miércoles, 23 de diciembre de 2009

Se desangra. Esta vez ha ido demasiado lejos. Se está desangrando.
Abre la puerta de la cocina y los ve, otra vez, abrazados, besándose.
A esto os dedicáis, a esto mientras yo me la juego, mientras me arriesgo a que nos pillen, a que me pillen a mí. Esta vez me han dado, me han dado y no sé si voy a salir de esta, sin ir al hospital. Y vosotros os estáis besando, mierda, me van a pillar y os importa un carajo.
Se sienta en la silla de la esquina, deja la bolsa con el dinero encima de la mesa y se busca la herida. La aprieta y se dobla sobre sí misma, grita. Y es entonces cuando ellos se giran. Se desangra, esta vez ha ido demasiado lejos.
- ¿Qué coño has hecho Anita?
- Me han dado Gabriel, tengo una puta bala atravesándome la pierna, no me preguntes qué coño he hecho y pásame ese trapo, hay que parar esto como sea.

Laura la mira y se tapa la cara.
- Hay que ir a un hospital.
- Cállate la puta boca Blanca. ¿estudiaste enfermería no? pues hazme un puto torniquete, ahora.

Laura pone cara de terror, le arranca el trapo a Gabriel y como si tuviera prisa, temblando, se acerca a ella y le descubre la herida.
- Mierda Anita, mierda reina.
- Te dije que no lo hicieras, que no fueras allí, se te ha ido de las manos – Gabriel se quita la chaqueta y se acerca a Anita - ¿qué coño te pasa? Dijimos que lo dejábamos.
- Que lo dejábamos, qué bonito. ¿y de qué coño íbamos a vivir los tres? Estáis colocados, no dejáis de meteros mierda, algo tenía que hacer ¿no? la he vendido sí, toda vuestra puta coca la he vendido para salvarnos a los tres.
- Pero si dijimos que ayer era la última.
- ¿Y la ibais a tirar? ¿Y de qué coño íbamos a vivir ahora? Había que pasarla Gabriel, sino nos la íbamos a meter toda, lo he hecho por nosotros, por los tres – grita – me voy a morir por vuestra puta culpa.

Laura aprieta el nudo y la mira, a los ojos. Se acerca más y la besa. Ya sabe que Anita se va a morir. Pero lo va a hacer en sus brazos, y en sus besos, en los de Gabriel también.

Al principio parecía fácil. El día que Gabriel y Anita conocieron a Laura y se la llevaron a casa. Follar con una tía. Llevaba tal borrachera que ella se la ofreció. Toma, así se te baja, y podemos follar otra vez. Funcionaba, era el santo grial, podía beber hasta morirse y aquel polvo lo curaba todo. Gabriel también lo probó, no pasa nada, decía Laura siempre, yo me meto casi todos los días y mírame, ¿quién dice que me mata? No tienen ni puta idea, es censura social, esto nos hace libres. Y los besaba, a los dos, se besaba a sí misma.

- Laura, dame algo para el dolor.
- Después de toda la coca que te has metido, no hay nada que te vaya a quitar el dolor, sólo más coca.
- No, no, no quiero más, se acabó.

Laura se convirtió en vértice, ellos dos en triángulo. Poco a poco, ella fue dejando el pijama debajo de la almohada, el cepillo de dientes en el vaso de cristal del baño, y el sexo y la cocaína ocuparon sus horas, sus días. Gabriel perdió el trabajo, Anita lo dejó por envidia. Y cuando les sobraba cocaína, la vendían.

Lo cogió de la mano y lo sacó de la cocina.
- Si no la llevamos a un hospital, la va a palmar.
- No va a querer Laura, ya la conoces, no hay quien la saque de sus trece.- Anita los escuchó desde la cocina.
- ¿Me muero?

Era tan tan fácil. Se consumía tanto, y la consumía tanta gente. Y daba tanto dinero, por tan poco. Cada uno de ellos encontró su círculo, sus clientes. Los de Anita fueron los peores, a veces no pagaban, tenía que ir a buscarlos a las chabolas. Al principio Laura y Gabriel la acompañaban, y nunca pasaba nada. No pasaba nada nunca, así que empezaron a dejar que fuera sola, y mientras la esperaban en casa, besándose, follándose el uno al otro. Y cuando llegaba a casa con la bolsa llena de pasta, se unía a ellos.

- Anita, bésame.
- Bésame, Anita.
Gabriel se inclinó sobre ella, Laura le desabrochó la camisa. Anita devolvía los besos, les quitaba los pantalones. Se recorrían los cuerpos.
- ¿Es el último?

Pero Anita se dio cuenta de que aquello acabaría mal. Trató varias veces de sentarse a hablar con ellos, pero siempre acaban celebrando el trato con una raya, y al día siguiente se despertaban con las piernas enredadas, muy lejos de querer dejarlo. Aquella mañana se despertó antes que ellos, deshizo el enredo, se duchó y limpió la casa. Recogió cada mota de cocaína y la metió toda en una bolsa. Antes de bajar al coche, entró otra vez en la habitación, Laura ya se había despertado, buscaba a Gabriel, y mientras le besaba, la miró.
- ¿Qué haces ahí? Ven aquí y quítate la ropa, déjame darte los buenos días como te mereces, reina.
- Me tengo que ir, negocios.
- ¿Vas sola?
Fue sola, llevaba menos de la cantidad acordada, no pasaba nada, seguro que no tendrían pasta ni para la mitad. Pero no fue así, volvió con un par de moratones y un miedo multiplicado por mil.

- No es el último reina, es el primero de nuestra nueva vida.
- Se acabó, se acabó, buscaremos trabajo y seremos felices.
Laura le quitó la falda, le besó las piernas y se manchó de sangre. Gabriel la absorbía, no se sabía ya de quién era, quiénes eran ellos, si eran tres o sólo uno. A Anita le dolía la pierna, pero no paró de moverla, de agitarse, besar cada centímetro de Laura y Gabriel, de ser besada en cada centímetro.

Aquella vez sí hubo trato. Le acompañarían a llevar el último paquete al día siguiente, y se acabó. No más drogas. Gabriel buscaría trabajo, Laura estudiaría la última asignatura de Enfermería y Anita intentaría recuperar su puesto en la empresa. Y aquella noche iba a ser la última noche. Se darían el festín, una despedida a lo grande. Con lista de invitados, una fiesta de las que hacen historia. Pero Laura y Gabriel se pasaron, rozaron la sobredosis. Y Anita tuvo miedo, miedo de que fuera otro trato más, lejos de la vida real. Y volvió a despertarse antes, a deshacer el enredo. Se duchó, limpió la casa, recogió cada mota de cocaína y la metió en una bolsa. Antes de irse entró en la habitación. Laura ya estaba despierta.
- Anda, reina, ven aquí, vuelve a quitarte la ropa.
- No Laura, me voy a dar carpetazo al asunto.
- ¿Vas sola?
- Si no lo hago yo, nos vamos a la mierda los tres.

- Teníamos que haberte acompañado.

- Da igual, da igual, he ido sola y ya está.

- Perdóname reina.

- Te perdono, bésame, déjate de tonterías.

Era menos cantidad. Pero daba igual, ya les había avisado, traeré lo que pueda, y será la última. Era la despedida, no iban a ser violentos al final. Pero lo fueron, intentó escapar, pero antes de llegar a la puerta del coche, le dispararon en la pierna. Condujo como pudo hasta casa. Y al llegar, Laura y Gabriel se besaban.

Gabriel fue el primero en correrse, se quedó tumbado a un lado de Anita y la miraba. Laura le siguió, y los dos se dieron a Anita. Recorrieron cada centímetro, cada uno de ellos hasta que Anita explotó, gritó con la cabeza de Gabriel entre las piernas y los labios de laura dentro de los suyos. Los abrazó, le dolía como nunca le había dolido nada, y ya casi no podía respirar, el dolor había vuelto, después del sexo, y ya no había escapatoria.
- Es el último – dijo entrecortada.
Ellos la abrazaron, mientras dejaba de respirar. Siguieron besándola hasta que su lengua dejó de moverse, hasta que todo su cuerpo dejó de tiritar y murió. Entonces se miraron, fueron hasta la habitación y sacaron el kilo de coca que Anita nunca encontraría, detrás de la cama. Ése sí era el trato.
- ¿Hasta la última?
- Hasta la última, rey.

martes, 24 de noviembre de 2009

Zapatos rojos

Los zapatos rojos de tacón seguían en la esquina del cuarto. Se los había regalado él. Ella abrió los ojos hacia ese lado de la cama. Intentó observarlos, pero giraban, escapaban hacia el techo como seguros de querer fugarse, buscando sacudirse las manchas de ron y ceniza y volver a encontrar unos pies más suaves, más dulces.
- Cereales.
Ella se giró hacia el otro lado y le besó, a cambio de un gesto frustrado de labios.
- Buenos días, rey.
- Tazón de cereales.
Despacio, ella volvió al lado de los zapatos rojos, seguían allí, en la esquina del cuarto. Puso los pies en el suelo, y se vio las uñas descascarilladas, como formando mapas de rojo y carne. Tropezó un par de veces antes de llegar a la puerta. Y otras tres antes de alcanzar la cocina. Le temblaban las manos al coger la caja de cereales, y formó nuevos mapas de leche y encimera al inundar el tazón. Seguía durmiendo, mientras ella avanzaba por el pasillo y la habitación derramando un poco de leche, algún cereal. Lo dejó en la mesilla y le acarició el pelo.
- Galletas.
Una cucharada y se la acercó a los labios. Manchó almohada y sábana. Ella reía. Él se incorporó, tomó las riendas del desayuno y empezó a engullir. Ella se quedó sentada en el rincón de la cama. Los zapatos rojos de tacón seguían en la esquina del cuarto. Él dejó el tazón vacío en alguna parte y se levantó para vestirse. Ella no se movió, no dejó de mirarse los mapas de rojo y carne que tenía en los pies, las manchas por todas partes. Él terminó de abrocharse la camisa, le dio un beso en la mejilla, susurró algo parecido a llamarle cuando llegara al trabajo, y se fue.

