sábado, 28 de marzo de 2009

Destino Oviedo


A las seis sonó el despertador, había vuelto a soñar con él y sólo llevábamos separados una semana. Pedro, asturiano, metro ochenta, cuerpo atlético, ingeniero de caminos y pelo largo al que agarrarse en los momentos de mayor pasión. Estaba empapada, caliente y maldiciendo que él no durmiera al lado para rozarle con la punta de los dedos mi juguete y despertarle lamiendo su oreja para que me llenara con todo su…amor. Estaba hasta las narices de masturbarme, no servía de nada, me quedaba frustrada porque quería tenerlo entre mis piernas en el momento de correrme, morder su hombro, gritar y que no parara de mirarme complacido. Gritar todavía más, sé que eso le gustaba, y dejar que me empujara con mucha fuerza, cada vez más fuerte que la anterior, hasta que me doliera. Si eran las seis me quedaban, por lo menos, diez horas de calentón hasta poder estallar como fuegos artificiales.
No iba a dejar que Pedro me recogiera en la estación, me llevara a casa y me dejara con castos besos en el portal de casa de mis padres, no, quería tirármelo allí mismo, en la dársena, delante de todo el mundo. Pero seguro que no quería, Pedro y su sentido de la responsabilidad iban a dejarme con las ganas hasta el día siguiente. Eso había que impedirlo. Solución, a tomar por culo la ropa interior. Tenía que ponérsela muy dura y arrastrarle hasta los baños de la estación.
El viento se me colaba entre las piernas al salir de casa, me hacía cosquillas, pero no me enfriaba. Estaba cada vez más caliente, imaginaba la cara de Pedro cuando le cogiera la mano y la guiara debajo de mi falda, debajo del jersey. Le guiñaría un ojo, acariciaría su pene por encima del pantalón, descaradamente, y me lo llevaría a los baños, o a su coche, no podría decirme que no. Estaba incluso dispuesta a chupársela mientras conducía. Dios mío, qué mala es la abstención.
Atención, próximo autobús de la empresa Alsa con destino Oviedo efectuará su salida a las dieciséis cero cero desde la dársena treinta y nueve. Treinta nueve grados los que llevaba yo encima y debajo del jersey. Asiento cuarenta y cinco, en la última fila y en ventana. Perfecto, de momento no tenía compañeros, barajé incluso la posibilidad de masturbarme allí, en público, para aguantar las seis horas que me quedaban de arduo trayecto hasta mi gloria sexual. Pero cuando empecé a imaginarme con los ojos cerrados y la mano entre las piernas mientras el resto de los pasajeros veían las estúpidas películas de domingo a las tres de la tarde en Navidad, que tanto le gustan a Alsa, subió un chico con el asiento cuarenta y cuatro. Mierda, yo ya no me atrevía a tanto, no soy tan golfa, ¿o sí? Me saludó, ocupó su asiento y me miró fijamente por debajo de la barbilla, ¿me está mirando las tetas?
- Perdona, ¿quieres que quite el aire acondicionado?
No me había fijado, con la tontería de no ponerme ropa interior los pezones me atravesaban el jersey, duros y dispuestos a partir rocas si fuera preciso. Pero vamos a jugar un rato, quedan seis horas.
- No gracias, estoy muy a gusto así.- me quité el pañuelo y lo guardé en el bolso, mi escote lucía más.
Era bastante guapo, tenía un piercing en el labio que yo ya me imaginaba recorriendo mi vagina y el pelo muy corto, rapado hacía poco, lástima. Ojalá Pedro nunca se lo corte.
El autobús arrancó, decidí que sería mejor dormir un poco, estar descansada, sino iba a acabar montando una orgía con todo el autobús, abuelos incluidos, ya me daba igual. Me giré hacia la ventana, encogí las piernas y le di la espalda al chico guapo. Aquella posición no hacía sino empeorar las cosas, aumentaba la presión sobre mi clítoris y multiplicaba las imágenes seductoras que pasaban por mi mente: Pedro lamiéndome los pezones, yo encima de Pedro, el chico guapo mirándonos a punto de participar, los dos al lado de mí, como esclavos sexuales, el chico acariciándome…un momento. Hay algo de cierto en todo esto, el tío me está acariciando.
En efecto, debía de pensar que yo estaba dormida, pero paseaba su dedo de un lado a otro de mi espalda, en ese espacio entre el final de mi jersey y el principio de mi falda que había dejado al desnudo, y cada vez que se aproximaba a los extremos me producía escalofríos. Intentaba aguantar, que no se notara que yo más que dormida estaba a punto de girarme y tirarme sobre él. Pero no pude resistir y temblé en la última de sus aproximaciones. Se fue acercando poco a poco a mí, hasta casi solaparse, su mano había pasado hacia la parte de delante y se colaba por mi ombligo, estaba tan cerca que había empezado a notar su miembro erecto, clavado en una de mis nalgas.
