viernes, 24 de mayo de 2013

Mi padre

Mi padre nació un 24 de mayo de 1956, hace hoy 57 años. Estudió Químicas, en aquellos años, viniendo de donde venía, dando clases de matemáticas para pagar cada matrícula. Empezó a trabajar limpiando fachadas en Zaragoza, y poco a poco, llegó mucho más lejos de lo que nadie hubiera podido imaginar cuando nació, aquel 24 de mayo de 1956, en San José, en Zaragoza.

Por eso a mi padre le preocupa y le ha preocupado toda la vida una cosa: el trabajo. Y más que el trabajo, el esfuerzo. Que nadie te regala nada, que lo que consigas ha de ser siempre fruto de tu pensamiento, de dejarte la piel en todo. Eso he aprendido de mi padre y no sólo porque me lo ha dicho muchas veces, sino porque lo he visto con mis propios ojos. Suena típico eso de "te has matado a trabajar", pero mi padre se ha matado a trabajar. Durante años se ha levantado antes que los que ponen las calles y ha viajado más que los pilotos de Iberia.

Pero yo no quiero hablar de mi padre, el que trabajaba más que el Sol, aunque todo lo que consiga yo hoy sea gracias a lo muchísimo que he aprendido de él. Yo quiero hablar de mi padre, porque cuando trabajaba le veía poco. Quiero hablar del padre que alquilaba bicis en el Parque Grande de Zaragoza los fines de semana, del que jugaba con mi hermano y conmigo a las peleas los domingos por la tarde en el sofá.
Y sobre todo quiero hablar del padre que me ama porque soy su hija y mucho más. De mi padre, el que madruga para llevarme al aeropuerto, el que me espera horas antes de que llegue porque no quiere que me encuentre el vacío al otro lado de las puertas que separan viajeros de familias, en la terminal uno de Barajas. Mi padre, el que nos llevaba los domingos por la mañana a comprar el periódico a la librería de la esquina. El que no ahorra ni en libros ni en periódicos. Mi padre, el que me lee, el que me escucha. Mi padre, el que tiene conversaciones eternas conmigo sobre el desastre de este país o de cualquier otro. Mi padre, el que se desespera cuando me ve abusar de soñadora, el que no quiere que me meta en líos pero sabe que me saltaré todos sus consejos porque él también corría delante de los grises. Mi padre, el que me ha visto cometer errores con preocupación, pero ha entendido que era valiente para dejarme aprender. Mi padre, el que se ríe cuando descubro el Mediterráneo por el que él lleva años navegando, y nunca me hace sentir de menos.

Porque mi padre, además de trabajador, es discreto, sabio y serio. Porque a pesar de eso, mi padre se ríe. Porque aunque sabe que me equivoco, me lleva al aeropuerto a las seis de la mañana sin que se le pase por la cabeza quejarse. Porque mi padre no quiere que me equivoque, pero sabe que el camino es mío. Porque mi padre es mi padre, pero no es paternalista. Mi padre sabe que me equivocaré, y mucho, pero él no dejará ni un segundo de estar orgulloso. Porque mi padre nos ha educado bien. Y porque es mi padre.


Porque hoy cumple años y dirá que se hace viejo, pero no sabe que lo mejor está por llegar. Porque ahora tengo que devolverle, al menos una parte, de todo lo que me ha dado. Porque sé que queda menos para ese domingo por la mañana, cuando mi padre baje como siempre a la librería de la esquina a comprar el periódico, y cuando vuelva a casa y se siente en el sofá, abra el periódico. Y en alguna página, un titular llevará debajo mi nombre, que al fin y al cabo es el suyo. Ese día habré comenzado a devolverle algo, muy pequeñito, de todo lo que me ha dado. Pero si ese momento no llega, no importa, porque si he aprendido algo de mi padre es que siempre, siempre, siempre, hay que mirar hacia delante.

Felicidades papá.