Metió los zapatos en una bolsa, se puso el abrigo encima del pijama y bajó, rumbo al contenedor. Cuando levantó el brazo para lanzarlos al orgánico, se miró las uñas. Y volvió a casa. Metió las sábanas a la lavadora, fregó el tazón y todos los suelos. Se despintó las uñas, y volvió a pintarlas, rojo. Cuando se secaron, se quitó la ropa, y a los zapatos les quitó la bolsa. Se metió con ellos en la ducha y se enjabonó todas las pieles, suyas y ajenas, carne y rojo.
Los colocó en la esquina opuesta. La otra quedó vacía. Al observarlos desde el marco de la puerta, ya no iban a ninguna parte, estaban ahí quietos, como muertos de ganas por que ella metiera dentro sus pies, suaves, dulces.

viernes, 23 de octubre de 2009

Manuela

Volvió a mirarle a lo ojos.
- Esta noche. Tú y yo.
Él devolvía la mirada. Una mezcla.
- No entiendo.
Y.
- Lo sé.
Titubeaba. Le miraba en los silencios muertos de las conversaciones. Y en zigzag, porque Manuela es así, se enfrascaba en conferencias republicanas al girar a la izquierda. Con un ojo en la derecha para vigilarle. Todas las veces que la guapita se le acercaba. Bailaban. Aunque a Manuela le parecía absurdo todo aquello después de decidir que el mundo se podía cambiar. Bailaba enfadada, enfadada con la copa y el cigarro social que sonreían al sistema que nadie iba a cambiar por fumar y beber.

Más copas. La última nunca es suficiente. Y Manuela calculaba, los pasos, las frases jeroglíficas y las sentencias lapidarias lanzadas en el momento y el lugar preciso para que él volviera a entender por todos los canales:
- Esta noche. Tú y yo.
Aunque ella siguiera enfadada por vigilar las veces que él hablaba con aquella guapita que le sonreía en exceso las últimas noches. Otra mirada susurra:
- Da igual, esta noche te quiero. Como la Pasionaria a la República y los exiliados al cielo de Madrid.
A la penúltima de todas las últimas copas, le siguió el intento golpista de cambiar las realidades:
- Yo voy a cambiar el mundo.
- Lo intentarás.
Y vuelta hacia casa. Balas:
- Pero he perdido las llaves de casa.
- De momento tendrás que conformarte con cambiar mi mundo.
Esta noche. Tú y yo. Sexo, interrumpido por llamadas que no debería contestar y contesta. Debe ser la guapita que se ha quedado sola. Manuela intenta quitarle el móvil de las manos, le dice que si los políticos se suicidaran la vida sería más bella. La guapita escribe. Él contesta. Manuela lo borra, le habla de Guernica. Vuelve a llamar, y antes de que él se despierte, ella apaga el móvil. Porque está enfadada con la dictadura de luchar por ser el más rápido y no el más interesante. Dormir. Follar. Dormir, follar. Café, República, ducha y sexo. La guapita llama cuando ella roza la cerradura de la puerta a la calle y lo real.
Y esta vez no dice nada. Que conteste. Esta noche te he hecho lo que la primavera a los cerezos. Y ya vale. Y de camino a casa, sus miradas a donde no se ve, dicen:
- Como la República. Por la puerta de atrás derrumbada. Después de tantas lágrimas, no sirve de nada, nunca sirve de nada. No te apagaré más el móvil, si quieres rendirte a la vida fácil bajo la sombra de un amor fácil, adelante. Amarme a mí es mucho más difícil. Soy mucho más difícil. Y hay seis millones de personas en esta ciudad deseando amarme. Me exiliaré. Me echarás de menos. Y no recordaré ni tu nombre ni el color de tu cielo cuando haya cambiado el mundo.
Llueve, de su casa a la suya, llueve, como sólo puede llover los días de mil batallas ganadas y la guerra perdida en el ultimo segundo.
Pero al rozar su cerradura, la de la puerta que da a su casa y a su mundo, las manos nerviosas le abren el bolso, buscan el teléfono.
Y buscan su nombre, su número.
Eliminar.
¿Seguro que quiere eliminar?
Sí.

sábado, 17 de octubre de 2009

Adriana

Volvió a mirarle a lo ojos.
- Esta noche. Tú y yo.
Él devolvía la mirada. Una mezcla.
- No entiendo.
Y.
- Lo sé.
Se terminaban las copas como si no fueran a probar el alcohol nunca más. Aún no le había dicho nada con la voz. Bailaban. A Adriana le pertenecía todo, si tiraba de donde él estuviera se quedaba sin ropa, sin techo, sin suelo, sin el cigarro y la copa que le permitían enfrentarse a sus miradas, con la confianza de la vida en sociedad.
Más copas. La última nunca es suficiente. Y Adriana calculaba, los pasos, las frases jeroglíficas y las sentencias lapidarias lanzadas en el momento y el lugar preciso para que él volviera a entender por todos los canales:
- Esta noche. Tú y yo.
Aunque él siguiera hablando con aquella guapita que le sonreía en exceso las últimas noches. Otra mirada susurra:
- Da igual, esta noche te quiero. Entre mis labios. Entre todos ellos.
A la penúltima de todas las últimas copas, le siguieron las palabras banales de ascensor:
- Esta noche hace frío. ¿Me das fuego?
Y vuelta hacia casa. Balas:
- He perdido las llaves de casa.
- Vente a dormir si quieres.
Esta noche. Tú y yo. Sexo, interrumpido por llamadas que no debería contestar y contesta. Debe ser la guapita que se ha quedado sola. Adriana le quita el móvil de las manos, le besa. La guapita escribe. Él contesta. Adriana lo borra, le besa. Vuelve a llamar, y antes de que él se despierte, ella apaga el móvil. Dormir. Follar. Dormir, follar. Café, ducha y sexo. La guapita llama cuando ella roza la cerradura de la puerta a la calle y lo real.
Y esta vez no dice nada. Que conteste. Esta noche te he querido. Y ya vale. Y de camino a casa, sus miradas a donde no se ve, dicen:
- Te lo regalo guapita, por baja temporal de uso físico. Ser amante es mejor, ser amante es mejor, ser amante es mejor, mucho mejor, yo lo sé todo y tú no, sé cuándo te besará, cómo y dónde, tú no sabrás nada guapita, ni quién te cuelga las noches de los domingos.
Llueve, de su casa a la suya, llueve, como sólo puede llover los días de resaca atípica.
Pero al rozar su cerradura, la de la puerta que da a su casa y a su mundo, las manos nerviosas le abren el bolso, buscan el teléfono.
Y no hay llamadas.
No hay mensajes.
Y comunica.

martes, 15 de septiembre de 2009

Elegía


Se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé...

Hasta los funerales eran eventos sociales para ella.
- ¿Qué me pongo? Porque estará allí todo el mundo ¿no? Los padres, los antiguos alumnos, los profesores, niños...¡hasta el alcalde! ¡Y la prensa!
Revolucionó el armario. Una hora después de enterarse del funeral entierro en versión completa. Cuando faltaban tres horas, arrancó el coche y se dirigió al centro comercial más grande de la ciudad. Sólo ciento cincuenta euros después, tenía vestido, negro, elegante y discreto, muy parecido a los otros diez que tenía en su armario. Se vistió y entre sonrisas, se plantó en el cementerio. Se codeó con la alta sociedad, dio besos, pésames, y abrazos de palmadita solemne en la espalda. Secó lágrimas con sus guantes de cuero y se ajustó la pamela y las gafas de sol, torciendo la sonrisa. Suspiró mil veces y lloró sin lágrimas. Se esforzó por entristecerse.

Y órganos mi dolor sin instrumento...

Pero había demasiada gente, demasiada lágrima fácil, demasiada seriedad. Y le dieron ganas de reírse. Se vio bailando sobre la tumba, abrazando a todos hasta las cejas de éxtasis, y a carcajadas, pegar gritos. Se vio sacándole la lengua a su muerto, hablando sola y sonriente. Y se vio también rompiendo la lápida, escuchó el sonido del mármol al romperse, el filo de su hacha hasta encontrarse con el roble del ataúd, el crujido de toda su fuerza contra la noble calavera...

Quiero minar la tierra hasta encontrarte...

Y se culpó sólo de imaginar. Y los llantos se fueron apagando, las masas de cuerpos negros, fueron vagando como sin rumbo hacia la salida, como si ninguno de aquellos fuera capaz de reconocer la elegancia de su vestido que en otras ocasiones habrían recibido entre susurros asesinos. No miraban a nadie. Ni siquiera ella ya miraba a nadie. Estaba borrosa, como cuando se mira demasiado tiempo a un punto fijo sin parpadear. Eso hacía.