¿Esto serán cuernos? Antes de que mi cerebro gritara sí, sus labios se acercaron a mi nuca, me lamía y después respiraba, ese frío, remarcado por su maldito piercing metálico me impedía pensar en nada. Perdí el control, mi mano izquierda agarró su culo y lo empujó hacia mí, acércate más, hasta que me hagas cardenales con tu pene, de dimensiones ya bastante creciditas, dispuesto también a partir rocas. Mi mano derecha agarró la suya, la sacó de mi obligo y la hizo bajar hasta contactar con mi clítoris, le enseñé los movimientos, acompasados, mi mano con la suya, así. Me mordía los labios a mí misma o a la ventana, estaba casi empotrada contra ella, él me mordía el cuello y empezaba a moverse, empujándome contra el cristal, con su mano libre me agarró de los pezones, los retorcía y susurraba, a lo mejor no era frío lo que tenías, sino unas ganas de follar increíbles. Yo decía que sí, a todo que sí.
Atención, vamos a efectuar una parada de veinticinco minutos.
Abrí los ojos. Todos los pasajeros iban a empezar a levantarse, el chico guapo apartó sus hábiles manos de mí, yo me recoloqué el jersey, allí no había pasado nada. Pedro, pobre Pedro, esto eran cuernos, o casi, porque no nos habíamos besado ni siquiera. Ahora mismo voy al baño, me masturbo y punto, en veinticinco minutos da tiempo de sobra. Pobre Pedro.
La cola en el baño de mujeres era, para variar, monumental. El chico del autobús pasó a mi lado, me rozó la espalda y se metió en el baño. Esperé sin moverme de la cola. Salió, me agarró de la mano, y yo me dejé llevar, no tenía ganas de mear realmente. Salimos de la gasolinera y fuimos a la parte de atrás, había uno de esos bancos de ladrillo que nacen de la pared, pero antes de llegar a él me mordió el lóbulo de la oreja, bajó por mi cuello y metió las dos manos por debajo de mi jersey. Yo le ayudé y me lo quité, me quedé desnuda en mitad de aquel descampado, ni siquiera me había puesto una camiseta debajo. Él empezó a bajar, se desabrochó los pantalones y sacó su enorme pene fuera. Nunca había visto uno tan grande, era demasiado enorme, así que me agaché y me lo metí entero en la boca, era increíble, no podía parar de lamerlo, de arriba abajo una y otra vez, le daba pequeños mordiscos y después lo besaba, mientras él con sus largos brazos seguía acariciándome las tetas. Me agarró muy fuerte y me hizo subir, me llevó hasta al banco, me sentó y se agachó. Por fin, pude sentir como su piercing recorría mis labios mayores, los menores, se aferraba a mi clítoris y succionaba. Estábamos en un descampado, empecé a gritar porque ya no me aguantaba.
Atención a los pasajeros procedentes de Madrid, con destino Oviedo, el autobús va a efectuar su salida en breves momentos.
Mierda, mierda, en el mejor momento. No podía marcharme de allí sin cabalgar sobre ese enorme pene, daba igual si no me corría, me quedaban por lo menos tres horas más de autobús para rebozarme en la última fila. Así que lo saqué de entre mis piernas, le senté en el banco y me puse encima. Nunca me habían llenado tanto, su cabeza se perdía entre mis tetas, yo le agarraba, no tiene melena, y qué, y qué, y qué, el tacto de su pelo pinchudo es mucho más placentero. Tan placentero que a los diez segundos yo ya caminaba por la gloria, gritaba sin parar mientras él se movía más deprisa y luego más despacio, también se había corrido. Pero no le besé, me buscó la boca y yo le ofrecí mi cuello.
Recogí mi jersey, me lo puse y volví a mi asiento. Después llego él, se sentó a mi lado y apenas cruzamos algunas palabras, yo me quedé dormida después, no sé si volvió a acariciarme. El autobús llegó a Oviedo y bajamos los dos, sin despedirnos ni siquiera, pero al bajar las escaleras me tocó el culo, lo agarró con fuerza, como si fuera a echarlo de menos y me empujó hacia delante. Allí estaba Pedro, me besó y recogió mi maleta. Dijo algo como que iba al baño, que si le acompañaba, y yo, con la mirada fija en el chico guapo contesté que no, que le esperaba allí. El chico guapo me guiñó un ojo y señaló su bolsillo. Busqué en el mío y encontré una nota: “¿Cuándo repetimos? Vuelvo a Madrid el domingo, en el bus de las seis”. Cuando levanté la vista ya había desaparecido, y Pedro volvía del baño.
- Cariño, acompáñame a la taquilla, que voy a cambiar el billete para volver a Madrid el domingo a las seis, que sino luego al día siguiente estoy reventada. Y por cierto, te podrías rapar el pelo, te quedaría mejor, ¿no?

