Clara, escribiendo la carta que lees, la carta que estoy dictando minutos antes de empujar la palanca que me va a lanzar a la otra vida, si la hay, para hacerme libre, libre de ruedas, sillas, personas. Sí, Clara, estoy en el barranco en el que nos conocimos, cuando tú aún llevabas el lazo azul y el uniforme de las Escolapias, ése que te hacía tan mayor y tan seria a mi lado. He estado recreándome en ese momento todo este tiempo, cuando te acercaste a mí para salvarme la vida. Pero hoy ya no estás, me siento tan inútil como aquel día ¿te acuerdas? Había suspendido todas y no quería volver a casa, la paliza que me iba a dar mi padre iba a ser de campeonato. Cuando apareciste estaba a punto de suicidarme, quería saltar, perder el suelo que me sujetaba a las manos de lija de mi padre. Pero entonces tu lazo azul voló desde el patio del colegio hasta aquí, te sentaste a mi lado y fue más que suficiente. Ahora sólo espero que vuelvas a aparecer, con el mismo lazo –tu lazo- y ojalá lleves también el uniforme, te sientes aquí conmigo y contemplemos lo que nos separa de estar muertos. Inertes. Ya está Clara, no hay nada más que decir, voy a liberarme y caminar por el otro mundo, sonreírle a las chicas guapas y aprobar todas las asignaturas. Y estaré esperando hasta que vengas, sentado en algún barranco."

- Ya está Emilio. Cógeme el lazo azul y átala. Sabes la dirección del cementerio ¿no?

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