No hay extensión más grande que mi herida...


Al parpadear ya no quedaban almas, de las que todavían tienen cuerpo, a su alrededor. La curiosidad la empujó hacia la tumba y leyó. Resonó Serrat en sus oídos. Tenía dieciséis otra vez. Y él no hacía más que rebobinar el cassette del coche para volver a escuchar la elegía. Se quitó la pamela, como si él fuera a verla así mejor, y tiró las gafas encima, como si así fuera a verle mejor. Como si así él pudiera ver sus ojos. Como si aún estuviera susurrándole al oído. Por fin, estaba llorando.

y siento más tu muerte que mi vida...

Si aún quedaba alguien por detrás, no se giró a mirarle. Se agachó sobre su tumba y donde intuyó oído, entonó:

A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Cuando se marchó, fue sin pamela y sin gafas de sol, y para secarse las lágrimas, dejó tirados en la primera esquina los estériles guantes de cuero.


lunes, 31 de agosto de 2009

Y sin embargo...


- No tengo intención de parar hasta que lo consiga. No tengo intención de parar hasta que lo consiga. No tengo intención de parar hasta que lo consiga. No tengo intención de parar hasta que lo consiga.
- Está bien. Eres dura ¿eh?
- Ya, es lo que pasa cuando te metes aquí – se señala entre ceja y ceja-.
- ¿Y por qué estoy ahí?
- No lo sé, es lo que trato de averiguar. Qué cojones has hecho, o en qué pensaba yo mientras lo hacías, o no lo hacías, que es lo más probable, que todo esto me lo esté inventando yo, para meterte ahí.
- Soy fruto de tu imaginación.
- Sería probable. Lo cual, me desagradaría en exceso, porque el placer de la locura sólo el loco la conoce, y mi placer linda bastante con transformar en real lo imaginario y creerme la reina del mambo, también la princesa del cuento, a la que le ocurren ese tipo de cosas que la gente no suele planear ni siquiera calcular en las posibilidades de su destino. Cuando alguien te dice eso de “esto sólo me pasa contigo”, pues a mí me pasa muy a menudo, que me lo dicen, porque yo ha llegado un punto de locura, o vete tú a saber, racionalidad y realismo, en que no acierto a distinguir cuáles de las cosas que me pasan pertenecerían a la categoría de lo increíble.
- Esto sólo me pasa contigo.
- Ya, pero esto sí lo distingo.
- ¿Es real?
- Es tan real que parece imaginado. O está tan bien imaginado que parece real.
- Has dicho que sí lo distinguías.
- Ya, pero es que eso depende de lo que tú hagas, o de lo que no hagas, pero de lo que yo esté pensando o imaginando mientras tú haces, deshaces, o te quedas ahí parado.
- Bien.
- De todas formas, yo suelo decir demasiadas tonterías, o no, más bien suelo decir cosas que no vienen para nada al caso. Eso es. Instalarme en los cerros de Úbeda sería lo preciso.
- Esto no puede ser real.
- Y sin embargo, gira.

viernes, 3 de julio de 2009

Creo en mí


Necesitaba que se lo recordaran, en el fondo era simplemente eso. Recuérdame que crees en mí. Que soy al menos una de las veinte fuerzas que mueven tu mundo. Simplemente eso. Así de fácil, o al menos, aparentemente fácil.
Era como convertirse en parte de algo, era como ser consciente de que uno vive porque existen el oxígeno y el agua, y que la independencia es en verdad una mentira mucho más grave que cualquier otra, porque nadie lo sabe. Que alguien le recordara que creía en ella, o en mí, eso es lo de menos. Le daba vida, le insuflaba las bocanadas suficientes como para recordar cómo se respiraba. Eso no era exactamente perfecto, nunca he creído que lo fuera, pero como la independencia es mentira y tengo, o ella tiene, el privilegio de conocer la máxima, podía permitírselo.
Osea que para cualquier mente delante de mí o de ella éramos uno de esos seres dependientes que tiran del amor como los parapléjicos tiran de silla de ruedas. Éramos una niña, uno de esos seres incordio que están siempre por el medio y no saben hacer nada solos. O aún peor, para el inmenso tanto por ciento, hijo del capitalismo y el amor propio, éramos alguien que no se quería.
Pero me daba igual, a estas alturas ya tengo muy claro que lo más importante son los demás. Me quiero demasiado como para exigirme aprovechar todas las oportunidades y ser la primera en todo, la mejor.
Sólo había que recordárselo. Y por supuesto, sólo existe un número determinado de personas capaces de ello. Algunas estaban usadas, del día a día, de las ocasiones en que ella se rompía como una copa de cristal bohemio (en manos de individuo ebrio). Y había una, una persona que probablemente la hubiera desterrado desde la complicidad de los amantes que ya es casi mentira, hasta el estúpido terreno del “¿Cómo te va todo?”. Pero en esa pregunta, en esa conversación absurda en la que a todos todo le va estupendamente bien, y están de puta madre, hay, detrás, al fondo, a la izquierda, dos sonrisas que acaban de conectar, acaban de follarse la una a la otra de la manera más salvaje, se están abrazando, se besan y se dicen lo muchísimo que se han echado de menos todos estos meses, y sólo después, cuando todo lo estupendamente genial termine de salir de sus estúpidas y estupendas voces, esas dos sonrisas se reirán hasta que los ojos se vuelvan casi cómplices. Pero justo antes de eso, en el espacio que separa la risa del beso real, esas dos personas se separan. Y era sólo esa persona la que podía devolverle la creencia en sí misma.
Así que a las cuatro de la mañana, antes de que se vistan los que ponen las calles, ella, yo, me levanté y llegué al maldito aeropuerto. A ella siempre le ha encantado maldecir todo, pero ama, adora, venera los jodidos aeropuertos. Le encantan. Maletas que van de una parte a otra, personas que se separan casi para siempre, o que se reencuentran después de años. Y ese sentimiento, la sensación imperceptible y también imperturbable de estar en tierra de nadie.
Aterrizó a las 7,30. La humedad. Pensé “mierda, la humedad de los cojones”. Y me sorprendí, porque yo no pensaba eso, yo no era esa persona, yo sólo maldigo los lugares cuando el lugar es Madrid, cuando está seco o hace demasiado frío. Me corregí, bendita humedad. Y aún transcurrieron días de preparativos, como en las bodas, días de ron, playa, siesta, televisión con series de hace siglos y régimen semi involuntario. Días para preparar el maldito corazón. Pero dio igual, ella empezó a ponerse nerviosa la noche que contactó con la persona, y no podía dormir. Me tembló el corazón, pude notar cómo rebotaba hasta situarse entre las paredes de mi cabeza y dirigirse a todo mi cuerpo desde allí. Empezó a temblar y así estuvo hasta el primer “¿cómo va todo?”. Después su sonrisa, encontró al fondo, a la izquierda, la suya, e hizo el amor con ella. Metió la lengua y la mano, recorrió cada parte que aún existía intacta después de un par de años, debajo de la ropa que veía su voz. Y le abrazó, le abrazó tan fuerte que no podía romperse, que allí estaba a salvo, tan fuerte que estaba más dentro que fuera de él. Y cuando la sonrisa empezó a reírse, a estallar de verdad, cuando la sonrisa empezó a ser consciente de que ese sueño podía ser real y fue en busca de sus ojos para que ellos también se burlaran del “¿cómo va eso?” y decidieran cumplir lo deseado, llegó la cuenta, recoger el coche, y te llevo donde te están esperando, que yo también tengo que irme.
Iba a quedarse sin aire. Porque sí había recordado que él creía en ella, que en el fondo, muy en el fondo, un fondo más allá del que hay a la izquierda, ella era todavía una de las doscientas fuerzas que movían su mundo. Pero no el tiempo suficiente, era la fuerza sí, pero no se lo había recordado el tiempo suficiente como para ser independiente el tiempo más que necesario.

Y así decidió volver a buscarla. La Plaza Redonda. La había buscado varias veces, con personas diferentes. Pero la maldita Plaza Redonda estaba siempre escondida, joder. Casi desistió. A las dos horas casi desistió. Pero preguntó por última vez, y detrás de callejones invadidos injustamente por andamios allí estaba. La Maldita Plaza Redonda, tan pequeña, tan redonda, y mucho más preciosa de lo que le hubiera dado por imaginar. Así que al salir, y volver a casa con la sonrisa que únicamente da la realización, empezó a distinguir entre sus oídos externos e internos una voz. Esa voz, a las diez de la noche, se convirtió en Luz Casal. Pero no se lo decía Luz, era ella misma, era la misma voz que había maldecido la humedad al bajar del avión. Ella misma dependiendo de sí misma insuflándose la vida que le hacía falta para creer en ella misma. Y eso no era amor a sí misma, era poner a los demás siempre por delante. Y seguir el rumbo.

Creo en mí, cada mañana, aunque a veces yo, no crea nada.

martes, 30 de junio de 2009

Negro y tiza


Si al menos pudiera contar los días. Si pudiera por lo menos decir, llevo aquí encerrada dos días y siete horas. Pero dibujar palos en la pared se ha vuelto algo casi tan inútil como arrastrar la garganta por las cuatro rendijas que dan a lo que debe ser un pasillo. "Sacadme de aquí", "Socorro", "Fuego". No sirve de nada.