jueves, 12 de marzo de 2009

¿Bajar o no bajar?


¿Y si me bajo del autobús? Es lo que debería hacer ¿no? pero cómo me voy a bajar, a mi se me va la olla, se me ha ido y no ha vuelto todavía. No me puedo bajar. Porque no puedo ¿no? perdería 43 euros de billete de ida y vuelta. Y me bajo y ¿qué? ¿qué hago en mitad de la A-2? ¿Autostop? Que no, no me puedo bajar. Menudo pestazo a Channel nº 7 que lleva la abuela, seguro que además ni se ha dado cuenta. No me voy a bajar, si además a mí me encantan los viajes en autobús que puedes dormir, leer, escuchar música, estoy en tierra de nadie, qué cómodo es esto. ¿Cómo se baja el mango para apoyarme? Y la abuela de Channel, con el brazo ahí puesto, me gustaría poner el mío también, qué egoísta. ¿Y si me bajo? Los 43 euros, ah sí, no me puedo bajar por razones económicas ¿desde cuándo? Pero oye, que son 43, ni 34 ni 13, 43, la ida y la vuelta, si me bajo ahora pierdo…más de la mitad…nada. Pero y yo qué hago aquí, si encima me ha dejado él. No puedo estar contigo cariño, lo siento, es que me agobio, esto de las relaciones a distancia no es para mí, gilipollas, eso lo sabes ahora después de tres meses. Y yo aquí, cual imbécil de libro, a lo romántico imposible a recuperar el amor, pero qué amor ni qué ocho cuartos, idiota, idiota que no me has querido nunca. Como me vuelva a rozar con el codo la mando con channel a diseñar perfumes. ¿Y si me mareo y acabo vomitando? A ver como vuelvo yo esta noche, y a ver quien me viene a buscar, porque a esas horas no hay metro. Me tengo que bajar, me tengo que bajar porque no puedo llegar a casa. No, no, me bajo porque este tío es gilipollas, porque yo valgo todos esos frascos de perfume, por lo menos cien mil, y este imbécil no lo sabe. Venga, con todo lo que yo he hecho por él. Pero si yo le quiero, le quiero tanto. No me puedo bajar, tengo que luchar por él, a lo mejor no le he enseñado todas mis cartas. Si yo viviera en Zaragoza, ay, si yo viviera en Zaragoza, otro gallo nos habría cantado, la culpa la tiene la ex, zorra, zorra, zorra. No, no, no, no el channel de mercadillo lo debo llevar en los pulmones incrustrado, la culpa la tiene él, cabrón, corporativismo femenino, sí, no te dejes dominar, no, amor no, a tomar por culo ese yo. La cabeza fría, la cabeza fría, mierda, me he dejado las cubiteras fuera de la nevera, ya no tengo hielos para mañana, y qué, yo para qué quiero hielos, para ponérmelos de gorro, o ponérselos a la abuela esta. Seguro que se ríe con esto cuando se lo cuente, la