Llover

Podría llorarse encima, en la cama tan blanca como grande, tan decimonónica como cuando la compró. Podría, y capaz es, o era, de montar el espectáculo que sólo la ira acumulada le permite y explotar, para llorarse encima. Pero no. Mejor. Agarrarse con una mano el corazón y con la otra la barbilla para no arrancárselo. Y abandonarse al placer de llorar sin esfuerzos, sin muecas de bebé, ni gritos de padre desolado. La dulzura de dejar, sobre la cama, tan grande como blanca, deslizarse las lágrimas más saladas que el mar. Sin compadecerse. Sin el abrazo que todos dan para cortar la hemorragia. Como si llorar fuera, fíjense, dramático y triste. Desesperante. Una lágrima por la soledad del alma. Y otra por la felicidad. Una, por el tiempo que jamás recuperaré, otra por tus muslos, que me dejan llorar. Una lágrima por cada muerte que no sale en los periódicos, otra por cada tonto que se enchufa a la televisión. Una lágrima por las pieles que no tocaré, los suelos que no pisaré. Otra por las miradas que se han quedado vagando entre la barbilla y el corazón y que no olvido. Una lágrima por cada trozo de chocolate, por los héroes de todas las infancias, por las generaciones inocentes que explotaron con la libertad. Otra por los noventa. Una lágrima porque coño, la vida es bella, y corta. Y las lágrimas, serenas se deslizan para mojar el colchón, inmenso y blanco. Y los muslos le han dejado agarrarse el corazón y la barbilla, buscar dentro. Frenar. Pensar un poco. Llorar, que nunca es malo, las decepciones, y los actos altruistas. Por el abrazo que no me has dado para comprender que hay que llorar, que nunca es malo. Que no hay tragedia, ni necesito un oído, ni un pañuelo, ni amor. Que comprendas, que sí, que claro y que tú también, como yo. Que hay que ser muy valiente para no dejar de llorar.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sólo una vez

Huye de esta comodidad. De cada esquina. Huye, corre. Rápido, hasta que vueles.

Huye de esta comodidad de estar triste. Deja de echarte de menos. De recorrer las calles por las esquinas. De buscar las lágrimas, la conversación que termine de hundirte. Huye, deja de caminar hacia abajo, de dejarte arrastrar por todos estos lodos.

Sonríe. Sé feliz. Búscate hasta encontrate. Quiérete, joder. Vive. Repítelo mil veces. La vida es una vez. La vida es el amor de tu vida. La vida eres tú. Sólo serás una vez.

Abandona esta comodidad. Respira y expulsa en cada suspiro la nube gris. Huye, corre. Rápido.
Quiérete, joder. Vive de una vez, porque sólo hay una. Tú eres el amor de tu vida. Y sólo serás vida una vez.

Disfruta de cada error. Vuelve al pasado sólo para coger fuerzas. Pon tu intensidad en cada lágrima porque será la última.

Y quiérete. Porque esta vida increíble sólo es una vez. Tú sólo serás esta vez.

Los días raros

Los días eran raros. Llovía de repente, fuera o dentro. Todo es una cuestión de espacio. La mujer que sabe que hoy todo terminará, se mira en el espejo. Ya no se reconoce. Los días son raros porque esa mujer de ahí ya no es ella. Sabe que todo ha de terminar, pero no sabe si al volver y mirarse en el espejo, será capaz de verse.

La mujer que sabe que hoy todo terminará, lleva un vestido rojo con el que ha ido conjuntando toda su periferia: el bolso, las sandalias, las uñas de los pies. Se disfraza una vez más, por ser la última, y antes de partir, vuelve a mirarse en aquel espejo. Sigue sin estar. Todo en esta vida es cuestión de espacio, del que esta vez recorre la mujer que sabe que hoy todo terminará.

Porque los días eran raros. Y ella lo sabe. Llueve. Son sólo unos metros, pero llueve muy fuerte. Aunque el vestido sea rojo, se siente muy pequeña. Porque la mujer que va a terminar sabe que es fuerte, independiente e inteligente, pero hace ya demasiado tiempo que no lo siente así.

Yo la miro atravesar la calle. Porque sé que son días raros. Que la mujer del vestido rojo tiene que terminar hoy todo lo que empezó. Y sé que volverá sin verse, con los ojos como estanques, a doblar la esquina desde donde la observo. Y que habrá de recorrer mucho más espacio hasta poder mirarse, arrancarse la lluvia, de fuera y de dentro, y volverse a ver.

La mujer que sabe que todo termina, regresa de su fin. Los tiempos de hoy no son los de los héroes. Y yo la miro y pienso que es una maravilla que siga ahí de pie, caminando, recorriendo cada metro hasta que sepa volver a verse. Porque los días eran raros, porque llueve, porque en las cuestiones de espacio, sólo se ve lo que sólo termina.

La miro porque sé, que vendrán tiempos mejores. Porque los tiempos que empiezan, los tiempos que vienen, son los tiempos de las heroínas. Porque sólo la mujer que sabía que hoy todo terminaría, decidió vestirse de rojo y salir al encuentro del final de nuestros tiempos. Mirarlo a los ojos. Caminar, firme en cada paso. Porque estos tiempos son sólo para valientes, para quien afronta las cambios y sigue con idéntica sonrisa. Porque sólo ella se mirará esta noche en el espejo y verá a la mujer inteligente, independiente y fuerte que nunca dejó de ser.

Porque los tiempos de los cobardes, son por fin, historia. 

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