De vez en cuando -por utilizar algún adverbio de tiempo que no suponga detenerme en mi miserable existencia ignorante de agujas- el mismo encapuchado de siempre entra y saluda con un gesto de su cabeza. Yo devuelvo el movimiento, segundos antes de parpadear en mi negro entorno y hacer desaparecer la barra de bar en la que nuestros culos han rozado asiento. Empiezo a susurrar, a hablar, a gemir, a gritar, a suplicar. No sirve de nada.

Se acerca con el esparadrapo en su mano izquierda, tira de él con la derecha, se agacha y me lo coloca en los labios. Ya no me abofetea, no hace falta, el rollo del celo es como la campana del fin del recreo. Se vuelve hacia la puerta y coge un bote de pintura negro, la brocha, hacia arriba y hacia abajo, cubre todas las paredes. Le miro con los ojos muy abiertos, estos movimientos se me siguen escapando. Pasa así algunos minutos. O quizá sean sólo segundos, o una hora, no lo sé, no hay reloj y el brillo me hipnotiza. Estoy en una habitación negra y sin ventanas, no sé cuánto tiempo llevo aquí, pero él está pintando y yo estoy aquí sentada en el centro, encima de la mesa, inmóvil. No sirve de nada.

Cuando cierra la tapa del bote de pintura siempre parpadeo, me arrastro por el suelo, susurro, hablo, gimo, grito, suplico. Él no me hace caso, saca de su bolsillo tres tizas blancas y las deja junto a la mesa, debajo de la lámpara perenne. ¿Y cómo aguanta tanto tiempo encendida la bombilla? A lo mejor llevo aquí sólo un par de días, o una tarde de domingo. Cuando cierra la puerta yo vuelvo a salir detrás de él, dejo las uñas que ya no tengo marcadas en la puerta y las manos se me quedan negras. No sirve de nada.

Un palo en la pared, y después otro, quizá justo al día siguiente o sólo unas horas más tarde del primero. Dibujo soles, nubes, lluvia, campo. A veces edificios a lo lejos. Hasta que el encapuchado entra y tapa con pintura negra mi pasado, hace retroceder a las agujas de ningún reloj y se marcha. Le oigo decir algo de que puede que no lo entienda nunca. Tres tizas blancas junto a la mesa, debajo de la lámpara perenne. Pero yo no me rindo, aunque no sirva de nada.

Los edificios tienen relojes sin agujas, las madres gritan, y hay un montón de niños perdidos por la pared. Pinta de negro. Las madres vuelven a dibujar sus gritos por las cuatro esquinas, aunque no sirva de nada. Edificios en llamas, soles, lluvia, niños jugando hasta que los encuentren. Vuelve a pintar de negro. Los niños parecen casi felices, sus madres se arrastran de edificio en edificio, una pared, dos, tres, las cuatro. Otras tres tizas. Y cada vez hay menos niños, algunos lloran. Negro y tiza. Son cada vez menos las madres que arrastran sus pies blancos por mis paredes negras, ya no gritan, sólo susurran. Tiza y negro.

¿Hasta cuándo? ¿Cuántos días? El encapuchado sonríe pero se lleva a los niños antes de que sus madres los encuentren y suspiren tranquilas. La desesperación me embadurna en las paredes recién pintadas. Les he oído hablar de nuevo en este rato, o estos días. Van a deshacerse de mí. Mañana por la noche, ¿cuándo es mañana por la noche? Ni siquiera unas agujas de reloj servirían para nada hoy.

Corro de una pared a la otra, intento estallar mi cabeza, la nariz, doblarme los brazos. El encapuchado ha entrado varias veces hoy. Pinta las paredes, negro, tres tizas. Tengo que conseguirlo como sea, aguanto la respiración. Afilo las tizas para cortarme las venas, en vertical. Pinta las paredes, negro, tres tizas. No serán ellos los que acaben conmigo. Vuelvo a malgastar otra tiza, el polvo se acumula en una de las cuatro esquinas. Tengo un plan.

Deshago dos tizas en la mesa, se pueden hacer unas cuarenta rayas. Ahora sí. La primera fue la más difícil, parte del polvo se cayó al suelo, y el resto se me quedó pegado por la cara. Con la segunda fue más fácil, no derramé ni una sola mota. A la décima empecé a sangrar por la nariz, cuando llevaba veinte casi no podía respirar, la habitación empezaba a dar vueltas, a ser cada vez más pequeña. Decidí levantarme y dar uso a la última tiza. Dibujo en la pared una madre que encuentra a su hijo. No puedo parar de toser. Pero el dibujo está en la pared, la madre abraza muy fuerte a su hijo, los dos sonríen. Me caigo al suelo, los ojos en blanco. Pero la madre por fin ha encontrado a su niño y se dirige hacia la puerta. Aunque no sirva de nada.

Al rato, o quizá mañana por la noche, el encapuchado entra en la habitación, susurra un “por fin” penetrante, y se acerca a mi cuerpo. Mira el dibujo y dispara una lágrima, aunque no sirva de nada.

martes, 2 de junio de 2009

- ¿Cuándo dejaste de quererme?
- No lo sé.

No lo sabe.

- ¿Hay otro?
- No seas clásico, no hay otro.

Y no lo hay.

- ¿Entonces? No lo entiendo.
- Yo tampoco.

Y no lo entiende.

- Explícamelo.
- No puedo explicar lo que ni siquiera yo entiendo.

Y no lo entiende.

- ¿Y qué vas a hacer?
- Dejarte. Tú eres clásico y yo moderna.

Y le deja. O posmoderna

martes, 26 de mayo de 2009


Mira que le tengo dicho que no. No. Buscar desesperadamente el mar entre cuatro paredes. No. La fresa en la sección Desinfectantes. No. Le he dicho un montón de veces que nada de girar el volante del coche en dirección a su casa, a su trabajo, al bar en el que todos los martes a las siete, él toma café. Descafeinado. De máquina. Con semidesnatada. Y tres cubitos de hielo. He escondido debajo de un montón de escombros de papel, pastillas, sábanas, cuadros y pósters todas las fotos. Y las encuentra, le da puetazos a mis oídos, no piensa quedarse ahí, quietecito, hasta que mis oídos no les digan a mis manos que tengo que pulsar el play. Escuchar esa estúpida canción. Ni siquiera me gusta demasiado, es para tontos enamorados. Y no. Sigue empeñándose en buscar el mar, en reventarme los oídos cuando ven las fotos, en que me exploten los ojos con la estupidísima canción. La absurda melancolía, la triste comodidad de estar triste. Como si en algún momento, el chico que toma café los martes a las siete fuera a parecerse en algo a Kurt Cobain.

Yo le digo que no, fuerza, no. Que no, que ni giro el volante, ni le doy al play, ni me apetece bañarme en el mar ahora, con el frío que hace. Ya no es temporada de fresas.

Pero debajo del colchón hay una canción que el viejo del acordeón toca en el metro, mientras tu estúpida foto magnetiza el puto volante hacia los martes. Descafeinados. Siete de la tarde en una máquina imperfecta. Semidesnatada. Y le da al play, y mastica fresas con hielo, y se le rompen los dientes porque está tan triste que ni Kurt Cobain se haría más daño.

Jodido corazón.

martes, 12 de mayo de 2009

El Fin


Todavía no entra la luz del Sol por las rendijas de la persiana. Son como pinchazos, pequeños pero repartidos por todo el cuerpo. Cuando el Sol salga se levantará, hará la cama, llenará la maleta de lo imprescindible y saldrá por la puerta. Sin despertadores ni móviles, ni portátiles destroza miradas. Quiere ver El Retiro con sus propios ojos, y no con los de Google Earth, respirar el olor de la hierba, el tacto frío aunque haga calor. Y ver a las guiris, con el bikini puesto, leer mientras hierven, como si se hubieran echado mantequilla encima. Cuando salga el Sol.

Y el Sol poco a poco va conquistando la habitación de Eva. Pero es que las sábanas están tan suaves, el edredón le cubre tanto, y hacía tanto tiempo que no dormía ocho horas seguidas…Sonríe que parece que le va a estallar la cara, estira los brazos, toca el cielo y como si fuera a romperse, porcelana, apoya primero el pie derecho, después el izquierdo, en el suelo. Frío. Primer nudo en la garganta. Un par de llamadas perdidas en el móvil. Llega hasta la maleta y la abre, la cierra, la vuelve a abrir, la vuelva a cerrar, se muerde las uñas, se sienta en la cama y se queda con la mirada clavada en la puerta del armario, el móvil entre las manos. Alberto, llamar, colgar. El Sol ya es dueño de la habitación, entrecierra los ojos, las rendijas taladran. Respira hondo, pega un salto y abre armario, cajones, maleta. Jersey rojo, negro y gris, las cuatro camisetas de siempre, un par de vaqueros, la falda de cuadros. Y no hace falta nada más, el Sol está fuera de la habitación.

El Sol se ha librado de las rendijas, en la calle huele a verano, petunias y almendros. Las ruedas de la maleta contra el asfalto suenan cada vez más, suenan a “miradme, estoy huyendo”. Las miradas de la gente traspasan la tela de la maleta, como si estuviera prohibido andar con maletas por la mañana, como si todos supieran su plan. Respira, se echa el pelo hacia atrás y levanta la cabeza, el nudo de la garganta aprieta cada vez más. El ruido y las miradas empujan a Eva hasta la calzada, levantan su brazo y hacen parar a un taxi. “A la estación de autobuses, por favor”.