abuela que he llevado cuatro horas al lado, no veas, no me escucha, deja de mirar al frente, que es importante, menuda conversación vacía hablando de todo y de nada menuda mierda si no me estás escuchando y yo a ti tampoco pero ninguno va a sacar el tema. Pues habrá que sacarlo, porque tengo exactamente, a ver, llego sobre las 12 si no hay atasco, no antes, a las 11,30 y me voy, a qué hora me voy, dónde habré dejado yo el puto papelito de la compañía ésta, eh, no me acuerdo, vale, aquí está, 21,30 vale entonces son diez horas, no, sí, diez horas. Diez horas para decirle que le quiero, que lo quiero intentar. Imposible. Voy a matar a esta abuela como me vuelva a rozar con el codo. Me la cargo. Me cargo a todos, qué gilipollas, gilipollas integral, integral. Parada de descanso, qué, veinte minutos, en Medinaceli, de puta madre, en Medinaceli y con una abuela con Channel número 7, y un novio, ya no es novio, ya no es, no, al que le voy a suplicar. Suplicar, yo, suplicar. Y una mierda, que no, que no suplico. Y si…já, área de descanso, este bus va a Zaragoza, pero ese de allí viene de Zaragoza y va a Madrid… a la mierda los 43 euros, a la mierda, que venga él a Madrid, que venga él, yo me subo, me subo, ¿que ya sale el autobús para Madrid? Perfecto, perfecto, a las 12 estoy allí, a lo mejor si cancelo el de vuelta me devuelven algo, y si no que se lo queden, se los regalo. Y preguntarán por mí, ¿no? la abuela por lo menos, joder, después de dar el coñazo, a lo mejor no salen porque falta el siento diecialgo. Pues que falte, que les jodan, me quiero a mí y solamente a mí, claro, buen momento para empezar, joder un autobús. Pues se irán, y aquí habrá sitio, me subo la última, hay sitio, hay sitio ahí al final, guau, ¿me podía salir mejor? Me autoconvenzo, pero qué, que no hace falta, que esta es la decisión correcta ¿no? ¿cómo se baja el mango? Ahá, qué bien, sin abuelas, a ver, no huele, no hay Channel barato ni abuelas venidas a menos, qué guay, sí, sí, era la dirección correcta, bajarse, bajarse. Me quedo si ver el Ebro, pero oye, para mañana tengo hielos seguro.

martes, 3 de marzo de 2009

Día Rojo


Recuerdo perfectamente cada segundo del día que pasé con Manuel, desde este cochambroso ático en París. Las paredes desconchadas se me caen encima cada vez que pienso en esta vida de mierda que nos tocó. Que sólo me regaló un día. Doy un sorbo más a esta copa de vino de mesa francés y fijo mis ojos en la bandera que está cerca de la ventana. Sí, lo recuerdo todo.

