domingo, 16 de marzo de 2014

Era aventura.

El túnel de la tristeza ya no era tan largo.

Me apetecía comer en casa.

Buscarle con los pies por debajo de la mesa.

Ser natura.

Verano.

Madera.

Un cristal al que la brisa le quita el polvo.


viernes, 7 de marzo de 2014

Verano

Me gustaban las uñas de sus pies pintadas de rojo. La arena del mar. A juego con las de las manos. Cómo se oía, aunque fueran tópicas, las olas llegar. Ese primer frío que apaga todo el calor. Como si fuera urgente apagar el fuego. Su piel mojada. Cómo se endurecía y se volvía suave al mismo tiempo. Después se tumbaba al sol. Siempre se le quedaba agua en el ombligo. Siempre me apetecía beber de él.

Acostarme con ella era como un día de playa. El placer de un orgasmo me recuerda siempre a la zambullida en el mar. El momento de meter la cabeza. El mundo se apaga, se para, se calla. Cambia todo en milésimas de segundo. La muerte debe de ser así también. Como el primer trago de cerveza fría, en una terraza, frente al mar.

Echo de menos a Blanca. Cómo me miraba antes de salpicarme. Cómo corría a besarme cuando me había metido agua salada en los ojos. Cómo se reía cuando le mordía, como represalia. Me gustaba su pelo, de un color indescriptible, como el del sol. Los dibujos que hacía en la arena mientras dejaba escapar detalles de su vida anterior. Siempre tenía una sonrisa para mí.

Desde entonces los orgasmos han dejado de parecerme un día en la playa, para acordarme de ella cada vez que miro el mar. Sus uñas pintadas de rojo, las olas llegar. El primer sorbo de una cerveza fría me sabe a su pelo. Suave como el trigo. Nunca volverá a haber un puto lugar que se parezca tanto a la vida, al sexo, al amor, a la muerte.

Tal vez porque Blanca lo era todo. Porque ella era el mar. El sexo más primitivo. El amor que eriza la piel y registra la vida en imágenes. En postales. Porque ella era también la muerte.

Porque después de ella y del mar, ya no había nada más. Nunca hay nada más después del verano. 

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