El taxista desliza el parasol hacia abajo, el Sol desaparece. Una, dos, cinco, siete llamadas. Alberto. El Sol se ha escondido. Ocho, doce. Atasco en el centro, hora punta, cientos, quizá miles de coches malhumorados van cambiando de carril con movimiento de sanguijuela. Quince. Si se baja ahora, el Barclays está sólo a diez minutos andando. Diecisiete llamadas, más humo de los coches, pitidos ensordecedores. No hay Sol, está detrás del coche, de los árboles, y de la campana negra que hay encima de la ciudad. “Mejor me deja aquí”. Se baja, abre el maletero y emprende el rumbo al banco. El nudo se disuelve, deja a paso a la señora culpa y don remordimiento. Veinte llamadas perdidas. Acelera el paso, podría llegar al banco en cinco minutos si se diera prisa.

Hace demasiado calor para estas carreras. El Sol podría derretirla, pero la puerta del banco está ahí, al doblar la esquina, a la sombra. Vuelve a sacar el móvil, ve la llamada veintiuno. Frena en seco, como una conductora novel que no hubiera visto el atasco. ¿Cómo? Casi había rozado el mango de la puerta con las manos, lo estaba acariciando. Media vuelta. Vuelve a respirar y camina despacio, marcando cada paso como si fuera una trapecista con soltura y red debajo. Un par de abuelas la miran al volver a doblar la misma esquina en sentido contrario, y darse de bruces con el Sol. Las mira fijamente, saca la lengua y continúa caminando, más despacio todavía. Saca el móvil del bolsillo, y con la suavidad de las guiris del Retiro, deposita la llamada veintitrés en una ilustre papelera.

viernes, 1 de mayo de 2009

Déjame


Déjame tirada en la primera curva de la última carretera. Explótame, estállame por dentro y hazme desaparecer en el aire. Fusílame, pégame doscientos setenta y siete tiros, exactos, del primero hasta el último. Reviéntame, no dejes ni un solo espacio de mí limpio, entero. Pulverízame, hasta que desaparezca, córtame en pedacitos y escóndeme en las paredes. Bésate con otras en mis narices y no me mires. Mándame a la mierda doscientas setenta y siete veces, exactas. Grita basta, sal corriendo y déjame sola en el bar, no pagues la cerveza, hazme a mí pagar la cuenta. Escúpeme en las gafas nuevas, rómpelas después, pisotéame todos los átomos del alma, radiografíame y no te dejes nada. Échame el humo en los ojos y la copa de vino tinto en el vestido blanco. Putéame, no me vengas a buscar, no me llames, cuélgame, no contestes nunca, pasa por delante de mi calle algunos días y que yo lo sepa, para verte pasar sabiendo que no me has recordado en ni uno solo de los metros que tus pies han recorrido.

Pero no me dejes tirada en la última curva de la primera carretera. No me manches el vestido y lo laves luego, no me dejes tirada en el bar con la cuenta pagada, no me explotes por partes, no pulverices sólo lo que te da la gana, no me mires cuando besas a otras, no te calles y sigue gritando, no te gires uno de los infinitos días que pasas por mi calle y me busques entre los geranios.

Y sobre todo, no dispares sólo doscientas setenta y seis veces.

miércoles, 29 de abril de 2009

Prudencia


- Y ¿qué tal si usamos la prudencia?
- ¿Desde cuándo?
- Desde ya.
- ¿Tú sabes lo que es?
- No exactamente, habrá que investigar, ponernos a ser prudentes.
- A ser prudentes ahora. Exactamente ahora, no creo que puedan existir las palabras “investigación” “prudencia” y “ahora” en la misma propuesta.
- ¿Por qué estás tan negativa?
- ¿Y por qué no?
- Siempre contestas a mis preguntas con más preguntas. Me descolocas.
- Y sufres y lloras, pobre. Soy mala, malísima, me siento mal cuando cojo el coche y no el transporte público. Me siento mal al escribir esto y no ponerme a estudiar las gilipolleces que olvidaré con el primer cocktail mallorquín. Me siento mal cuando no hablo con todo el mundo y no aprovecho las cientos de miles de oportunidades que se suceden siempre en el mismo instante, La bidireccionalidad me hace sentir mal, casi más que la bipolaridad trepante de entrañas mías. Qué mala soy, malísima porque he perdido ya dos jerseys, un par de chaquetas, el papel, el paquete de tabaco, las llaves, teléfonos móviles, me siento mal mujer, mal por estar cansada, por haberme quedado viendo a Buenafuente hasta las tantas soñando que algún día encontraré a alguien tan socarrón como él que me haga sentir bien, bien, genial, estupenda y maravillosa todas las horas, y dejarán de pasar las oportunidades por delante de mis narices, implacables como los trenes de mercancías esperando a que me suba en marcha. Esas putas oportunidades que dejan la pelota en mi tejado y me señalan con el dedo, como si sólo yo, y es verdad, sólo yo, tuviera toda la decisión de subirme o quedarme mirando, o girarme a esperar a otra oportunidad descarada y desesperante. Me siento mal por todo, y por todos.
- No debieras.
- Lo sé, lo sé y eso es lo peor de todo. Que sé que La Guerra de las Galaxias recaudó tres mil millones de dólares sólo en merchandising, que la tercera parte es lo que el inútil G-20 quiere invertir en sacarnos de la crisis, que lo repartirán además entre los bancos y no entre los millones de parados, que El País y El Mundo deberían ser ilegales por mentirosos y manipuladores, y que ni siquiera el uno por ciento de los españoles llegará a saberlo nunca por su fe socialista o popular, que no sabrán que son los mismos perros con distintos collares. Que quien debiera sentirse mal ahora es el Rey, porque ni siquiera el cero coma trescientos sesenta y seis por ciento de la población que vive bajo el dignamente establecido umbral de la pobreza llegará a ver un céntimo de esos mil millones de dólares. Ni siquiera verán la Guerra de las Galaxias, y el cuento del umbral de la pobreza me lo cuentan para que tome conciencia, ahorre agua y compre bombillas de bajo consumo, cuando se gastan tres millones en trajes de Milano y es sólo la punta del Iceberg, que me duche y no me bañe, que no tire la comida. Me hacen sentir mal y responsable, como si fueran esos malditos trenes de las oportunidades que me miran sin pedirme que suba, que dejan en mis manos toda la decisión, toda la decisión y nunca una milésima del poder para meterles una bomba de racimo debajo del colchón.
- Podrías hacerlo, aunque no sin responsabilidades.
- Prefieren tenerme enganchada al Tuenti.
- ¡Qué asco! Vamos a tirar huevos a la Moncloa.
- ¿Y la prudencia?
- A tomar por culo la prudencia amiga, a tomar por el santísimo culo.

lunes, 27 de abril de 2009

Quiero...


- Quiero un novio, un novio que me dé la mano y paseos por el parque.
- Mentirosa.
- Es verdad, no quiero follar, quiero que me dé la mano y pasear.
- ¡Pero tía!
- Es verdad, cojones, ¿por qué no me creéis?
- ¡Porque hace un momento has señalado al de la pantalla y has dicho que te lo querías follar!
- Ah...ya...bueno...pero después del paseo por el parque. De muchos paseos por el parque, después de esa tensión preliminar a los preliminares, las cenas, los mensajes por la noche, los descaros, frenar el coche en mitad de la calle y besarme. Ese tipo de cosas. Ese tipo de cosas como viajar de noche, a ninguna parte y a todas, a hostales perdidos de la mano de la Tierra, películas americanas independientes de los ochenta, Spike Lee, que comprenda a Tarantino. No quiero un tío al que tenga que presentarle a Rapsus o a Kase, quiero que los conozca ya. Que sea interesante, que me dé sorpresas, no un ramo de flores en el Diario de Patricia, no ese tipo de sorpresas. Luego ya sí quiero sexo, salvaje, desenfrenado, quiero despertarme al lado de él y estar haciendo el amor, toda, toda, toda la jodida mañana. Y toda la noche, y toda la vida. Quiero que estemos desnudos veinticinco horas al día, ocho días a la semana.
- Eso que dices es amor verdadero, y es imposible.
- Sólo el amor imposible es verdadero.