El minuto más feliz de toda mi vida. No es muy difícil saber que fue ése, esta vida perra no me ha regalado muchos más. Pero aquel catorce de abril de 1931 éramos tan grandes que bailábamos y saltábamos fuera de nuestro cuerpo. Gritaba tanto detrás de una sonrisa tan inmensa, que no sé cómo, pero llegué a engancharme con las piernas a las caderas de Manuel como si estuviera preparado aquel perfecto engranaje. ¡Viva la República! ¡Vivan los hombres que nos traen la ley! ¡Libertad! Entre todos eso gritos alegres y desesperados, liberados después de vivir debajo de tantos zapatos de alta alcurnia, Manuel me besó y multiplicó mi sonrisa por todos los segundos. No he visto nunca una Puerta del Sol más viva, ni más llena de calor, una camisa roja más bonita que la de Manuel. No había sentido nunca como en aquel momento, que ése era el primer día del resto de mi vida.

No dejamos de gritar, cantar y sonreír hasta pasadas algunas horas, con la energía inagotable que dan los sueños inalcanzables cumplidos. Y borrachos, también de vino, ¡Viva la República! Aquella noche, Manuel, que no había dejado de besarme como si me conociera de toda la vida, como si no existieran más días en nuestras vidas, me invitó a su casa. Y yo estaba en ese momento tan enamorada de la vida, de su camisa y de mañana, que acepté. Caminamos y corrimos por todas las calles de Madrid, dándonos la mano, abrazados, levantando el puño al aire y gritando ¡salud! a todos los que se cruzaban en nuestro camino. Bailábamos al andar, mis piernas se cruzaban con las suyas, con sus besos.

Recuerdo tan bien aquella noche, que no puedo creer que ahora los pies que se cruzaban en el rellano del portal, vivan en suelo francés. Mientras buscaba las llaves en alguno de sus bolsillos, me besaba, se reía, con aquellos dientes perfectos, y yo le ayudaba con mi sonrisa inocente y mis manos traviesas a buscarlas. Las introdujo en la cerradura y yo empujé la puerta con la espalda. Y antes de rozar la puerta de su habitación, mi ropa y la suya ya habían desaparecido, como si fuera el último minuto y tuviéramos siempre prisa. ¡Libertad! A susurros, caricias y suspiros, nos dormimos abrazados. Poco a poco y a la vez.

Pero yo me desperté antes, vi la luz de la mañana, abrí mucho más los ojos y al segundo estaba ya fuera de la cama, casi vestida y mirando por la ventana en busca de algún reloj que me indicara la maldita hora. Y a pesar de todas mis prisas, y de la cara furiosa y enrojecida de mi padre que se aparecía cada dos segundos delante de mis ojos, me dio tiempo a besarle, a susurrar algo parecido a un te quiero, y quedarme mirándolo algunos segundos más desde el marco de la puerta. Luego corrí, tanto que parecía que tenía ganas de que mi padre me reventara los oídos con sus gritos sobre la típica confusión juvenil entre libertad y libertinaje.

Aun castigada no tardé demasiado en acercarme otra vez al portal de Manuel. Esperé a que entrara algún vecino, subí las escaleras de tres en tres, y jadeando llamé a su puerta. Volví a llamar, llamé varias veces. Me senté al lado de la puerta y esperé. Una hora. Dos. Volví al día siguiente, esperaba a que entrara o saliera un vecino y repetía, llegué a hacerme un hueco en las paredes del descansillo del tercer piso. Aquel no era e piso de Manuel, o eso decía el buzón La portera me seguía con unos ojos que se salían cada día más, y una nariz que cada día respiraba más fuerte al olerme pasar, así que perdí la esperanza. Pero le veía por todas partes, con su camisa roja, veía su cara en la de todos los hombres que se cruzaban en mi camino, todos los días.

Y lloré, lloré casi todos los días que duró la República, lloré tanto que el Manzanares se moría de envidia con mi caudal.

Cuando la República nos empujó en trenes a Valencia, alguien, con esa camisa roja que yo veía por todas partes, se acercó hasta mí y me susurró un te quiere, lo han detenido, te quiere, te ha buscado todo este tiempo.

No he vuelto jamás a pisar Madrid, ni a ver una camisa roja, aunque su cara sigue estando también en la de los parisinos. Y esta copa de vino francés de mesa no se acaba nunca.

Vuelvo a rellenarla, intentando volver a emborracharme como en aquellos días.

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