sábado, 28 de marzo de 2009

Destino Oviedo


A las seis sonó el despertador, había vuelto a soñar con él y sólo llevábamos separados una semana. Pedro, asturiano, metro ochenta, cuerpo atlético, ingeniero de caminos y pelo largo al que agarrarse en los momentos de mayor pasión. Estaba empapada, caliente y maldiciendo que él no durmiera al lado para rozarle con la punta de los dedos mi juguete y despertarle lamiendo su oreja para que me llenara con todo su…amor. Estaba hasta las narices de masturbarme, no servía de nada, me quedaba frustrada porque quería tenerlo entre mis piernas en el momento de correrme, morder su hombro, gritar y que no parara de mirarme complacido. Gritar todavía más, sé que eso le gustaba, y dejar que me empujara con mucha fuerza, cada vez más fuerte que la anterior, hasta que me doliera. Si eran las seis me quedaban, por lo menos, diez horas de calentón hasta poder estallar como fuegos artificiales.
No iba a dejar que Pedro me recogiera en la estación, me llevara a casa y me dejara con castos besos en el portal de casa de mis padres, no, quería tirármelo allí mismo, en la dársena, delante de todo el mundo. Pero seguro que no quería, Pedro y su sentido de la responsabilidad iban a dejarme con las ganas hasta el día siguiente. Eso había que impedirlo. Solución, a tomar por culo la ropa interior. Tenía que ponérsela muy dura y arrastrarle hasta los baños de la estación.
El viento se me colaba entre las piernas al salir de casa, me hacía cosquillas, pero no me enfriaba. Estaba cada vez más caliente, imaginaba la cara de Pedro cuando le cogiera la mano y la guiara debajo de mi falda, debajo del jersey. Le guiñaría un ojo, acariciaría su pene por encima del pantalón, descaradamente, y me lo llevaría a los baños, o a su coche, no podría decirme que no. Estaba incluso dispuesta a chupársela mientras conducía. Dios mío, qué mala es la abstención.
Atención, próximo autobús de la empresa Alsa con destino Oviedo efectuará su salida a las dieciséis cero cero desde la dársena treinta y nueve. Treinta nueve grados los que llevaba yo encima y debajo del jersey. Asiento cuarenta y cinco, en la última fila y en ventana. Perfecto, de momento no tenía compañeros, barajé incluso la posibilidad de masturbarme allí, en público, para aguantar las seis horas que me quedaban de arduo trayecto hasta mi gloria sexual. Pero cuando empecé a imaginarme con los ojos cerrados y la mano entre las piernas mientras el resto de los pasajeros veían las estúpidas películas de domingo a las tres de la tarde en Navidad, que tanto le gustan a Alsa, subió un chico con el asiento cuarenta y cuatro. Mierda, yo ya no me atrevía a tanto, no soy tan golfa, ¿o sí? Me saludó, ocupó su asiento y me miró fijamente por debajo de la barbilla, ¿me está mirando las tetas?
- Perdona, ¿quieres que quite el aire acondicionado?
No me había fijado, con la tontería de no ponerme ropa interior los pezones me atravesaban el jersey, duros y dispuestos a partir rocas si fuera preciso. Pero vamos a jugar un rato, quedan seis horas.
- No gracias, estoy muy a gusto así.- me quité el pañuelo y lo guardé en el bolso, mi escote lucía más.
Era bastante guapo, tenía un piercing en el labio que yo ya me imaginaba recorriendo mi vagina y el pelo muy corto, rapado hacía poco, lástima. Ojalá Pedro nunca se lo corte.
El autobús arrancó, decidí que sería mejor dormir un poco, estar descansada, sino iba a acabar montando una orgía con todo el autobús, abuelos incluidos, ya me daba igual. Me giré hacia la ventana, encogí las piernas y le di la espalda al chico guapo. Aquella posición no hacía sino empeorar las cosas, aumentaba la presión sobre mi clítoris y multiplicaba las imágenes seductoras que pasaban por mi mente: Pedro lamiéndome los pezones, yo encima de Pedro, el chico guapo mirándonos a punto de participar, los dos al lado de mí, como esclavos sexuales, el chico acariciándome…un momento. Hay algo de cierto en todo esto, el tío me está acariciando.
En efecto, debía de pensar que yo estaba dormida, pero paseaba su dedo de un lado a otro de mi espalda, en ese espacio entre el final de mi jersey y el principio de mi falda que había dejado al desnudo, y cada vez que se aproximaba a los extremos me producía escalofríos. Intentaba aguantar, que no se notara que yo más que dormida estaba a punto de girarme y tirarme sobre él. Pero no pude resistir y temblé en la última de sus aproximaciones. Se fue acercando poco a poco a mí, hasta casi solaparse, su mano había pasado hacia la parte de delante y se colaba por mi ombligo, estaba tan cerca que había empezado a notar su miembro erecto, clavado en una de mis nalgas.
¿Esto serán cuernos? Antes de que mi cerebro gritara sí, sus labios se acercaron a mi nuca, me lamía y después respiraba, ese frío, remarcado por su maldito piercing metálico me impedía pensar en nada. Perdí el control, mi mano izquierda agarró su culo y lo empujó hacia mí, acércate más, hasta que me hagas cardenales con tu pene, de dimensiones ya bastante creciditas, dispuesto también a partir rocas. Mi mano derecha agarró la suya, la sacó de mi obligo y la hizo bajar hasta contactar con mi clítoris, le enseñé los movimientos, acompasados, mi mano con la suya, así. Me mordía los labios a mí misma o a la ventana, estaba casi empotrada contra ella, él me mordía el cuello y empezaba a moverse, empujándome contra el cristal, con su mano libre me agarró de los pezones, los retorcía y susurraba, a lo mejor no era frío lo que tenías, sino unas ganas de follar increíbles. Yo decía que sí, a todo que sí.
Atención, vamos a efectuar una parada de veinticinco minutos.
Abrí los ojos. Todos los pasajeros iban a empezar a levantarse, el chico guapo apartó sus hábiles manos de mí, yo me recoloqué el jersey, allí no había pasado nada. Pedro, pobre Pedro, esto eran cuernos, o casi, porque no nos habíamos besado ni siquiera. Ahora mismo voy al baño, me masturbo y punto, en veinticinco minutos da tiempo de sobra. Pobre Pedro.
La cola en el baño de mujeres era, para variar, monumental. El chico del autobús pasó a mi lado, me rozó la espalda y se metió en el baño. Esperé sin moverme de la cola. Salió, me agarró de la mano, y yo me dejé llevar, no tenía ganas de mear realmente. Salimos de la gasolinera y fuimos a la parte de atrás, había uno de esos bancos de ladrillo que nacen de la pared, pero antes de llegar a él me mordió el lóbulo de la oreja, bajó por mi cuello y metió las dos manos por debajo de mi jersey. Yo le ayudé y me lo quité, me quedé desnuda en mitad de aquel descampado, ni siquiera me había puesto una camiseta debajo. Él empezó a bajar, se desabrochó los pantalones y sacó su enorme pene fuera. Nunca había visto uno tan grande, era demasiado enorme, así que me agaché y me lo metí entero en la boca, era increíble, no podía parar de lamerlo, de arriba abajo una y otra vez, le daba pequeños mordiscos y después lo besaba, mientras él con sus largos brazos seguía acariciándome las tetas. Me agarró muy fuerte y me hizo subir, me llevó hasta al banco, me sentó y se agachó. Por fin, pude sentir como su piercing recorría mis labios mayores, los menores, se aferraba a mi clítoris y succionaba. Estábamos en un descampado, empecé a gritar porque ya no me aguantaba.
Atención a los pasajeros procedentes de Madrid, con destino Oviedo, el autobús va a efectuar su salida en breves momentos.
Mierda, mierda, en el mejor momento. No podía marcharme de allí sin cabalgar sobre ese enorme pene, daba igual si no me corría, me quedaban por lo menos tres horas más de autobús para rebozarme en la última fila. Así que lo saqué de entre mis piernas, le senté en el banco y me puse encima. Nunca me habían llenado tanto, su cabeza se perdía entre mis tetas, yo le agarraba, no tiene melena, y qué, y qué, y qué, el tacto de su pelo pinchudo es mucho más placentero. Tan placentero que a los diez segundos yo ya caminaba por la gloria, gritaba sin parar mientras él se movía más deprisa y luego más despacio, también se había corrido. Pero no le besé, me buscó la boca y yo le ofrecí mi cuello.
Recogí mi jersey, me lo puse y volví a mi asiento. Después llego él, se sentó a mi lado y apenas cruzamos algunas palabras, yo me quedé dormida después, no sé si volvió a acariciarme. El autobús llegó a Oviedo y bajamos los dos, sin despedirnos ni siquiera, pero al bajar las escaleras me tocó el culo, lo agarró con fuerza, como si fuera a echarlo de menos y me empujó hacia delante. Allí estaba Pedro, me besó y recogió mi maleta. Dijo algo como que iba al baño, que si le acompañaba, y yo, con la mirada fija en el chico guapo contesté que no, que le esperaba allí. El chico guapo me guiñó un ojo y señaló su bolsillo. Busqué en el mío y encontré una nota: “¿Cuándo repetimos? Vuelvo a Madrid el domingo, en el bus de las seis”. Cuando levanté la vista ya había desaparecido, y Pedro volvía del baño.
- Cariño, acompáñame a la taquilla, que voy a cambiar el billete para volver a Madrid el domingo a las seis, que sino luego al día siguiente estoy reventada. Y por cierto, te podrías rapar el pelo, te quedaría mejor, ¿no?

jueves, 12 de marzo de 2009

¿Bajar o no bajar?


¿Y si me bajo del autobús? Es lo que debería hacer ¿no? pero cómo me voy a bajar, a mi se me va la olla, se me ha ido y no ha vuelto todavía. No me puedo bajar. Porque no puedo ¿no? perdería 43 euros de billete de ida y vuelta. Y me bajo y ¿qué? ¿qué hago en mitad de la A-2? ¿Autostop? Que no, no me puedo bajar. Menudo pestazo a Channel nº 7 que lleva la abuela, seguro que además ni se ha dado cuenta. No me voy a bajar, si además a mí me encantan los viajes en autobús que puedes dormir, leer, escuchar música, estoy en tierra de nadie, qué cómodo es esto. ¿Cómo se baja el mango para apoyarme? Y la abuela de Channel, con el brazo ahí puesto, me gustaría poner el mío también, qué egoísta. ¿Y si me bajo? Los 43 euros, ah sí, no me puedo bajar por razones económicas ¿desde cuándo? Pero oye, que son 43, ni 34 ni 13, 43, la ida y la vuelta, si me bajo ahora pierdo…más de la mitad…nada. Pero y yo qué hago aquí, si encima me ha dejado él. No puedo estar contigo cariño, lo siento, es que me agobio, esto de las relaciones a distancia no es para mí, gilipollas, eso lo sabes ahora después de tres meses. Y yo aquí, cual imbécil de libro, a lo romántico imposible a recuperar el amor, pero qué amor ni qué ocho cuartos, idiota, idiota que no me has querido nunca. Como me vuelva a rozar con el codo la mando con channel a diseñar perfumes. ¿Y si me mareo y acabo vomitando? A ver como vuelvo yo esta noche, y a ver quien me viene a buscar, porque a esas horas no hay metro. Me tengo que bajar, me tengo que bajar porque no puedo llegar a casa. No, no, me bajo porque este tío es gilipollas, porque yo valgo todos esos frascos de perfume, por lo menos cien mil, y este imbécil no lo sabe. Venga, con todo lo que yo he hecho por él. Pero si yo le quiero, le quiero tanto. No me puedo bajar, tengo que luchar por él, a lo mejor no le he enseñado todas mis cartas. Si yo viviera en Zaragoza, ay, si yo viviera en Zaragoza, otro gallo nos habría cantado, la culpa la tiene la ex, zorra, zorra, zorra. No, no, no, no el channel de mercadillo lo debo llevar en los pulmones incrustrado, la culpa la tiene él, cabrón, corporativismo femenino, sí, no te dejes dominar, no, amor no, a tomar por culo ese yo. La cabeza fría, la cabeza fría, mierda, me he dejado las cubiteras fuera de la nevera, ya no tengo hielos para mañana, y qué, yo para qué quiero hielos, para ponérmelos de gorro, o ponérselos a la abuela esta. Seguro que se ríe con esto cuando se lo cuente, la abuela que he llevado cuatro horas al lado, no veas, no me escucha, deja de mirar al frente, que es importante, menuda conversación vacía hablando de todo y de nada menuda mierda si no me estás escuchando y yo a ti tampoco pero ninguno va a sacar el tema. Pues habrá que sacarlo, porque tengo exactamente, a ver, llego sobre las 12 si no hay atasco, no antes, a las 11,30 y me voy, a qué hora me voy, dónde habré dejado yo el puto papelito de la compañía ésta, eh, no me acuerdo, vale, aquí está, 21,30 vale entonces son diez horas, no, sí, diez horas. Diez horas para decirle que le quiero, que lo quiero intentar. Imposible. Voy a matar a esta abuela como me vuelva a rozar con el codo. Me la cargo. Me cargo a todos, qué gilipollas, gilipollas integral, integral. Parada de descanso, qué, veinte minutos, en Medinaceli, de puta madre, en Medinaceli y con una abuela con Channel número 7, y un novio, ya no es novio, ya no es, no, al que le voy a suplicar. Suplicar, yo, suplicar. Y una mierda, que no, que no suplico. Y si…já, área de descanso, este bus va a Zaragoza, pero ese de allí viene de Zaragoza y va a Madrid… a la mierda los 43 euros, a la mierda, que venga él a Madrid, que venga él, yo me subo, me subo, ¿que ya sale el autobús para Madrid? Perfecto, perfecto, a las 12 estoy allí, a lo mejor si cancelo el de vuelta me devuelven algo, y si no que se lo queden, se los regalo. Y preguntarán por mí, ¿no? la abuela por lo menos, joder, después de dar el coñazo, a lo mejor no salen porque falta el siento diecialgo. Pues que falte, que les jodan, me quiero a mí y solamente a mí, claro, buen momento para empezar, joder un autobús. Pues se irán, y aquí habrá sitio, me subo la última, hay sitio, hay sitio ahí al final, guau, ¿me podía salir mejor? Me autoconvenzo, pero qué, que no hace falta, que esta es la decisión correcta ¿no? ¿cómo se baja el mango? Ahá, qué bien, sin abuelas, a ver, no huele, no hay Channel barato ni abuelas venidas a menos, qué guay, sí, sí, era la dirección correcta, bajarse, bajarse. Me quedo si ver el Ebro, pero oye, para mañana tengo hielos seguro.

martes, 3 de marzo de 2009

Día Rojo


Recuerdo perfectamente cada segundo del día que pasé con Manuel, desde este cochambroso ático en París. Las paredes desconchadas se me caen encima cada vez que pienso en esta vida de mierda que nos tocó. Que sólo me regaló un día. Doy un sorbo más a esta copa de vino de mesa francés y fijo mis ojos en la bandera que está cerca de la ventana. Sí, lo recuerdo todo.

El minuto más feliz de toda mi vida. No es muy difícil saber que fue ése, esta vida perra no me ha regalado muchos más. Pero aquel catorce de abril de 1931 éramos tan grandes que bailábamos y saltábamos fuera de nuestro cuerpo. Gritaba tanto detrás de una sonrisa tan inmensa, que no sé cómo, pero llegué a engancharme con las piernas a las caderas de Manuel como si estuviera preparado aquel perfecto engranaje. ¡Viva la República! ¡Vivan los hombres que nos traen la ley! ¡Libertad! Entre todos eso gritos alegres y desesperados, liberados después de vivir debajo de tantos zapatos de alta alcurnia, Manuel me besó y multiplicó mi sonrisa por todos los segundos. No he visto nunca una Puerta del Sol más viva, ni más llena de calor, una camisa roja más bonita que la de Manuel. No había sentido nunca como en aquel momento, que ése era el primer día del resto de mi vida.

No dejamos de gritar, cantar y sonreír hasta pasadas algunas horas, con la energía inagotable que dan los sueños inalcanzables cumplidos. Y borrachos, también de vino, ¡Viva la República! Aquella noche, Manuel, que no había dejado de besarme como si me conociera de toda la vida, como si no existieran más días en nuestras vidas, me invitó a su casa. Y yo estaba en ese momento tan enamorada de la vida, de su camisa y de mañana, que acepté. Caminamos y corrimos por todas las calles de Madrid, dándonos la mano, abrazados, levantando el puño al aire y gritando ¡salud! a todos los que se cruzaban en nuestro camino. Bailábamos al andar, mis piernas se cruzaban con las suyas, con sus besos.

Recuerdo tan bien aquella noche, que no puedo creer que ahora los pies que se cruzaban en el rellano del portal, vivan en suelo francés. Mientras buscaba las llaves en alguno de sus bolsillos, me besaba, se reía, con aquellos dientes perfectos, y yo le ayudaba con mi sonrisa inocente y mis manos traviesas a buscarlas. Las introdujo en la cerradura y yo empujé la puerta con la espalda. Y antes de rozar la puerta de su habitación, mi ropa y la suya ya habían desaparecido, como si fuera el último minuto y tuviéramos siempre prisa. ¡Libertad! A susurros, caricias y suspiros, nos dormimos abrazados. Poco a poco y a la vez.

Pero yo me desperté antes, vi la luz de la mañana, abrí mucho más los ojos y al segundo estaba ya fuera de la cama, casi vestida y mirando por la ventana en busca de algún reloj que me indicara la maldita hora. Y a pesar de todas mis prisas, y de la cara furiosa y enrojecida de mi padre que se aparecía cada dos segundos delante de mis ojos, me dio tiempo a besarle, a susurrar algo parecido a un te quiero, y quedarme mirándolo algunos segundos más desde el marco de la puerta. Luego corrí, tanto que parecía que tenía ganas de que mi padre me reventara los oídos con sus gritos sobre la típica confusión juvenil entre libertad y libertinaje.

Aun castigada no tardé demasiado en acercarme otra vez al portal de Manuel. Esperé a que entrara algún vecino, subí las escaleras de tres en tres, y jadeando llamé a su puerta. Volví a llamar, llamé varias veces. Me senté al lado de la puerta y esperé. Una hora. Dos. Volví al día siguiente, esperaba a que entrara o saliera un vecino y repetía, llegué a hacerme un hueco en las paredes del descansillo del tercer piso. Aquel no era e piso de Manuel, o eso decía el buzón La portera me seguía con unos ojos que se salían cada día más, y una nariz que cada día respiraba más fuerte al olerme pasar, así que perdí la esperanza. Pero le veía por todas partes, con su camisa roja, veía su cara en la de todos los hombres que se cruzaban en mi camino, todos los días.

Y lloré, lloré casi todos los días que duró la República, lloré tanto que el Manzanares se moría de envidia con mi caudal.

Cuando la República nos empujó en trenes a Valencia, alguien, con esa camisa roja que yo veía por todas partes, se acercó hasta mí y me susurró un te quiere, lo han detenido, te quiere, te ha buscado todo este tiempo.

No he vuelto jamás a pisar Madrid, ni a ver una camisa roja, aunque su cara sigue estando también en la de los parisinos. Y esta copa de vino francés de mesa no se acaba nunca.

Vuelvo a rellenarla, intentando volver a emborracharme como en aquellos días.

jueves, 12 de febrero de 2009

Palacete


Aquella monja tenía las manos llenas de alambres, los ojos pegados a la cara, como si no pertenecieran a ella y más que nariz, un gancho capaz de atacar a cualquier niño que se atreviera a cruzar las fronteras del recreo. Pero Amanda tenía que hacerlo, era la tradición, cuando los niños cumplían diez años, tenían que entrar en el palacete abandonado, subir las escaleras y tocar dos teclas del piano.
No tenía por qué pasar nada, Sara ya lo había hecho, y aunque estaba más pálida que antes, estaba viva. Cerraba los ojos muy fuerte y andaba deprisa cada vez que pensaba en el piano, lleno de telarañas, se retorcía al verse rozada con ellas. El crujir de las escaleras le empujaba a abrazar a su madre, en un silencio suplicante que se quedaba siempre en eso, silencio. Si se lo decía a mamá la regañaría y además a castigaría, no la dejaría subir y ningún niño volvería a hablarla nunca jamás de los jamases.

Subir al palacete, bah, menuda tontería, no necesito contárselo a nadie, no tengo miedo. Nada malo puede pasar, pero aprieta los puños y tiembla cuando ve los alambres y ojos pegados de Madre Benilde resplandecer en la oscuridad. ¡Mamá! Y vuelve a correr.

Hoy ha llegado el día. Sara y los demás niños la vigilan desde las canastas, las porterías y las columnas del patio. Debe aprovechar los gritos de todo el colegio ocioso para introducirse en el palacete. Abre la boca y los ojos hacia arriba, esa puerta mide por lo menos tres veces ella, pesa mucho y hace ya ese ruido que aprieta sus ojos. Pero cuando los abre ya está dentro. El aire huele a polvo acumulado, a cerrado y baila como si fueran mosquitos en el rayo de luz que ha entrado por la puerta abierta. Pero al cerrarse ya no queda nada más que Amanda y la oscuridad.
Pone las manos por delante y va moviéndolas como si fueran un escudo, los ojos entrecerrados. Camina despacio a punto de pegar un brinco y salir corriendo por esa puerta. Sería lo más fácil, salir y rendirse. Pero no, esos estúpidos niños estarían burlándose de ella por lo menos hasta la Universidad, no no, de cobardes nada, Amanda es una niña muy valiente. Abre los ojos de par en par, y con un paso algo más decidido se aproxima a lo que debe de ser la escalera.

La mano derecha se le llena de polvo al tantear la barandilla. Pero la agarra, fría, helada, congelada. Aprieta los labios, el ceño, contrae cada músculo de su pequeño cuerpo y levanta el primero de sus pies. Los escalones crujen debajo de ella, y cada uno es más terrorífico que el anterior. Sus zapatos rosa palo se están llenando de polvo, pero Amanda, firme, vuelve a pisar otro escalón más.
Se oye otro crujido, más fuerte que el de los piececitos de Amanda. Ahoga un pequeño grito y se gira, dispuesta a lanzarse por las escaleras. Pero no, no ha sido nada, seguro que se lo ha imaginado ella, es muy valiente. Respira hondo y vuelve a agarrar con fuerza la barandilla. Cada vez queda menos para llegar hasta el piano. Sólo hay que tocar un par de teclas y salir corriendo.

Se oyen dos sonidos, cuerda, piano. Uno más grave que el anterior. Sus músculos contraídos estallan y Amanda baja cinco escalones de un salto. No puede ser, se ha oído el piano. No puede ser, se lo ha imaginado, no puede haber nadie allí. Sara no vio a nadie, ni ninguno de sus amigos. Hay que ser valiente. Se agacha y decide subir a gatas, la barandilla está demasiado fría, y cerca del suelo se siente mejor, siempre puede llevarse las manos a la cabeza, cerrar los ojos con fuerza y desaparecer.

Sube a ciegas, las manos por delante, ya casi negras, seguidas por sus rodillas y sus zapatos rosa palo, así la escalera cruje menos. El silencio es taladrante, da ganas de gritar. Pero Amanda siente una respiración cada vez más cerca, humana. No pasa nada, te lo estás imaginando, eres valiente. Sigue subiendo, la mano derecha, rodilla izquierda. Hay una respiración al final de la escalera, no, no puede ser, la mano izquierda, rodilla derecha.

Su rostro contraído se choca con algo, una tela, y se descompone. Abre los ojos y ni siquiera a un centímetro de ella están los ojos de otro que Doña Benilde ha robado, seguro, a algún niño como ella. Amanda grita, se levanta, y sale corriendo, volando, a saltos, escaleras abajo. Grita, grita por todo el patio mientras Sara y los demás la miran y se ríen de ella.

No ha servido de nada, jura y perjura a los niños que subió hasta arriba, y que la Monja Alambre estaba allí, te lo juro por todos los sugus del planeta. Pero Amanda ha vuelto a ser la niña cobarde, más todavía. No la eligen en el equipo de fútbol, no le prestan sus muñecas, nadie quiere jugar con una cobarde y una mentirosa. Amanda suspira en los rincones del patio, dibujando niños de su tamaño con la mano en la pared.

Madre Benilde entró en clase uno de esos días, después del recreo. Amanda abrió los ojos como si fuera a regalarle unos de repuesto, enrojeció e intentó esconderse debajo del pupitre. Pero todos sus trucos no sirvieron de nada, cuando la Monja Alambre la nombró:
- El otro día descubrí a una niña de esta clase tocando el piano en el palacete. Tenéis totalmente prohibida la entrada a esa parte del colegio, está en ruinas y sabe Dios qué puede pasaros si andáis por allí. Terminantemente prohibido. Aún así, Amanda González, que no parece tener miedo ni un ápice de cobardía, estuvo el otro día tocando melodías de Mozart al piano. Como castigo, mañana y pasado te quedarás sin recreo.

Los niños se giraron para mirarla, con los ojos brillantes. No faltó quien la invitara a su fiesta de cumpleaños, a jugar en el equipo del colegio, quien aplaudiera, pidiera perdón y la consagrara su nueva líder. Amanda sonreía y no podía dejar de mirar a Benilde, que parecía haber hecho suyos sus ojos y convertido los alambres de sus manos en algodón.

viernes, 16 de enero de 2009

Despeine de los vientos


Ainhoa venía siempre a pasar el mes de agosto a San Sebastián, desde que nació y hasta que muriera, decía ella siempre. Y yo me ponía muy nervioso todos los días uno, porque aunque no hablaba con ella el resto del año, sabía que ella vendría a buscarme a la salida del entrenamiento de baloncesto con su Polo pistacho, y me llevaría al Peine de los Vientos, porque es lo que ha hecho siempre.

Entonces empezaría esa conversación que tenemos todos los años, como si fuera un test para resumir lo que ha sido de nosotros durante todos esos meses que no son agosto, y que acabe siempre cuando ella pregunta si esta vez he encontrado mi lugar. Y yo respondo que no lo creo porque aún soy joven. He crecido con el olor a cera de las canchas de baloncesto, el tiro triple, el tacto rugoso del balón, las entradas, el frío de las duchas llenas de hormonas con patas y baldosas blancas, las risas de cuando se caía el jabón, los pitidos de los árbitros, los gritos de mi entrenador, de mi padre, los tiros libres y las camisetas de Jordan. Así que la miro y siempre le respondo que supongo que ese es mi lugar, le pregunto por el suyo.

Nunca me lo va a decir, que le da vergüenza, hay que ver Ainhoa, si tú nunca te cortas. Mira al infinito y dice que odia el cartel de Donosita – San Sebastián, tan negro e institucional sobre blanco, cruzado por una línea roja que le tacha las ilusiones y le destroza las raíces. Y cuando está a punto de llorar sonríe, que aún le queda mucho para ese día, y que ya me ha dado demasiadas pistas sobre cuál es su lugar, que como siga así algún verano dejará de venir, qué menudo idiota.

No suelo entenderla cuando dice eso. Yo sólo sonrío, digo idiota tú y nos quedamos abrazados mientras el viento la despeina. Así pasamos el verano, hasta el día treinta y uno, en el que juramos que yo habré encontrado un lugar para el año siguiente, y que este año nos llamaremos seguro, que yo bajaré a verla a Madrid o si no ella no volverá a verme el verano que viene.

Me quedo con las ganas de besarla, de decirle un montón de cosas que se me han quedado enredadas en el Peine de los Vientos durante todo el verano, todo el año.

Cosas que juro que le diría si hoy hubiera venido a recogerme al entrenamiento como todos los días uno. Ainhoa no se enfrentará a ese horrible cartel tachado que tanto odia esta vez, porque no ha venido, ha cumplido su promesa porque yo no la he llamado ni he bajado a verla, es por eso, por mucho que sus amigas digan que se ha echado un novio y se ha ido con él a Asturias. Ella está cumpliendo su promesa para que yo vaya a verla alguna vez, para que la llame. Pero qué oportuna, justo desaparece este año, para una vez que le iba a decir todas esas cosas que se me habían quedado enredadas en su pelo, en serio que iba a decíselas.

Cosas como que he adivinado ya cuál es el lugar y sé que coincide con el mío. Que a mí no me gusta tanto el baloncesto, ni el olor a cera, ni el balón rugoso, y mucho menos las baldosas de las duchas llenas de adolescentes sudados. Que mi lugar es más bien, eso creo, el Peine de los Vientos cuando se siente cerca de mí, sus ojos cuando están a punto de llorar y sus labios cuando al final sonríe, su voz cuando me llama idiota, y sobre todo, su pelo despeinado de ir en contra de los vientos.
Aunque eso sólo se lo digo a Chillida, porque yo tampoco me corto nunca, pero con Ainhoa me da vergüenza.

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